viernes, 20 de julio de 2012

Desde Oaxaca

Es raro escribirlo así: "desde". Hasta hace unos años era mi "aquí y ahora"; ahora es mi destino turístico, algo por la familiaridad, otro poco por las posibilidades económicas. Vine a Oaxaca porque me dijeron que aquí vivían mis ancestros: hombres y mujeres esforzados que dejaron lo poco que tenían en busca de encontrarse a sí mismos. De aquí son mis abuelos paternos: Manuel y Carmen. Cuando eran jóvenes emigraron a la ciudad de México. Él a invitación de General Lázaro Cárdenas; ella a instancia de sus hermanas mayores. Yo no crecí donde ellos vivieron: la mixteca, los pueblos de Asunción Nochixtlán y Magdalena Yodocono Villa de Porfirio Díaz. Honestamente me hubiese gustado estar ahí, crecer en medio de los campos de trigo, esperando las fiestas del pueblo. Rodeado del ambiente sano de la provincia más provincia.

Hoy desperté en Oaxaca, apenas eran las seis de la mañana. Esas mañanas que en Oaxaca huelen a aire limpio. Dicho así nomás. Desayuné en casa, cobijado por mi madre. Mujer a quien el destino la trajo aquí. Sus raíces conocidas están en la ciudad de México. Descubrí los olores del campo, de esa región transparentísima que se llama Etla. Su queso fresco es su mejor sabor. Después del desayuno, el traslado de nuevo a la ciudad. La "verde antequera" luce menos verde pero de pie. Los conflictos sociales ceden pero nunca terminan. "Así es esto" dirá un taxista que ya no se lamenta por las constantes manifestaciones en forma de tomas de carreteras o marchas. Al menos ahora el Zócalo está despejado. Luce bien de cara a las fiestas grandes de este mes de julio. La Guelaguetza se aproxima. 

Tengo que trabajar estos días. El trabajo es una gran bendición y un gran castigo. Como sea lo disfruto rodeado de personas en la misma condición. Descubro que cada quien asume sus responsabilidades de distinta manera. Hay quien se preocupa mucho, hay quien simplemente mira el tiempo pasar, como la puerta de Alcalá. Y no sólo el monumento que está en España, sino también el acceso al gran teatro de la ciudad de Oaxaca. Recinto de estilo francés, que se construyó durante el gobierno de don Porfirio Díaz (y aun así dicen que no hizo cosas buenas). Hablando de Europa, mi amigo Héctor regresó de por allá. Estuvo un año en Madrid y otras ciudades, descubriendo el primer mundo. Digo, por aquello de que es la vieja Europa, no precisamente por el nivel de vida. Siempre he pensado que eso de medirlo está muy difícil. Porque los servicios públicos no son el único indicador. Hay una parte espiritual que Oaxaca en bastante sacia. 

Ayer ya no es hoy, tampoco mañana. Ayer me junté con él y Matus en un bar del centro histórico. Escuchamos la trova de un amigo en común. ¡Con qué sentimiento cantaba! Y nosotros ahí. Compartiendo en el tiempo y espacio los anhelos y frustraciones de una época que parece en fuga. De ahí fuimos a otro lugar a que ellos "palomearan"; apenas alcanzó para que Chepe entonara "Mañana de carnaval" en portugués, sonará hermosísimo un violín y se terminaran tres cervezas. Había que llegar a casa. La noche aquí empieza antes pero termina también antes. Ese correr de días que amanecen desde muy temprano es la más clara muestra de que vivir en Oaxaca no tiene desperdicio. Siempre he dicho (y si no ahora aprovecho) que lo mejor del día es despertar. Despabilarse y darse cuenta que se sigue con los pies en la tierra. 

Observando la composición social de mi tierra, me doy cuenta que eso de las clases sociales que tanta lata dio a don Marx sigue vigente; muy vigente. La gente, partícipe o no de un grupo, se ha acostumbrado a vivir así; como si no hubiera mañana, como si se viviera sólo hoy, como si bastara con vivir bien por ahora, sin mirar alrededor a nadie. Algunos nos hemos rebelado frente a esa tiranía. No queremos que nos gobierne la mediocridad ni el egoísmo. Vivimos, de algún modo, entendiendo bien nuestro sitio en el mundo. A propósito, el otro día un señor se me acercó en el Zócalo y me predicó la palabra de Dios, como si yo fuera un extraño, como si necesitara escucharlo, como si no tuviera que esperar mi respuesta...

sábado, 7 de julio de 2012

Misterioso Serrat


"Yo no sé qué, qué las mató, el tiempo, la ausencia...
Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta...
Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas...
En un rincón, en un papel o en un cajón...


Como un ladrón te acechan detrás de la puerta...
Te tienen tan a su merced como hojas muertas...
Que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y...
Nos hacen que lloremos cuando, cuando nadie nos ve..."


Coartada la libertad, volver a aquellas épocas que vivimos felices debe de ser más fácil. Aunque libres, muchas veces no volvemos a ese pasado por temor de no avanzar en la idea del "progreso mejor". En cualquier caso, un tiempo de rosas es el que podemos vivir cada mañana si nos lo proponemos.
Si estamos dispuestos a coger el tren antes de que marche de la estación.

sábado, 16 de junio de 2012

Cambio de época

Y amaneció como si hubiera pasado toda una época. No parecía verano ni tampoco invierno, pero era un hecho que ya no era primavera. El nublado cielo hacía ver una enorme carpa, sin fin, blanca. Debajo de ella nos encontrábamos nosotros, dispersos, lejanos, hasta indiferentes. Sé que no era por falta de voluntad, como por una inercia lamentable. La cual dejaba a su paso relaciones rotas y cercanías más falsas que una moneda de siete pesos. Aquí y ahora no cuestionaba los motivos particulares, como la fuerza ignota que orillaba a las personas a comportase de manera tal que se aproximaban más ser androides que humanos.

Los últimos días fueron de un sabor insípido, lejos de ser amargos. La concatenación de hechos pasados dejaron de ocupar su mente como antes. No absorbían ya todo el tiempo de su día a día, sino que aparecían repentinamente en ratos que sólo Dios sabe por qué existen, que si no existieran, posiblemente la vida sería más llevadera. Así, en prospectiva, vivir sería sinónimo de relajar. Relajar el cuerpo, la mente, el alma; y contagiar ese 'relajar' a los otros. Echar relajo sanamente, entiendo. No como cuando uno aprovecha cualquier oportunidad para reírse de los demás, sobre todo si éstos no están presentes, e incluso de uno mismo, claro, cuando se está de buen talante.

Conoció a una visitante formidable. Ocurrió en su escuela, que lo mismo era casa de estudios que centro de trabajo. Hasta ahí llegó procedente de una región sureña, que tenía en su nombre algo de jocoso y picante. Una mujer aguerrida, fuerte de convicciones, luchadora en sus propuestas, y sobre todo ¡Bella! Qué ojos, qué rictus tan delineado al estilo de una amazona medieval. Con ese porte encima, ¡cómo no va a dirigir un movimiento social! Tal vez el discurso feminista descalificaría mi opinión, pienso, en la medida que me siento atraído hacia ella físicamente y saco conclusiones sobre su carácter ponderando lo primero. No lo sé,  pero algún viejo me dijo que "en política, lo que parece es". Y nadie que conozca a Camila puede negar sus dotes de política.

La conferencia, el mundillo al inicio y término de ella, la pregunta sesgada, la respuesta insabora, etc. Todo digno de un viernes social, de esos que se desean desde el lunes a las siete de la mañana cuando suena la alarma de mi celular. Y entonces, el sábado por la mañana parece otra época, y "si parece es" porque quien la vive es un político nato, aunque en formación académica. La introspectiva comienza, pues, da pie a escribir con prontitud. La queja interior vuelve por los desaciertos cometidos en mi etapa de enamoradizo chamaco. La fantasía de que pude (pudo) ser mejor. La insaciable idea de haber tomado otro camino. Los desagravios ofrecidos en tiempo y forma a la protagonista de mi historia de amor ficticio. Y como telón de fondo: una juventud incierta, reparada muchas veces por el amor incondicional de lo alto, pero latente en sus carencias afectivas de lo bajo (bueno, suena mejor: de este mundo que hoy amaneció lluvioso).



Nota al pie: Me faltó completar con que "lo social" del viernes termina cuando te mandan a repartir revistas por las ajetreadas calles de Polanco. Te das cuenta, entonces, que lo social está detrás de las vitrinas. El viernes, en cambio, está en dos hombres tirados sobre Homero (la calle desde luego), una ambulancia corriendo con su sirena a todo volumen, los curiosos rodeando a los heridos más por morbo que en auxilio, entre otras anécdotas que terminan cuando quien escribe  esto se encontró a una ardilla afecta a la cámara, que posó sin reparo para la mía en un árbol cercano al Museo de Antropología.

domingo, 3 de junio de 2012

Cuando la primavera renace en mayo


A Humberto Sanders, incondicionalmente

No fue un joven inmolándose como Mohamed Bouazizi –en diciembre de 2010– en Sidi Bouzid, Túnez, lo que desencadenó el movimiento juvenil que se fortalece en México previo a la elección presidencial. Fue la visita de Enrique Peña Nieto a la Universidad Iberoamericana lo que prendió la mecha y ahora ha sumado voluntades de protesta en varias ciudades del país. El movimiento “Yo soy 132” une a estudiantes de universidades públicas y privadas con intereses políticos, pero se asume apartidista desde el momento que fija su lucha por la democratización del país y el empoderamiento ciudadano a partir de la apertura y objetividad de los medios de comunicación con base en el derecho de la sociedad a la información y a la libertad de expresión.  
La causa inicial fue lo que representa Peña: el PRI de siempre; el que –como botón de muestra– dirige un señor que llamó porros a estudiantes matriculados; el mismo que, como gobierno, ordenó usar la fuerza pública en Atenco, actuación terrible por parte de la policía, de documentada violencia física, psicológica y sexual. La protesta de la Ibero puso de relieve la percepción que buen número de jóvenes tiene acerca de esa marca que han intentado vendernos como en oferta: “el nuevo PRI”. Lo que parecía ser la ventaja de la candidatura de Peña: su juventud, ha resultado contraproducente. Tristemente célebres: el episodio de olvidar los tres libros que marcaron su vida, trastabillando y evadiendo la pregunta en medio de intelectuales en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no saber el precio de la canasta básica justificándose en su sexo: “yo no soy la señora de la casa” o no saber  a cuánto asciende el salario mínimo.
El enojo hacia él es también el enojo hacia los poderes fácticos. Por ello la manifestación en contra de Peña convocada para el 23 de mayo –por supuesto a través de las redes sociales– terminó enfrente de Televisa Chapultepec. Entonces quedó claro que los reclamos se desprendían del manejo tendencioso de la información por parte de los medios de comunicación, que favorece el regreso del PRI a Los Pinos. Yo estuve ahí. Fui porque me llenó de emoción ver a miles de mis coetáneos marchando por Reforma. Caminé solo por la principal avenida de México, pero me sentía muy acompañado. Observé la composición de esa manifestación y encontré una mezcla muy heterogénea, que no obstante gritó al unísono en el momento culmine: ¡si hay imposición, habrá revolución!
Es cierto que los poderes formales y fácticos se aferran a sus privilegios. Recordemos que la enorme corrupción de una élite gobernante autoritaria fue el germen de las revueltas sucedidas en Oriente Medio. En México, los lujos que da el poder ofenden por igual; por ejemplo, los paseos por el mundo de la hija del líder del sindicato de PEMEX acompañada de sus perros, o las constantes apariciones públicas de Elba Esther Gordillo con atuendos que superan los cien mil pesos. Tenemos otros motivos contundentes de indignación. No sólo son la violencia y el desempleo como urgencias nacionales, sino sus caras más cínicas: funcionarios que definen a decenas de miles de muertos como daños colaterales, un presidente insensible que dice que no hay alternativa a su guerra; gente sin qué comer, mientras un puñado goza la riqueza de los presupuestos.
Se ha señalado que la juventud no tiene que ver con una edad determinada, sino con una actitud frente a la vida. La actitud de mis compañeros tiene que ver con un fin: la democracia, a través de un medio: el conocimiento. También, la postura invita a sumarnos a todos los oprimidos; liberarnos de la opresión es mucho más que idealismo, cobra vigor como programa. Punto en favor del movimiento es que critica el voto nulo y el abstencionismo, ya que han resultado ineficaces para llevar la agenda ciudadana a la arena política. Creo que ciudadanizar será posible, pero considero que se debe cuidar no confundir un propósito tan bello con politizar, refiriéndome con esto al carácter coyuntural como surgió el “Yo soy 132”. Debemos revisar la responsabilidad que hemos asumido en nuestra esfera diaria para dignificar nuestra ciudadanía.
No se mira lejos 1968. En contextos y ante desafíos distintos, las juventudes coinciden, en tanto que hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, como afirmó sabiamente Salvador Allende. Los últimos despiertan con nosotros. La diversidad de esa época es, con mayores posibilidades, la de hoy. Nos incita a hacer lo imposible. Es momento de que la conciencia social que anhelamos propagar a todo el pueblo de México se asiente en tender puentes educativos (como en la primer asamblea de “Yo soy 132”, a la que concurrieron alumnos de 54 instituciones), en vincular la ciencia y la tecnología con la gente y difundir la cultura mexicana como esencia que nos hace parte de una sola comunidad. Nosotros debemos ser los maestros de las nuevas generaciones, las que lamentablemente carecen de educación básica de calidad y no leen con gusto ni siquiera lo que por obligación escolar les toca.
Es tiempo de consolidar el cambio pensando más allá del primero de julio. “Yo soy 132” plasma la idea de un número, en el que, paradójicamente, cabemos todos. Reconstruir la nación, por lo visto, empieza por rejuvenecer. Juventud, hoy más que nunca, no es sinónimo de inexperiencia, sino de impulso vital; de ganas de transformar la realidad social de la mano del conocimiento universal. Motivación constructora que anhela el porvenir justo de la patria. De nosotros depende levantar un edificio de muchos pisos, y siguiendo a Enrique Dussel, para ello “hay que cavar muy hondo el fundamento”. Creo que en el fondo de lo que observamos como inédito en la vida nacional, se encuentra la añeja distinción entre súbdito y ciudadano. Con la diferencia de que ya nadie quiere ser lo primero.
Por Bruno Torres Carbajal. Estudiante de quinto trimestre de la Licenciatura en Política y Gestión Social de la UAM Xochimilco. 

viernes, 11 de mayo de 2012

Añorar

Correr todos los días a todas horas. Levantarse con los ojos hinchados no precisamente de tanto dormir. Apurado salir con rumbo habitual. Pensar y repensar los momentos vividos hasta entonces. Hurgar en la causa de las desavenencias con aquellas personas que más amaba. Más o menos ésta era la vida de Ezequías aproximándose a lo que llamaba su segunda mayoría de edad. La primera llegó cuando fue a recoger la credencial que -valga la redundancia- lo acreditaba como ciudadano. Para él, este término no gozaba de la importancia debida, ya que la mayoría de las personas en su país no entendían la ciudadanía como un compromiso. Simplemente se quejaban de su situación y envidiaban la de quienes se encontraban mejor. Cualquiera que fuera la interpretación de 'mejor'.
Viajar al medio día en medio de la multitud de oficinistas, ambulantes, estudiantes, indigentes, entre otros, por los vagones del tren metropolitano. Leer por intervalos de tiempo breves historias que lo hacían salir de su rutina. Salir a tiempo de donde fuera para llegar a tiempo a donde debía. Transcurrir como un momento que se cuestiona acerca de su temporalidad y no termina de aceptar su fugacidad. Así se le había ido el mes de abril, aquel que alguien no robó, pero sentía hurtado desde que era chico. Llegó mayo y con él los recuerdos acumulados a lo largo de dos años de vida citadina, sin contar obviamente el que antes acumuló 'dedicado' al estudio en un centro de readaptación académica. Ezequías rechazaba la idea de que "no tenemos tiempo", pero no creía del todo en el lema optimista que reza "el tiempo se lo da uno".

En verdad, era muy sentimental. Dejaba aflorar esos sentimientos a propósito. No es que no los sintiera, evidentemente, sino que se esmeraba en que se apoderara de él la nostalgia por encontrarse solo en el mundo. Quizá fuera necesario que lo hiciera, en cierta medida. Es decir, que comprendiera que sí dependía sólo de él abrirse paso ante las adversidades que supone la 'postmodernidad'. Su problema radicaba en la que repetía como su solución: la amistad. Ocupaba mucho tiempo de su meditación acerca de la vida el hecho de que dos personas tuvieran necesidad de estar juntas para darle sentido a la realidad. No es que pensara que era requisito para sobrevivir, pero apostaba que era la única manera de ser feliz. Conceptualizaba, ciertamente, la amistad como algo bastante amplio que abarca distintas esferas de la vida humana, como el matrimonio y la familia, pero sentía una especial inclinación por la amistad entre dos personas fuera de estos ámbitos.

Ezequías vivía al sur de Tokio. Rentaba un piso en compañía de dos compañeros dedicados a las ciencias espaciales. En contraste, su vocación era dirigir. Lo había intentado en un par de ocasiones y comprobó los problemas que se generan hasta por el más mínimo detalle. No se había resignado a ejercerla, pero desacreditaba la idea de que dirigir fuera algo fácil. Creía que su vida tomaba sentido por los problemas en los que se veía inmerso. Como si la inseguridad latente fuera un mecanismo de reacción instantánea cuando se requiriera, ya que también le daba las ganas de permanecer despierto hasta entrada la madrugada y levantarse muy temprano. Se puede decir que no tenía nada que perder, pero le había desanimado ganar algo en especial. Su mayor bien era reunirse, convivir, platicar y abrazar a la gente que se había ganado su confianza.

Lo definía el verbo añorar cuando se veía impedido de ver a sus amigos y resentía más cualquier ausencia. Soñaba con un mundo donde libertad fuera sinónimo de amistad, y ser libre consistiría en hacer muchos amigos. No era, en definitiva, el Japón que le rodeaba. Desde hacía un buen tiempo, le daban ganas de irse a vivir a Londres para tener un nublado ad hoc a su nostalgia.

lunes, 7 de mayo de 2012

Acercarse

Leer dio por resultado confrontar mi situación en el mundo. En específico con un tema que me ha ocupado hace tiempo: la amistad. Comenzó con un amigo al que estimo mucho. No me hizo nada para que me pusiera mal. Yo me puse mal por nada. Por cuestionarme, a raíz de una breve lectura, quién soy yo para él. Como si no fuera suficiente para saberlo lo que hemos vivido juntos en los últimos años. No quiero calificarla como patética, porque la situación originó una dura introspección que sirvió bastante.

Hasta el medio día, estuve pensando en círculo sobre la misma cosa. Finalmente, como una cosa lleva a la otra, caí en cuenta de que no debería pensar en función de un solo amigo. Me situé en el mundo y me reproché no mirar a los míos, que de antemano sé, están esperando noticias acerca de su hijo y  hermano; platicando de mí a muchos kilómetros de distancia. Llamé, escuché, lloré. Dos minutos: un solo comentario de él; mi ruina. Vi cuán egoísta he sido, que no miro la situación de quienes me aman, y a veces me lloran.

Sentirse mal no basta. Es contundente. Sin embargo ¿Cómo sobrellevar esta melancolía? Lejos de ellos, pero a veces ignorándolos. Cerca de ellos,  pero a veces ignorándolos. La confianza no necesariamente implica decir todo. Hay cosas que por vergüenza no se dicen. He actuado así muchas veces. Hoy fue una de ellas. Me reservé el desencadenante de mis malos sentimientos. Pero hablé con ganas de liberarme. Sólo cuando lo hago puedo soltar lágrimas de desahogo puro. Sólo cuando las suelto puedo irme a dormir en paz.

Quisiera que no hubiera necesidades materiales que agobiaran la existencia. Quisiera que las necesidades del alma se suplieran con un eterno 'tequiero'. Por mi parte, quiero cambiar el mundo amando. A veces no salgo de mi soliloquio. Hoy, para bien, fue una de esas ocasiones. Sirvió para ver más allá de mis narices. Me llevó a palpar el amor incondicional, el que no necesita de títulos para existir. Simplemente cubre nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Es lo que llamamos una inspiración y que, a pesar de todo, experimento en este instante.

Gracias, valiosos y grandiosos tres, por hacerme entender.

sábado, 28 de abril de 2012

Pedagogía del cambio

En la oficina que representa los intereses de una nación, se encuentra un viejo señor que acostumbra redactar oficios hasta entrada la noche. No sólo lo hace con vocación, sino con pasión; la propia de una persona que ha visto transcurrir décadas y hoy atesora el principio de que “eso fue ayer” y prefiere vivir la vida como se presenta cada minuto, sin prisa pero con ganas. He caminado muchas cuadras discutiendo con él las grandes soluciones que requieren los más grandes problemas del país. De vez en vez, sin embargo, he disfrutado los cuentos que se convierten en bromas y acaban siendo fábulas de reflexión permanente. En ellas medito esta noche, porque los últimos días me ha rodeado un clima de decepción que terminó por hacerme notar mis propios errores; los que dejo de mirar en el afán de criticar a los demás. Vale la pena recordar hoy que si el cambio empieza por uno mismo es necesario que empiece pronto.

Lamentablemente, las campañas políticas no sólo sacan lo peor de los políticos, sino sobre todo lo peor de las personas en general. Acostumbradas como estamos a vivir bajo una aparente calma –tan institucionalizada que hasta decimos que “aquí no pasa nada”- de repente nos apasionamos con la idea de cambio, cuando ésta ha dejado de ser, si es que lo fue, una razón de peso para participar políticamente. Devino, eso sí, es slogan barato que bombardea los medios masivos de comunicación y contamina visualmente las ciudades y los pueblos. Pero que no aparezca un vídeo contundente en el que niños hacen las veces de adultos en un México que padece la violencia de los criminales aunada a la torpeza de las autoridades. Tan crispado se encuentra mi país que en pro o en contra, la publicidad invade la intimidad de la gente, que ya no sabe qué es real y qué no. Por ello prefiere sumirse en lo relativo, superfluo, material, banal, pasajero o como se le quiera llamar. Piensa que de esa manera escapa al contexto degradado en el que inevitablemente interactúa.

No tengo buenas razones para votar por un candidato en particular en las próximas elecciones para elegir al Presidente de la República. Sometidos al escrutinio jamás visto de cámaras y micrófonos que operan de inmediato con la tecnología digital, han demostrado sus graves errores para conducir, eventualmente, los destinos de eso que llamamos patria. No obstante, no me sorprende; si ellos son así, no imagino como fueron los presidentes del México autoritario que han insistido en vendernos como tragedia nacional y regreso inminente. Lo que digo es que la crítica a la actuación de los candidatos debe ir más allá de lo que por sí solos representan. Ciertamente, suena descabellado pensar que una persona, en democracia, gobierna por ella misma. Por más que se repita aquello de la “presidencia imperial”, los tiempos actuales hacen impensable la idea de que un ser humano que no recuerda los tres libros más significativos de su vida vaya a destrozar lo avanzado y convertir a México en un sultanato. Esto es falaz.

Comencé hablando de la decepción porque me doy cuenta cuando pienso con la cabeza fría, que en realidad los mexicanos somos muy dados a criticar todo y a todos. Vivimos en una permanente inconformidad hacia lo que nos rodea pero somos jactanciosos por excelencia y mantenemos en alto la bandera de que como México no hay dos. Creo que nos ha faltado una educación integral basada en el valor de la responsabilidad, no sólo ciudadana sino humana en general. Queremos y exigimos libertad cuando solemos imponer nuestra voluntad en la esfera más próxima porque desde siempre nos asumimos como los “chingones”. Y sin entrar al difícil tema de la mexicanidad, cuyo mejor autor, en mi opinión, fue don Octavio Paz, considero que sí seguimos pensando en función de una conquista que nos hizo esclavos… ¡Pues para mí, ni conquista ni esclavitud!

México es la síntesis de un proceso histórico en el que convergieron el esplendor de un pasado precolombino y la simiente, que más allá de España, era de la vieja Europa, y por vieja, sabia. Somos, pues, un pueblo joven, pero no por ello menos valioso que el resto del mundo. Simplemente con peculiaridades que debemos aprovechar para mejorar. De los candidatos a cualquier puesto  no dependerá cómo hacerlo, depende sólo de cada quien. Se trata de entender que no nacimos negando nuestra circunstancia: la tierra que nos vio nacer y que continuamente acusamos de “estar jodida”. Al contrario, consiste en valorar lo que tenemos y lo que podemos tener. Sí creo que el pueblo tiene el gobierno que se merece, pero también creo que este gobierno no tiene más que un par de ojos y un par de manos iguales a los nuestros, tal como lo pensó Etiéne de la Boetié en la Francia de hace cinco siglos. Si queremos hacer patria, empecemos por hacer hombres y mujeres dignos de su tiempo, es mi exhortación.

Por y para ello me esfuerzo en aprender de las lecciones del “Profe”, como le decimos cariñosamente a mi amigo del trabajo, porque cuando señala que “la política es como una carrera de perros, en la que solamente el perro que va hasta adelante sabe a qué le ladra”, no pierde razón. Al contrario, hace amena la ocasión de no conformarnos al hecho de que sea así, sino de buscar incansablemente que sea de otro modo: donde todos sepan y nadie ladre.