jueves, 1 de abril de 2010

Él, canario que cantó

Para Conchita Cortés
In memóriam


Enfrentarse a un suceso ineludible en la vida tiene poco de cotidiano. Apresurado, tomé el primer camión para cruzar la ciudad y llegar a mi casa. El tiempo se agotaba rápidamente y se me hizo tarde. Los últimos días esperábamos lo inevitable, el paso obligado entre este mundo y el prometido por Dios. Esa noche supe lo que significa "tarde", la impotencia de no retroceder unos cuantos minutos el reloj, no del día sino de la vida; para Dios los tiempos son únicos e irrepetibles.

El desconsuelo se vuelve felicidad a partir del momento en que entendemos nuestra finitud y nuestro propósito. Sin embargo, el recuerdo y la nostalgia conmueven el corazón de quienes conocimos a quien se fue, dejó el cuerpo mortal pero con su alma voló a la gloria. Eran las nueve de la noche y en el patio de la casa, el silencio era abrumador. Sólo el llanto aliviana la tristeza y desahoga el espíritu, di tiempo al duelo breve y en soledad esperé y esperé.

De pronto, el canto de un ave me sacudió. Jamás había escuchado una canción tan hermosa provenir de un pájaro. En silencio, quise entregarme a la melodía, una hora de puro gozo dejando saber la misericordia de Dios. Aunado a que durante su paso por esta tierra, tuvo y quiso a sus canarios, el canto ocurría a una hora en la que nunca se oye la música de las aves. Él, a través de su mensajero, anunciaba que mi abuela lo acompañaba...

"El heraldo mostraba su gran amor y yo observaba lo maravilloso".

martes, 23 de marzo de 2010

Un salto mortal

Acostado sobre la camilla de masajes, el desgraciado luchador soportaba la "friega" que le propinaban para aliviar sus dolores de espalda. Después de tantas caídas, el hombre había deshecho sus músculos paulatinamente; su trabajo comenzó a hacer sus estragos.

Un día antes, se la pasó pensando en la única mujer que despertaba su lado tierno. Enmascarado, claro, para no denotar sus sentimientos, prefería ver a través de dos pequeños agujeros que hacerlo con un ángulo más amplio. Aquella débil pero voluntariosa joven le daba vueltas en la cabeza porque la perdió cuando nunca la tuvo. Quiso casarse con ella a las pocas semanas de platicar con ella; sólo espejismos conocía. En una ocasión llegó a su casa con un regalo muy bien envuelto. Había gastado su paga de la última función por comprarle algo digno a su amada. En el callejón fue rebasado por un auto del que descendió riéndose; era el auto del dueño de la arena... desigualdad de corazones.

Quiso ir a desfigurar el rostro de su rival de amores pero sólo se atrevió a volver agachado a su solitario hogar. Se arrepintió de haberse enamorado tan de prisa y con su regalo perfectamente envuelto se fue a dormir. Había sido un mal año en el pancrasio, sus compañeros ganaban más dinero que él por sus figuras atléticas, mientras que "Impostor Jr." hacía todo lo posible por ocultar su deficiente forma, las cervezas se notaban en su abdomen. La soledad y los excesos hundieron su mirada poco a poco; ni la máscara ocultaba su tristeza.

A sus 40 años parecía de 60, su cuerpo se desgastó de una forma extraordinaria. Los vuelos desde la tercera cuerda eran su especialidad, aunque las llaves no se quedaban atrás. Comenzó siendo el terror del cuadrilátero, sin embargo ahora era el terror de su casero, quien no encontraba forma de echarlo de su húmero y pestilente cuarto, del que no pagaba la renta desde su afición por las apuestas. Le entretenían mucho los programas de policías y ladrones, en el fondo anhelaba ser un héroe aclamado por las multitudes pero su heroísmo real (si es que eso era) se reducía a las funciones secundarias en las que era víctima de los miniluchadores, quienes en conjunto no se compadecían de su mastodóntica y ahora patética figura.

Era como los payasos de rodeo, un payaso de la lucha libre. Un fracasado en solitario que hubiera preferido desfallecer en la segunda caída antes de prolongar su existencia a una cuenta regresiva de 3 segundos espaldas planas. Cuando tronó la última articulación, sobre la camilla de masajes, recordó el instante de su victoria contra "Orgullo Tercero"; era quizás su único momento de gloria en toda una vida. Al rendirlo con la Urracarana no sólo ganó su cabellera, también se rindió al personaje que ahora odiaba.



sábado, 6 de marzo de 2010

Vientos

El viento leve conducía las palabras de un grupo de amigos sentados en una mesa cercana a la mía. En el patio de aquel museo, leía un libro que recién había comprado de barata, más por el precio que por el contenido. La desesperación de encontrarme solo, me llevó a caminar por la calle más transitada de la ciudad; en la que niños venden chicles y tocan el acordeón para ganar algo que les dé para comer, y en la que los adolescentes de mediana posición acuden a "reventarse". De pronto, encontré a aquel compañero que durante cuatro meses se volvió en confidente y colega. Apenas me comentaron que había dejado el Centro y no mi morbo pero sí ese "afecto", que con las semanas en un ambiente frío y aun hóstil se formó, me condujo a encararlo. Desesperación, ahora de él por irse, fue la palabra que enmarcó el momento... al menos le pedí su número.
En la semana, había presenciado momentos políticos en los que individuos muy parecidos a mí, intentaban persuadir a sus auditorios. Qué situación más embarazosa la de convencer a otros de cuestiones que no llevan a la práctica (las palabras se las lleva el viento) sin embargo, en su speech, hasta algunos conmovieron. Se asombra de lo mínimo ahora que sus pesadillas ya no lo molestan, ha ganado en confianza a pesar de los golpes mediáticos. Ahora camina por las avenidas con unas gafas oscuras porque afirma que lo hacen sentir más seguro. No obstante, no teme por su seguridad y mucho menos le avergüenza ser señalado por prejuiciosos que apenas lo conocen. Aunque finge con sus llamadas falsas por celular, así evadé a aquellos que pasan cerca de él y se preguntan: -acaso será...
Sentado a lado de una amplia ventana, respiraba profundamente de ese viento no tan leve que le daba fuerzas para realizar su examen de ingreso a la universidad. Su día lo había molido y ahora(con dos lápices del número dos y medio y su goma) apenas resistía estar sentado. Disimuladamente se descalzó y se propuso contestar todos los reactivos, al cabo de tres horas salió como sonámbulo y se dirigió a la tienda más cercana por algo de tomar. Se trasladó con prisa a su hogar pero al llegar a la entrada de su colonia, se percató de un terrible accidente. Las sirenas de la ambulancia le disiparon el cansancio y hasta la madrugada pudo conciliar el sueño. Quizás la turbulencia de sus días, lo llevó a sentarse en el parque a respirar un poco del viento de la noche.

domingo, 28 de febrero de 2010

Del recuerdo de los halagos

Después del certamen, sentado incómodamente al lado de dos funcionarios, nos dirigíamos a un restaurante de mariscos. Había sido un mal día debido a mi segundo lugar en la disciplina, la expectativa que había generado mi participación era ya una decepción para quienes en mi ambiente local me conocían. Ya a la hora de comer, me senté con una joven y guapa (que no son sinónimos) líder sindical, a la que halagué de manera ingenua, despertando la ira de su acompañante, quien no me encaró sino pidió que me cambiaran de lugar. El poder posibilita...

Lejos de mis anteriores acompañantes, interrogué al lacayo del "poderoso" quien respondió a mis preguntas con vaguedades en las que describió a aquel como "enfermo". Poco tiempo pasó para que el comensal furioso de aquella tarde, me increpara con el propósito de pedirme un favor, el de guiar a su chica a un lugar en el que se desarrollaban competencias. Todo lo que he venido contando les parecerá muy impreciso, una "patoaventura" tal vez, pero lo cierto es que sus repercusiones suceden hoy en día en mi vida. Del acto de intimidación que tuvo por escena el estacionamiento de una unidad deportiva en total silencio porque estaba vacío y a donde no llegó la líder, me traslado al día de hoy.

Un chisme de política local me insinúa con un personaje. Al parecer los tiempos electorales llegan hasta para quienes no tenemos ni fama ni renombre en lo que popularmente se denomina como "grilla". Mi relato concluye en este punto, por qué en nuestro país (hablo de lo que conozco) tendemos a relacionar el éxito de una persona con la ayuda de alguien más; por qué desacreditamos a las personas asociándolas a otras cuando señalamos "se debe a él o a ella". Me da mucho coraje que en nuestras continúas decepciones como pueblo, nos refugiemos en el "amarillismo colectivo"... del recuerdo de un viaje y un concurso, mi realidad es la de un chisme y un discurso.

Mejor políticos que líderes gremiales... me consta!

jueves, 25 de febrero de 2010

Espasmos de hielo

El piso de hielo blanco, escenario majestuoso en el que corren, saltan, vuelan. Largo y ancho magnos dan dimensión al óvalo que es un lienzo a la espera de pinceladas. De pronto, un hombre alto, delgado, rubio, hace su aparición en el escenario. En la mirada decidida de Plushenko se oculta algo de soberbia pero también mucho de seguridad, sus ojos reflejan el tesón que se gana con el esfuerzo de todos los días. Desde niño ha patinado y ahora se enfrenta a su destino, ganar por segunda vez la medalla de oro olímpica y pasar a la historia como el mejor patinador de figura de todos los tiempos o perder y pasar a un plano secundario. Arte sobre patines, comenta el conductor del programa que, para fortuna de este escritor, es del Canal 22; será que el patinaje artístico es más arte que deporte o patinaje.
En la transmisión, la presentación del ruso Evgeni es la última porque fue el mejor calificado en las pruebas previas, tal que lo mejor se guarda para el final. Los muchos números de las calificaciones enrarecen la presentación excelsa, eminente, magnánima del hombre de las cuchillas mágicas. Dos saltos de cuatro vueltas cada una pasan a la historia, su autor no; un estadounidense más joven ocupa el sitio de más honor. En el banquillo, la sorpresa hace presa de los entrenadores y del patinador... espasmos de hielo.
Evgeni Plushenko es el mejor en su oficio, sin embargo, no recibe lo que merece; situación de injusticia más evidente no había visto antes. Las cuchillas de sus patines crearon lo inmaterial, suscitaron emociones y sentimientos en las personas que vimos su demostración en Vancouver, en Oaxaca y en China. Aunque en los números vacíos lo superó alguien más, en las almas de los espectadores, el artista vikingo superó nuestras expectativas y se ha quedado con el oro.
Sonaré choteado si expreso: "quisiera ser patinador" pero puedo sonar auténtico si declaro"¡quiero ser como Plushenko!"

viernes, 29 de enero de 2010

Me hice una promesa hace unos días...

Estaba buscando personas en la red cuando de pronto me encontré a una persona que conocí cuando iba en la primaria. Ella era mi vecina en el fraccionamiento en el que vivía,un lugar recién inaugurado y que gozaba de cierto caché. Varias escenas en mi memoria salieron a flote, cuando creí que estaban en las profundidades de mi olvido. Éramos niños despreocupados de las cosas de los adultos, aunque estas nos afectaran inmediatamente; tratabamos de ignorar ese mundo para vivir en el nuestro, uno mucho más en calma, uno mucho más feliz.

En la búsqueda del amor, me encontraba frente a algunas posibilidades nada despreciables; sin embargo, el afán de buscar la mejor opción ha ido desgastado el entusiasmo con que encaré, primero, un nuevo año. Me hice una promesa hace unos días para desaserme de estos recuerdos interminables, poco a poco han ido cediendo... o eso creo.

Al menos mi oficio: orador, me ha hecho más ligeras las semanas. Enseñar en una secundaria no es tarea fácil. Los adolescentes son más que adolescentes, en realidad, es una edad tan compleja que sólo vista en retrospectiva se puede entender, es algo así como conjugar la experiencia personal con las actitudes y vivencias que ahora observo. Le quiero robar algo de vitalidad a mis alumnos cuando apenas tengo veinte años, es como una contradicción que para mí tiene sentido. Hay algo que me puede y se lo comentaba a un buen amigo intelectual, hay un deseo dentro de mí de superación que paulatinamente crece, así como cuando egresé del bachillerato; tiene que ver con mi superación académica. Pocos lo saben pero aquel deseo de reivindicación interior sigue latente y hoy quiero llevarlo a los hechos.

La ética de mi juventud es compleja. Hace unos días me reuní a conversar con unos ex compañeros de la secundaria, bebimos y convivimos juntos, algunos con hijos y otros con problemas (porque no son lo mismo) decidimos despejar nuestras tensiones actuales con el recuerdo de aquellas bromas terribles que hacían llorar a algunos y reír insaciablemente a otros. Apenas me invitaron a continuar la velada en un lugar "de mala nota" decidí irme a mi casa. Hacer el bien o comportarme bien tuvo que ver con mi decisión pero el remordimiento de dejar a aquellos -ni amigos ni enemigos del pasado- tan sólo recuerdos tangibles, me llevó a una discusión interna de lo inmaterial. Parece que al día siguiente me hice la promesa... de qué? no recuerdo!

lunes, 11 de enero de 2010

La puerta entreabierta

La pretensión de dejar atrás el pasado, lo llevó a refugiarse en sus sueños. Dormía o al menos trataba, con el fin de no llorar y no sentirse mal. Lamentablemente para él, Morfeo lo perturbaba con pesadillas, de tal suerte, que tomaba sus precauciones para alejarlas. La puerta se quedaba entreabierta todas las noches, temía que los monstruos de sus sueños traspasaran la barrera dimensional y se aparecieran en su cuarto; -al menos intentaré escapar, comentaba.

La luz del día se apagaba, aunque así había estado desde el amanecer, nublado, grisáseo, opaco. Entre las espinas, caminaba con esfuerzo pero no solo. Mostraba a su compañero una vereda más larga pero más discreta, de algún modo quería privacidad para conversar, no era cosa fácil eso de hacer peticiones enmedio de la gente. Al cerrar los ojos, él tuvo la sensación de comunicarse en las alturas, dejó su egoísmo para compartir sus deseos, no obstante, cuando abrió los ojos, el panorama lo entristeció y recordó los traumas que lo mortificaban.

Las mariposas en el techo de aquel lugar disipaban las imágenes que le causaban un hueco en el estómago. Su diseño pobre no les quitaba la cualidad de ser llamativas. Sobre el agua parecía que volaban, y él trataba de alcanzarlas aunque fuese desde la superficie. Eran los sesenta minutos más indiferentes de su día, indiferentes a los traumas de antes que son sus problemas ahora pero que serán sus logros después. Cada noche, con todo y sus miedos, cedía ante una luz, que si bien parecía marchita, no impedía que él tratara de alcanzar a las mariposas estáticas...
La esperanza es lo que había pedido aquella tarde grisásea.