Golpeándome contra las paredes del baño de un autobús de pasajeros, desdeñaba el dolor que sentía porque era más importante mi necesidad de usarlo. Atrapado en el diminuto espacio, prefería sobreponerme a los vertiginosos cambios de velocidad para liberarme de la tensión que provoca hacer del baño durante el viaje. De regreso en el asiento, sólo la prospectiva distraía la mente del pasajero de los absurdos de la vida. Entonces, pensó de nuevo en aquel cuerpo delgado, por no decir escuálido, que disfrazado de belleza, según él, lo atormentaba todos los días a horas aleatorias. ¿El alma se demacra más rápido que el cuerpo o es al revés? En mi caso, se ha dado de las dos formas, mientras que la preocupación por lo superficial aumenta, también sucede que disminuye mi éxito en la conquista de quienes buscan sólo gusto o deleite.
La figura cuando no se aparecía en las caminatas que a diario daba por el camino que lo llevaba a su casa, en esos diálogos de loco que cuenta sus desgracias a la autora de estas, lo hacía frecuentemente, sin tanta locura, en los ensayos de protocolo a los que acudía él irremediablemente. -¡La amas! le dijo una amiga suya, un día al regresar de un encuentro con ella. -No, respondió. Estaba tan harto de hablar de ella y sus defectos que, a la vez, eran sus mejores cualidades, cuando prefirió quedarse callado. Sólo aguardo la frase final de su experimentada compañera: “Ahí donde te dan de comer mierda, ahí prefieres estar; así es la vida”.
El amor en los tiempos de la hipocresía, ¿por qué amar así? Esperando recibir algo a cambio, esperando que la figura bella lo abrace y le diga que también lo ama, esperando que sus delgados labios lo besen mientras él acaricia sus mejillas y esperando que los ojos tiernos de ella se pierdan en las pupilas de máscara de él que sólo en el iris reflejan su esencia de timidez y anhelo. Violencia es la que siente cada que escucha su voz (débil por femenina, cariñosa por sensual), y aunque en su mente ella es princesa, en el mundo real es una mojigata que no lo desea pero sí lo quiere. Cuando golpeé mi espalda con el lavabo, reaccioné y, en vez de seguir “atando cabos”, me compadecí de aquel tipo; “a sufrido mucho, susurré… pero sólo en su mente”.