domingo, 3 de junio de 2012

Cuando la primavera renace en mayo


A Humberto Sanders, incondicionalmente

No fue un joven inmolándose como Mohamed Bouazizi –en diciembre de 2010– en Sidi Bouzid, Túnez, lo que desencadenó el movimiento juvenil que se fortalece en México previo a la elección presidencial. Fue la visita de Enrique Peña Nieto a la Universidad Iberoamericana lo que prendió la mecha y ahora ha sumado voluntades de protesta en varias ciudades del país. El movimiento “Yo soy 132” une a estudiantes de universidades públicas y privadas con intereses políticos, pero se asume apartidista desde el momento que fija su lucha por la democratización del país y el empoderamiento ciudadano a partir de la apertura y objetividad de los medios de comunicación con base en el derecho de la sociedad a la información y a la libertad de expresión.  
La causa inicial fue lo que representa Peña: el PRI de siempre; el que –como botón de muestra– dirige un señor que llamó porros a estudiantes matriculados; el mismo que, como gobierno, ordenó usar la fuerza pública en Atenco, actuación terrible por parte de la policía, de documentada violencia física, psicológica y sexual. La protesta de la Ibero puso de relieve la percepción que buen número de jóvenes tiene acerca de esa marca que han intentado vendernos como en oferta: “el nuevo PRI”. Lo que parecía ser la ventaja de la candidatura de Peña: su juventud, ha resultado contraproducente. Tristemente célebres: el episodio de olvidar los tres libros que marcaron su vida, trastabillando y evadiendo la pregunta en medio de intelectuales en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no saber el precio de la canasta básica justificándose en su sexo: “yo no soy la señora de la casa” o no saber  a cuánto asciende el salario mínimo.
El enojo hacia él es también el enojo hacia los poderes fácticos. Por ello la manifestación en contra de Peña convocada para el 23 de mayo –por supuesto a través de las redes sociales– terminó enfrente de Televisa Chapultepec. Entonces quedó claro que los reclamos se desprendían del manejo tendencioso de la información por parte de los medios de comunicación, que favorece el regreso del PRI a Los Pinos. Yo estuve ahí. Fui porque me llenó de emoción ver a miles de mis coetáneos marchando por Reforma. Caminé solo por la principal avenida de México, pero me sentía muy acompañado. Observé la composición de esa manifestación y encontré una mezcla muy heterogénea, que no obstante gritó al unísono en el momento culmine: ¡si hay imposición, habrá revolución!
Es cierto que los poderes formales y fácticos se aferran a sus privilegios. Recordemos que la enorme corrupción de una élite gobernante autoritaria fue el germen de las revueltas sucedidas en Oriente Medio. En México, los lujos que da el poder ofenden por igual; por ejemplo, los paseos por el mundo de la hija del líder del sindicato de PEMEX acompañada de sus perros, o las constantes apariciones públicas de Elba Esther Gordillo con atuendos que superan los cien mil pesos. Tenemos otros motivos contundentes de indignación. No sólo son la violencia y el desempleo como urgencias nacionales, sino sus caras más cínicas: funcionarios que definen a decenas de miles de muertos como daños colaterales, un presidente insensible que dice que no hay alternativa a su guerra; gente sin qué comer, mientras un puñado goza la riqueza de los presupuestos.
Se ha señalado que la juventud no tiene que ver con una edad determinada, sino con una actitud frente a la vida. La actitud de mis compañeros tiene que ver con un fin: la democracia, a través de un medio: el conocimiento. También, la postura invita a sumarnos a todos los oprimidos; liberarnos de la opresión es mucho más que idealismo, cobra vigor como programa. Punto en favor del movimiento es que critica el voto nulo y el abstencionismo, ya que han resultado ineficaces para llevar la agenda ciudadana a la arena política. Creo que ciudadanizar será posible, pero considero que se debe cuidar no confundir un propósito tan bello con politizar, refiriéndome con esto al carácter coyuntural como surgió el “Yo soy 132”. Debemos revisar la responsabilidad que hemos asumido en nuestra esfera diaria para dignificar nuestra ciudadanía.
No se mira lejos 1968. En contextos y ante desafíos distintos, las juventudes coinciden, en tanto que hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, como afirmó sabiamente Salvador Allende. Los últimos despiertan con nosotros. La diversidad de esa época es, con mayores posibilidades, la de hoy. Nos incita a hacer lo imposible. Es momento de que la conciencia social que anhelamos propagar a todo el pueblo de México se asiente en tender puentes educativos (como en la primer asamblea de “Yo soy 132”, a la que concurrieron alumnos de 54 instituciones), en vincular la ciencia y la tecnología con la gente y difundir la cultura mexicana como esencia que nos hace parte de una sola comunidad. Nosotros debemos ser los maestros de las nuevas generaciones, las que lamentablemente carecen de educación básica de calidad y no leen con gusto ni siquiera lo que por obligación escolar les toca.
Es tiempo de consolidar el cambio pensando más allá del primero de julio. “Yo soy 132” plasma la idea de un número, en el que, paradójicamente, cabemos todos. Reconstruir la nación, por lo visto, empieza por rejuvenecer. Juventud, hoy más que nunca, no es sinónimo de inexperiencia, sino de impulso vital; de ganas de transformar la realidad social de la mano del conocimiento universal. Motivación constructora que anhela el porvenir justo de la patria. De nosotros depende levantar un edificio de muchos pisos, y siguiendo a Enrique Dussel, para ello “hay que cavar muy hondo el fundamento”. Creo que en el fondo de lo que observamos como inédito en la vida nacional, se encuentra la añeja distinción entre súbdito y ciudadano. Con la diferencia de que ya nadie quiere ser lo primero.
Por Bruno Torres Carbajal. Estudiante de quinto trimestre de la Licenciatura en Política y Gestión Social de la UAM Xochimilco. 

viernes, 11 de mayo de 2012

Añorar

Correr todos los días a todas horas. Levantarse con los ojos hinchados no precisamente de tanto dormir. Apurado salir con rumbo habitual. Pensar y repensar los momentos vividos hasta entonces. Hurgar en la causa de las desavenencias con aquellas personas que más amaba. Más o menos ésta era la vida de Ezequías aproximándose a lo que llamaba su segunda mayoría de edad. La primera llegó cuando fue a recoger la credencial que -valga la redundancia- lo acreditaba como ciudadano. Para él, este término no gozaba de la importancia debida, ya que la mayoría de las personas en su país no entendían la ciudadanía como un compromiso. Simplemente se quejaban de su situación y envidiaban la de quienes se encontraban mejor. Cualquiera que fuera la interpretación de 'mejor'.
Viajar al medio día en medio de la multitud de oficinistas, ambulantes, estudiantes, indigentes, entre otros, por los vagones del tren metropolitano. Leer por intervalos de tiempo breves historias que lo hacían salir de su rutina. Salir a tiempo de donde fuera para llegar a tiempo a donde debía. Transcurrir como un momento que se cuestiona acerca de su temporalidad y no termina de aceptar su fugacidad. Así se le había ido el mes de abril, aquel que alguien no robó, pero sentía hurtado desde que era chico. Llegó mayo y con él los recuerdos acumulados a lo largo de dos años de vida citadina, sin contar obviamente el que antes acumuló 'dedicado' al estudio en un centro de readaptación académica. Ezequías rechazaba la idea de que "no tenemos tiempo", pero no creía del todo en el lema optimista que reza "el tiempo se lo da uno".

En verdad, era muy sentimental. Dejaba aflorar esos sentimientos a propósito. No es que no los sintiera, evidentemente, sino que se esmeraba en que se apoderara de él la nostalgia por encontrarse solo en el mundo. Quizá fuera necesario que lo hiciera, en cierta medida. Es decir, que comprendiera que sí dependía sólo de él abrirse paso ante las adversidades que supone la 'postmodernidad'. Su problema radicaba en la que repetía como su solución: la amistad. Ocupaba mucho tiempo de su meditación acerca de la vida el hecho de que dos personas tuvieran necesidad de estar juntas para darle sentido a la realidad. No es que pensara que era requisito para sobrevivir, pero apostaba que era la única manera de ser feliz. Conceptualizaba, ciertamente, la amistad como algo bastante amplio que abarca distintas esferas de la vida humana, como el matrimonio y la familia, pero sentía una especial inclinación por la amistad entre dos personas fuera de estos ámbitos.

Ezequías vivía al sur de Tokio. Rentaba un piso en compañía de dos compañeros dedicados a las ciencias espaciales. En contraste, su vocación era dirigir. Lo había intentado en un par de ocasiones y comprobó los problemas que se generan hasta por el más mínimo detalle. No se había resignado a ejercerla, pero desacreditaba la idea de que dirigir fuera algo fácil. Creía que su vida tomaba sentido por los problemas en los que se veía inmerso. Como si la inseguridad latente fuera un mecanismo de reacción instantánea cuando se requiriera, ya que también le daba las ganas de permanecer despierto hasta entrada la madrugada y levantarse muy temprano. Se puede decir que no tenía nada que perder, pero le había desanimado ganar algo en especial. Su mayor bien era reunirse, convivir, platicar y abrazar a la gente que se había ganado su confianza.

Lo definía el verbo añorar cuando se veía impedido de ver a sus amigos y resentía más cualquier ausencia. Soñaba con un mundo donde libertad fuera sinónimo de amistad, y ser libre consistiría en hacer muchos amigos. No era, en definitiva, el Japón que le rodeaba. Desde hacía un buen tiempo, le daban ganas de irse a vivir a Londres para tener un nublado ad hoc a su nostalgia.

lunes, 7 de mayo de 2012

Acercarse

Leer dio por resultado confrontar mi situación en el mundo. En específico con un tema que me ha ocupado hace tiempo: la amistad. Comenzó con un amigo al que estimo mucho. No me hizo nada para que me pusiera mal. Yo me puse mal por nada. Por cuestionarme, a raíz de una breve lectura, quién soy yo para él. Como si no fuera suficiente para saberlo lo que hemos vivido juntos en los últimos años. No quiero calificarla como patética, porque la situación originó una dura introspección que sirvió bastante.

Hasta el medio día, estuve pensando en círculo sobre la misma cosa. Finalmente, como una cosa lleva a la otra, caí en cuenta de que no debería pensar en función de un solo amigo. Me situé en el mundo y me reproché no mirar a los míos, que de antemano sé, están esperando noticias acerca de su hijo y  hermano; platicando de mí a muchos kilómetros de distancia. Llamé, escuché, lloré. Dos minutos: un solo comentario de él; mi ruina. Vi cuán egoísta he sido, que no miro la situación de quienes me aman, y a veces me lloran.

Sentirse mal no basta. Es contundente. Sin embargo ¿Cómo sobrellevar esta melancolía? Lejos de ellos, pero a veces ignorándolos. Cerca de ellos,  pero a veces ignorándolos. La confianza no necesariamente implica decir todo. Hay cosas que por vergüenza no se dicen. He actuado así muchas veces. Hoy fue una de ellas. Me reservé el desencadenante de mis malos sentimientos. Pero hablé con ganas de liberarme. Sólo cuando lo hago puedo soltar lágrimas de desahogo puro. Sólo cuando las suelto puedo irme a dormir en paz.

Quisiera que no hubiera necesidades materiales que agobiaran la existencia. Quisiera que las necesidades del alma se suplieran con un eterno 'tequiero'. Por mi parte, quiero cambiar el mundo amando. A veces no salgo de mi soliloquio. Hoy, para bien, fue una de esas ocasiones. Sirvió para ver más allá de mis narices. Me llevó a palpar el amor incondicional, el que no necesita de títulos para existir. Simplemente cubre nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Es lo que llamamos una inspiración y que, a pesar de todo, experimento en este instante.

Gracias, valiosos y grandiosos tres, por hacerme entender.

sábado, 28 de abril de 2012

Pedagogía del cambio

En la oficina que representa los intereses de una nación, se encuentra un viejo señor que acostumbra redactar oficios hasta entrada la noche. No sólo lo hace con vocación, sino con pasión; la propia de una persona que ha visto transcurrir décadas y hoy atesora el principio de que “eso fue ayer” y prefiere vivir la vida como se presenta cada minuto, sin prisa pero con ganas. He caminado muchas cuadras discutiendo con él las grandes soluciones que requieren los más grandes problemas del país. De vez en vez, sin embargo, he disfrutado los cuentos que se convierten en bromas y acaban siendo fábulas de reflexión permanente. En ellas medito esta noche, porque los últimos días me ha rodeado un clima de decepción que terminó por hacerme notar mis propios errores; los que dejo de mirar en el afán de criticar a los demás. Vale la pena recordar hoy que si el cambio empieza por uno mismo es necesario que empiece pronto.

Lamentablemente, las campañas políticas no sólo sacan lo peor de los políticos, sino sobre todo lo peor de las personas en general. Acostumbradas como estamos a vivir bajo una aparente calma –tan institucionalizada que hasta decimos que “aquí no pasa nada”- de repente nos apasionamos con la idea de cambio, cuando ésta ha dejado de ser, si es que lo fue, una razón de peso para participar políticamente. Devino, eso sí, es slogan barato que bombardea los medios masivos de comunicación y contamina visualmente las ciudades y los pueblos. Pero que no aparezca un vídeo contundente en el que niños hacen las veces de adultos en un México que padece la violencia de los criminales aunada a la torpeza de las autoridades. Tan crispado se encuentra mi país que en pro o en contra, la publicidad invade la intimidad de la gente, que ya no sabe qué es real y qué no. Por ello prefiere sumirse en lo relativo, superfluo, material, banal, pasajero o como se le quiera llamar. Piensa que de esa manera escapa al contexto degradado en el que inevitablemente interactúa.

No tengo buenas razones para votar por un candidato en particular en las próximas elecciones para elegir al Presidente de la República. Sometidos al escrutinio jamás visto de cámaras y micrófonos que operan de inmediato con la tecnología digital, han demostrado sus graves errores para conducir, eventualmente, los destinos de eso que llamamos patria. No obstante, no me sorprende; si ellos son así, no imagino como fueron los presidentes del México autoritario que han insistido en vendernos como tragedia nacional y regreso inminente. Lo que digo es que la crítica a la actuación de los candidatos debe ir más allá de lo que por sí solos representan. Ciertamente, suena descabellado pensar que una persona, en democracia, gobierna por ella misma. Por más que se repita aquello de la “presidencia imperial”, los tiempos actuales hacen impensable la idea de que un ser humano que no recuerda los tres libros más significativos de su vida vaya a destrozar lo avanzado y convertir a México en un sultanato. Esto es falaz.

Comencé hablando de la decepción porque me doy cuenta cuando pienso con la cabeza fría, que en realidad los mexicanos somos muy dados a criticar todo y a todos. Vivimos en una permanente inconformidad hacia lo que nos rodea pero somos jactanciosos por excelencia y mantenemos en alto la bandera de que como México no hay dos. Creo que nos ha faltado una educación integral basada en el valor de la responsabilidad, no sólo ciudadana sino humana en general. Queremos y exigimos libertad cuando solemos imponer nuestra voluntad en la esfera más próxima porque desde siempre nos asumimos como los “chingones”. Y sin entrar al difícil tema de la mexicanidad, cuyo mejor autor, en mi opinión, fue don Octavio Paz, considero que sí seguimos pensando en función de una conquista que nos hizo esclavos… ¡Pues para mí, ni conquista ni esclavitud!

México es la síntesis de un proceso histórico en el que convergieron el esplendor de un pasado precolombino y la simiente, que más allá de España, era de la vieja Europa, y por vieja, sabia. Somos, pues, un pueblo joven, pero no por ello menos valioso que el resto del mundo. Simplemente con peculiaridades que debemos aprovechar para mejorar. De los candidatos a cualquier puesto  no dependerá cómo hacerlo, depende sólo de cada quien. Se trata de entender que no nacimos negando nuestra circunstancia: la tierra que nos vio nacer y que continuamente acusamos de “estar jodida”. Al contrario, consiste en valorar lo que tenemos y lo que podemos tener. Sí creo que el pueblo tiene el gobierno que se merece, pero también creo que este gobierno no tiene más que un par de ojos y un par de manos iguales a los nuestros, tal como lo pensó Etiéne de la Boetié en la Francia de hace cinco siglos. Si queremos hacer patria, empecemos por hacer hombres y mujeres dignos de su tiempo, es mi exhortación.

Por y para ello me esfuerzo en aprender de las lecciones del “Profe”, como le decimos cariñosamente a mi amigo del trabajo, porque cuando señala que “la política es como una carrera de perros, en la que solamente el perro que va hasta adelante sabe a qué le ladra”, no pierde razón. Al contrario, hace amena la ocasión de no conformarnos al hecho de que sea así, sino de buscar incansablemente que sea de otro modo: donde todos sepan y nadie ladre. 

domingo, 15 de abril de 2012

Recordar es revivir

Hubo una época cuando solía comer sopa instantánea aderezada con chile chipotle y un trozo de quesillo, acompañada de un refresco continuamente señalado como pésimo para la salud, empezando por su coloración negra. Esa época fue hace dos años. Recuerdo que por entonces obtuve mi primer trabajo en la institución que había sido mi escuela preparatoria. Se me encargó dar clases de oratoria, ese arte que devino demagogia con acento fastidioso. No obstante, a mí no sólo me gustaba, puedo decir que me apasionaba al grado de ir por las calles de Oaxaca hablando solo y ejercitando ademanes que los demás miraban con reserva; como si un loquito hubiese salido de paseo. Con todo, no me duró mucho el gusto de poder compartir con los muchachos de dos remotas (a mi casa) sedes, la utilidad de saberse expresar con propiedad o hablar con elocuencia para convencer, deleitar y conmover. 

Había fallecido mi abuela materna para el comienzo del mes de abril (ese que nadie me había robado nunca, pero que yo consideraba perdido de siempre). La situación en casa no era buena. Me refiero a que se respiraba desánimo, naturalmente luego de la pérdida de un ser querido. Con ganas de distraerme, fui a un congreso de jóvenes cristianos a Puerto Escondido. No precisamente porque en el mar la vida fuera más sabrosa, pero sí movido por el deseo de aprender nuevas cosas sobre Dios y su trato con nosotros los jóvenes. Ahí conocí a personas valiosísimas, venidas de varias partes de México. Me convencí de que es necesario que conozcamos más personas, porque ello nos permite entender mejor cómo es el mundo. Sobre todo, si conocemos gente que comparte nuestros principios y valores, podemos mejorar como personas y contagiar a las demás personas: a los otros, los necesitados.

Antes de volver de viaje, ya sabía que algo no iba bien con mi viejo abuelo Manuel. Con 101 años a cuestas su salud se encontraba deteriorada, pero se mantuvo firme hasta el final. Así que decidí ir a México a pasar los últimos (o primeros) días acompañándolo. Es feo, ya lo sabemos, ver a una persona morir, pero lo cierto es que la experiencia de permanecer hasta el final es aleccionadora y otorga una manera distinta de ver la vida. En efecto, sólo la empezamos a entender cuando cobramos conciencia de la muerte. Eran días fríos a pesar del sol de primavera que se colaba por las espesas nubes del norte de la ciudad de México; si es que Valle Dorado -ese paraje atormentado por inundaciones y delincuentes- sigue siendo parte de la ciudad más grande del mundo. Íbamos y veníamos esperando el fatal desenlace que ocurrió en la madrugada del quince. El mes se partió de tajo y desde una alta colina lo despedimos con tristeza. 

Nada volvería a ser igual. Después de los honores de la familia a su patriarca: el oaxaqueño mixteco, el músico violinista, el hombre de una sola pieza, yo asumiría un nuevo papel en la vida. Dicen que los acontecimientos fatales a veces son la única manera de tomar decisiones trascendentales que modifiquen el curso de nuestra vida. Pues, así, volví al Distrito Federal, ya no para experimentar, sino para quedarme. Al principio, pateando un bote por un puente peatonal, me había desilusionado de encontrar 'vacía' la "casa del  pueblo". Admito que fui a la Cámara de Diputados a buscar trabajo. Sin embargo, Dios ya me había reservado el lugar que quería, donde hasta el día de hoy he aprendido muchas cosas. Las felices coincidencias se darían de formas insospechadas, hasta que un buen día asumí mi nueva responsabilidad, que me permitiría sobrevivir a la selva de asfalto. Donde, luego de cuatro meses, entraba a clases en mi nueva universidad. Lugar de emociones irrepetibles, comunidad de ánimos juveniles con buenos deseos. 

Indiscutiblemente, el nuevo rumbo que comenzó con el revivir de la primavera -la que se llevó a dos de mis abuelos- no fue posible valiéndome solo de mis fuerzas o ganas. El anhelo de reivindicación que tanto había pregonado antes y no se había realizado pronto, tomaba forma, y con él la alegría de momentos por vivir en  compañía de mi familia, mis amigos de siempre y de los nuevos que ya estaban ahí; sólo esperando coincidir para soñar y esforzarnos por hacer realidad nuestros sueños. En el camino, ha habido errores, momentos de profunda soledad y decepción, tristeza y pérdida de sentido. Sin embargo, eso no mengua la dicha de estar aquí, ¡escribiendo sobre todo esto ahora mismo!. Pellizcándome la cara para saber que es real, que la realidad no es tan fatal como solemos decir. Que basta recordar un poco más, volver a los orígenes de quienes somos, para pensar con amplitud de prospectiva y mayor esperanza: a dónde queremos llegar y la pregunta que para mí tiene aun más valor: para qué. A dos años de distancia, mi respuesta no es secreta: para reflejar el amor incondicional de Dios a mis semejantes. 

sábado, 31 de marzo de 2012

Hasta decir basta

Momentos difíciles siempre hay. Los hay más llevaderos, los hay muy sufridos, pero ahí están. La verdad es que conforme avanza el tiempo en mi muy temprana madurez, los momentos van y vienen con alegrías y dolores. Por doquier veo personas en situación parecida, que se encuentran enfrente de los problemas y reaccionan de distinta manera conforme estos se solucionan o empeoran. Generalmente, no depende de uno solo resolver lo que nos agobia, depende también de los demás, aunque existan voluntaristas que afirmen que la cosa está por que cada quien haga lo necesario para salir del estado en que se encuentra. Así, la ayuda hacia la gente que nos rodea también nos ayuda a nosotros mismos. La experiencia de poder hacer algo por mi semejante es formativa y formadora en tiempos de crisis que sacan de sus casillas a las masas y colman de preocupación el ambiente.

Ejemplos de brindar ayuda hay muchos. Seguramente en el cine o televisión, gobierno de consumidores consumistas, han visto historias en las que se entrecruza la tragedia con la ayuda; la fatalidad con el apoyo; el dolor con el consuelo. La amistad se dibuja en términos de lo que es mínimo para el ideal de amistad, pero suficiente para los tiempos actuales, cuando ser amigo ya es, de por sí, un hecho extraordinario. La ayuda debe ser un gesto desinteresado, máxime si se da entre amigos. No obstante, la actualidad está llena de casos en los que ayudar implica ganar algo. Aun las almas más filántropas dejan entrever en sus gestos de entrega por los demás, algún sutil interés por conseguir algo que está más allá del objeto de ayudar per se. Por ello, quiero exhortar a mis lectores a brindar su apoyo a otros hasta decir basta. 

La frase "hasta decir basta" se ocupa cuando se habla de una situación negativa llevada al límite. Hoy, sin embargo, escribo utilizándola para llevar al límite las acciones positivas que siempre podemos realizar en favor de los demás. ¿Por qué digo siempre? Pues, considero que la acción no implica, en realidad, recursos mayores para serlo. Podemos simplemente sonreír al otro, tal y como algunos vendedores ambulantes piden al subir a los camiones o al metro. Dar palabras de ánimo que endulcen el corazón, cuando lo que escuchamos por las calles generalmente son insultos que, aun en tono de broma, ofenden y denigran al ser humano. Tal vez, no sólo sea necesaria la voluntad de accionar nuestras vidas, sino también el tiempo para hacerlo. Porque el tiempo, con mayor frecuencia, se lo da uno mismo; y puede ser bien empleado si corregimos nuestra dependencia a ciertos distractores, siempre perjudiciales en exceso. Obviamente, de por medio se encuentra una elección de prioridades, aquello que nos merece mayor importancia. Ayudar debe entrar en esta agenda, pero hacerlo desinteresadamente, en tanto que sin esperar algo a cambio. 

Antes he escrito aquí sobre la ayuda de Dios como indispensable y a veces urgente para cualquier persona. "No somos perfectos" es el lugar común, pero la realidad es que también somos bastante imperfectos. Tendemos a hacer el mal y relativizamos el bien a toda costa. Es entonces cuando me pregunto si basta con quejarnos de la desgraciada vida para permanecer inmóviles, ajenos, incluso, a la circunstancia de nuestros semejantes. Porque este estado no refleja más que indiferencia y egoísmo vil en el fondo. Necesitamos y debemos voltear la vista a los necesitados, siendo esta categoría muy amplia, porque todos en algún momento pasamos por necesidad. Dejando de lado las materiales, las que caducan, apelo a mirar las del alma. Compartir lo propio con los que a costa nuestra han permanecido ajenos; mostrar ese amor nato que sentimos por la vida cuando volteamos a ver que no estamos solos en el mundo, aunque sí muchas veces demasiado callados. Encontrar en la mirada alegre o triste, en el llanto y en la risa, en el aplauso y en el más profundo silencio, la preciosa gracia de vivir acompañado, es paso fundamental para realizar algo trascendente, tanto más cuanto se comprende el fin de la vida: ayudar como forma de amar. Ayudar, pues, por siempre...

lunes, 12 de marzo de 2012

Hablar sin público


Desde que tenía 12 años empecé a participar en concursos de oratoria, motivado, primariamente, por la utilidad que representaban: puntos extras para alguna materia de la escuela; algún premio. Mi adolescencia asumió la oratoria como pasatiempo favorito. El fútbol de la niñez se había ido y con él mi deseo de convertirme en futbolista profesional algún día. Fue esa época cuando me enamoré de una compañera de la secundaria. Se llamaba Karina y la veía como si fuera una princesa. Obviamente era mayor que yo. Muchas veces me delaté en su cara, cargando después con una vergüenza obvia, que sin embargo olvidaba cuando trataba de ganar su conversación y hacerme el interesante.

Durante el primer año de secundaria me llevaron al congreso de mi estado para participar en el certamen de oratoria que cada año dedicaban a la memoria de don Benito Juárez. Después de esta primera vez, acudí al que me invitaran para poner en práctica lo que alguien me enseñaba en teoría: cómo hablar en público. Ya no considero esto como algo que se aprenda, más bien me he convencido de que nace espontáneamente; tampoco es que se improvise, porque por improvisados estamos como estamos. Me refiero a que cuando te apasiona en serio buscas todas las situaciones para hacer oratoria. No solamente en el ritual que implican los recintos fríos y la gente "bien vestida", que aparenta entender lo que generalmente son una bola de lugares comunes y frases bonitas que enchinan la piel para no ejercitar la mente.

A mi incursión en la oratoria siguió la natural decepción por creer que lo había hecho mejor que los demás y el haber perdido muchas veces. Los jurados honorables resultaron muchas veces "funcionarios de concurso". A donde los invitaban, iban, y como además 'enseñaban', sus alumnos ganaban de vez en vez. La necesidad de pertenencia a un grupo en medio de la convulsa adolescencia, me llevó a unirme a uno que poco a poco aborrecí. El argumento, la lógica, la propuesta, se perdían entre tanto 'choro mareador' acompañado de toda clase de redundancias y un formato de voz impostada que imitaba los más guturales cantos gregorianos. Cuando entré en razón, antes de alejarme de los foros de una provincia donde la vida pública deviene paros, protestas, marchas, plantones... incendios, hice el intento por cultivar un estilo natural de hablar en público.

La oratoria como vehículo de ideas propias próximas a la innovación; la oratoria como medio de transformación, exhortación al debate, propuesta de mejorías. Todavía el año pasado traté, no sé si con éxito, alimentar la discusión sobre temas como la violencia en México, la literatura latinoamericana y los jóvenes ante la decepción y la apatía.

Hace dos años comencé a trabajar en algún gobierno. Lo hice por necesidad y por deseo. En lo primero, sin recursos para poder continuar estudiando, menos en el DF, busqué una forma de contribuir con mi talento en algún lugar; en lo segundo, también en la adolescencia, supe que quería hacer carrera pública. Ya no pensaba en ser médico o piloto aviador como cuando niño, sino abogado o politólogo para servir a mi prójimo. Sé que pocos concuerdan con que éstos son profesiones para hacerlo; más bien se asocian a la corrupción, al enriquecimiento, al poder por el poder mismo. Títulos lucrativos, vaya. Estudié un año la primera en un centro de investigación que me significó mucho cuando llegué y muy poco cuando salí. Ahí confronté toda esa retórica hueca que consideraba formativa de mis primeros años. Entendí los amplios alcances de la educación bajo la disciplina del estudio, y no como mera repetición de fórmulas o recetas. Puedo decir, con cierta certeza, que me enseñaron o me obligaron, a pensar. Emocionalmente, maduré al verme lejos de mi hogar, en un ambiente hostil donde comer en la calle se me hizo vicio. Luego nada. El arquitecto de su propio destino tuvo que dejarlo y ya.

Varios meses en vilo, una formación acuática, dos sucesos trágicos, decenas de horas acumuladas en antesalas, y volví a la capital para retomar la licenciatura y trabajar inevitablemente. Me tocó esforzarme por permanecer a este lugar, no sólo por los gastos materiales como por el desgaste emocional que experimenté los primeros meses. Sentía como si me rodeara una atmósfera de fatalismo que sucedía en todos los planos, desde el global hasta mi casa. Aprendí, eso sí, nuevas cosas. Sobreviví como niño grande en un ambiente de adultos viejos. Me di cuenta que la renovación de las ideas no es cosa simple. Los obstáculos son muchos. La gente está acostumbrada a vivir de cierta manera, y desafiar los esquemas, si bien tiene su mérito, es sufrido.

En el Ministerio de la Verdad, como el de Orwell, me ha tocado de todo. En parte, alejarme de las convenciones sociales de mi adolescencia. De la que guardo un anhelo profundo e imposible, como si a veces quisiera volver el tiempo para meterme a las aulas caóticas de mi secundaria y revivir la época. Quizá retomar el deseo de ser deportista y también tocar la batería o dedicarme a la pintura. En seguida abro los ojos y retomo mi presente. La coyuntura donde soy el protagonista y mi escenario es una tragedia que cada tercer día se vuelve comedia. Donde mis antagonistas son muchos, pero mi personaje sigue retando al destino como un Sísifo o un Orestes, pero sin su dolorosa soledad. Sí, en cambio, con la alta esperanza de existir y no sólo ser.