martes, 20 de diciembre de 2011

Y de pronto, nada

Sentirse mal no aliviana los problemas que no nos hacen sentir bien. De esta obviedad escribo ahora porque he caminado dormido y he soñado despierto. He podido descubrir muchas verdades en un tiempo más bien gris, que sin embargo ha significado percibir de otra manera los colores de siempre. Hoy sé que no soy el mismo de antes, pero no sé si soy el que antes pensaba ser ahora. En realidad, la realidad abruma. Encontrar los caminos para llenar de energía los días todos es tarea complicada. A veces una mala nota rompe el encanto de las mañanas y hacia la noche se agoniza lentamente. No debe ser así. Si existe una verdad además de la fatalidad del hombre sin Dios, esa es que todas las cosas nos ayudan a bien; o bueno, que de todo se aprende algo.
Entonces, ¿dónde quedó la tristeza? Ésta ha inspirado obras grandiosas independientemente de donde se encuentre. Personalidades de toda índole han creado cosas magníficas sólo a partir de un estado de melancolía. En ello a veces baso mi necesaria estadía en una de las ciudades más grandes del mundo. En el hecho de tener que pasar y superar, obvio, esta prueba que el destino puso delante de mí cuando mi libre albedrío estaba dispuesto a todo porque nada tenía que perder.

También he reflexionado, evidentemente en el tiempo de sobra, acerca de la fragilidad, de la vulnerabilidad del ser humano ante lo ajeno a su voluntad. Esto se pone de relieve en la opinión pública cuando suceden catástrofes como un terremoto o un huracán. Pero es más sencillo, se pone de manifiesto cada que enfermamos, así sea de una leve gripe. Experimentamos la necesidad de mejorar nuestro estado de salud. Anhelamos el auxilio de otros, principalmente de aquellos de nuestra confianza. Uno quisiera que su mamá, su novia, o su mejor amigo estén ahí para hacerle sentir su compañía. Los cuidados necesarios para aliviar la aflicción a veces pasajera y a veces permanente. Las enfermedades físicas son la ruina del cuerpo, pero, ¿qué hay de las enfermedades del alma? Los dolores que mucha gente padece en lo profundo de su corazón; en el alma desgastada por las traiciones, las pérdidas, las decepciones... Hay un amplio catálogo de motivos para estar enfermo espiritualmente; para perder todo sentimiento dirigido hacia los demás, y sumirnos en nuestro gran egoísmo.

En vísperas de la navidad y el año nuevo, excelentes oportunidades para convivir, pienso que meditar en el verdadero significado de este tiempo es indispensable, pero también demostrar que tenemos la capacidad humana para ir de la historia a las acciones. Noches de paz llenan este mes, pero los días parecen ser de una guerra silenciosa. Las personas no por ser navidad se olvidan de aquello que les preocupa. Vivimos preocupados, pensando en lo que nos depara el futuro. Muchos no disfrutan ningún día por sus presiones de dinero, de salud, de amor. Y es cuando me pregunto, ¿vale la pena? Para qué vivir si no se vive; si los momentos que se disfrutan apenas alcanzan para rellenar unos cuantos álbumes de fotos por mera presunción. Es decir, las imágenes para la vida, los momentos de perpetuidad, tienden a olvidarse. Se recuerda lo amargo, pero pocas veces lo dulce. Lo que otorga trascendencia a la existencia.

Precisamente hoy recuerdo que la semana pasada lo pasé genial cuando fui a una exposición con mi mejor amigo. Además caminamos bastante por calles desconocidas que nos ofrecieron un panorama nuevo de nuestra ciudad. Fue un día sin presiones, un día de vida. Obviamente, hay ocupaciones que merecen tiempo y espacio, no está a discusión su disciplina, por ejemplo: la universidad y el trabajo. Pero incluso estas actividades deben realizarse con pasión, con un ánimo renovado cotidianamente. Encontrar la chispa infinita de nuestros días es quizá la labor más loable de una vida. Hay quien no la encuentra nunca; algunos estamos hallándola y otros prefieren ni siquiera buscarla. He dicho y sostengo que tiene que ver con el amor al prójimo; con la entrega desinteresada a las demás personas. Evidentemente el "servicio público" poco o nada tiene de esto. No obstante, a mí me corresponde, creo, renovar el argumento detrás de lo que se convirtió desde siempre en la manera más fácil de obtener dinero y disfrutar de los banales placeres terrenales. Es una misión, es una tarea sin encomienda actual. Es un rumbo definido por mis convicciones que no son producto de las circunstancias.

Los ojos me arden porque tengo un resfriado bárbaro. Lo que más detesto es el ardor en la garganta. Desde niño me hace pasar muy malos días. Anoche cuando caminaba consiguiendo algo que me aliviara por la colonia, me sentí apartado hasta de mí mismo. Volví a mi cuarto a ver algo de televisión, bueno, noticias son lo que siempre veo, y traté de que avanzara el tiempo. No sé si lo logré, aunque amanecí temprano, lo suficiente para llegar puntual a la oficina. Entretanto, confirmé rumores y bebí un café. El mismo que ahora me acompaña para seguir meditando en estos temas. No sé si sea mi última entrada del año, pero espero que dé pie a aterrizar varios puntos en breve. Sobre los que no quiero seguir arando en el mar; más bien quiero, ahora, contarlos a manera de autobiografía. Una historia que no sé si quieran leer, pero que yo, desde hace tiempo, quiero escribir.

martes, 13 de diciembre de 2011

Superficialidades

Conocer las motivaciones últimas que llevan a las personas a actuar de una u otra forma es una tarea poco menos que imposible. A qué me refiero, los seres humanos tejemos estratagemas para ocultar nuestras verdaderas intenciones. Preferimos la simulación antes que ser auténticos. Porque lo segundo nos pone al descubierto, nos vulnera en presencia de otros que siempre fingen. Siguiendo la premisa de que todos mienten, podemos encontrar verdades. Escudriñando los momentos, escarbando entre las actitudes que delatan lo obvio, que ponen en evidencia lo que siempre "le da al traste"a nuestra presentación cotidiana más que ensayada: los sentimientos, también podemos hallar las razones que nos llevan a levantarnos cada día haya o no haya sol.

A veces uno quiere, yo quiero, sentir más que pensar los momentos. Alguna vez una chica que fue mi primera novia justificó el habernos besado como un acto de "me dejé llevar por el momento". Es decir, me hacía ver que no quería precisamente hacerlo, pero el momento fue más fuerte, su inercia más poderosa que la contención, que la resistencia a juntar nuestras bocas. De por medio, evidentemente, estaban condiciones morales. Es decir, no eramos novios ni pretendía que lo fuéramos, pero el puro gusto, ese deseo irrefrenable de "sentir", nos llevó al beso. El ejemplo, aunque parezca, no es burdo. En realidad ayuda a mostrar cómo actuamos en algunas situaciones. Nos dejamos llevar... y más tarde, a veces mucho más, volvemos a pensar.

En medio de la ficción que se cierne sobre mí, durante los días cálidos de viento frío (sí, la naturaleza también tiene sus contradicciones), me he puesto a pensar, ¡otra vez!, porque hay momentos en que uno no piensa. Cuando simplemente las cosas pasan, y siempre pasan por algo. Razón más que suficiente para enmendar en algunos casos o reflexionar en otros sobre el sentido que tiene nuestra vida. La cual, con mayor frecuencia, se ve asediada por catástrofes ajenas a nuestra voluntad y que nos muestran cuán vulnerables somos ante un mundo inmenso que creíamos, en nuestra soberbia, haber dominado. El advenimiento de lo fatal, de lo terrible, en nuestra cotidianidad, supone una carga mucho mayor a la de seguir las rutinas de siempre, con una monotonía propia de los robots más simples.

Aun en un escenario de sufrimiento, que siempre viene precedido por el miedo a nuestra propia fragilidad, las cosas pueden tomar un rumbo que deje atónitos a todos los incrédulos de que la fe mueve montañas. Las situaciones límite, las "orillas" a las que se puede llegar por catástrofe casual o vocación de infortunio, suponen también los retos más formidables para cualquier mortal. Precisamente por el hecho de serlo, por saber que sabemos que algún día dejaremos de existir en esta dimensión, en este tiempo y espacio tan invadidos por un intercambio de información perverso. El desafío, el hacer cosas grandes a pesar de las adversidades, por encima de los problemas que le quitan sazón a la vida, siempre es el mejor aliciente, un estímulo incomparable para valorar nuestra vida como un pedazo de existencia, como un trozo de razón que anhela experimentar el amor sin entenderlo.

Diciembre trae consigo momentos como éste. En el cual salen de mi teclado reflexiones sin hilar, sin el tejido normal de un texto que persigue un propósito específico. No, lo de ahora es escribir por puro gusto. Disfrutar hacerlo cuando han transcurrido casi todos los días de un año que, en teoría, no habrá de repetirse. Aunque en este país parece ser el mismo desde que un día alguien inventó la palabra "crisis". Y entonces sí, cada año son una o varias crisis de toda índole. Más o menos hacia estas fechas todo muere, los días fenecen aunque se sabe que es obligación acudir a casa de alguien, a veces invitado a la propia, para la cena de navidad. Porque de esa manera uno convive y es feliz, la paz reina en los corazones... Escenas memorables, dignas de almacenarse en los álbumes de fotos que se muestran a los demás para presumir que no siempre tuvimos problemas. Que algún día fuimos felices.

Volviendo a la cuestión de sentir sin pensar o pensar sin sentir (ya no recuerdo mis intenciones reales de discutir sobre esto), recordé que hace tiempo no salgo con alguien. Me refiero, mi soltería se me ha vuelto algo tan habitual que ni siquiera pienso en la posibilidad. Esto no quiere decir que no tenga ganas de hacerlo. Desde hace tiempo persigo esa idea de un romance al estilo americano, lo que comprueba que me he dejado influir por el cine comercial. Pero es cierto, quisiera dejar de pensar en todo lo que implica para simplemente dejar que se dé. Y aunque uno diga que esto pasa, con mayor seguridad, al cruzarse de brazos y esperar a que pase, lo cierto es que uno debe conocer personas. Conocer el corazón, descubrir los sentimientos, interpretar las emociones. No sólo guiarse por el aspecto, por lo que nuestra mente indica que es bello aunque sepamos que es superficial.

En el fondo, pensando a futuro, muy a futuro, lo que importa es el interior. Que éste es un lugar común que repiten los feos, quizá, pero no deja de ser la verdad. Tarde o temprano el dejarse llevar por momentos, el sentir pasajeramente, el vivir las apariencias, sucumbe y devela lo peor de las personas. Vivir intensamente es actuar con empatía, entender la circunstancia ajena y enamorarse de esa misma voluntad. Es saber que por lo menos existe alguien que comparte los mismos anhelos y cree en que la sinceridad puede ser permanente. Espero encontrar a una chica que platique conmigo sobre estos tópicos, que no se aburra con mis pleitos existenciales y desee transformar el mundo haciendo el amor y no la guerra. Ojo, escribo en el sentido más amplio... Porque las apariencias engañan.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Confianza y contingencias

Los seres humanos nos cubrimos de imágenes, nunca mostramos lo que sentimos realmente. Lo que vemos es la máscara, no vemos el interior. Bien, estos dos enunciados fueron un hallazgo en mis tenebrosos apuntes de mi curso de Estructura Social, se refieren a la clase sobre la teoría de Erving Goffman. Quiero reflexionar hoy sobre el aspecto de la sinceridad como requisito indispensable de la confianza. Es decir, la confianza se construye a partir de la verdad, de dejar a un lado el fingimiento, que la tesis de Goffman sostiene como motivo de que la interacción social sea una gran obra de teatro. En tal sentido, se espera que una persona actúe de determinado modo porque se le ha hablado con la verdad, sin más. Cuando se tiene la convicción de que se ha sido auténtico, se tiene una mayor seguridad en la respuesta del otro. Implicamos que éste nos entiende y brindará su apoyo, luego de haberle concedido esa "confianza". Aunque pareciera que sucede de modo contrario: primero comprobamos que la confianza existe y, entonces, somos sinceros. Yo planteo en la primera relación causal el gran reto de una amistad verdadera.

Puede ser difícil de entender porque cada relación entre personas es distinta. Ahora comparto un ejemplo: un individuo a asesina a alguien, él esconde el hecho, pero su remordimiento lo atormenta, entonces decide acercarse a un individuo b, que no es un perfecto desconocido, pero tampoco alguien de su familia, y decide contarle su delito. Sus motivos tuvo para hacerlo, tal vez b parecía una persona comprensiva: dispuesta a escuchar, quizá le había compartido algún secreto también, no lo sabemos. Pero del acto de sincerarse con él, a depositó una gran cantidad de confianza (si es que ésta se puede medir por kilo), en b. Esa confianza, la de saber que su secreto se encuentra a buen resguardo, implica un compromiso. Desde ahora, b va a guardar el secreto de a. Algún frívolo dirá que "va a cargar con esa culpa" de saberse cómplice, de no denunciar a quien confió en él, si bien hay situaciones en las que no se cometió un delito según la ley, pero el hecho es vergonzoso o culpable según las normas morales de su contexto. Bien, el papel de b no es, por así decirlo, fácil, porque se convierte al mismo tiempo en confidente y consejero. Miente quien se asume como alguien que sólo escucha y no recomienda.

El ejemplo anterior parecerá demasiado reducido, como si no hubiera una variedad de situaciones variables. Bueno, es un esquema inicial. ¿Por qué vale? sólo porque a mí me hace lógica después de alguna observación empírica. Lo que he comentado con varios colegas (diré colegas para no implicar el tema de la amistad con ellos), es precisamente la dificultad, ya no de hallar, como de sostener una amistad que se considera verdadera. Hace tiempo discutí el concepto de verdad en una relación de amistad, que no era algo así como que la verdad se comprobara en la convivencia cotidiana con alguien a quien por convención llamamos amigo. Bien podríamos denominarlo de otro modo, de acuerdo con nuestros sentimientos, los que, casi siempre, vienen a desbaratar un buen esquema inicial. Y es que el gran compromiso de ser amigo es encontrar el justo medio entre la parte sentimental y la parte razonable. Ser objetivo sin dejar de ser afectivo.

Sinceridad que finca confianza y confianza que finca compromiso. Cadena ideal en medio de la contingencia de este mundo. En la maraña de insuficiencias que se anteponen a la posibilidad de hacer algo extraordinario por el otro. La que oigo ahora aduce la falta de tiempo para poder platicar. Yo reviro que no es falta de tiempo, sino falta de voluntad. La contraréplica es tajante "molesta que yo lo reproche". Es como si no decir lo que se piensa resultara conveniente. En realidad, es bien difícil tener empatía. No lo digo por los que me rodean, hablo por mí. Quisiera ponerme en los zapatos de él o de ella. Entender desde su circunstancia lo que los afecta y empuja, lo que disfrutan y aborrecen, pero sobre todo el porqué son así. He fracasado en mi intento por hallar quién me comprenda. Sé que no puedo pasar la vida como el incomprendido, pero apenas parece que la ecuación del inicio de este párrafo no resuelve el problema me invade un gran escepticismo. No soy el primero al que le pasa esto, sin embargo, deseo ser uno de los últimos.

Alejarse... como cuando sueltas un globo al aire y no sabes a dónde se dirigirá. Parece ser la opción de los fastidiados de las relaciones humanas. La amargura que producen los fracasos lleva a mucha gente a irse del lugar donde lo vivió. Piensan que cambiando de residencia las cosas pueden mejorar. Ahora entiendo por qué el sueño de muchos es ser trotamundos. Como quiera, recuerdo que una persona con autoridad (luego discutiré que es tenerla para mí), dijo hace tiempo que uno no puede vivir huyendo de sus problemas. Que se les debe plantar cara, hacerles frente y asumir los daños colaterales. Enfrentarlos significa ser responsable, ¿y acaso hay virtud mayor que serlo? Por ello, estoy dispuesto a sobrellevar las pérdidas, aunque nunca es fácil. Me cuesta aceptar la realidad como una confabulación de máscaras, me resisto a creer en que todos son iguales; en la desconfianza generalizada. La que conlleva un montón de negativos: traición, rencor, odio, burla, rechazo, soberbia... Sin embargo, admito que la teoría sociológica de Goffman cobra validez en estos términos: No es recomendable tener un alto grado de familiaridad con las personas que nos rodean porque se puede provocar alguna falta de respeto en algún momento de la interacción.

Yo no he pretendido la familiaridad con todos los que me rodean. Sólo he buscado tenerla con algunos. Lo que ya no sé es si sólo fue una concesión mía o parte de un proceso recíproco. Esto no tiene por qué perjudicar mi firme convicción en lo que el Maestro enseñó: "nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos". Pero deberé soportar que la mayoría opine otra cosa.

lunes, 24 de octubre de 2011

Hermandad


Tenían muchos sueños por realizar. Aquella fecha era apenas el comienzo de una larga amistad. Lo esperaba sentado a un lado del asta bandera del zócalo de la capital. Habían quedado de visitar la exposición con motivo del bicentenario de la independencia nacional. Era la primera vez que se veían allende las paredes del salón de clases universitario y el amplio jardín donde ganaban el tiempo en compañía de jóvenes con intereses distintos y, sin embargo, semejantes en su necesidad de ser felices. Así se conocieron, en el marco de una clase con un profesor medio sordo y medio ciego, que compartía toda clase de anécdotas sobre su larga vida, durante la cual se formó como economista en la Unión Soviética, aunque ahora presumía más su profesión de gastrónomo. Tenía el mote de "Miyagui", más por el parecido físico que por las técnicas de combate, ya que enseñaba más dichos y refranes populares que su módulo de Conocimiento y sociedad, sin menoscabo de la sabiduría transmitida, la cual siempre acompañó de un énfasis en la conciencia social que debíamos asimilar como inherente a nuestro papel de universitarios.

Durante unos días con viento raro, de esos que aparecen por cualquier época del año inexplicablemente, el menor comprendió que no podía seguir viviendo así. Recordó el consejo de tiempo atrás acerca de que todos debemos contar con una persona, quien sea, en la vida, para contarle todas las cosas que nos afectan; los problemas por los que pasamos y las posibles soluciones que tenemos a nuestro alcance. Así fue como se presentó en su totalidad, no en las múltiples facetas que tenía más que ensayadas, sino auténtico en sus debilidades, transparente. Nunca imaginó su reacción, simplemente porque no la hubo. Comprobó que aún hoy la sinceridad puede sobrevivir, en medio de los estereotipos y prejuicios que inundan la cotidianidad. La verdadera libertad se consigue cuando se tiene a alguien que puede escuchar con paciencia y hablar con amor al corazón desconsolado. Entendió que no se trata de un ideal político, como de una actitud hacia el otro. Saber que podemos mostrarnos tal y como somos con alguien que entiende nuestra circunstancia es invaluable, la mayor prueba de confianza que existe. Decir todo lo que se tiene que decir es el primer paso para vivir una vida bajo la luz... aquel sábado se alumbró por primera vez en años.

Las risas espontaneas alentaban su corazón. Había perdido la esperanza de hallar lo que no se busca, lo que simplemente se da. No obstante, él le había demostrado que siempre se puede confiar y nunca se debe temer a estar solo. El futuro parecía incierto según los cálculos humanos, que tampoco pueden predecir catástrofes como la del tsunami de Japón y, sin embargo, ahora comprendía que todo pasa por algo y si queremos nos ayuda para bien. Juntos han entendido su fragilidad, su situación ante el mundo, lo pasajero del tiempo y lo inútil de las pretensiones si se encaminan a satisfacer el egoísmo. Ahora se tienen el uno al otro, no dejan de pensar en lo inesperado de su cruce de caminos en la vida, pero estoy seguro que quieren verse más allá de ésta. Saben que no se puede terminar aquí, en medio de los males que nos roban el tiempo. Les ha servido leer la verdad, conocer al artífice de su encuentro, porque, en efecto, ellos no previeron su amistad. Lo que sí han forjado va más allá: es hermandad. En realidad no importa que suceda después, que traiga consigo el día de mañana, porque ambos saben que siempre se tendrán. Uno de ellos lo supo cuando la señora que atiende el local donde come casi todos los días le preguntó si era su hermanito, -no, él es el mayor... yo soy el pequeño, se dijo.

martes, 11 de octubre de 2011

Amor

Pensé en el día que me despida de este mundo, pero enseguida me cuestioné si habré de despedirme, ¿por qué?. Del mundo no, de varias personas que he conocido aquí sí. En la vida, solemos mirar siempre al futuro y desdeñamos vivir el presente, como dice el dicho "el aquí y ahora". No digo que esté mal trazar un proyecto de vida, pero ¿qué valor tiene empecinarse en el porvenir cuando no sabemos que nos traerá el día de mañana? Algunos nos agobiamos pensando en las muchas cosas que debemos hacer para obtener beneficios. Creemos que el esfuerzo no es el fin sino el medio, anteponemos el premio a los méritos, la cima a la escalada. Así que, en esta entrada, quiero exhortarlos a guardar la calma, a deshacerse de todas sus preocupaciones y dejar que el control de las cosas lo tome el factor D.

Hace varias semanas pensaba en todo y difícilmente hacía algo, algo bien digo. Porque buscamos hacer cosas buenas en nuestra propia opinión, hacemos como que hacemos, pero ocasionalmente nos cuestionamos sobre el sentido de las decisiones que tomamos y de las acciones que llevamos a cabo. A mí me servían los regresos a casa, en ese espacio perdido en el tiempo que he denominado la tarde-noche. Empieza por ahí de las siete de la tarde, todos los días. Pues bien, caminando en dirección al metro, cruzando el puente desde donde se pueden ver mil coches en letargo, levantando la vista al edificio más alto del país, me ahogaba en mis cavilaciones. Luego platicaba con un compañero de trabajo sobre decepciones naturales de vivir (de vivir así), de los fracasos que terminan por ser la manera más agradable de ver transcurrir los años. Algún chispazo debían tener aquellas charlas, los chistes del viejo acerca de cualquier cosa. Al cabo, era fácil reír después del fastidio de la lenta marcha de los trenes.

He entendido el verdadero sentido que tienen mis pasos cada mañana que me levanto y miro el horizonte gris, de la Ciudad de México por supuesto. Cuando subo al autobús y me apretujo entre decenas de personas que tienen obligaciones cotidianas y parecen haberse acostumbrado a vivir así. La mayoría se ven apagados, sin un brillo en la mirada o una sonrisa que alegre su rostro; la mayoría ha dejado de entender el porqué de su existencia o simplemente nunca se enteró cuál es. Al mediodía me detengo a comer en una fonda adyacente a una terminal de trenes y otra de camiones que vienen del interior del país. Acompaño los alimentos con las pláticas de la gente que ahí se reúne. Algunos tan solitarios que ni siquiera platican conmigo, o es que yo tampoco he tenido la iniciativa de preguntarles cómo están. Aprovecho el estado de relajamiento que da haber comido bien para dormir un rato de camino a la oficina y entonces, ¡crack!. Por los vagones deambulan los miserables, afuera de los andenes los pobres.

Desde hace tiempo los reconozco, confrontan mi bienestar, me hacen ver mi situación... que mis problemas son nada. Desde niño, recuerdo haberme conmovido y ya; cooperar con un peso que nunca afecta mi economía y ya; incluso haber deseado hacer algo por ellos y ya. Pero últimamente no puedo librarme de la voz en mi mente: "actúa". Pongo de ejemplo a los que observo en mi tránsito diario, pero creo que el llamado es por todos los necesitados, ¿y quiénes son éstos? Acostumbrados a la posesión material, hemos dado el título a los que no tienen dónde vivir y pasan frío en las calles o a los que no tienen qué llevarse a la boca y sufren hambre. Ahora sé que no son los únicos, todos necesitamos amor en primer lugar. El amor es indispensable para existir, sin él podemos morir cuando quiera. Por eso hay personas que deciden suicidarse cuando han perdido a quien "satisfacía" su amor, aunque él o ella no hayan muerto físicamente.

Una frase no deja de maravillarme en sus tres palabras: "Dios es amor". Por doquier la leemos y forma parte de una conciencia de saber que contamos con alguien más "sí, está bien, existe". Lamentable es que no terminemos de comprender su significado, que no podamos actuar con base en su trascendencia. Los últimos días he buscado a Dios. No lo digo pretendiendo causar alguna reacción en quienes me leen, sólo comparto mi dicha. Acostumbrado a tratarlo "de oídas", he podido conocerlo en poco tiempo. Me ha asombrado la entrega de Jesús, la misión que decidió realizar por ti y por mí, en pos de entregar salvación a los perdidos. Lo envió para anunciar las buenas nuevas a los pobres, proclamar libertad a los cautivos... ¡dar vista a los ciegos y poner en libertad a los oprimidos! Cuán grande fue su propósito que los mismos que debían alegrarse por su compañía, lo odiaron y le dieron muerte. Un justo por generaciones de injustos, un hombre bueno por millones de malvados.

El amor puede sanar cualquier herida. Es tan poderoso que logra lo que ningún medicamento puede hacer: curar el alma. Restaura lo que se corrompió y otorga el impulso para hacer obras grandiosas. Esto cuando se entiende el propósito de vivir este mundo tal como lo conocemos y estamos dispuestos a negarlo al morir a los deseos que implica una realidad corrupta. No es fácil, obviamente, pero ahí está Él, con los brazos abiertos, esperándote a que le entregues tu vida. Mirándote de frente, no para condenarte, sino para comprenderte y perdonarte. A menudo escucho personas que coinciden en creer en Dios a su manera, claro, porque también creen en el amor a su manera. No terminan de conocer el sentimiento más sublime de los que tiene el ser humano. Tal vez esto explique por qué la gente ha perdido el brillo en la mirada, tratando de amar reprochando no recibir a cambio lo que le falta. Yo era de éstos, buscaba y no encontraba. Siempre con la expectativa de dar lo mejor de mí, terminaba por arruinarme los días con resentimientos absurdos. Aborreciendo la injusticia, me hice injusto.

No sé cuánto tiempo permanezca en este mundo, pero tengo la plena convicción de que quiero usarlo para servirle. Mostrar el rostro de Jesús a los necesitados. A los que han sufrido acaso sin motivo aparente. A los que nacieron ciegos para que la gloria de Dios se hiciera evidente en su vida. A los que peregrinan sin esperanza, muertos en vida, creyendo que la vida es el goce de los placeres terrenales y nada más, que el cielo y el infierno son etapas circunstanciales de la vida. Hoy quiero transmitirte esperanza, decirte que su amor es inconmensurable y sólo tienes que buscarlo. Tan infinito que no podría explicar este momento si no fuera por él. Mi vida habría quedado atrás hace tiempo.

Un momento... ha quedado atrás.




jueves, 29 de septiembre de 2011

Misericordias

¿Cuán grande es la misericordia de Dios? Cómo saberlo, la mente no nos alcanza para comprender su magnitud. Leo la definición en un diccionario: "la misericordia es, en la doctrina cristiana, el atributo divino por el que se perdonan y remedian los pecados y sufrimientos de sus criaturas". Es decir, no solamente es el perdón per se, sino también el remedio de las faltas cometidas y de las consecuencias que éstas conllevan. Sabemos que el pecado es lo que separa al ser humano de Dios. Todos conocemos la historia del pecado original que cometieron Adán y Eva en el Paraíso cuando desobedecieron a Dios y cayeron en la tentación del maligno que los llevó a comer el fruto del árbol que Dios les había puesto como condición no comer. La primer acción en contra de Dios sucedió a causa de la tentación de probar algo que no les estaba permitido. De esta manera desafiaron el poder del Creador de todo lo que conocían y vivieron las consecuencias de su pecado. A partir de ahora, su vida dejaría de ser de comodidades; en cambio, conocerían el dolor y sufrimiento; tendrían que sobrevivir y no solamente vivir.

En la actualidad, las personas viven de manera tal, que disfrutan al máximo las cosas que tienen o creen tener. La mayoría no tiene por código de conducta otro que la ley vigente en su país y algunas normas de trato social que son necesarias para ser alguien en la vida. La moral, lo observamos, no deja de ser un relativismo complejo que cada quien interpreta a su manera, sin inmiscuirse demasiado en cuestiones de fondo, tratando de no ofender a los demás al desaprobar sus conductas. Ahora lo que se premia y considera como valor  mayor es la diversidad; en este sentido, mientras más raro y diferente, más atractivo. Sin embargo, no hay que olvidar que vivimos un momento en el tiempo. Los más viejos conocieron la primera mitad del siglo XX y ya; en realidad, no hay mortales que sepan cómo se vivió más allá de nuestra época. Lo que sí existe es el conocimiento legado desde tiempos inmemoriales y las interpretaciones que se hacen en torno a él. Así, la historia busca traer del pasado los hechos y las ciencias evolucionan aceleradamente por el avance vertiginoso que ha tenido el conocimiento humano en las últimas décadas. Como sea, ningún ser humano conoció por su propia experiencia lo que sucedió más allá del siglo anterior.

Durante los últimos días he aprendido a ver la vida de manera distinta. Ya no como la prolongación en el tiempo, sino como la posibilidad en el momento. Cada instante es un regalo de Dios, aunque para muchos sea la nada. En el mundo que conozco, las personas se ocupan de vivir sus vidas en prospectiva, incluso yo defendí este proyecto en este espacio, pero ahora me doy cuenta que lo importante es aprovechar el tiempo agradando a Dios en tiempo presente. Para quienes la nada es todo y la finitud una marchita oportunidad de desquitar el tiempo, escribo esto. Mientras hay vida, hay esperanza... reza un dicho famoso. Yo quiero hacer ver que la esperanza se manifiesta aun en la muerte porque tenemos con nosotros a quien venció a la muerte. Por ello, no tenemos por qué temer al mal. El mal como lo conocemos reina sobre este mundo. No es novedad, la maldad es inherente al ser humano, pero la bondad es Dios y puede transformarnos para hacer de esta vida un buen comienzo de lo que nos espera más allá del tiempo.

La misericordia de Dios sólo se entiende de la mano con otro principio: el amor. Su amor es inconmensurable y se manifestó en la persona de Jesús, cuando éste vino al mundo para demostrarlo. Sufrió humillaciones a pesar de hacer señales y prodigios. Los suyos no creyeron en Él. Mostró su poder incluso resucitando muertos, algo imposible para cualquier ser humano, no obstante, se burlaron de Él, lo odiaron... lo crucificaron. En esa cruz, en medio del dolor de su cuerpo humano, Jesús rogó a su Padre: "perdónalos Señor porque no saben lo que hacen". Hasta ese punto demostró su amor, al no condenar a los que lo herían; reconociendo la maldad como un aspecto natural (inherente) al ser humano. La misericordia de Dios se derramó, entonces, en el acto sublime de su muerte en la cruz, pero también y sobre todo en su resurrección al tercer día. No fue sólo morir por nosotros, sino resucitar y vencer a la muerte, vencer el pecado. Éste es la muerte, por eso cuando una persona se arrepiente de sus pecados, vive; no sólo eso, también Dios enmienda los daños cometidos por la maldad, porque abogado tenemos en aquél que conoció las tentaciones y debilidades humanas.

Saulo de Tarso, asesino que perseguía cristianos, se enorgullecía de su modo de vida. En su propia concepción, hacía lo bueno a los ojos de Dios. Aunque en realidad lo hiciera sólo para su credo; era un religioso. Dios lo confrontó directamente. No lo condenó, antes bien, trató con él, lo llamó para servirle. Pablo fue un apóstol fiel a Jesucristo y su nueva vida, un ejemplo de servicio a Dios. Él estaba convencido de la misericordia de Dios porque la experimentó. Puso su confianza en quien lo llamó de las tinieblas a la luz, y aunque padeció por la causa de Jesús (de eso se trataba), terminó por entender la fugacidad de la vida y la banalidad de afanarse en las cuestiones del mundo. De manera que sintetizó su fe en una frase que últimamente resuena en mi cabeza y quiero apropiarme para siempre: "para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia". No importa cuán grande sea la maldad, cuán difícil la situación, cuán ofensivo el pecado. Los hombres de Dios fueron escogidos y transformados; de lo vil y despreciable de este mundo han surgido los siervos más fieles. Aquellos cuya vida fue impactada por la misericordia de Dios, por un pensamiento tan universal que sólo llegaron a entender entregándose a la causa de Jesús de Nazaret.

Cada mañana, nuevas son las misericordias de Dios para todos: buenos, malos; ricos, pobres, y demás dicotomías. Por ello, el rey David escribió: "los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos". El cielo de los últimos días me ha hecho recordar sus misericordias, sin las que sería nada o la vida me transcurriría como nada. Gracias a Él ahora puedo confiar y sonreír.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Gracia

La gracia es el don inmerecido de Dios. Un regalo que se recibe no por ser o hacer algo a cambio, sino simplemente cuando se pide. La mayoría de las personas desconocen qué es y piensan en una prórroga para pagar algo o en la cualidad de tener sentido del humor. Es importante asentar que efectivamente la gracia es principalmente de Dios pero también proviene de los seres humanos: "ojalá halles gracia con tu jefe", por ejemplo. La gracia en el discurso cristiano es fundamental porque establece un orden en el que incluso la peor de las personas puede ser perdonada. Se recuerda el caso de los ladrones crucificados junto a Jesús en el monte de la Calavera. Uno de ellos renegó de su ascendencia divina, el otro creyó en él y recibió la gracia en los últimos instantes de vida. Así, la gracia puede salvar al peor de los hombres a punto de morir, sin embargo, también es indispensable para todos los que quieran ser redimidos por Cristo y salvos del pecado de este mundo.

La vida transcurre sin novedad para la mayoría de personas en el mundo. Las catástrofes preocupan pero casi todos están acostumbrados a ver las cosas pasar sin inmutarse. Su propia finitud los condena y creen que el cielo y el infierno ocurren sobre esta tierra. No les interesa planear el futuro más allá del promedio de muerte de su género según las condiciones de vida que les tocó vivir. Sosegados de saber que de todos modos nos vamos a morir, piensan que es mejor tirarse al desenfreno y disfrutar de los placeres de la vida, cometiendo toda clase de excesos porque finalmente hay que probar de todo para saber que se siente. ¿Si la vida termina con la vida tal como la conocemos, entonces habrá lugar para la esperanza más allá de nuestra naturaleza egoísta? No lo creo, las cosas no se pueden terminar en este mundo, no pueden quedar impunes crímenes perversos, injusticias ingentes, actos degradantes. La prospectiva es la eternidad.

Nadie merece una recompensa especial pero todos tienen la oportunidad de recibir la salvación. Entre más viles y despreciables, más sujetos a recibir la gracia de Dios. No tiene lógica desde el punto de vista humano pero, ¿cuándo los planes de Dios han sido lógicos? Un padre que envía a su único hijo para morir a manos de gente malvada que negó las señales escritas en su propia memoria acerca de la venida al mundo de un salvador. Y lo más grande: él muere teniendo en mente la salvación de esa gente por medio del arrepentimiento, él les ofrece un fin último: trascender a esta vida y habitar un lugar donde no habrá llanto ni dolor. El perdón universal de Dios a los hombres en una sola decisión. Tomarla es un gran paso hacia delante pero apenas el comienzo, posteriormente se enfrentan las batallas cotidianas en contra de la maldad de pensamientos, palabras, hechos. Ante esto, se debe demostrar valor con un ejemplo de integridad que cuesta trabajo formar en un mundo corruptor cuyo dueño ronda al acecho de quién devorar. La valentía acendrada en el poder de Dios lo ha vencido de antemano.

Seguramente habrá quienes descalifiquen los párrafos anteriores, pensarán que no desarrollo un argumento ni escribo con base en el conocimiento científico. Que es mera religión y una fe que no tiene certezas. A ellos les deseo el mayor bien de todos los que hay, que conozcan a Dios. Porque habrá situaciones en las que cualquier pronóstico de tipo humano será rebasado y no tendrán a qué aferrarse, ni siquiera a los propios semejantes. De hecho, no podríamos pensar en el amor incondicional de no ser por el principio del perdón demostrado por Jesús durante su ministerio. Siempre antepuso el bienestar de los demás, incluso de quienes lo despreciaron por ser un revolucionario que vino a romper sus esquemas acerca de lo bueno y lo malo. La esperanza tiene que ver con algo ilimitado pero posible, con una idea que está más allá de la discusión filosófica sobre sus causas y consecuencias. Esperar en Dios es más que un consejo, se convierte en la opción que tenemos quienes hemos entendido que nuestros errores son innatos y las posibilidades de enmendarlos dependen de una gran voluntad. La del hombre servirá para dar la pelea, la de Dios para ganarla.