miércoles, 8 de octubre de 2014

Al otro lado del mundo


Esta es la historia de dos amigos que no podían estar el uno sin el otro. Empezó cuando ambos rondaban los ocho años de una infancia marcada por los contrastes. Sus padres los inscribieron en el mismo colegio público que estaba apenas a dos cuadras de la vecindad donde vivían. Los niños, Ariel y Miguel, convivían por las mañanas en clase y por las tardes jugaban hasta que anochecía en el patio común de esa multitud de casas que no escondían ningún secreto detrás de sus puertas entreabiertas y sus ventanas enrejadas como si alguien se fuera escapar.

Con el tiempo, Ariel, que de los dos era el más dedicado al estudio y tenía un don natural para las matemáticas llegó a ser el ingeniero industrial más brillante de todo el continente. Tanto en las finanzas como en su concepción del amor era el hombre más dichoso de cuantos habían dirigido la prestigiosa empresa KASUB, siglas de una trasnacional especializada en la fabricación de armas de destrucción masiva, que ya para la década de 2050 era un mercado en crecimiento exponencial.

Saliendo de la escuela, Miguel nunca se iba a la vecindad sin Ariel. Alguna vez tuvo que esperarlo sentado en la acera de enfrente hasta las seis de la tarde. Cinco largas horas que su mamá despreocupada e indiferente nunca notó mientras él inventaba cualquier entretenimiento solitario o se quedaba medio dormido con la cabeza recargada en la pared esperando a su mejor amigo en el mundo. Ariel no salió, lejos de cualquier tragedia, porque aprovechó a hurtadillas la distracción del otro para irse a su casa y encerrarse en su cuarto. Ese día no tenía ganas de estar con Miguel. Más que eso, ese día había descubierto por primera vez en su vida que las personas llegan a ser, por nobles que sean o incluso en la misma proporción, fastidiosas.

Ariel solía sentarse a trabajar en su escritorio del piso 85 del rascacielos de su empresa en Dubai, desde donde controlaba el negocio mundial de hacerse rico a costa, más que del sufrimiento, de la desaparición forzada y eterna de otros. Encerrado con la bitácora de sus actividades diarias repleta de citas con altos mandos de varios ejércitos no recordaba que en algún lugar de los países que bombardeaba sistemáticamente con gases químicos potentes podía encontrarse quien alguna vez ocupó un sitio importante en su violenta existencia.

Miguel vivía entre la miseria, el abandono y el dolor que envolvían el ambiente nauseabundo de los callejones de Managua. Ya para entonces cualquier intento de liberación social era un autosuicidio colectivo tomando en cuenta que los últimos diez años en esa ciudad habían sido los de una intensa guerrilla de carácter étnico que terminó por llevarse a la etnia más numerosa de todas: la humanidad del lugar. Socorriendo a los pocos enfermos, porque la mayoría eran cadáveres dejados a su suerte en las calles derruidas de la infernal ciudad, se pasaba el día mientras recordaba los años eternos de su infancia por los que susurraba inconsciente en las noches o a veces lloraba sigilosamente durante el día.

Sentado en un yate blanco reluciente que bordeaba la península arábiga, disfrutando del alcohol exclusivo para los extranjeros del nuevo centro de poder mundial, Ariel se preguntaba por el futuro de la humanidad. Fumaba una pipa y comentaba con una de sus muchas mujeres cuáles habían sido los resultados de los partidos de fútbol de la jornada. Desde hace varios años poseía varios equipos europeos. Cuando escuchó el nombre del anotador principal de la temporada, un tal Miguel no sé qué, recordó por fin a su antiguo amigo fiel y torpe.

Se quedó pasmado pensando en los tiempos líquidos que habían transcurrido desde que lo dejó de ver cuatro décadas atrás. Este primer recuerdo en tantos años le planteó la posibilidad de que estuviera vivo y con ello la posibilidad de perdonarlo, aunque ya no se acordara bien de qué.

Fue en una tarde soleada de mayo cuando Ariel golpeó brutalmente al inocente Miguel. Le propinó la peor de las tundas que ni siquiera su padre alcohólico le había dado. El motivo, Miguel rompió las probetas de su juego de química, uno de esos modelos vendidos como la última novedad por la televisión que con unos pocos ahorros su mamá le había comprado esperando que algún día se convirtiera en el médico que curara su enfermedad terminal: cáncer de huesos. Lleno de odio por haber frustrado los sueños de su madre, que por ser de ella eran aún más suyos, le rompió la nariz y le cerró un ojo con verdadero odio. Después maldijo haberlo conocido y se encerró para siempre. Al poco tiempo, con el sonido de la ambulancia que recogió en un estado crítico a su mamá, Ariel se fue, según dijeron los vecinos, a vivir con una tía al otro lado del mundo.  

Miguel creció entre la frustración y el olvido.

Cubierto de periódicos sin nada que pudiera ofrecer a la vida ni la vida ofrecerle a él, junto a su pequeño hijo Ariel, que así lo había llamado en honor más que del amigo de la amistad toda, esa desierta noche de mayo Miguel no paró de llorar porque lamentaba con todo el dolor de su corazón haber roto los sueños más valiosos de un muerto. Muerto en vida, muerto de verdad, muerto muerto, qué más da. Se lamentaba sobre todo no saber desde hace mucho nada de él. 

sábado, 4 de octubre de 2014

Misión de vida


Escondido en algún lugar del centro de la ciudad de México, José María Pérez evadía las circunstancias de una vida marcada por el fracaso profesional que en algunos casos es todo lo que resta decir de una vida personal llevada al límite de las posibilidades de convivencia familiares. Había tomado ya cuatro pulques curados en la calle de López y se disponía a irse al cuarto que recién había rentado en la colonia Espartaco, muy al sur de todo lo que era su mundo conocido, cuando se encontró en la calle a los tipos que lo perseguían.

José María era un asesino. No cualquier asesino sino uno especializado en matar perros. Desde niño, quién sabe por qué, les tenía un odio confesional. Tal era su rencor por los pobres animales de razas pequeñas, medianas o grandes, que había inventado métodos de lo más raros, como una trampa enorme de rata que los partía por la mitad o la solución acuosa que desintegraba a los cachorros mientras dormían. En fin, José María odiaba a los perros en la misma proporción que odiaba la idea de que pudieran ser el mejor amigo del hombre.

La amistad no existe, repetía como lema frecuente a las pocas personas que en algún momento le tocaban el tema.

Los muchachos que perseguían a José María eran Raúl Román y Jacinto Pereda. Ambos lo conocían de su antiguo domicilio, una casucha en la que apenas cabía una cama individual y un librero donde se desperdigaban la mayoría de ejemplares robados de Chema, como hasta entonces lo llamaban los vecinos que en el fondo sentían harto desprecio por su aspecto desaliñado y pendenciero. Román y Pereda criaban perros de pelea, esos animales que tienen unos ojos como rasgados y babean mucho, además de que cargan con el infortunio de que les corten las orejas, con lo duro que debe ser sufrirlo como parte de un secuestro permanente. Son feos en contra de su voluntad.

No solo era una afición, criar perros de pelea era un negocio, que en los tiempos que corren no solo es más rentable que una afición sino infinitamente más atractivo. Así que cuando Chema decidió poner fin a Bracho y Mengui, los perros de pelea favoritos de aquellos negociantes, la cosa se puso fea, tanto, que además de tener que huir solo con lo que llevaba puesto, dejó encendido un calentador de gas que terminó por asfixiar a tres familias vecinas de su antigua casucha. Era de madrugada y la muerte las encontró en un estado tierno y entregado.

Raúl y Jacinto lo estaban buscando desesperadamente para hacer justicia por su propia mano o más bien por sus propios perros. El plan era dejarlo indefenso en una fosa rodeado de los más bravos, aunque esa tarde primaveral se habían olvidado un poco del asunto que los llevó a perder a sus mejores ejemplares y enfrentar acusaciones injustas por el homicidio imprudencial de sus vecinos. Esa tarde, en realidad solo habían decidido ir adonde su tío preparaba unos sabrosos pulques, en esa calle atiborrada de pollerías y baños públicos, probablemente estos debidos a la demanda de la gente que tomaba demasiado pulque.

Ahí lo vieron, con la cabeza gacha sobre la barra. Se le fueron encima con los cuchillos que sacaron del cinto, mientras Chema escapaba de milagro por entre las piernas de las decenas de estudiantes que respiraban el olor a sudor de todos. En esa densidad de cueva pulquera, el mismo aire enrarecido y la música estruendosa de una banda de rock mexicana en declive, le permitieron escapar.

José María reflexionaba sobre su patética vida. Sus papás lo dejaron a cargo de sus abuelos cuando apenas tenía diez años. Hasta esa edad no recordaba que le entusiasmara nada más que ver la televisión. Su adolescencia la había pasado al cuidado de sus abuelos enfermos y en la escuela era el más gris de los alumnos. Lo único que recordaba con claridad era su obsesión por hacer sufrir a la raza canina, las ganas de destruir eficientemente a todos los perros, callejeros y domésticos. Eso marcaba la diferencia entre sobrevivir y vivir. Para él cada día tenía sentido en la medida que acrecentaba su odio contra los indefensos que le hacían hervir la sangre sobre todo cuando se orinaban delante de su presencia o le ladraban mirándolo directamente a los ojos.

Román y Pereda rastrearon cada calle del centro de la ciudad pero no dieron con él. Encerrado en un basurero industrial, al lado de mierda de perro y desechos orgánicos del mercado donde venden cocodrilo y león, pero curiosamente no carne de perro, esperó que cayera la noche para volver caminando a su nuevo depósito de humanidad, un cuartucho igual de estrecho y húmedo que el de su antiguo vecindario.

Entristecido por su condición absurda, condenado por la ley y las personas que no daban con él, aburrido por la monotonía de una vida que por entero era un despropósito, por primera vez en 21 años pensó en el suicidio. Fue solo cuando oyó los ladridos de los perros de la avenida que a las tres de la madrugada se llena de mujeres vestidas con poca ropa, cuando comprendió que su coraje contra los perros en realidad era una misión de vida. Cuando desintegró a Bracho y Mengui, apenas con pocos lugares en el cuerpo sin los rastros de los violentos encuentros de muerte con otros perros, ni siquiera imaginó que le hacía un favor a un macho y una hembra demasiado cansados de vivir, de probar con hasta la última gota de su sangre su eterna y fiel amistad por los hombres.

Era un favor recíproco para Chema, aunque sus perrunas mentes no alcanzaron a entenderlo. Era haber cumplido una misión auténtica: darle sentido a la vida de un desdichado ser humano.

Cuando llegó a su cuarto, Chema pensó en las víctimas del día siguiente. Román y Pereda pensaban en él. Bracho y Mengui no pensaban nada, y si lo pensaban seguro eran buenos deseos. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Destinos cruzados


Pienso que el futuro depende más del día de hoy que de cualquier idea del futuro que se me ocurra mañana. El tiempo nunca me ha preocupado mucho, siempre he sido alguien que vive conforme se presentan las circunstancias. Un día, por azar, me eligieron alcalde de mi ciudad sin que eso me preocupara desde antes. Luego vino la elección estatal, gané casi por nada. Pero en los dos casos no me nubló la vista ninguna angustia por mi destino.

El destino hace tiempo dejó de ser lo que era. Tan vituperado por quienes por siglos se aprovecharon de su nobleza impredecible, ahora vaga por ahí buscando con quién platicar; demanda un poco de atención. Fue entonces cuando me le acerqué. Le conté sobre la falta de cariño que padecí en mis primeros años, sobre cómo mis papás no me hacían caso y atendían con vehemencia sus asuntos particulares —qué raro suena esto— que no incluían los asuntos de su propio hijo. 

No les guardo ningún rencor. A decir verdad me hicieron un bien, el de buscar reconocimiento público. Lo supe y sentí el día que me presenté como candidato a la nominación presidencial de mi partido.

Hernán Maximino Robles, así me llamo. El nombre no me ayudó en ninguna campaña electoral. Siempre usé el apodo de Max, apócope, además, de mi primer apellido que todos creen que es mi segundo nombre. Mis padres decidieron que me llamara como el conquistador de la Nueva España, un hombre tan denigrado en los libros de historia que muy pocos se acuerdan de que algo, así sea ínfimo, tuvo de héroe. Cualquier conquistador de tierras nuevas lo es, pero aun si su calidad de villano lo volviese impresentable es lo que menos importa. Desde hace 52 años escribo mi propia historia.

Los alcaldes, gobernadores y presidentes muy poco tienen de honorables. Siempre lo he pensado. Por eso quise ser maestro de primaria en esta comunidad "el Trapiche", en algún lugar de las montañas del sureste de México. Mónico Sánchez, para servir a usted. Nací en la frontera norte hace 50 años. Por aquel entonces el norte no era muy diferente a lo que hoy es.

La misma violencia nos asolaba pero sin la tecnología que facilita la muerte. Morir en esa época tenía su mérito por difícil. Hoy se ha convertido en mero trámite. Con rapidez y sin miramientos te balacean, te entierran y nadie vuelve a saber de ti jamás.

En mi niñez conocí a un niño triste y solitario que se llamaba Hernán. Podría decir que fuimos amigos. Inventábamos nuestros propios juegos bajo la sombra de los pocos árboles que había en la plaza municipal. Hernán parecía un adulto atrapado en el cuerpo de un niño, pero no cualquier adulto, sino uno que se deja afectar mucho por la pesadez del mundo, por la aprehensión del tiempo y la responsabilidad de saber que mañana es un día más, no un día menos; que la reunión de días tarde o temprano va a significar la muerte, y que de esa nadie vuelve, o al menos no se sabe que lo haga. Hernán era un niño raro.

Harto de soportar su estado de ánimo melancólico causado por la falta de atención que recibía en su casa como hijo único de un matrimonio bipolar, un día le dije que si no sonreía por mí o cuando estaba conmigo, lo mataría. No era un juego inocente. Lo había pensado con cálculo. No soportaba su semblante opaco cada que intentaba fingir que disfrutaba pasar tiempo conmigo. Nunca me ponía atención cuando le hablaba de mis proyectos a futuro. Quería, en el fondo, que Hernán viera más allá de ese pueblo del que nada bueno había salido.

No sintió miedo con mi declaración. No sabía que era capaz de hacerlo y sin embargo restó importancia a mis palabras. Por su cuenta, el último día que jugamos me confesó que esa apariencia apagada por abstraída y triste por apartada, no era voluntaria sino resultado del pacto que había establecido con el destino. 

Me dijo que, a cambio de su alma, lo que sea que eso significara entonces y signifique ahora, ese sujeto le había ofrecido ser alguien muy importante para los demás. El alma, le grité a Hernán, eso no existe, eres demasiado pendejo diciendo esas cosas. Tú naciste así y ninguna fantasía lo va a cambiar.

Mucho tiempo después entendí, cuando lo vi por televisión con la misma mirada oscura y perdida, envuelta en un mar de cámaras y micrófonos, que después de todo uno no nace ni crece, ni siquiera muere, libre, sino condenado al tiempo que administra el destino. El destino sin crueldad y sin alivio solo cumple el trato que alguna vez ofreció a cambio de todo lo que pudiste ser auténticamente. 

Sonrío por vivir preocupado por amanecer al futuro. Mañana daré mi clase de ética a un grupo de niños de primaria. A lo mejor les cuente la historia de Hernán, el niño, el que no era conquistador ni villano. Añadiré que gustoso habría dado mi inexistente alma por ser alguien importante. 

Me habría vuelto el niño más triste del mundo. Hubiera matado a Mónico por ser Hernán. Le pediría al destino que me hiciese presidente del país.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Funcionalidades

The Persistence of Memory, 1931, Salvador Dalí


Los cambios son para bien, oigo decir a mi reloj despertador. El muy canalla se ha convertido en una especie de confidente que siempre está para escuchar lo que nadie más quiere oír. Cayó en depresión luego de que decidiera no usarlo y despertarme con los primeros rayos del alba, pero hace poco comprendí que no podía dejarlo arrumbado en el rincón polvoso de mi cuarto para siempre. Si existe merece vivir. Así que lo relegué de su vieja función de hacer ruido muy temprano para darle un trato entre iguales, ya puede decirme qué le parece y qué no de mi forma de ser.

A veces frunce el ceño como si de veras estuviera enojado conmigo. No hay manera de contentarlo con ninguna de mis payasadas de soltero que visita a su mamá cada semana. Otras veces no para de reír mientras me dice cualquier tontería y entonces se me pasa el tiempo sin voltear a ver la hora. Compartimos la cena, tomamos café y nos ponemos a cantar canciones en el karaoke hasta muy entrada la madrugada.

En cualquiera de los casos yo disfruto su compañía porque más allá de ser un objeto ornamental y simplón, se ha convertido en un acompañante de mis estados de ánimo. Cuando me pongo triste puede reaccionar de la mejor manera y preguntarme qué me pasó, me abraza tímidamente como si fuera un niño introvertido o puede ignorarme durante varios días con la altivez característica del enojo doméstico, pero después cambia. Siempre termina por cambiar. Y es como si nada de lo que hasta ese momento sucedió tuviera importancia. Borrón y cuenta nueva.

Supuse que terminar por la paz con mi esposa —ya no lo es pero ocupo el término porque no quiero usar su nombre— era la mejor solución para mejorar mi vida solitaria, aunque honestamente yo solo firmé el acuerdo de divorcio. No tuve que pagar un abogado ni comparecer ante un juez. Simplemente firmé un papel que ella se llevó corriendo. Entonces cerré la puerta y me puse a limpiar la cocina. Así se me iban los días con tristeza parsimoniosa, como un viento que sacude incesantemente el cuerpo hasta que, cansado, te das cuenta que estás en otra época y no importa que haya pasado antes, solo miras hacia delante.

Mi despertador tiene muchos sueños. Me dijo que le gustaría viajar por todo el mundo; conocer, por ejemplo, las Cataratas del Niagara y los paisajes nórdicos de Islandia. Es que disfruta mucho las bellezas naturales que contempla por la computadora que antes era su amiga, pero ahora ha dejado de serlo porque descubrió su funcionalidad, convirtiéndose en un objeto cualquiera para él. Puede pasar horas frente a ella, observando detenidamente las imágenes que pasan una y otra vez delante de sus manecillas, por debajo de las campanitas que parecen un gorro muy chistoso que lleva puesto como si festejara la vida y sus encantos. La computadora, aunque quiere llorar por tanta indiferencia, guarda un silencio obligado.

El viernes le conté sobre mis proyectos a futuro. Le dije que quiero vivir lo suficiente para gobernar un país y escribir un libro. No importa cuál sea el país ni de qué trate el libro, lo importante es conseguirlo, que al fin así se proyectan las metas. También le confesé cuáles son mis preocupaciones actuales, las que me demandan tiempo y por ende la necesidad de contar con su ayuda. Aunque mi horario humano se había acostumbrado a despertar a las seis de la mañana, últimamente me quedo dormido hasta después de las once. Necesito otra vez de la funcionalidad de mi despertador.

Así que no tuve más remedio que hacer ese gesto parecido a un puchero, doblando los labios hacia la barbilla, con unos ojos tristes y las tres arrugas que se me dibujan en la frente, para decirle que ya no podemos ser amigos. Pensé que sobrevendría una escena con lluvia de reproches e insultos de su parte, en la que me diría todas las cosas que detesta de mí, como que me desvele con la luz encendida escribiendo mis cartas de amor frustrado, pero simplemente escuchó, se quedó callado y me dijo que ya esperaba mi anuncio, de antemano sabía que las cosas no iban bien.

Hoy me sobresaltó el asqueroso ruido de este maldito aparato. No sé en qué estaba pensando cuando lo compré. Solo vi su forma redonda, el brillo metálico, los números gigantes, las campanitas ociosas que me recordaron una película antigua, en fin, su desgraciada fachada de artículo de lujo. Debería conseguir un amigo.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Riña de confianzas


Confianza es lo que aparece entre tú y yo cuando dejamos el centro del ocio y nos dirigimos a la parada de autobús. El autobús recorre media ciudad, la circula por la periferia. Muy de mañana, cuando la luz del sol ilumina el horizonte y se aprecian los volcanes de Puebla, y muy noche, cuando el día deja de ser día. La gente corre a refugiarse a sus casas, se sienta a mirar la tevé y cena pan con café. Las pilas se recargan con cafeína. El sueño resulta accesorio.

En los recónditos confines de tu sonrisa sospecho que la vida nunca pierde esa chispa que te permite gritar de felicidad. A veces el grito se torna desesperado, ya no como una risa transparente y fina, sino como una mueca que expresa tanto y nada a la vez.

El ruido de la lluvia alarga el verano cuando ya hizo el daño que debía. Ahora, las hojas al suelo en medio de los parques verdes dicen otra cosa. Al pisarlas subrayo la lejanía de tus emociones, pensando que murieron al intentar renovarse con el cambio de estación. Los andadores de la ciudad me conducen de avenida en avenida, creyendo en mi interior que en alguna esquina encontraré eso que te hizo especial cuando mis pestañas eran ciegas y los ojos se creían el cuento de la belleza interior.

Recuerdo aún cuando salía a correr hasta llegar a un mirador muy bonito en el cerro de San Agustín. Me sentaba en una banca de piedra a mirar el horizonte de una tarde decaída. Las casas desperdigadas, un campo en el que nadie iba a jugar, árboles en multitud de consejo, todos estaban enfrente de mí. Y nada era más importante que estar ahí. Los problemas de ahora no existían, ni siquiera tenía claro qué era un problema ni quiénes sus protagonistas. El tiempo avanzaba y la cicatriz a la orilla del labio se empequeñecía sin resabios.

En la orilla del camino había espigas queriendo ser doradas. Su voluntad las enorgullecía a las seis de la tarde cuando la puesta de sol ahogaba sus tallos. Entonces creía verte en donde empezaba la curva, en la panorámica de ese campo de golf que parece un valle encantado. Me acercaba poco a poco a una imagen difusa que, sin embargo, proyecté durante muchos meses pensando que el futuro encima de mis ojeras de búho sería el cuento de hadas que nos venden como vocación infinita.

La tormenta pone de manifiesto que hay, por un lado, un esquema de valores que define la personalidad y, por otro, una serie de objetivos que nos encanta creer que alcanzamos con esfuerzo consagrado. Me asomo afuera y la vida corre en fuga. Apartados del camino, nos permitimos tomar veredas que, nos dijeron, convenían para no hacernos daño. A paso veloz comprobamos que el mal mayor no es uno solo, que siempre hay alternativas para reñir con lo que amamos. Que la riña interminable nos llena de melancolía a veces, pero otras más nos acerca al arte de vivir quitado de la pena.

Confianza se evapora entre tú y yo. El autobús se detiene y debo volver a pensar con cordura, cuando paso demasiado tiempo entre los abusos del espacio y la ruina del tiempo tiendo a enloquecer y recuerdo tu nombre.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Esquinas de ciudad


Dos parejas de novios abrazados en el camión están sentadas en asientos subsecuentes. Los hombres hacen esquina con la barbilla y el cuello para que las mujeres puedan recargarse mejor. Ellas parecen dormitar; ellos se esfuerzan para que el sueño no los venza. El camión desaparece en la bruma de una vereda que promete llegar hasta un cerro donde vive un judío.

En el puesto de pozole hay gente cuando son las nueve de la noche. Rábanos, lechuga y orégano para acompañar el plato. El caldo es espectacular. Lo primero que se acaba cuando se tiene mucha hambre. La sed siempre será nuestro talón de Aquiles. Afuera del mercado un señor vende gelatinas de rompope con rompope. Si no estuvieran buenas no las vendiera, presume con humildad. Por los parques circula la gente caminando, conversando, riendo, mientras niños corren y se detienen intempestivamente, como un juguete descompuesto. La cuerda siempre vuelve a girar, la pila nunca se acaba.

El sol atraviesa el cielo raso, azul de punta a punta. Pocas veces se mira tan decidido a mostrar su verdadero color. Las nubes son compañeras de viaje, nada más. El campus parece un parque de atracciones finas, sin juegos mecánicos que inviten al vértigo. Hay mesas de ping pong dispuestas alrededor de la torre de rectoría. Los pedazos de pasto, ese archipiélago del ocio, invitan a sentarse y no moverse en lo que quede de tarde. Afuera de la biblioteca veo un rostro conocido. Ella jugaba basquetbol en la preparatoria. Su nombre recuerda a la madre divina del pulque. La familiaridad de su sonrisa sigue siendo la misma. En vez de hablarle, huyo con los libros.

Polanco no dejará de ser el quinto infierno del tráfico, lo cual no sería un problema si no lloviera, pero cuando llueve, inevitablemente, es peor. Sus calles tristes, de agotado materialismo cursi, no perdonan al transeúnte que por obligación tiene que entrar al gran aparador. Más cerca de Chapultepec hay cafés para todas las clases sociales, uno puede sentarse a escuchar jazz en un Starbucks con todo lo que cuesta o tomar un moka en una tiendita de la esquina mientras deja de llover. Sería mejor si efectivamente fuera la tiendita de la esquina, pero en estos tiempos ese lugar de la infancia perdida ya no existe. Hay que optar por una cadena de pocas letras, clásicamente frívola, donde un dependiente hará todo lo posible por no hacerte la plática.

Afuera de Metro Tacubaya hay tres puestos de libros. Nunca he dejado de creer en la conveniencia de hurgar en la basura para encontrar joyas. Ahí está, como nuevo, Los partidos políticos de Maurice Duverger, edición de los setenta, 40 pesos. El clásico en la bolsa reconforta, ni siquiera ha sido subrayado y huele a viejo. A veces que algo huela a viejo es mejor que ese olor plastificado que desvirtúa toda consciencia histórica, por algo Donceles siempre será el paraíso de un escritor en potencia.

Recorrer avenida Insurgentes desde la Unam hasta la glorieta de Insurgentes cuando hace un día tan bonito es casi un crimen. Dentro del chorizo con ruedas la gente dormita o alarga la cara intencionalmente, como para hacer notar su desprecio por ese momento de la vida. Los pocos que hablan no dicen nada interesante; una televisión repite tediosamente los mismos anuncios. En mi mente sueño que voy en bicicleta. El viento refresca mi cuerpo y la intensa luz del día broncea mi frente hasta desvanecerse en mis ojos de ocelote. Como una flecha avanzo decididamente entre la agonía de cada esquina que va quedando atrás, pero no sé hacia dónde me dirijo. 

Solo sé que la avenida nunca termina.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La cima de la amistad

Bosques de pinos altos salen al paso de dos coches. Serpenteamos la carretera y después el camino de terracería para llegar al paradero. De ahí hay que caminar una empinada subida que se asemeja a una comarca escocesa con neblina. En el sendero hay matorrales secos, plantas que parecen salidas de otro planeta y a nuestras espaldas se alcanza a ver, debajo de la neblina, un claro de ciudad. El sol iluminará más tarde nuestro camino.

Cuando llegamos a la cima una perra gran danés besaba las mejillas de su amo. Otras personas dispersas miraban el paisaje surrealista. No había creído en el poder de la ciencia ficción o por lo menos no había comprendido sus alcances hasta situarme en ese punto donde todo parece irreal por demasiado hermoso. El valle delante de nuestros ojos tenía ese verde con el que pintan el hábitat de los dinosaurios y un monte orgulloso partía la panorámica con dos lagunas que no tienen fondo antes de llegar al mar.

La legión expedicionaria se conformó por seis mexicanos y cuatro costarricenses. Nos conocimos en el congreso internacional de ciencia política aunque no exactamente en el congreso. Hay casualidades que nos salvan de vivir con lógica. Yo creo que vivir con lógica es una de las cosas más aburridas de la existencia humana. En cambio, cuando la lógica se rompe y el caos altera el orden de todo lo que debe ser previsible, el mundo gira y a veces estalla para bien. Una noche, Julio subió a nuestro taxi y nos acompañó por un recorrido raro en el que encontramos a un cómico sujeto presuntuoso cuya carta de presentación fue: Soy diputado, todos me maman. Les invito un pomo y ya, eh. El mantra se repitió como conjuro hasta que Julio, yo y mis amigos ya éramos inseparables.

Descender al cráter del Nevado de Toluca es una de las mejores experiencias que he vivido. La ironía es que al bajar a la primera laguna llamada de la Luna, David, rebautizado como el Charro, nos anunciara con su peculiar acento tico: ¡Bienvenidos a Toluca! Efectivamente, los mexicanos, a excepción de los choferes, no conocíamos el que es uno de los secretos mejor guardados de México. Las plantas extraterrestres del camino anunciaban con sus puntiagudas hojas el panorama de aguas cristalinas y eternamente frías. La buena noticia es que pudimos entrar, si entrar significa remojar los pies en el agua e imaginar que flotábamos en ese espejo marciano; que sin darnos cuenta estábamos siendo subsumidos por un universo paralelo y seductor.

El Charro, ataviado con el sombrero nacional que parece cactus, hizo gala de su carisma y lanzó el grito de guerra: ¡Viva México, cabrones!, encima de la piedra que servía para alcanzar el cielo de un solo paso. Después, todos caminamos a la otra laguna llamada del Sol. La vereda me recordó las aventuras de mi adolescencia, cuando recorría junto con mi hermano Jorge los bosques de San Pablo y San Agustín, Etla, en Oaxaca. El pastizal verde olivo, los imponentes cerros a diestra y siniestra y de frente un panorama épico. Lo mismo pensé en un planeta alienígena que en la prehistoria mientras nos acercamos a la orilla de la segunda laguna, poética en su inmensidad, donde cuentan haber visto descender ovnis de madrugada, aunque confío más en la segunda leyenda acerca de los miembros de una familia que viene a cuidar sus tierras en camionetas y caballos que llaman a la muerte,como una tribu de hunos queriendo invadir la China imperial de hace siglos.

En este punto, retornar equivale a revivir. Lo sé porque el aire que respiraba no podía ser más puro y el paisaje ahogaba los ojos en su transparencia. La luz del sol remataba la tarde desvaneciendo cualquier falsedad. Entrar al cráter de un volcán es como bajar a un inframundo paradisíaco cuando, por supuesto, en vez de lava y explosiones incandescentes, hay dos lagunas perdidas en la inmensidad de un valle extraterrestre. El eco de cualquiera de nuestras voces era más potente que la suma de ruidos de la ciudad de México. De vuelta todo se miraba liviano y placentero.

Hay eventos que suceden inesperadamente y uno pensaría que si se planearan su resultado no sería igual de bueno. Es lo que algunos llamamos el valor de la espontaneidad. Hace tres días ninguno de nosotros conocía sus nombres y hoy podemos llamarnos amigos o con mayor seguridad: maes con todo y el di’. Eso lo comprueba la galería de imágenes donde cada uno abraza las banderas de Costa Rica y México en la cima del volcán de agua, pero creo que no necesita comprobarse, al menos no entre nosotros, después de mirarnos con una sonrisa sincera, de apoyarnos en las subidas y bajadas unos a otros, como una tribu de brazos; de compartir juntos los tacos de canasta que un señor nos regaló en las faldas del volcán porque a él no le importa el dinero sino, seguramente, la amistad incondicional.

Ninguna ponencia puede superar las lecciones que otorga la vida sin que se las pidamos. La de hoy fue espectacular porque no cualquier día se descubre la preciosidad del cráter de un volcán, por naturaleza temible, y que ante los temores razonables se revela amable en la medida que majestuoso. La mente se relaja. En la cima tuve por un momento el deseo de estar solo y contemplar la grandeza por mi cuenta, pero dentro de mí sentí el deseo de estar con ellas y ellos. Recordé entonces la mayor necesidad de los seres humanos por encima del aire, el agua y la comida: Estar acompañado.

En la vida hay personas fundamentales cuyo tesoro se halla lentamente y a veces encontrarlas no es cosa de la voluntad propia sino del travieso destino. Hoy un grupo de ticos y mexicanos vencimos todos los prejuicios que teníamos sobre nosotros mismos. La legión expedicionaria latinoamericana le demostró por un momento a todos los políticos y diplomáticos, a los ejércitos y cortes de justicia internacional, que dentro del alma de los jóvenes con sueños hay una sola América que está unida y que sus habitantes, nosotros, deberíamos llamarnos hermanos siempre.

Y como testigo tenemos nada más y nada menos que a un señor y legendario volcán.