sábado, 21 de febrero de 2015

Terrorismo que cierra aeropuertos

Imagine por un momento que usted está en París el miércoles pasado, de repente nota que la ciudad se agita con el ruido de patrullas, ambulancias, un ir y venir de gente. Después se entera que un grupo yihadista asesinó a varios empleados de la revista satírica Charlie Hebdo. En las noticias del día siguiente se dirá que el terrorismo islámico volvió amenazar a Occidente, lo que sea que signifique este vago concepto. Para el viernes usted regresa a México. Cuando llega al aeropuerto Charles de Gaulle sigue la transmisión en vivo del enfrentamiento entre los terroristas y las fuerzas de élite francesas, apenas a 10 kilómetros de donde se encuentra. Debido a este suceso, informan que dos pistas de las cuatro que tiene el aeropuerto internacional han sido cerradas. Su vuelo tendrá un retraso incómodo de cinco horas.

Ahora imagine que usted tiene una junta muy importante en la ciudad de México. Tiene programado un vuelo a las 8:30 am desde el aeropuerto internacional “Benito Juárez”, ubicado en el municipio de Xoxocotlán. Hace todo lo necesario para levantarse temprano y acudir puntualmente a su cita, pero cuando llega a la terminal se encuentra con decenas de personas que no son pasajeros. Se acerca al chek-in de la aerolínea y le informan que su vuelo no saldrá a tiempo. Empleados de la sección 22 de la CNTE decidieron tomar el aeropuerto como medida de presión para que el gobierno federal devuelva el pago de su nómina (gigantesca) al gobierno del estado. No les importa su junta ni los cientos de motivos de los pasajeros. Su exigencia es el límite.

La diferencia entre los dos supuestos es que el primero es la noticia más trascendente a nivel internacional de la semana pasada. Un hecho que atenta contra la libertad de prensa de una nación tan emblemática en cuanto a su republicanismo. El saldo original de 12 asesinados parece ser el comienzo de una serie de venganzas del ala más radical del islamismo. Por otra parte, el segundo suceso es familiar para los oaxaqueños. Que los ‘maestros’ tomaron la terminal aérea, la de autobuses, cerraron vialidades principales de la capital del estado, bloquearon carreteras federales, clausuraron centros comerciales, son lugares comunes. Sin embargo, lo del sábado tiene un cariz distinto porque se metieron hasta la pista y pintaron consignas contra el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Delante de mí están los dos pasajeros mexicanos, el primero me comenta que fue terrible la demora de cinco horas por el pánico en París pero no corrió ningún peligro; la segunda, es una pasajera entrevistada por “Noticias, Voz e Imagen de Oaxaca” durante la demora impuesta por los ‘maestros’: “Nunca había visto algo así; es inaudito. Solo sabía que había pasado algo así en Europa por el ingreso de terroristas. Parece algo semejante”. Semejante, ese es el punto. El caos que se genera cada vez que la sección 22 realiza sus jornadas de lucha se aproxima a una situación derivada del terrorismo. La gente de a pie es rehén de los intereses gremiales; no importa lo que intente hacer, una masa de decenas de miles de personas muy bien organizada impone su voluntad a los demás ciudadanos. El sábado fueron más de 12 horas de mantener tomado el aeropuerto de la ciudad de Oaxaca, además de otros puntos estratégicos. Todo esto para obtener como resultado el compromiso de una reunión con las autoridades federales sobre sus pagos.

¿Hubiera sido legítimo el bloqueo a la terminal aérea si el reclamo fuera otro? Por ejemplo, ¿la remodelación parcial de todas las escuelas de nivel básico de Oaxaca o la capacitación de todos los docentes por parte de pedagogos de varias partes del mundo? No. En democracias avanzadas no se trata tanto de la legitimidad del reclamo como del respeto a los derechos de terceros, que no parecen preocuparle a quienes enseñan a las futuras generaciones de oaxaqueños que, desde que su memoria se los recuerda, vivieron soportando bloqueos, plantones y lo más importante, días sin clases.

En 2006, las clases de mi bachillerato se vieron afectadas por las jornadas de lucha del magisterio. Entonces el transporte público hacía escalas y la gente tenía que caminar largas distancias para tomar otro medio que la llevara adonde fuera. Cuando caminaba uniformado hacia mi escuela un ‘maestro’ me increpó: “Adónde vas, qué no sabes que no hay clases”. Al desoírlo me gritó groseramente que le hiciera caso. Lo ignoré preocupado mientras me iba. Tal vez así, nuestra sociedad oaxaqueña se preocupa cada que hay noticias de los ‘maestros’, pero prefiere ignorar las consecuencias. A fin de cuentas, un vuelo lo pierde cualquiera. Hay peores cosas, como lo de Charlie Hebdo y el terrorismo que a veces cierra aeropuertos.


domingo, 15 de febrero de 2015

"Amor constante, más allá de la muerte"

Francisco de Quevedo

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

sábado, 7 de febrero de 2015

Donde deja de sonar tu arpa


Un amigo que ya no veo me dijo que para escribir es necesario tener que vivir con una ausencia. Para algunos escritores esa ausencia es el amor, o mejor dicho, la falta de ese amor que lo llena todo tan patéticamente en la vida de los normales. Para otros probablemente es la falta de certeza, saber que nunca sabrán si en verdad lo que creen es cierto. Para mí es la amistad.

Cuando crecía miraba a mi alrededor los grupos de personas, cada uno en busca de lo suyo, empeñándose en el fin que los ponía en cierto lugar a tal hora. Por ejemplo, los que entrenaban natación al norte de la ciudad de Oaxaca. A veces los miraba en la alberca donde aprendí a nadar, en aquella privada de los enormes Laureles, otras veces estaban en el parque frente a mi secundaria, estiraban, corrían, reían, todo mientras un señor les cronometraba el tiempo. Como si para reírnos hubiera siempre un cronómetro invisible que está marcando cada fracción de segundo, para comprobar que eres bueno o por lo menos mereces estar en el equipo autoproclamado triunfador.

El otro día amanecí sin nadie a mi alrededor. Era de esperarse, hace tiempo que vivo solo, la mayor parte del tiempo encerrado en un salón, una oficina, un cuarto que recuerda a una cueva. Como cuando David, el rey escogido por Dios, huía de sus perseguidores; viviendo a salto de mata no encontraba refugio en ninguna parte, lo acechaban todo el tiempo. Había que impedir que el muchacho insolente, el mismo morboso que había ido al campamento a ver sangre, alcanzara el trono del reino. No cualquier reino, sino el reino escogido. Y ahí estaba, en una cueva como mi cuarto, solo y con poca esperanza.

El David de la historia tuvo un amigo, al que dejó de ver por las circunstancias. Malditas circunstancias. En ese tiempo era la furia del rey en contra de un pastor de ovejas que mataba leones y osos con su honda, pero pastor a fin de cuentas; el miedo a que todo lo alcanzado se perdiera; el aferrarse a una gracia que se concede solo una vez en la vida. El poder humano lo buscaba desesperadamente para matarlo, aun cuando a veces era atraído por la sutileza de la maldad que te ofrece en charola de plata lo que quieres. Puede ser comida en el mejor de los casos, aunque nunca sepas si está envenenada la última uva. David no la comió, su astucia era mayor que las circunstancias. El que escribe la comió.

Es difícil entender cómo puede disolverse una relación importante de la noche a la mañana, pero ocurre. Cuando pasa es fácil comprender que las cosas no volverán a ser las mismas, por lo menos no para quien lo piensa. La nostalgia es un poderoso motivo, tal vez la ausencia que me comentaba aquel amigo tiene que ver con este sentimiento, querer volver al momento en el que pudo evitarse todo lo que sobrevino. No es tan sencillo. Necesitaríamos una máquina del tiempo, y aunque últimamente la ciencia nos sorprende con los avances que logra, no he sabido nada de la famosa máquina. Aun cuando surgiera de la nada el portal dimensional que facilita el arreglo de todas las cosas, sinceramente caeríamos en la falsedad, oh contradicción, de querer enmendar las cosas cuando ya se echaron a perder. Sería una salida bastante fácil.

En las fotografías del pasado hay sonrisas muertas no porque sean falsas sino porque están detenidas en el tiempo, como una cripta en donde se lee que fulano de tal fue el mejor padre, esposo, hermano y amigo. Puede decir más cosas, que le gustaba la lasaña y cuando la comía la mirada le brillaba un poco más, o que sentía que volaba cuando se subía a una bicicleta y rebasaba a los camiones en una peligrosa avenida de la ciudad. Todo, sin embargo, es de una frialdad aterradora, está ahí, como las estatuas en los museos, como una fuente que nunca deja de aventar sus chorros de agua siempre y cuando el mecanismo esté encendido; también como esos psicólogos que te reciben para escuchar lo que te agobia a cambio de honorarios lo suficientemente amables.

Me sigue conmoviendo esa idea relacionada con la bondad: alguien que te quiere a pesar de lo que eres, no quien te quiere por lo que eres. También la de que el mejor amigo no es el que se busca, sino el que se es. Las dos son válidas. Cuando vamos huyendo de alguien o de algo y nos escondemos en el fin del mundo. Cuando se acabaron las posibilidades de arreglar las cosas y todo lo que tienes es un pesado silencio, parecido a las tardes de domingo sin nadie junto a ti. Ahí está tu soledad y el poeta dirá que es una compañía, irremediablemente lejana y cercana a la vez. La ausencia esa que se apodera de ti cuando gritas desesperadamente y nadie te escucha porque no has abierto la boca aunque los ojos estén rojos, como si hubieran proclamado una huelga de amor.

Ahora mismo pienso en David. Cómo hacía para sobreponerse a ese destino cruel: el de ser elegido y no saber adónde ir a coronarse, el de tocar tan bien el arpa y no escuchar ninguna música, el de haber hecho frente a un gigante cuando todos temían y causar la envidia del soberano. Estaba abandonado en medio de su pueblo, no tenía un amigo cerca a quien abrazar, probablemente ninguno en el mundo. Lo cercaban como leones. Y la cueva no decía nada, pero el silencio proclamaba las virtudes del destino. No entendía el porqué de la ausencia, extrañaba la serenidad del campo, el saberse escuchado por alguien en la profundidad de los azules del cielo. Y sin embargo estaba solo, ahora mismo, intentando escribir una historia diferente desde la oscuridad de su celda autoimpuesta. Donde no cabía el miedo, pero sí el silencio, que a veces es peor que el miedo, sobre todo cuando la música, es sabido, adereza los pasos del futuro rey.

La amistad es como una melodía que alegra nuestro corazón. A veces deja de sonar y se apagan las luces. No sabemos cuándo volverá a sonar, pero esperamos, ¡por Dios!, que suceda. 

domingo, 25 de enero de 2015

Cuauhtémoc en los tiempos del Coliseo Romano

Genio y figura, el 10 de Blanco

Puebla contra América es uno de varios partidos intrascendentes dentro del torneo mexicano de fútbol, lo siento. Desde hace varios años dejé de ser aficionado, si es que lo fui, a alguna camiseta. Lo que sí recuerdo es que mi papá me llevó al Azteca cuando era niño, fuimos a un clásico Chivas-América. Por entonces me declaraba hincha del equipo jalisciense.

Hoy, después de muchos años de no ir a un estadio de fútbol, volví a comprobar que el Azteca es el Coliseo Romano de estos tiempos en este país. Justamente porque no se trata de un partido intrascendente más sino de todo lo que importa en la vida durante noventa minutos de juego con receso para soltar las piernas, es que veo en sus gradas al pueblo gritando sanguinariamente cuando los leones devoran a los hombres.

A veces esos leones son uno o dos jugadores buenazos, de esos que siempre deben llevar marca personal, pero otras veces esos leones son los árbitros o los artistas del balón, que se dejan caer cuando nadie los ha tocado.

La tarde de hoy el Azteca está muy lleno, no se puede decir que a tope, pero sí deja pocos lugares vacíos. Es curioso que durante la semana, Cuauhtémoc Blanco haya declarado que va por la Alcaldía de Cuernavaca. No, no es un mal chiste, en serio quiere convertirse, de pronto, en político. Cuauhtémoc pasó sus mejores años en el América, aquí se hizo héroe, gladiador diría yo, de multitudes que lo aclamaron por sus goles, por sus jugadas, por sus insultos a los leones.

Cuando el partido caía fatalmente en un aburrimiento desesperante, espontáneamente, las porras americanistas, ese pueblo llano proveniente de tantas partes del DF como futbolistas de a pie haya en ellas, empezaron a corear su nombre con vehemencia. Pareció una estrategia calculada por el técnico del Puebla, que declaró a “La Jornada” que desde que anunció sus pretensiones políticas, los compañeros de Cuau ya le dicen licenciado, incluso alcaide, y lo animan a que empiece por lanzarles a ellos su primer discurso. Más que la simple picaresca, los sonidos del estadio se convierten en un indicador social de lo que somos en un microcosmos como el del fútbol, otra vez, como el Coliseo.

La playera sigue luciendo el 10. La gente corea su nombre; detrás de mí, con aire lacrimoso en la garganta un aficionado grita: ¡Gracias por tanto, Cuauhtémoc! ¡Gracias por tanto! Y entra a jugar 15 largos minutos del segundo tiempo. No llega el gol. Un saque largo del portero, el Cuau corre, solo hay un defensa de por medio, escucho a un entusiasta gritar: ¡Estira, Cuau, estira! Pero levanta la pierna en un ángulo de 45 grados a lo mucho. Ya no va por el balón que sale por la banda. Quienes corean, gritan, se emocionan con la presencia de Blanco, son americanistas. La porra del Puebla ha sido reducida a una grada del estadio rodeada por policías que llevan escudos y toletes, como si los pobres poblanos fueran a meterse con un estadio lleno de azulcremas que a la menor provocación lanzan rechiflas e insultos que recuerdan y las comparo a una protesta cualquiera contra el gobierno de Peña Nieto.

En 1998 vi el Mundial de Fútbol de Francia en los recesos que nos daban en la primaria, apenas iba en segundo año. Recuerdo cómo me emocioné con el partido contra Holanda, ahí estaban, en la delantera de la selección nacional, el Cuau y “el Matador” Luis Hernández. Recuerdo un gol del Cuau que entró de milagro, con un lance de las dos piernas hacia delante, casi como una escena de Matrix. Al final del partido, cuando jugamos como nunca y apenas no perdimos como siempre, me puse a llorar. En el salón creían que me habían pegado, pero no, ese día descubrí que me gustaba el fútbol porque a veces lo que más nos gusta también nos pega, nos conmueve y deja llorando al final del recreo.

En el Coliseo hay de todo. Vendedores ambulantes vienen y van con cervezas, sopas instantáneas, rebanadas de pizza, nieves, todo extremadamente más caro que afuera. La tarde  se disipa y la noche cae sobre el sur de la ciudad de México. La afición, sobre todo americanista, demanda un gol, uno nada más que valga las entradas al partido, el tiempo reservado al espectáculo, el gusto de venir a aclamar gladiadores y herirse con ellos, dolerse cuando brota la sangre y los leones son alimentados. El gladiador Cuau sigue dándole vida al Coliseo, pero ya ganó su libertad. La gente lo ovaciona juegue con quien juegue. Hoy es con el Puebla.

Llega el momento en la vida de algunos hombres que el nombre basta, ya no las posibilidades del talento. Y ahí está el hombre, la figura, el personaje que el mito cuenta que creció en Tepito, que llevaba y traía mercancía, que soñaba con salir de pobre, que anotaba goles y ganaba torneos, y finalmente fue a otro reino y casi funda una república hasta que un león le pisó la pierna.

A veces me pregunto por qué vamos a donde vamos cuando no teníamos planes de estar ahí. Posiblemente esta crónica demuestre el porqué. Nunca le fui al América, desde hace mucho solo me emocionan los partidos de la selección nacional en el mundial. Ya no creo en el fútbol como el centro de mi tiempo libre, pero sigo pensando en el increíble poder de este deporte, en la catarsis que genera en algunas personas, en cómo las mueve a un estadio una tarde cualquiera de sábado cuando todo lo demás parece abrumador y triste. Solo dentro del Coliseo se respira algo parecido a la vida, parecido a la guerra, parecido a las luchas intestinas entre los nobles y la plebe, los que gritan y los que solo ven, la gente que en turbulencia llega y se va.

Al final no pasó de ser un partido cualquiera Puebla contra América. Uno más dentro del calendario del torneo. Sin embargo, para el que escribe fue el reencuentro con un niño que lloró en el pasado, con el hombre que mira caer la noche sobre un estadio y se pregunta si hay vida en la Tierra, parafraseando a Villoro; con la violencia del Coliseo Romano, tan real como los granaderos montando caballos ojerosos, niños ofendiendo al árbitro desde la grada, el sonido gutural y las manos temblorosas antes del despeje del portero rival, casi cien mil vidas pensando en tantas cosas como yo, pero creyendo que lo importante en ese momento estaba en la cancha, en la lucha de 11 contra 11, en la esperanza de que un gol alegre la tarde solitaria del Distrito Federal.


Cuando dejamos de ser sombras y arena. 

viernes, 9 de enero de 2015

Por los suelos


En la segunda temporada de la exitosa serie “House of Cards”, Francis Underwood ya convertido en vicepresidente de los Estados Unidos negocia obras de infraestructura con un empresario chino cuyos nexos con el comité central que gobierna su país le permiten intervenir en las altas esferas de la política exterior pese a sus antecedentes de corrupción. En busca de sus propios intereses, Underwood rompe la negociación con el millonario chino y le exclama una frase que es digna de ser retomada: "Lo máximo que podrá comprar es influencia. Pero yo ejerzo autoridad constitucional".

En México la autoridad constitucional suele ser pisoteada por la influencia del poder. El poder político amalgamado con el económico en manos de los grupos de intereses creados. El caso que marcó la última parte del año fue la turbia licitación del tren México-Querétaro cuyo impacto alcanzó al presidente de la república y su esposa al descubrirse que un contratista: Juan Armando Hinojosa, vendió a Angélica Rivera la mansión valuada en siete millones de dólares donde ha vivido la familia presidencial antes que en la residencia oficial de Los Pinos. Hinojosa fue uno de los empresarios que formó parte del consorcio que ganó la licitación; uno más era el cuñado del ex presidente Salinas de Gortari, además de una empresa de trenes china.

Por televisión la primera dama explicó su relación con Hinojosa en lo que parecía una actitud de indignación y enojo contra el reportaje que exhibió dicho vínculo. Lo conozco como conozco a muchas personas, mencionó molesta. La casa la estaba pagando con los ahorros de una vida de aparecer en pantalla en personajes de telenovelas de Televisa, pocos protagónicos y melodramas sin ninguna trascendencia, pero así se hizo de ella. El presidente, tal parece, nada tuvo que ver. Él solo ejerce autoridad constitucional.

El problema fundamental es que ya nadie cree que la autoridad funcione solo con relación al conjunto de normas que regula la vida social. La gente no cree que los funcionarios públicos puedan vivir en una casa que solo pueden comprar millonarios chinos o artistas de Hollywood porque detrás de la compra hay un crédito muy conveniente y una larga trayectoria de éxitos profesionales que consolidan el patrimonio de una actriz como la esposa del presidente.

Basta salir un poco de las ciudades, por ejemplo, a la sierra sur de Oaxaca, para conocer de cerca las condiciones de vida de la mayoría de mexicanos. Algunos viven sin los servicios básicos: agua potable, drenaje, luz y gas; otros caminan horas para atenderse en un hospital de primer nivel, en donde a veces les niegan el servicio porque no es el día de consulta o ya se saturaron las citas. Mientras que muchos niños viven a expensas de los intereses de gremio de los trabajadores de la educación, acostumbrados a dejar de enseñar para cerrar vialidades, comercios o fundirse con el paisaje urbano del centro histórico de la capital del estado e incluso de la capital del país.

Efectivamente, la autoridad constitucional es mucho mayor que cualquier interés de grupo; de ella deriva el uso legítimo de la fuerza pública. El año que se va la nación se enteró, otra vez, de dos sucesos de horror: Tlatlaya y Ayotzinapa. En el primero fue el ejército; en el segundo, la policía municipal y probablemente la federal, como señala un reportaje publicado los últimos días por Anabel Hernández en la revista Proceso. Los dos encendieron el ánimo social y descubrieron el estado de cosas de la protección de los derechos humanos en México: por los suelos. Nadie compró influencia. Las órdenes de matar civiles fueran dadas por quienes ejercían autoridad constitucional.

En la serie que mencioné al principio hay un ingrediente de intriga política que tiene al espectador al filo del asiento. Al final todo apunta a que Underwood junto a su alter ego y esposa, Claire, obtendrá lo que quiere y se convertirá en presidente del país más poderoso al menos del mundo occidental. Lamentablemente lo que los mexicanos vivimos en 2014 no fue el éxito de un gran producto de Netflix, sino la cruda realidad. En ella no hay tanta intriga sino mucho dolor. Y por eso dedico esta columna de fin de año a los familiares de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, cuyo número se repite en las pintas callejeras y es un signo de nuestro tiempo, donde la influencia se compra y no se gana con educación; donde la autoridad constitucional vale lo que una casa en las Lomas de Chapultepec. 

Zócalo de Oaxaca


Desde mayo el zócalo de la ciudad de Oaxaca fue escenario de un plantón de los trabajadores de la Sección XXII del SNTE. Apenas dos días antes de la celebración de la “Noche de Rábanos” se acordó el levantamiento de esta singular forma de manifestarse. Durante siete meses la principal plaza de Oaxaca fue tianguis de ambulantes que vendían desde piratería hasta fritanga.

El plantón es la peor forma de manifestarse. En primer lugar quienes lo hacen no ganan nada con ir a perder el día debajo de un árbol o encerrados en sus casas de campaña. En segundo lugar provocan pérdidas al comercio formal y ganancias al informal. Es decir, se promueve lo contrario al reclamo: No pagar impuestos, cuando parte de los impuestos repercute en el aumento de su salario. Y en medio la duda de quién permite que los puestos ambulantes se establezcan; quién cobra y de qué manera el privilegio de vender en el lugar más turístico de Oaxaca.

El plantón no es legítimo para la sociedad oaxaqueña que merece disfrutar el bien público que es el zócalo, pero sí lo es para los manifestantes que lo consideran útil para que se cumplan sus demandas. Sin embargo, el cumplimiento de los justos reclamos no depende de poner en caos al lugar más representativo de la vida social de Oaxaca.

. Veamos, si una de sus demandas es la renuncia del presidente de la república, ésta jamás derivará de la inmovilidad de un plantón en un estado del país. Sería absurdo pensar lo contrario también en el caso de la exigencia de presentación con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Lo comento porque una vez que pasen las fiestas decembrinas y el año nuevo es muy probable que con base en cualquier pretexto vuelvan a tomar el zócalo y lo llenen de puestos ambulantes. Entonces podríamos hablar de dos zócalos, el que recuerdo de mi infancia, antes de aquel plantón de 2006 que cambió por completo la relación entre el gobierno y la Sección XXII; al que se podía ir a cualquier hora para disfrutar el fresco de los laureles, leer el periódico o un libro en la sombra y tomar un café en los portales. Y el zócalo de estos meses, convertido en tianguis, con el añadido de los desperdicios que se generan cada día y hacen que caminar por él sea insoportable.

De fondo la pregunta: ¿Quién gana con el plantón? Después de siete meses no es descabellado pensar que algunos se hicieron ricos cobrando el derecho de piso de lo que convenientemente se presenta como protesta social y en realidad es un gran negocio. ¿Cuántas ganancias (millones de pesos) se generaron sin pagar impuestos? ¿Cuántos empleados de los restaurantes y tiendas de esta zona dejaron de percibir ingresos para sacar adelante a sus familias?


Por lo menos hoy, me gustaría ver el corazón de Oaxaca como mis recuerdos de niñez. Creer que la navidad no se va a ir y podremos celebrar la vida en el primer zócalo, escuchando un concierto alrededor del quiosco o conversando en familia con el anochecer sobre los portales. Por lo menos hoy, podemos ir a la “Noche de Rábanos” y devolverle el zócalo a quien le pertenece: la sociedad en su conjunto. Tal vez algún día la navidad dure todo el año.

Arendt y la oratoria


Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975), una de las principales teóricas de la política, estudió cómo la política no ha existido siempre, sino en unas pocas grandes épocas. El sentido de la libertad en la Grecia antigua estaba unido a la polis —ciudad Estado—  que surgió para asegurar la permanencia de la grandeza de los hechos y palabras humanos. Dentro de ella se podía ser libre y esta libertad tenía que ver con una concepción del hablar en presencia de los otros y con base en un trato entre iguales en la publicidad del ágora.

La práctica de la oratoria ha tomado nuevos bríos en los últimos años. Es tradición que en el nivel básico de educación se realicen concursos de oratoria para estimular a los niños a vencer el miedo de hablar en público. Sin embargo, el mayor mérito que tienen es interesarlos en defender una postura frente a un tema cumpliendo con al menos tres fines esenciales: el discurso tiene que convencer, deleitar y conmover al público. 

En la secundaria, que cursé en la “Moisés Sáenz”, mi profesor de historia universal me convenció de participar en el certamen conmemorativo al natalicio de don Benito Juárez. En la Cámara de Diputados de Oaxaca que en 2002 todavía se ubicaba a una cuadra de donde estudiaba, diserté un discurso del que ya no recuerdo el tema; de lo que sí me acuerdo fue de la impresión tan especial que me llevé por haber hablado delante de gente que por entonces consideraba muy importante aunque la mayoría de asientos del recinto legislativo, a decir verdad, estaba vacía.

Desde los cuatro años conocí a un amigo que creció conmigo y al que también interesaron los concursos, primero, pero después el quehacer de la oratoria como una tarea de alcances más amplios. David García Pazos dirige desde hace tres años la Academia de Oratoria “Hablando el Corazón” con una participación cada vez mayor de niños y jóvenes, alumnos de las principales instituciones educativas de la ciudad de Oaxaca.

¿Para qué una escuela de oratoria hoy?

Pesa sobre los oradores el juicio de que sus palabras son tan cambiantes como el viento. Y esto se debe, en parte, a la mala fama que han tomado los concursos que deberían de prestigiar este arte. Ante la realidad de que los discursos sirven para ganar dinero y hacerse de un reconocimiento público nada más, inculcar el deseo de expresar las opiniones propias sin miedo a ser rechazado y con mejores posibilidades de ser escuchado, es una tarea extraordinaria. No solo porque motiva a los niños a decir lo que piensan sobre temas que parecen velados a sus ojos, sino porque los forma con base en valores como la libertad y el respeto.

Arendt señala que: “Uno de los elementos más notables y estimulantes del pensamiento griego era precisamente que desde el principio, esto es, desde Homero, no existía una tal escisión fundamental entre hablar y actuar, y que el autor de grandes gestas también debía ser orador de grandes palabras —no solamente porque las grandes palabras fueran las que debían explicar las grandes gestas, que, si no, caerían, mudas, en el olvido sino porque el habla misma se concebía de antemano como una especie de acción”.

Considero que sigue sin haber tal escisión. Hablar y actuar son acciones complementarias. Sobre todo actualmente estamos urgidos de congruencia entre ambas. Por eso es un error relacionar la práctica de la oratoria a la realidad política en la que se ha enraizado la demagogia, por eso el discurso político debe ser estructurado con argumentos y si es posible con la retórica mínima, no vaya a ser que tantas palabras le queden grandes a tan pocas gestas.

En el último aniversario de “Hablando el Corazón”, los alumnos presentaron un performance al lado del Coro de la Ciudad de Oaxaca. El teatro “Alcalá” lucía majestuoso por la fuerza de las voces de los niños sostenidas por la música; una polifonía que recordaba los mejores tiempos del recinto afrancesado que mandó construir don Porfirio Díaz en el corazón de la Verde Antequera.

El teatro tiene en la tragedia griega uno de sus pilares. La convicción fundamental de ésta, según Arendt, es: “Que hablar sea en este sentido una especie de acción, que la propia ruina pueda llegar a ser una hazaña si en pleno hundimiento se le enfrentan las palabras”.

A la clase política del país le falta oratoria, pero aun a la sociedad civil mexicana, que en su despertar está llamada a realizar hazañas en la misma medida que esté dispuesta a enfrentar la crisis con palabras, no solo precisas sino también bellas.


Ahí tenemos un buen ejemplo con la academia de David.