miércoles, 1 de octubre de 2014

Funcionalidades

The Persistence of Memory, 1931, Salvador Dalí


Los cambios son para bien, oigo decir a mi reloj despertador. El muy canalla se ha convertido en una especie de confidente que siempre está para escuchar lo que nadie más quiere oír. Cayó en depresión luego de que decidiera no usarlo y despertarme con los primeros rayos del alba, pero hace poco comprendí que no podía dejarlo arrumbado en el rincón polvoso de mi cuarto para siempre. Si existe merece vivir. Así que lo relegué de su vieja función de hacer ruido muy temprano para darle un trato entre iguales, ya puede decirme qué le parece y qué no de mi forma de ser.

A veces frunce el ceño como si de veras estuviera enojado conmigo. No hay manera de contentarlo con ninguna de mis payasadas de soltero que visita a su mamá cada semana. Otras veces no para de reír mientras me dice cualquier tontería y entonces se me pasa el tiempo sin voltear a ver la hora. Compartimos la cena, tomamos café y nos ponemos a cantar canciones en el karaoke hasta muy entrada la madrugada.

En cualquiera de los casos yo disfruto su compañía porque más allá de ser un objeto ornamental y simplón, se ha convertido en un acompañante de mis estados de ánimo. Cuando me pongo triste puede reaccionar de la mejor manera y preguntarme qué me pasó, me abraza tímidamente como si fuera un niño introvertido o puede ignorarme durante varios días con la altivez característica del enojo doméstico, pero después cambia. Siempre termina por cambiar. Y es como si nada de lo que hasta ese momento sucedió tuviera importancia. Borrón y cuenta nueva.

Supuse que terminar por la paz con mi esposa —ya no lo es pero ocupo el término porque no quiero usar su nombre— era la mejor solución para mejorar mi vida solitaria, aunque honestamente yo solo firmé el acuerdo de divorcio. No tuve que pagar un abogado ni comparecer ante un juez. Simplemente firmé un papel que ella se llevó corriendo. Entonces cerré la puerta y me puse a limpiar la cocina. Así se me iban los días con tristeza parsimoniosa, como un viento que sacude incesantemente el cuerpo hasta que, cansado, te das cuenta que estás en otra época y no importa que haya pasado antes, solo miras hacia delante.

Mi despertador tiene muchos sueños. Me dijo que le gustaría viajar por todo el mundo; conocer, por ejemplo, las Cataratas del Niagara y los paisajes nórdicos de Islandia. Es que disfruta mucho las bellezas naturales que contempla por la computadora que antes era su amiga, pero ahora ha dejado de serlo porque descubrió su funcionalidad, convirtiéndose en un objeto cualquiera para él. Puede pasar horas frente a ella, observando detenidamente las imágenes que pasan una y otra vez delante de sus manecillas, por debajo de las campanitas que parecen un gorro muy chistoso que lleva puesto como si festejara la vida y sus encantos. La computadora, aunque quiere llorar por tanta indiferencia, guarda un silencio obligado.

El viernes le conté sobre mis proyectos a futuro. Le dije que quiero vivir lo suficiente para gobernar un país y escribir un libro. No importa cuál sea el país ni de qué trate el libro, lo importante es conseguirlo, que al fin así se proyectan las metas. También le confesé cuáles son mis preocupaciones actuales, las que me demandan tiempo y por ende la necesidad de contar con su ayuda. Aunque mi horario humano se había acostumbrado a despertar a las seis de la mañana, últimamente me quedo dormido hasta después de las once. Necesito otra vez de la funcionalidad de mi despertador.

Así que no tuve más remedio que hacer ese gesto parecido a un puchero, doblando los labios hacia la barbilla, con unos ojos tristes y las tres arrugas que se me dibujan en la frente, para decirle que ya no podemos ser amigos. Pensé que sobrevendría una escena con lluvia de reproches e insultos de su parte, en la que me diría todas las cosas que detesta de mí, como que me desvele con la luz encendida escribiendo mis cartas de amor frustrado, pero simplemente escuchó, se quedó callado y me dijo que ya esperaba mi anuncio, de antemano sabía que las cosas no iban bien.

Hoy me sobresaltó el asqueroso ruido de este maldito aparato. No sé en qué estaba pensando cuando lo compré. Solo vi su forma redonda, el brillo metálico, los números gigantes, las campanitas ociosas que me recordaron una película antigua, en fin, su desgraciada fachada de artículo de lujo. Debería conseguir un amigo.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Riña de confianzas


Confianza es lo que aparece entre tú y yo cuando dejamos el centro del ocio y nos dirigimos a la parada de autobús. El autobús recorre media ciudad, la circula por la periferia. Muy de mañana, cuando la luz del sol ilumina el horizonte y se aprecian los volcanes de Puebla, y muy noche, cuando el día deja de ser día. La gente corre a refugiarse a sus casas, se sienta a mirar la tevé y cena pan con café. Las pilas se recargan con cafeína. El sueño resulta accesorio.

En los recónditos confines de tu sonrisa sospecho que la vida nunca pierde esa chispa que te permite gritar de felicidad. A veces el grito se torna desesperado, ya no como una risa transparente y fina, sino como una mueca que expresa tanto y nada a la vez.

El ruido de la lluvia alarga el verano cuando ya hizo el daño que debía. Ahora, las hojas al suelo en medio de los parques verdes dicen otra cosa. Al pisarlas subrayo la lejanía de tus emociones, pensando que murieron al intentar renovarse con el cambio de estación. Los andadores de la ciudad me conducen de avenida en avenida, creyendo en mi interior que en alguna esquina encontraré eso que te hizo especial cuando mis pestañas eran ciegas y los ojos se creían el cuento de la belleza interior.

Recuerdo aún cuando salía a correr hasta llegar a un mirador muy bonito en el cerro de San Agustín. Me sentaba en una banca de piedra a mirar el horizonte de una tarde decaída. Las casas desperdigadas, un campo en el que nadie iba a jugar, árboles en multitud de consejo, todos estaban enfrente de mí. Y nada era más importante que estar ahí. Los problemas de ahora no existían, ni siquiera tenía claro qué era un problema ni quiénes sus protagonistas. El tiempo avanzaba y la cicatriz a la orilla del labio se empequeñecía sin resabios.

En la orilla del camino había espigas queriendo ser doradas. Su voluntad las enorgullecía a las seis de la tarde cuando la puesta de sol ahogaba sus tallos. Entonces creía verte en donde empezaba la curva, en la panorámica de ese campo de golf que parece un valle encantado. Me acercaba poco a poco a una imagen difusa que, sin embargo, proyecté durante muchos meses pensando que el futuro encima de mis ojeras de búho sería el cuento de hadas que nos venden como vocación infinita.

La tormenta pone de manifiesto que hay, por un lado, un esquema de valores que define la personalidad y, por otro, una serie de objetivos que nos encanta creer que alcanzamos con esfuerzo consagrado. Me asomo afuera y la vida corre en fuga. Apartados del camino, nos permitimos tomar veredas que, nos dijeron, convenían para no hacernos daño. A paso veloz comprobamos que el mal mayor no es uno solo, que siempre hay alternativas para reñir con lo que amamos. Que la riña interminable nos llena de melancolía a veces, pero otras más nos acerca al arte de vivir quitado de la pena.

Confianza se evapora entre tú y yo. El autobús se detiene y debo volver a pensar con cordura, cuando paso demasiado tiempo entre los abusos del espacio y la ruina del tiempo tiendo a enloquecer y recuerdo tu nombre.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Esquinas de ciudad


Dos parejas de novios abrazados en el camión están sentadas en asientos subsecuentes. Los hombres hacen esquina con la barbilla y el cuello para que las mujeres puedan recargarse mejor. Ellas parecen dormitar; ellos se esfuerzan para que el sueño no los venza. El camión desaparece en la bruma de una vereda que promete llegar hasta un cerro donde vive un judío.

En el puesto de pozole hay gente cuando son las nueve de la noche. Rábanos, lechuga y orégano para acompañar el plato. El caldo es espectacular. Lo primero que se acaba cuando se tiene mucha hambre. La sed siempre será nuestro talón de Aquiles. Afuera del mercado un señor vende gelatinas de rompope con rompope. Si no estuvieran buenas no las vendiera, presume con humildad. Por los parques circula la gente caminando, conversando, riendo, mientras niños corren y se detienen intempestivamente, como un juguete descompuesto. La cuerda siempre vuelve a girar, la pila nunca se acaba.

El sol atraviesa el cielo raso, azul de punta a punta. Pocas veces se mira tan decidido a mostrar su verdadero color. Las nubes son compañeras de viaje, nada más. El campus parece un parque de atracciones finas, sin juegos mecánicos que inviten al vértigo. Hay mesas de ping pong dispuestas alrededor de la torre de rectoría. Los pedazos de pasto, ese archipiélago del ocio, invitan a sentarse y no moverse en lo que quede de tarde. Afuera de la biblioteca veo un rostro conocido. Ella jugaba basquetbol en la preparatoria. Su nombre recuerda a la madre divina del pulque. La familiaridad de su sonrisa sigue siendo la misma. En vez de hablarle, huyo con los libros.

Polanco no dejará de ser el quinto infierno del tráfico, lo cual no sería un problema si no lloviera, pero cuando llueve, inevitablemente, es peor. Sus calles tristes, de agotado materialismo cursi, no perdonan al transeúnte que por obligación tiene que entrar al gran aparador. Más cerca de Chapultepec hay cafés para todas las clases sociales, uno puede sentarse a escuchar jazz en un Starbucks con todo lo que cuesta o tomar un moka en una tiendita de la esquina mientras deja de llover. Sería mejor si efectivamente fuera la tiendita de la esquina, pero en estos tiempos ese lugar de la infancia perdida ya no existe. Hay que optar por una cadena de pocas letras, clásicamente frívola, donde un dependiente hará todo lo posible por no hacerte la plática.

Afuera de Metro Tacubaya hay tres puestos de libros. Nunca he dejado de creer en la conveniencia de hurgar en la basura para encontrar joyas. Ahí está, como nuevo, Los partidos políticos de Maurice Duverger, edición de los setenta, 40 pesos. El clásico en la bolsa reconforta, ni siquiera ha sido subrayado y huele a viejo. A veces que algo huela a viejo es mejor que ese olor plastificado que desvirtúa toda consciencia histórica, por algo Donceles siempre será el paraíso de un escritor en potencia.

Recorrer avenida Insurgentes desde la Unam hasta la glorieta de Insurgentes cuando hace un día tan bonito es casi un crimen. Dentro del chorizo con ruedas la gente dormita o alarga la cara intencionalmente, como para hacer notar su desprecio por ese momento de la vida. Los pocos que hablan no dicen nada interesante; una televisión repite tediosamente los mismos anuncios. En mi mente sueño que voy en bicicleta. El viento refresca mi cuerpo y la intensa luz del día broncea mi frente hasta desvanecerse en mis ojos de ocelote. Como una flecha avanzo decididamente entre la agonía de cada esquina que va quedando atrás, pero no sé hacia dónde me dirijo. 

Solo sé que la avenida nunca termina.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La cima de la amistad

Bosques de pinos altos salen al paso de dos coches. Serpenteamos la carretera y después el camino de terracería para llegar al paradero. De ahí hay que caminar una empinada subida que se asemeja a una comarca escocesa con neblina. En el sendero hay matorrales secos, plantas que parecen salidas de otro planeta y a nuestras espaldas se alcanza a ver, debajo de la neblina, un claro de ciudad. El sol iluminará más tarde nuestro camino.

Cuando llegamos a la cima una perra gran danés besaba las mejillas de su amo. Otras personas dispersas miraban el paisaje surrealista. No había creído en el poder de la ciencia ficción o por lo menos no había comprendido sus alcances hasta situarme en ese punto donde todo parece irreal por demasiado hermoso. El valle delante de nuestros ojos tenía ese verde con el que pintan el hábitat de los dinosaurios y un monte orgulloso partía la panorámica con dos lagunas que no tienen fondo antes de llegar al mar.

La legión expedicionaria se conformó por seis mexicanos y cuatro costarricenses. Nos conocimos en el congreso internacional de ciencia política aunque no exactamente en el congreso. Hay casualidades que nos salvan de vivir con lógica. Yo creo que vivir con lógica es una de las cosas más aburridas de la existencia humana. En cambio, cuando la lógica se rompe y el caos altera el orden de todo lo que debe ser previsible, el mundo gira y a veces estalla para bien. Una noche, Julio subió a nuestro taxi y nos acompañó por un recorrido raro en el que encontramos a un cómico sujeto presuntuoso cuya carta de presentación fue: Soy diputado, todos me maman. Les invito un pomo y ya, eh. El mantra se repitió como conjuro hasta que Julio, yo y mis amigos ya éramos inseparables.

Descender al cráter del Nevado de Toluca es una de las mejores experiencias que he vivido. La ironía es que al bajar a la primera laguna llamada de la Luna, David, rebautizado como el Charro, nos anunciara con su peculiar acento tico: ¡Bienvenidos a Toluca! Efectivamente, los mexicanos, a excepción de los choferes, no conocíamos el que es uno de los secretos mejor guardados de México. Las plantas extraterrestres del camino anunciaban con sus puntiagudas hojas el panorama de aguas cristalinas y eternamente frías. La buena noticia es que pudimos entrar, si entrar significa remojar los pies en el agua e imaginar que flotábamos en ese espejo marciano; que sin darnos cuenta estábamos siendo subsumidos por un universo paralelo y seductor.

El Charro, ataviado con el sombrero nacional que parece cactus, hizo gala de su carisma y lanzó el grito de guerra: ¡Viva México, cabrones!, encima de la piedra que servía para alcanzar el cielo de un solo paso. Después, todos caminamos a la otra laguna llamada del Sol. La vereda me recordó las aventuras de mi adolescencia, cuando recorría junto con mi hermano Jorge los bosques de San Pablo y San Agustín, Etla, en Oaxaca. El pastizal verde olivo, los imponentes cerros a diestra y siniestra y de frente un panorama épico. Lo mismo pensé en un planeta alienígena que en la prehistoria mientras nos acercamos a la orilla de la segunda laguna, poética en su inmensidad, donde cuentan haber visto descender ovnis de madrugada, aunque confío más en la segunda leyenda acerca de los miembros de una familia que viene a cuidar sus tierras en camionetas y caballos que llaman a la muerte,como una tribu de hunos queriendo invadir la China imperial de hace siglos.

En este punto, retornar equivale a revivir. Lo sé porque el aire que respiraba no podía ser más puro y el paisaje ahogaba los ojos en su transparencia. La luz del sol remataba la tarde desvaneciendo cualquier falsedad. Entrar al cráter de un volcán es como bajar a un inframundo paradisíaco cuando, por supuesto, en vez de lava y explosiones incandescentes, hay dos lagunas perdidas en la inmensidad de un valle extraterrestre. El eco de cualquiera de nuestras voces era más potente que la suma de ruidos de la ciudad de México. De vuelta todo se miraba liviano y placentero.

Hay eventos que suceden inesperadamente y uno pensaría que si se planearan su resultado no sería igual de bueno. Es lo que algunos llamamos el valor de la espontaneidad. Hace tres días ninguno de nosotros conocía sus nombres y hoy podemos llamarnos amigos o con mayor seguridad: maes con todo y el di’. Eso lo comprueba la galería de imágenes donde cada uno abraza las banderas de Costa Rica y México en la cima del volcán de agua, pero creo que no necesita comprobarse, al menos no entre nosotros, después de mirarnos con una sonrisa sincera, de apoyarnos en las subidas y bajadas unos a otros, como una tribu de brazos; de compartir juntos los tacos de canasta que un señor nos regaló en las faldas del volcán porque a él no le importa el dinero sino, seguramente, la amistad incondicional.

Ninguna ponencia puede superar las lecciones que otorga la vida sin que se las pidamos. La de hoy fue espectacular porque no cualquier día se descubre la preciosidad del cráter de un volcán, por naturaleza temible, y que ante los temores razonables se revela amable en la medida que majestuoso. La mente se relaja. En la cima tuve por un momento el deseo de estar solo y contemplar la grandeza por mi cuenta, pero dentro de mí sentí el deseo de estar con ellas y ellos. Recordé entonces la mayor necesidad de los seres humanos por encima del aire, el agua y la comida: Estar acompañado.

En la vida hay personas fundamentales cuyo tesoro se halla lentamente y a veces encontrarlas no es cosa de la voluntad propia sino del travieso destino. Hoy un grupo de ticos y mexicanos vencimos todos los prejuicios que teníamos sobre nosotros mismos. La legión expedicionaria latinoamericana le demostró por un momento a todos los políticos y diplomáticos, a los ejércitos y cortes de justicia internacional, que dentro del alma de los jóvenes con sueños hay una sola América que está unida y que sus habitantes, nosotros, deberíamos llamarnos hermanos siempre.

Y como testigo tenemos nada más y nada menos que a un señor y legendario volcán.



domingo, 7 de septiembre de 2014

Sueño de estación



Se cierra la puerta
revive el azul en la tarde perdida
No sé si llevarte a cuestas
o perdonar a la vida en tu regazo.

Suicidas que enfrentan
potencias de acero sin luz
En la esquina que intercambia almas
de un lado a otro corre el río de sangre.

No sé si detenerme en la ventana
o proseguir mi camino subterráneo
Donde la vida se juega a todo o nada
y la muerte adolece a la vuelta de la esquina.

En el retrato de bronce
capturé la esperanza atada
A la daga que desciende lentamente
suplicante sobre el pecho.

Quise retar a la vida
hacerme fuerte e ignorar
Que los imanes de las venas
se imponen al asfalto de esta escena.  

Surrealismo circular

Las calles de la ciudad de México de noche son surrealistas, oigo decir a mi consciencia. Se coló en esos paseos que suelo tomar en la tarde-noche, ese intervalo de tiempo que todos hacemos nuestro cuando no tenemos otra cosa más importante que hacer y ya hicimos todo lo que obligatoriamente nos tocaba hacer.

San Ángel, el barrio y el mito, los empedrados como laberintos hasta llegar a una plaza que se llama San Jacinto. Helados caros pero sabrosos. Una fuente donde un grupo de hombres se sienta a jugar baraja sin apostarle nada a la vida. En las bancas los enamorados hablan algo mientras besan y en la acción ni dicen nada. Susurros al viento y risas siniestras en la oscuridad.

Más allá de la avenida Revolución hay otros parques. Cerca de la avenida Miguel Ángel de Quevedo, escondido entre casas de escritores, está un pequeño parque con una iglesia de piedra de otra época, una cruz enorme que recuerda las cruzadas hacia Jerusalén en la Edad Media, el número 1-A donde investigan historia de México. La calle: Federico Gamboa. Otra fuente sin agua como la de San Jacinto se presta como banca porque las bancas ya se fueron a dormir. Continúa el paisaje de la noche surrealista. Así es México. Pinos que huelen a pino en donde alguna vez hubo bosque. Una pared de adobe que recuerda la casa de una anciana olvidada en la Mixteca de Oaxaca. Un letrero conmemorativo por los primeros 100 años de Chimalistac hace quién sabe cuánto.

Retorno. Tacos de suadero en el paradero de “Las Palmas”, como si fuera reserva natural protegida. ¿Habrá algo más mexicano para cenar en la ciudad de México? Contaminado esmog (no es redundante), oasis para el hambre que muestra la intensidad de nuestra alimentación. Salsas verde y roja, como para cruda, oigo decir con seguridad. El taquero suda, ¿cuántos más?, grita serenamente. Otro de tripa, al fin, es viernes y puedo sobrepasarme. Alrededor basura, el suelo negro y el acompasado ruido de los camiones que llegan y se van. Gente murmurando en vecindad, sonidos alternados por el caos.

En la esquina con Rey Cuauhtémoc ya recoge su puesto la señora. ¿Mañana hay esquites? Como siempre, joven. Mis favoritos se venden aquí con chile del que pica y del que no pica. Los brazos trabajadores de la señora de cualquier edad, con más fuerza que juventud, parecen aspas rompiendo el río de maíces. Ya vendré después.

Unas calles arriba, de vuelta en Frontera, me sorprende el barullo de unos jóvenes dentro de una casa. Adentro parece un circo: malabaristas, gimnastas, payasos. Volteo hacia el techo, no lo hay, en su lugar una carpa. El México surrealista siempre tiene sorpresas, como una compañía de circo clandestina que ofrece funciones los viernes en una casa que ni sabía que existía. Enfrente del domicilio, una barda como museo, los cuadros más preciados del impresionismo mundial. "La noche estrellada" de Van Gogh en brocha gorda, del MoMA a la Tizapán. El constante run run de los camiones aventando humo al arte.

¿Qué más se puede esperar? Caracoles en la orilla del mundo, en el borde peligroso de una pared que desaparece en las antenas del cuerpo minúsculo y blando que parece salido de otra dimensión. Pompas fúnebres frente a un gimnasio de 24 horas. Una silla color naranja, típica de secundaria pública, enfrente de... una secundaria pública en penumbras, que alumbra afuera la silla, como si alguien invisible estuviera sentado en ella tomando apuntes con vista al ajetreo incesante de la calle. Un edificio de película de terror con ventanas pintadas de color negro. Toda la ciudad hundida en un sueño profundo y demencial cuando apenas son las 11 de la noche.

Por segunda vez en una semana el paseo nocturno de viernes comprueba por qué Bretón definió a México como el país surrealista por excelencia. En el sur del Distrito Federal, en el barrio de San Ángel y sus alrededores, pueden desaparecer microbuses a la vuelta de la esquina, aparecer hombres lobo salidos de una alcantarilla e incluso caerse los letreros de las calles súbitamente, aunque todo esto aún no me toca verlo.

Hoy solo salí por un helado.


Extrañeza de memoria



Sentimiento que haces daño al corazón engreído
profundidad de la tarde en la que cobra sentido
el milagro de vivir como una negación a la existencia
placentera.

Salí de casa a contemplar el horizonte gris y turbio,
gozoso en la medida que imperfecto,
como abrir una ventana.

Le dije a las nubes en torno
después de los primeros rayos del alba:
la libertad no sucede a la par de sus caprichosas formas
siempre es necesario esforzarse un poco más para imaginar elefantes.

La danza de imágenes: lejanías de tropiezos
fulgor en la mirada,
recuerdos que parecen azoteas vacías sobre las que
llueve.

Una vez quise trascender el mundo mediante tus ojos
mirar más allá de la vanidad de una vida de aparador
que tristemente te petrifica como maniquí.

Cuando por fin me decidí a ser auténtico
sacudí el polvo
de los espacios vacíos como bodegas dispuestas
a guardar muebles.

Carne sin huesos
devenir sin salidas al parque a jugar bajo el sol,
encuentro entre mi diminuto arcoíris y la sensación de mirarte
de nuevo,
sin cristales que separen nuestros cuerpos.