miércoles, 26 de marzo de 2014

Sonrisa

Pareja de recién casados orientales en Central Park. Foto: BT

Lo que me motiva a salir muy temprano de mi casa para ir al trabajo es hacer bien las cosas. Desde niño quise ser bueno en algo. Hace tiempo, cuando viajé a Francia, descubrí que era bueno cuidando niños. Aunque siempre pensé que los mocosos eran más fastidiosos que tiernos, estar lejos de mi casa y mi familia me hizo valorar la compañía de los seres más nobles de cuantos hay en la Tierra.

En la universidad, amé mi carrera y disfruté hasta los exámenes de muerte. Mi motivación: hacer las cosas bien. Nunca le di crédito a la suerte, a las posibilidades de que algo suceda sin planearlo antes. Nunca... hasta que apenas hace unos días descubrí el potencial de creer sin saber, de concederle a la suerte un poco de autoridad y a los planes, ninguna.

Soy fiestero, borracho, jugador, reventado y a veces cursi, no lo niego y tampoco creo que sea un orgullo. Es mejor ser sincero que aparentar una personalidad que termina por defraudar a los demás. Por eso siempre me presento como soy, sin máscaras. Con la sonrisa fácil por divertida, que no quiere conseguir nada, que se propone ser simplemente auténtico.

En la primaria conocí a una niña que se parecía a mí. Nunca decía mentiras, con lo tentador que era hacerlo, con tal de hacer lo correcto. Prefería hacer las cosas según su propia regla que dejarse llevar por la tentación de engañar a alguien; decirle, por ejemplo, que tenía una casa enorme, donde jugaba con un perro de raza mastín tibetano o echaba a correr al lado de un río artificial. Por eso me caía bien, porque no presumía nada en una época en la que todos quieren presumir algo.


Esta es la historia de un hombrecito que un día salió de su casa sin ninguna expectativa, tan solo con la idea de cumplir con su trabajo hasta muy tarde. Tomó el segundo piso del Periférico, llegó a su edificio muy temprano y se puso a trabajar sin parar enfrente de la computadora repleta de números. Pero la suerte hizo de las suyas.

Primero, le recordó que necesitaba un nuevo teléfono celular y lo dispuso a ir por él cuanto antes. El tipo, más bien torpe e inseguro, nunca imaginó que ese día conocería a la persona que le haría cambiar de opinión respecto a los límites y alcances entre lo correcto y lo interesante.

No solo fue una impresión ligera basada en la idea recurrente de que una mujer es hermosa y por tanto hay que hacerse el interesante para ligar algo. Más bien fue esa chispa que ilumina, de repente, la intención de todos los días. Saber que  hay una persona por ahí, en algún lugar de esta ciudad, bajo el mismo cielo grisáceo, que probablemente camine por las calles repletas de jacarandas de flores lilas con el cabello agitado por el suave viento, que quieres volver a ver sin ningún motivo en especial pero con desesperación. Que quieres admirar porque sí.

Nunca había considerado mi vida monótona hasta que me enteré que a este tipo una niña sonorense le hizo sentir que debía volver a verla bajo cualquier motivo. Supe entonces que enamorarse es que no te importe hacer lo correcto, dejar a la suerte lo que siempre has querido que sea predecible y controlable. Quisiera ser igual de inoportuno que él, cuando le preguntó su teléfono, cuando la invitó a cenar, cuando recordó su sonrisa eterna en una noche de primavera y empezó a acordarse de esto sin parar.

También quisiera que ella, algún día mientras dure el encanto, acepte su invitación.

sábado, 22 de marzo de 2014

Benito Juárez, genio y estatua

Don Benito Juárez García es el héroe más reconocido de nuestra historia patria, ni duda cabe. Con ello por supuesto no establezco que sea el mejor, ¿acaso podemos determinar eso? El tema que ahora nos atañe es el de si la figura del indio oaxaqueño está sobrevalorada. Mi respuesta va acompañada de una acotación, ¿sobrevalorada en qué sentido? Si atendemos a la cantidad de estatuas a lo largo del territorio nacional, sí, pero qué si tomamos en cuenta el genio, la visión de conjunto del presidente que enfrentó dos de los momentos más difíciles y definitorios de nuestra historia. Creo que incluso en estos tiempos no se ha valorado la aportación de Juárez al pensamiento jurídico y el rediseño de las instituciones del Estado.

Es cierto que Juárez fue un hombre de su tiempo. Me refiero a que abrevó en el pensamiento liberal del siglo de las luces. Perteneció a una generación formada en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, que fue el semillero del pensamiento de avanzada, contrario al dogmatismo religioso de ese México independiente y sin embargo cuasi confesional. Este panorama, entre lo religioso y lo político, nos permite entender las principales preocupaciones de un hombre que vivió en carne propia los contrastes de ser indígena y valer menos para la sociedad; de ser letrado y seguir valiendo menos; de ser presidente y… seguir valiendo menos.

Más allá de la historia romántica que lo sitúa desprotegido y violentado en la montaña zapoteca, que lo presenta como pastor de ovejas que emprendió un camino desconocido para dar con su hermana en alguna casona de ricos en la ciudad oaxaqueña, lo cierto es que Juárez pudo recorrer, con suerte o sin ella, los caminos del México del siglo XIX. La realidad de su tiempo marcada por la predestinación no fue una camisa de fuerza para él, que incluso asumió inicialmente el primer camino al ingresar al seminario católico, sino el desafío de vencer su circunstancia. Así, el joven oaxaqueño conoció las ideas ilustradas de Voltaire, Diderot, Rousseau, entre otros. ¿Cuál era el valor de esas ideas? Que independientemente de que se promovieran en Francia o Estados Unidos su aplicación era de carácter universal.

De modo que cuando nos preguntamos por el genio de don Benito Juárez debemos pensar en el contexto histórico que, más allá de los contrastes que lo caracterizan como el indio humilde que consiguió sus sueños, lo aprueba como un político y gobernante de trascendencia internacional. La influencia de Juárez se empezó a notar luego de la Revolución de Ayutla, en la que apoyó al general Juan Álvarez, de quien incluso fue su secretario particular. Dicha revolución, como todos sabemos, sucedió en contra del gobierno del Antonio López de Santa Anna, pero con alcances de mayor impacto para México.

En realidad, cuando revisamos la figura de don Benito, lo que nos atañe es la lucha intestina del siglo XIX entre los dos proyectos de nación que se plantearon luego de la Independencia de México, el conservador y el liberal. El primero, aun con las virtudes que plantearon hombres inteligentes como Lucas Alamán, no se podía entender sin la participación de un actor clave para sus partidarios: la Iglesia. Solo con ella era posible pensar en un proyecto de nación. La herencia de tres siglos de dominio peninsular estaba tan enraizada a la idea de un México libre, que para los conservadores solo era posible de la mano con la institución más dogmática de todas.

En este sentido, la aportación de Juárez con la desamortización de los bienes eclesiásticos fue un avance imprescindible para el desarrollo del país, entendiendo que en el nuestro de aquella época debía fortalecerse el gobierno republicano y no el gobierno central. Posteriormente, la idea de república y de su defensa ante la intervención imperial marcó un parteaguas en el proyecto de gobierno de un México libre. Por encima de la trashumancia del presidente que recorría el país en la carroza negra, algo hay de cierto con que Juárez conoció profundamente México, de oriente a occidente y de sur a norte. Ningún otro mandatario había conocido hasta entonces las diferentes realidades de un México irremediablemente nuevo.

Ante las críticas que lo condenan como un pequeño dictador por reelegirse en el poder cuando su mandato de hecho se dio por la renuncia del presidente que lo antecedió y no por una elección pública, cabe pensar en el mismo razonamiento que hiciera años después su paisano Porfirio Díaz, ¿México estaba preparado para las elecciones? No lo creo. De hecho, más que el deseo personal  por permanecer en el cargo, Juárez se vio obligado por las circunstancias a no dejar una silla presidencial que ya con él alcanza estabilidad. He aquí el motivo de estas líneas. La estabilidad en la presidencia de la república, entendida como la posibilidad de acceder a un puesto con mayores atribuciones, bajo el imperio de la ley, formó el principio y cauce de un verdadero Estado de Derecho.


Creo que en la mayoría de las escuelas no se revisan las aportaciones de Juárez sino la romántica historia que lo llevó de ser un simple pastor de campo a ocupar el cargo político más importante del país. Bien haríamos en promover el análisis histórico de su genio, por encima de seguir rindiendo cada 21 de marzo honores hechizos a las estatuas desperdigadas en cualquier lugar y en muchos casos demasiado estilizadas para la real figura de don Benito. Ya que su mayor contribución estuvo en las leyes y por tanto en las letras, deberíamos leerlo más. 

jueves, 13 de febrero de 2014

México, presidencialismo y crisis de representatividad


La pregunta de si la democracia es la mejor forma de gobierno para México no se puede entender sin tomar en cuenta la crisis de representatividad que —probablemente por la facilidad de comunicarnos actualmente— es tan evidente. Los partidos políticos (p.p.) mexicanos interactúan en una esfera que se aparta mucho de la sociedad como conjunto, basta ver el espectáculo que ha sido el Pacto por México. En principio, surgió como un acuerdo para echar a andar las reformas estructurales postergadas, tomando en cuenta la opinión de los tres principales p.p. nacionales. La explicación para descartar a las fuerzas minoritarias es obvia: no son necesarias en un país cuyo parlamentarismo es incipiente. En realidad, el Pacto por México vino a revivir el presidencialismo omnímodo y con ello a convertir las sesiones legislativas en un “levantadero” de manos o una oficialía de partes.

Un ejemplo: la escena de Porfirio Muñoz Ledo interpelando a voz en cuello al presidente Miguel de la Madrid en 1988 es apenas muy reciente. Ahora, el primero de septiembre no solo dejó de ser el día del presidente en tanto que ya no se le rinde el “besamanos”, sino que tampoco está obligado a entregar personalmente su informe en el Congreso de la Unión. El hecho de que el jefe del poder ejecutivo ni siquiera acuda a rendir, como antaño, un mensaje que comunique los avances y proyectos de su gestión es un mal síntoma de nuestro sistema político. No es que los tiempos pasados hayan sido siempre mejores, sobre todo si se recuerdan momentos como aquel en que una mayoría “aplastante” vitoreó como prócer de la patria al presidente Díaz Ordaz después de haber dado su versión de los hechos sangrientos del 2 de octubre de 1968. Sin embargo, no considero democrático que la figura más importante de nuestra democracia no dialogue, aunque sea simbólicamente, con quienes por lo menos formalmente son los representantes de la nación.

¿Por qué creo que el presidente de la República es la figura más importante de nuestra democracia? En primer lugar, hay una razón histórica. Desde la Independencia, pasando por la Reforma y la Revolución, la búsqueda del poder ha estado marcada por las posibilidades que otorga sentarse en la silla del águila. Los gobernantes de México se han caracterizado por tomar decisiones verticalmente, sin considerar la opinión de eso que la Constitución denomina “pueblo” y que tiene el inalienable derecho de modificar su forma de gobierno. En segundo lugar, hay una razón práctica, comúnmente el nuevo presidente presenta su visión de las cosas con una ventaja amplia: los legisladores de su partido, generalmente la mayoría legislativa, la convalidan en consideración de que su futuro político depende de que gocen de su buena aprobación. El presidente es de hecho el jefe de su partido. La sociedad, en consecuencia, solo espera; es espectadora de los cambios.

Histórica y prácticamente, el presidencialismo ha impuesto una visión de las cosas que no ha encontrado mayores resistencias en el parlamento. Por supuesto que el sistema político mexicano hasta hace muy poco no garantizaba condiciones de equidad en la competencia política. Mejor dicho, no había tal competencia institucionalizada hasta la creación del Instituto Federal Electoral. Y se debe a esto, en buena parte, que el señor-presidente ocupara un espacio central en nuestra forma de gobierno, que por lo menos durante el siglo XX giró alrededor de su figura. El acuerdo prevaleciente y que dio estabilidad al sistema de partido hegemónico fue la no reelección; quien gobernaba tenía el derecho último de elegir a su sucesor, pero nada más.

La transición democrática, período que se relaciona con la alternancia política en la presidencia ocurrida en 2000, presenta dos saldos claros. Por un lado el notorio debilitamiento de la figura presidencial hasta 2012 y por otro, el papel cada vez más activo de las cámaras de diputados y senadores en la definición de la agenda de gobierno. 

Del primer aspecto, se ha señalado la conveniencia para México de adoptar un sistema semi-presidencial, con lo cual habría dos figuras ejecutivas: el presidente en su calidad de jefe de Estado y el primer ministro como jefe de gobierno. En este sentido, la relación con el Congreso correspondería de forma permanente al segundo. Además de quedar fuera de la reciente reforma político-electoral, lo cierto es que la cultura política mexicana no da señales de que este régimen sea factible. En nuestra tradición de gobierno, no se mira fácil que se reconozca lo suficiente a dos figuras ejecutivas con competencias distintas, tanto en el círculo de poder como en la sociedad en general.

El México autoritario no se ha ido del todo. Si bien hay un discurso que pondera el ejercicio del poder como respetuoso de la legalidad, dentro del marco informal de interacción política las expresiones de disidencia u oposición son marginadas e incluso perseguidas. Lo cual ocurre en tiempos en que solo un sector mínimo de la sociedad parece convencido de su injerencia política al menos por la vía de elegir a sus representantes. Los niveles de abstencionismo en elecciones locales y federales no dejan de alarmar, amén de que el “pueblo” no se interesa en participar dentro de un p.p.  

El pueblo, ese sujeto ambiguo de nuestro léxico político, no deja de ser bandera de quienes buscan el poder a cualquier nivel. Aunque la cotidianidad esté marcada por noticias trágicas de algunos de sus miembros: decapitados en Michoacán, comerciantes informales en la ciudad de México, maestros disidentes en Oaxaca… Quienes viven en condiciones adversas en realidad son los depositarios de la soberanía nacional tanto como los políticos, los grupos empresariales y los intelectuales. Es decir, que en el concepto de pueblo cabemos todos. Y no deja de llamar la atención que se repita hasta el cansancio que el pueblo tiene el gobierno que se merece porque primero habría que precisar: qué pueblo y cuál gobierno. En México, sin duda, un pueblo apático y un gobierno indiferente.


Creo que la democracia es la mejor forma de gobierno, sí, pero también creo que en México la democracia no pasa de ser una ficción cubierta por un presidencialismo trasnochado; un concepto que no describe la realidad; una promesa de discurso y un momento de efervescencia pasajera en nuestra historia. Superar la crisis de representatividad es una tarea que concierne a cada ciudadano, en la medida que se considere a sí mismo depositario del poder público. Aquí caben todos, es cierto, pero las mayorías ciudadanas tienen la responsabilidad de hacer efectiva la democracia y sus medios; sobre todo estos. Es decir, que los p.p. dejen de servir intereses particulares y vuelvan a su naturaleza como entidades de interés público. La representatividad de los poderes ejecutivo y legislativo se logrará pues con una sociedad que asuma la ciudadanía como un valor de su existencia y no como un requisito del poder. 

sábado, 11 de enero de 2014

¿Vivir on line?

Normalmente, salgo del trabajo y viajo por metro al sur de la ciudad de México. Mi trayecto va de Chapultepec a Barranca del Muerto. Hace unos meses, en la primera estación, un hombre al lado mío usaba su celular con las manos. 

Cuando llegó el tren, se acercó a la puerta con la misma abstracción que mostraba desde que lo vi, unos cinco minutos antes. Justo cuando iba a entrar, antes de mí, se le cayó por el pequeño espacio que hay entre el piso de la estación y el tren. Pude notar que era un aparato caro, probablemente un Xperia o un Lumia de los más sofisticados. 

Lo que siguió debe juzgarse con seriedad. El hombre avanzó, no hizo el menor intento por recuperar lo perdido, las personas a su alrededor lo consolaron y el hombre triste, como de cuarenta años, se puso a llorar. 

La dependencia que las personas tenemos por los aparatos electrónicos de nuestro tiempo es asombrosa. Sobre todo de celulares, computadoras y ahora tabletas. La tecnología, con todos sus beneficios, está cambiando la forma como convivimos y lleva a preguntarnos qué será de nosotros dentro de 10 o 20 años cuando el acceso a los dispositivos móviles prácticamente no restrinja a nadie en este país. 

De fondo, lo que observo es una forma de evadirse del mundo real, como si el que vivimos on line fuera más bonito, agradable, interesante o provechoso. Hemos dejado de prestar atención al primero y no solo eso, también valoramos los objetos que en principio tenían por propósito solo comunicarnos a distancia (en el caso del teléfono celular) y se han vuelto indispensables para vivir, obviamente fuera del mundo real. 

Avanzamos dentro de la sociedad de consumo deseando tener el mejor celular o la mejor tablet o la mejor computadora sin medir la utilidad real que tengan. Y cada vez dependemos más de tener a la mano un espacio que nos permita recibir algo a cambio de casi nada. Un like, un retweet, puntos en cualquier juego. La retribución inmediata por un logro mínimo se ha convertido para algunos en una adicción. Un placebo tal vez que los haga sentirse satisfechos con la vida que no viven. La virtualización del mundo real, que atrapa a la mayoría y los aleja de las personas que muchas veces no voltean a ver aunque estén justo enfrente. 

Ante esto, es obvio que debemos volver a la realidad. Despegarnos más de la pantalla o por lo menos ocupar provechosamente el tiempo que pasamos frente a ella. Sin embargo y por ejemplo, nada se compara con abrir un buen libro, sentir el suave tacto de sus hojas, olerlo, ya sea nuevo o viejo, meditar en él con lápiz en mano. Nada se compara con tomar una taza de café con tu mejor amigo y recordar las anécdotas que los hicieron reír; soñar con los proyectos que vienen, disfrutar de una película que brinde mucho más que efectos especiales, que deje un mensaje digno de ser analizado. 

Son buenos deseos, sí. Y recientemente los compartía con una compañera del trabajo que me acompañó en el metro. Le conté la historia inicial. Se bajó del vagón y probablemente lo primero que hizo fue mirar la pantalla de su iPhone. Como sea, antes de llegar a mi destino, una chica en el asiento de enfrente volteó a verme y con determinación me dijo que compartía mi visión de las cosas. No solo eso, me recomendó ver Wall-e

Me señaló que como el robot abandonado, nosotros deberíamos cuidar al menos de una pequeña planta que nos recuerde el valor de la vida por encima de todas sus pantallas.

martes, 7 de enero de 2014

Sobreviviente de avenida

2013 fue un año de transición. No me refiero a un acontecimiento político sino a un devenir personal. Para mí el año que pasó me convenció de una vez por todas que olvido demasiado pronto los acontecimientos del año mismo. Suena extraño, pero no lo es tanto. Me refiero a que cada que recuerdo los sucesos más importantes para mí, me pierdo en las semanas, meses y años, de tal manera que termino por olvidar si ocurrieron hace un año o la semana pasada. Esto en general. Hay desde luego momentos que recuerdo claramente. Uno de ellos sucedió en septiembre de 2013. 

Cuando uno se pregunta por las cosas trascendentes de la vida debe mirar primero a la gente que quiere, después a las cosas que quiere, y por último a las que tiene. En un mundo cubierto por el velo de la inmediatez, en el que con preocupante dependencia vivimos atados a un teléfono celular o una computadora, deberíamos aquilatar el peso de la presencia física de quienes nos rodean. Sobre todo cuando se sufre un accidente que, por así decirlo, te pone a reflexionar sobre lo que realmente importa. 

Mi rutina diaria tenía momentos para correr, nadar y andar en bicicleta. Hacía lo último cuando por torpeza choqué con un taxi. El accidente ocurrió en Paseo de la Reforma, enfrente del Four Seasons y de la Torre Mayor. Faltaba más, si hasta para accidentarse hay que tener estilo. Y ahí estoy yo, sentado en la banqueta, junto a mi bici, que no es mía, es del gobierno, y ahí está un señor preocupado porque conducía en un carril indebido y también, no podían faltar, ahí están los policías de esta ciudad que de vez en cuando cumplen con algún deber. Estaba adolorido pero lo suficientemente consciente como para pensar en irme a mi casa. Pero no, el dolor aumentaba a medida que despejaba las ideas fatalistas de mi mente e intentaba pararme. 

Lo que siguió es digno de recordarse solo como una anécdota de sobrevivencia. Una ambulancia llegó, dos paramédicas bajaron y me atendieron, me llevaron a un hospital, ese sí, de mala muerte, por el norte de la ciudad de México, donde, al ingresarme, no podía faltar la picaresca del seguro social, se les cayó el sistema. Mientras llovían mentadas de madre por parte de pacientes instalados en campamento en la sala de urgencias del Magdalena de las Salinas, acostado en una camilla por la que vaya usté a saber cuántos cuerpos han pasado, medité en el valor de estar en este mundo más allá de las preocupaciones por ser alguien. Existir... el privilegio de existir. 

Al hospital llegaron amigos y familiares, en ese orden. Aunque lejos de mi hogar, desde hace tiempo tengo una familia aquí, y mi concepción de familia ha cambiado mucho, ahora creo que puede ser incluso una sola persona. Mi familia o mi persona en la ciudad de México hizo frente a la tramitología para que yo recibiera atención médica, mientras a mí me revisaban descartando costillas rotas y concluyendo que mi problema era menor. Unas horas de observación y usted será dado de alta, joven. No podemos darle más que un día de incapacidad, ya ve usted, joven, como es esto. 

Volver a la vida es una sensación que inicia desde el momento en que ves un auto acercarse a toda velocidad a ti y piensas: ya valí. Pero solo varios días después comprendí el significado de volver a la vida que pasa obligadamente por replantear los objetivos a futuro. Mucho tiempo medité en mi futuro desde que era niño. Hoy, con 24 años a cuestas y un porvenir más bien pendiente, no me obsesiona pensar qué será de mí mañana o dentro de 10 años. Lo que sí me preocupa es que soy justo ahora que escribo estas líneas. En qué me he convertido con el paso del tiempo que se detuvo durante unos segundos cuando el año pasado mis ruedas y las de un desconocido se encontraron desafortunadamente y a hora pico. 

Creo que sobrevivir a un año como 2013, con esos cabalísticos últimos dos dígitos, que nunca he entendido por qué lo son, tiene su mérito, tanto más cuanto los daños fueron casi inexistentes. La probabilidad de morir en una ciudad como ésta debe ir en aumento o es que ya crecí y antes no me daba cuenta en qué DF vivía. En cualquier caso, he transitado de mentalizar el futuro a existir con la absoluta seguridad de que puede esfumarse cuando menos me lo espere. Y por ello doy gracias a Dios, a la vida, al destino que, en el peor de los momentos, me recordó la importancia de sonreír gratuitamente a los demás. Especialmente a mi familia. 

2014, creo y apuesto, será un mejor año. 

martes, 19 de noviembre de 2013

Las estaciones nos definen

Había una vez un joven llamado Norbert que al lado de su inseparable amigo Max, se esforzaba por disfrutar su época. Entre otras cosas, nadaban juntos y miraban paisajes que luego capturaban en fotos. Max era un muchacho muy ecuánime, o por decirlo de un modo más simple, tranquilo en extremo. No le gustaba discutir, no hablaba demasiado; era prudente y paciente. En contraparte, Norbert solía debatir todo el tiempo con quien tuviera enfrente. Además, le encantaba hablar porque con ello acaparaba la atención de los demás. Y en el fondo, esa era su principal necesidad, que los demás se fijaran en él.

Norbert y Max estaban juntos por una razón que ninguno de los dos sabía. Se habían conocido en el instituto y sus intereses eran bastante diferentes. Mientras el primero estaba entusiasmado con cambiar al país por medio de la política, pretensión ilusa, el segundo estaba fascinado con el arte de programar en una computadora. Desde entonces sus rumbos estuvieron claramente diferenciados, pero su amistad crecía con el transcurrir del tiempo.

En la universidad, el más pequeño rebasó al mayor. Sí, Norbert había nacido en el otoño del 89 y Max en la primavera del 91. De algún modo las estaciones del año definían el tipo de carácter de cada uno. Mientras Norbert parecía todo el tiempo nostálgico por algo, Max siempre llevaba dibujada esa sonrisa serena, nada forzada, con la que volteaba a saludar a todas las personas. No es que uno fuera malo y el otro bueno, comparación ociosa para quien escribe, aunque es dado a las personas hacer comparaciones ociosas cuyos resultados suelen ser, por lo menos, inútiles. A todo esto, Max estaba a punto de terminar sus estudios en ingeniería para proseguir su camino por el mundo. Norbert, no.

Hasta aquí no he dicho que ambos se tenían un cariño superior al que el mundo otorga comúnmente a una amistad. Me refiero a que se amaban realmente, más allá de las circunstancias que los habían llevado a conocerse y a vivir juntos. Sin embargo, el amor no significaba lo mismo para ambos, o mejor dicho, no se representaba en las mismas cosas. Y así fue como el gran cariño de uno por otro, algo tan bello y elevado, se convirtió en un constante desencuentro promovido por Norbert, quien, en buena parte, no soportaba la idea de separarse de Max.

Lo terrible para Norbert no era tanto verse lejos físicamente de su mejor amigo en todo el mundo, sino dudar de él. Sí, entre otras cosas, de cuánto lo quería. Y esto se había vuelto tan importante en exceso, que lo dañaba después de que discutían por cualquier cosa. ¿Era posible que siguieran juntos? O mejor dicho, ¿cómo era posible que siguieran juntos?

En definitiva, la amistad no trata de dos personas que viven juntas, sino de dos personas juntas en cualquier situación. Es decir, un par de personas que se tienen sin importar que una viva en África y otra en China; que pueden sentir la compañía del otro aun si llevan años sin verse. Eso es lo que no podía entender Norbert, y con ello demostraba, para su pesar, que no tenía fe en un proyecto superior al de ser amigos: ser hermanos.

Los hermanos son miembros de una misma familia. A veces no, pero en general sí. No importa qué suceda, sabemos que los tenemos, que el cariño está dado, no condicionado a cumplir con algún requisito. Los amigos, en teoría, deberían ser eso, pero lo cierto es que nuestra época desprestigia el término amigo. De corriente oímos que la gente se llama de ese modo para aparentar cercanía con quienes en verdad no les importan. De sobra sabemos que nuestro entorno es egoísta.

En este momento, Norbert quiere dejar de suponer cosas. Ya no quiere vivir reclamando algo que tiene, y en su afán por ignorar, no disfruta. Le quedan semanas para corregir el rumbo. Para entender que la amistad es un proyecto de vida cuando es sincera, pura y gratuita. Está cierto, eso sí, de que Max lo conoce tan bien, que no toma en cuenta las cosas malas que han sucedido en el pasado. Solo recuerda, solo valora, la realidad de tenerse, de poder haber vivido juntos, de sentirse acompañado en cualquier lugar del mundo, porque alguien piensa y se preocupa por él.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Acompañado

Nuevamente el gris de fin de año llegó a la ciudad. México ya no es lo que era hace cinco años cuando vine a vivir por primera vez aquí. Al menos así lo he comprobado los últimos días yendo de un lado a otro, como oaxaqueño errante que siempre he sido, ahora por motivos laborales más que por el mero gusto de andar de pata de perro.

Las circunstancias han cambiado. Yo he cambiado. Y creo que ya no soy yo y mi circunstancia, como apuntaba el filósofo español, sino que soy yo atrapado en mí. Es difícil de explicar, pero de algún modo es como si una parte de mí estuviera peleada con otra parte que creí enterrada con los años en algún pasado que si alguien halla será escondido en una habitación de dos por dos muy lejos de mi domicilio actual.

Ahora me tienes sosteniendo una cámara de fotos, controlando el diafragma, llevándola de un lado a otro para tener la mejor imagen de desconocidos cuyos rostros deben aparecer en la nota del día. Y es que me dedico a escribir notas. Eso me tiene recorriendo la ciudad, conociendo las calles y avenidas, a veces incluso a costa de mi propia integridad física.

Supongo que todos llegamos a una edad en la que sentimos perder el control de nuestra propia vida. Algo así me pasa últimamente. No me encuentro en medio del caos. Me redefino, o eso intento, con base en lo más trascendente que he conocido a mis 24 años: la verdadera amistad. Al final todo se trata de eso. Si hay guerra entre naciones es porque dejaron de ser amigas; si las personas se enamoran terminan siendo amigas; si no hay amigos la vida no tiene sentido.

En la semana saludé a dos pintores de mi estado. El primero del Istmo y el segundo de los Valles. A ambos los acompañé a las inauguraciones de sus exposiciones. Estaban felices de mostrar sus creaciones. Y pensé que me convendría pintar. Posiblemente me relaje un poco después de tanto ajetreo. Busco la paz. No solo la busco, la necesito.

Y otra vez, ahí estás. Tu mirada serena... pura y sincera. Ahí estás, imagino que te vas y el corazón me duele, pero trato de confiar. Has dicho que abandone mis temores y te creo. En realidad, mi problema no es tanto de melancolía como de fe. Pienso que he sido incrédulo pero no más, no importa cuán gris se vea el firmamento, porque a veces, lo hemos leído, deja de ser importante lo que vemos con los ojos. Solo hay que cerrarlos para vernos ahí, tan inseparables como siempre.

Si me preguntan qué pienso de noviembre, diré que el de este año no me gusta. Pero vendrán tiempos mejores, incluso en invierno. Contigo, oh hermano, llegarán esos tiempos.