miércoles, 27 de mayo de 2015

Un corazón

Un corazón
en lo profundo del pecho,
órgano resonante
que quietud no impide, el incesante golpeteo
de sus estampidas de sangre enfurecida.


En su ociosidad espera
que la gente reconozca su valor olvidado,
entre bichos invadiendo la casa y
golpes, en el aparador de lo cotidiano
se pudre cual naranja extraviada.

En lo profundo de una alacena
de la casa que se ha quedado vacía,
donde solo moran quienes antes
al amar sentían que un corazón
latía.

Y ahora se arrojan
sin arrepentimientos
a la noche donde duermen,
el sueño de cuantos con dolor
esperan, que las venas chorreen
la esperanza,
de latir en silencio.

domingo, 24 de mayo de 2015

En contrasentido, crónica de un viaje a Iztapalapa

El tipo es regordete, tanto que su asiento de conductor no deja lugar para las piernas de alguien que se siente detrás de él. Probablemente es un arma defensiva, justamente para que nadie lo haga. Antes tuve que mentirle al conductor del camión de la ruta establecida. Una ruta sustituta para un metro que no funciona. Le dije que era su responsabilidad si me desmayaba por no dejarme bajar. Mentí. El tráfico lo valía.

Una vez en la avenida tomé el primer taxi que pasó. Me dirijo a la Batalla de Celaya, una calle extraviada en la perdida ciudad de Iztapalapa. Ah, ya sé dónde es, dice el gordo, está por la clínica, luego repone, no, está por el bachilleres, después me pide que le investigue dónde es exactamente. Ahorita llegamos rápido por el eje seis porque Ermita está cerrado quién sabe por qué, me promete. Pero antes tenemos que pasar a la gasolinera, ya ando corto. Cuando la dejamos fue como dejar los pits en una competencia de fórmula uno. El chofer avanza rápido, empiezo a sentir empatía con él, se está interesando por mi prisa, pienso para mis adentros.

Maniobra como ambulancia, va de izquierda a derecha, se mete en diagonal, al paso le menta la madre a todos,toma atajos, en uno encontramos de frente un choque entre otro taxi y una camioneta bonita. Damos vuelta obligada, ahí se queda callado, como si ante la desgracia de un colega se autoimpusiera el silencio.

Le digo que el domicilio está donde antes, mucho antes, hubo un cine. Insiste que necesita la dirección exacta, después hace memoria y acepta que cuando era muy chamaco fue, pero ya no se acordaba. El hombre robusto parece de Iztapalapa, tiene ese acento característico,agreste, que dispara en cada oración pero no mata, que suena a amenaza atenuada. Así llegamos al metro Escuadrón 201, me comenta amablemente que ahí hace base, cuando se le ofrezca joven, aquí estamos desde que amanece hasta las dos de la mañana, siempre seguro. Voltea a ver a alguien que asigna los coches,le hace una seña con la mano, el dedo de en medio levantado sobre los otros. Se ríe sardónicamente.

Las maniobras se agotan cuando estamos cerca de Rojo Gómez, intuye cosas, una manifestación, nunca está tan hasta la madre, explica, explora rutas mentales, ve pocas posibilidades. Apaga el auto, nos quedamos sin movernos como diez minutos, a cada rato menta madres, atrevidamente le digo: lo que más me molesta de las marchas es que no toman en cuenta a quienes tenemos que trabajar y nos friegan el día, antes de la semana santa, en viernes a las diez de la mañana. Parece que no les importa, le digo indignadamente. No les importa nada, joven, me responde tajantemente.

Salimos del atorón, el taxímetro avanza rápidamente, ya van ochenta pesos. Toma rumbo hacia el norte, se mete por callejones, el coche tiembla de lado a lado, es un Tsuru como millones que circulan como taxis en el DF. No tiene estéreo, parece que se lo arrancaron a la mala, está sucio, le faltan partes. El llavero del taxista tiene la forma dela cabeza de un toro, concuerda con el carácter de su dueño.

Ha pasado media hora desde que lo abordé. Ya me llamaron, me esperan aunque mi presencia, según yo, es intrascendente. Por fin salimos al Periférico, es como haber encontrado el camino a Jerusalén en tiempos de las cruzadas. Pasamos el cuartel general de la policía federal, el paisaje es más triste que de costumbre, en el pensamiento llevo tanto que olvidar, tanto de que acordarme, tanto que acabar, y necesariamente empezar de nuevo. Para eso sirve el camino, arroja viento sobre mi cara, el gordo sigue vociferando. Toma un retorno, me dice que es del otro lado de la avenida, estamos por llegar.

Sigue una fila de coches que cruza un terreno baldío con rastros de basura, el horizonte, además de gris,está decorado con varias torres de alta tensión, la tecnología sobre un páramo sucio. Se mete en contrasentido, todo el rato ha sido así, en su oficio el volante es un póker, él lo juega con cartas bajo la manga. Toma el último atajo, llegamos al bachilleres, tenemos que preguntar por mi destino. Antes me dijo que debe regresar por una persona a las diez y media, si no se va a ir, dentro de mí pienso que es lo natural, no sé por qué lo dice como consecuencia insólita. Ahora entiendo mejor su diligencia.

Le pregunta a un viene viene, un franelero, una de las personas que “cuidan” los coches, este le pide que se orille, le pregunta desesperado por mi domicilio, ya güey, que me urge, no ves que llevo prisa, hijo. Y el viene viene, a pues yo también tengo prisa, camina hacia delante y lo deja hablando solo. Hijo de tu puta madre, ¡payaso! Suelta mi taxista.

Metros más adelante está el domicilio, lo que fue el cine Guerrero adonde fue cuando era chamaco, antes de que engordara y se sentara para siempre en su auto de fórmula uno, antes de que mandara a la chingada a más gente de la que puedo recordar. Es cosa de agarrar pista y ya, había dicho cuando lo tomé. Ahora tiene cara de arrepentimiento, me queda a deber quince pesos. Al experto le falló algo básico: no trae cambio. Aunque tal vez no le falló; sus habilidades valen más que el banderazo, que la tarifa y sus efectos por minuto y metros, tiempo y distancia, y lo sabe. Me recogió cuando fingía agonizar en una avenida desconocida, ahora me devuelve a la calle como se devuelven los aparatos defectuosos que compraste de oferta en un bazar. ¿Sufrí un asalto? No supe su nombre, tampoco vi su rostro. Era un taxista dedicado, nada más.

En las noticias se dirá que manifestantes anónimos bloquearon las principales arterias para salir de Iztapalapa. Causaron un desmadre. El típico viernes en la ciudad de México,donde todo lo demás se vuelve irrelevante. Despejo mi mente un poco, llegué puntual, ahora entiendo a esos taxistas sinceros que dicen: para allá no voy, y te dejan hablando solo. 

Sobrevivir a la deriva

El drama migratorio tiene rostros más crudos que otros. En el sudeste asiático se vive una situación alarmante: miles de personas que huyen de condiciones de miseria y discriminación navegan a la deriva mientras los Estados de Tailandia, Indonesia y Malasia les niegan el acceso a su territorio. La mayoría son migrantes originarios de Bangladés que pertenecen a la etnia rohingya de religión musulmana y huyen de Myanmar, país asolado por la violencia política, donde no son sujeto de derechos y, en cambio, son perseguidos cruelmente. Para estar dispuesto a cruzar el mar de Andamán en condiciones de hacinamiento el motivo debe ser mucho mayor al suplicio. Mientras los gobiernos de esos países acuerdan cómo resolver la crisis humanitaria sin ningún compromiso de por medio, los rohingya mueren de hambre y sed en alta mar. La situación es ilustrativa de la desesperación de los pueblos por sobrevivir.

Fue Felipe Calderón el primer presidente mexicano en reconocer que tenía parientes migrantes en los Estados Unidos. Su declaración causó cierto revuelo político por tratarse, en ese momento, de un jefe de Estado que reconocía la problemática como propia, pero no bastó para concretar un logro real respecto a la migración de los mexicanos hacia el norte. Ningún presidente mexicano, en el horizonte de sus seis años de mandato, ha conseguido presionar lo suficiente al gobierno norteamericano para regular la situación de los mexicanos que, como dijo Vicente Fox con su desfachatez ranchera, hacen trabajos que ni los negros quieren hacer, lo que le valió la censura de la esfera diplomática que nunca comprendió sus limitaciones intelectuales.

No hay que ser erudito para advertir que el fenómeno migratorio tiene su origen en las condiciones socioeconómicas prevalecientes en el país de salida y no en el de llegada. En México la gente no se va porque quiera irse, se va porque no le queda de otra. En la medida que no se generen empleos bien remunerados los mexicanos seguirán emprendiendo su propio viacrucis hacia la frontera norte. Dichos empleos dependen, en buena medida, de la inversión privada que supuestamente con las reformas emprendidas por la administración peñanietista debería estar aumentando aceleradamente aunque por ahora parezca estar cayendo a cuentagotas. Es evidente que para que haya inversión deben existir garantías institucionales, en otras palabras, debe brindarse seguridad al capital, y eso solo se logra con gobernabilidad democrática.

Joan Prats la define como “la capacidad de un sistema social democrático para autogobernarse enfrentando positivamente los retos y oportunidades que tenga planteados”. Se trata de una estrategia de construcción de capacidades. En su opinión, esto depende de la interrelación entre el sistema institucional vigente (governance), las capacidades de los actores políticos, económicos y sociales, y la cantidad y calidad de liderazgo transformacional, que impulse el cambio institucional. Si se quiere que los países antes llamados del Tercer Mundo y ahora adornados con el eufemismo “en vías de desarrollo” avancen a un mayor crecimiento económico que signifique bienestar para su población, primero deben existir condiciones de gobernabilidad democrática.

Una cuestión que surge inmediatamente es si ese tipo de gobernabilidad puede coexistir con la corrupción tolerada en todos los niveles y una clase política que trata de encubrirla. No lo creo. México es un caso inaudito de corrupción, donde bien podría construirse un museo dedicado al tema, como propuso recientemente Héctor Zagal. Cada semana tenemos un escándalo nuevo, del “error” de ocho minutos en helicóptero del defenestrado Korenfeld al viaje todo pagado que la constructora OHL regaló al secretario de comunicaciones del Estado de México; de la narcopolítica en Michoacán al papá incómodo del gobernador de Nuevo León, ordeñando el presupuesto para comprar ranchos en Texas. Lo cierto es que los mexicanos convivimos con la corrupción todos los días, y tolerarla es un desacierto no solo del gobierno sino de toda la sociedad en la búsqueda de ser un país de oportunidades.

La falta de oportunidades principalmente laborales, pero también educativas y de desarrollo tecnológico mantiene constante la migración hacia el exterior. El grueso de los migrantes se va porque aquí el campo no produce y el sector manufacturero paga muy poco para el costo de vida siempre en aumento. Pero hay una causa más cruda, también los mexicanos emigran cada vez más por razones cercanas al drama de los rohingya. La ciudadanía deja de valer en territorios dominados por grupos delictivos que imponen su propia ley y someten a su voluntad la vida social; una dictadura del terror. En tal escenario emigrar no es una opción sino la única salida. No hay que cruzar un mar para encontrar asilo pero se corre el mismo riesgo: morir en el intento. Lo crudo de la situación es que no irse también implica quedar a la deriva. 

Fraternidad electoral

Hace unos días el mural “Fraternidad” que pintó en 1968 el oaxaqueño Rufino Tamayo regresó a su lugar de honor en el vestíbulo principal del edificio de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. Fue un regalo del artista y del gobierno de México a la ONU en ese cambio de época que significó la década de los setenta. Durante el evento la jefa de gabinete del secretario general Ban Ki-moon, Susana Malcorra, señaló que las llamas de la hoguera del mural representan la idea que del amor, la verdad y la justicia tenía el propio Tamayo. En este contexto, las figuras tomadas de la mano a su alrededor, todas pintadas de negro, simbolizan una sola raza: la humana. Así, las diferencias no serían un obstáculo para buscar los ideales de una vida en sociedad. La hoguera seguiría ardiendo mientras exista la fraternidad que los admira.

No todo es arte en la vida. Las campañas políticas dividen nuestra fraternidad política en dos motivos: convicción vs beneficio. Mientras observo a grupos de simpatizantes que invitan a votar a los vecinos de mi colonia compruebo que nada hay de deliberativo en el brigadeo más que sonrisas falsas, información escueta y pancartas de candidatos maquillados aprovechando el tráfico de mediodía en los cruceros de mayor afluencia de la ciudad.

La exigencia de que los candidatos debatan es reciente. Tan reciente como que el primer debate presidencial por televisión en México fue en 1994 cuando Diego Fernández de Cevallos lo ganó contundentemente para después desinflarse en la recta final de su campaña como si lo hubiera acordado con el PRI y su candidato Ernesto Zedillo. Esa versión sembró una duda que nunca se despejó del todo. En elecciones intermedias como la que se avecina para elegir diputados federales no hay una tradición de debate entre los candidatos. La política mexicana no funciona con base en el contraste de ideas razonables, su signo es la promesa fácil y lo que algunos llaman “arraigo” de base social. De modo que si uno revisa su plataforma de campaña encontrará que la mayoría de los candidatos usa conceptos que probablemente ni siquiera entienda. Una repetición común es la de políticas públicas.

Luis Aguilar, uno de los mayores estudiosos del enfoque de políticas públicas, las define como “decisiones de gobierno que incorporan la opinión, la participación, la corresponsabilidad y el dinero de los privados,en su calidad de ciudadanos electores y contribuyentes”. Esta definición es coherente con la de un Estado abierto a la participación ciudadana plural, capaz de remontar la estructura corporativista del gobierno interesado en formar clientelas pasivas; mayorías del voto duro. Contra la argumentación y desarrollo de conceptos como “políticas públicas”, que se vuelve lugar común en el discurso político, se impone la dictadura del mitin: encender el megáfono de las propuestas huecas, ideas ambiguas y vagas generalmente, mientras suena una pegajosa canción de fondo y se reparten refrigerios para el público acarreado.

Es notorio que muchos de los brigadistas de cualquier candidato a diputado participan en la campaña a cambio de un beneficio. A veces es inmediato: doscientos pesos por cuatro horas bajo el sol; otras veces es la expectativa de la recompensa después de la elección: estar dentro del presupuesto o recibir apoyos de programas sociales en tiempo récord. Detrás del beneficio la convicción mengua como una cualidad decorativa de la acción electoral. No importa ser priista, panista, perredista, o de Morena, por lo que ideológicamente representan los partidos políticos. Que todos son iguales y no hay político bueno es un estado de consciencia que subraya la importancia de lo que se puede obtener a cambio del voto y su promoción en favor de un candidato por encima del voto como un instrumento democrático. En los hechos no es más que una boleta en el conteo para acceder al poder.

Lo triste de nuestra política es que a pesar de los esfuerzos por democratizar la vida pública las campañas siguen centrándose en los votos como fin, no en las personas. De por medio, la compleja estructura social que bajo el principio de igualdad debe ser representada por los futuros diputados pasa a segundo término. No hay una vocación de diálogo por parte de nuestros políticos. No están dispuestos a rendir cuentas bajo la lupa de una opinión pública vigilante del mínimo error. Tamayo, como artista universal, creía en el valor de los ideales, pero también comprendía que nuestra naturaleza de ser diferentes es insalvable. Así, otra interpretación a partir de “Fraternidad” es la de una reunión de voluntades que resiste el fuego de una hoguera que arde más en tiempos de campañas, cuando todo ideal es digno de decorar un discurso, aunque quienes lo pronuncian no sepan el significado del amor, la verdad y la justicia.

domingo, 26 de abril de 2015

La demagogia vuelta partido

{Dosis de litio}
Bruno Torres Carbajal 

Hace no mucho la actriz Anahí envuelta en su personaje de la exitosa telenovela “Rebelde” producida por Televisa señalaba: “Yo puedo fallar en las ecuaciones pero nunca en el maquillaje”. La frase es ilustrativa de lo insulso de la trama: un colegio de adolescentes adinerados en el que se polarizan las diferencias sociales y se suscita el amor entre personalidades dispares. Anahí es la virtual primera dama del estado de Chiapas, desde hace varios años es novia de Manuel Velasco, quien antes de llegar a la gubernatura de ese estado marcado por la injusta pobreza de sus pueblos originarios y el mayor movimiento insurgente reciente, fue senador de la república por el Partido Verde. En alianza con el PRI, este partido obtuvo por primera vez el poder político de un estado del país.

El Partido Verde es síntoma grave de la crisis de representación que vivimos los mexicanos. Hay toda una ola de opiniones al respecto y varios analistas coinciden en lo mismo: actúa como agencia de publicidad y viola sistemáticamente la ley. Por un lado, los criterios bajo los que elabora sus campañas responden a la opinión de grupos de enfoque; son organizadas mercadotécnicamente y multiplicadas en medios masivos. Como asiduo al cine, fue insoportable aguantar el año pasado los mismos comerciales solventados por la autoridad moral de Raúl Araiza y Galilea Montijo, quienes una y otra vez repetían que “el Verde sí cumple”. Por otro, disfrazando una campaña anticipada de promoción de informes legislativos ha violado la ley y asumido las multas en varias ocasiones. No importa actuar ilegalmente, lo importante es vender efectividad.

En la campaña actual promueve dos proyectos principales. Uno propone dar incentivos a empleadores para contratar a jóvenes recién egresados a cambio de un vale deducible de impuestos, además de garantizar clases de inglés y computación en todos los niveles escolares al igual que becas. El otro propone que los derechohabientes que no sean atendidos por los sistemas de seguridad social reciban atención en una clínica privada con otro vale. El Verde se promueve como un partido que puede reformar el mercado de trabajo y el sistema de salud pública a cambio de votos en tiempo record: la próxima legislatura. No solo es irreal; hace de la demagogia su bandera. El senador Carlos Puente repite estas propuestas como si se tratara del sermón de un predicador carismático. La cosa es vender, y qué mejor que vender el cielo.

Leí la postura del dirigente del Verde en Oaxaca, Moisés Molina, respecto al debate de las últimas semanas sobre la posibilidad de quitarle el registro a su partido. Acusa que se trata de una guerra sucia promovida por los tres principales partidos políticos mexicanos ante la posibilidad de que el suyo se convierta en la tercera fuerza electoral, lo que no debería ser ningún motivo de orgullo dado que el abstencionismo en las elecciones muestra el desencanto de los ciudadanos por sus políticos. Al final de su artículo Moisés recuerda que lo del Verde es amor, justicia y libertad, con mayúsculas, principios que los impulsan a respetar la ley siempre. Nada nuevo en el discurso de la franquicia iniciada por Jorge González Torres, quien heredó el puesto a su hijo Jorge Emilio González Martínez, sus únicos dos presidentes hasta ahora.

El “Niño Verde” se ha visto involucrado en escándalos como el supuesto suicidio de la modelo búlgara Galina Chankova Chanev, quien se aventó del piso 19 de la Torre Emerald en Cancún durante una fiesta organizada por él el año pasado. Una década atrás fue exhibido en un vídeo donde empresarios le ofrecían dos millones de dólares a cambio de obtener permisos para construcción. Ante el escarnio público, se excusó en que conocía la intención de sus interlocutores de negociar actos de corrupción y al querer denunciarlos fue “chamaqueado”, lo que se convirtió en uno de los clásicos episodios de impunidad a la mexicana. No pasó de la nota vulgar e incluso pícara de nuestra clase política. En algún momento entre estos dos lamentables episodios el niño crecido declaró a la revista de sociales Quién que “es difícil saber cómo te va a juzgar la historia, porque la escriben los hombres, y mucho depende de cómo le caigas a los intelectuales, algo que no es mi fuerte”. La foto que acompañaba la viñeta era la del propio Jorge Emilio en bata, acostado en una elegante cama con la charola del desayuno al lado.

Por eso no entiendo qué le puede ofrecer el Verde ya no a los mexicanos sino en particular a los oaxaqueños, cuyo desencanto por lo que la política puede hacer por ellos debe ser tanto mayor cuanto su falta de oportunidades sigue atada a condiciones históricas de pobreza perpetuadas por una muy baja calidad educativa en el nivel básico que significa el desperdicio de su capital humano. El Verde es como la línea del principio: no importa que no sepa cómo resolver algo, lo maquilla bien. Como el guion de una telenovela insulsa. 

Terapia intensiva

Estás enfrente de la terapia intensiva. Ya recorriste más de lo que podías. Exhalas poco a poco todo el aire contenido en tus pulmones mientras una gota de sudor desciende lentamente por tu sien. A tu alrededor hay médicos que van y vienen cargando instrumentos que sabrá Dios para qué sirven. Tubos de plástico, máquinas con ruedas; cada uno porta como credencial un estetoscopio en el cuello. El doctor rubio se acerca a una señora en la sala de espera donde tú estás. Menciona algo de los signos vitales y la señora echa a llorar con profundo dolor. La sienta y corre a la sala de choque. ¡Uno, dos, tres, cuatro…! Cuenta otro médico adentro mientras se escucha la respiración artificial de un aparato. ¡Uno, dos, tres, cuatro…! Mientras afuera su familiar se deshace. Alcanzo escuchar que no pudo despedirse de ella. Enfrente de mí hay un guardia que toma nota de los ingresos y salidas del hospital. Le pregunto por el médico rubio que debe dar el alta a ‘mi’ paciente. Con un gesto entre burlón y desinteresado me informa que espere hasta que salgan de la sala donde están todos los doctores; susurra con complicidad: ya se murió.

Un gran hospital para una gran ciudad. Un pésimo servicio, se quejan quienes no son atendidos. Es que no están muriéndose, responde el hospital.

Tres de la mañana, avenida Tláhuac desierta. Ni por eso nos percatamos de dónde está el hospital donde canalizan a los que no están muriéndose. Cuando por fin llegamos, a la rapidez y angustia contenida con la que bajamos a ‘nuestro’ paciente, las recibe la parsimonia de las empleadas del turno nocturno. Quién es, qué tiene. Al escuchar los antecedentes, una a otra se miran aburridas y dicen: Pero esto no es nuevo. ¿Le podemos hacer ese tratamiento aquí?,  preguntamos ansiosos. Depende del médico de guardia pero aquí están —y señala una lista— todos los que faltan de recibir su diálisis. El médico de guardia adelanta que esto no es un hotel como para que ‘mi’ paciente descanse. Lo que él necesita es atención médica y en este hospital no se le puede brindar. Lo de menos es ingresarlo, pero no tenemos lo que necesita. Está mal referido. Sería mejor que lo llevaran al hospital general, ahí sí tienen traumatología y ortopedia. Si aquí le hacemos el tratamiento ponemos en riesgo su vida. ¡Cómo si no lo estuviera ya!, grito por dentro. El consultorio tiene casi nada. Una silla, un escritorio, una computadora y una camita de esas para recostarse mientras te miran la garganta con el abate lenguas.

Un modesto hospital para una modesta ciudad. Un pésimo servicio, se quejan quienes no son atendidos. Es que no están muriéndose, responde el hospital.

Cinco y media de la mañana, avenida Tláhuac con tráfico. Es lunes y la gente ya va a trabajar. Microbuses medio llenos, coches conducidos por desmañanados enojados, la línea del Metro cerrada por la corrupción. Una linda postal del México de hoy, el real. El conductor acelera y llegamos rápido al hospital general. Busco con relativa desesperación una silla de ruedas. No hay, responde motonamente el guardia de la entrada. Pedimos con ruego una camilla, el camillero ya se va pero hace el favor de echarse un último viaje del pequeño estacionamiento a la sala de espera. Ahí la camilla robará espacio unas horas hasta que se desocupe una cama de Urgencias. Se acerca una niña vestida de médico, seguramente una interna que práctica con los recién llegados. Exige unos estudios de sangre, radiografías, el expediente médico, todo como si quienes acompañamos ‘al’ paciente fuéramos los archivistas del sector salud. No tenemos nada, respondemos consternados. Hay que hacerlos, ordena con frialdad.

Un enfermizo hospital para una enfermiza ciudad. Un pésimo servicio, se quejan quienes no son atendidos. Es que no están muriéndose, responde el hospital.

Mientras camino de vuelta a mi casa con los ojos adoloridos por la desvelada, la espalda cortada y la boca seca, pienso qué pasaría si hubiera más pacientes como el ‘mío’, ¿adónde irán? Entiendo que la muerte sea un misterio pero no sé hasta qué punto la vida también lo sea cuando enfermamos gravemente. Creo que muchos médicos están tan acostumbrados a este misterio que no les importa atenderlo. Se cuelgan el estetoscopio, se sientan a jugar con sus teléfonos inteligentes y esperan a que el desfibrilador vuelva a estar listo. 


domingo, 19 de abril de 2015

Utopías modernas


“Entonces el mundo, el mundo que Quiroga había inventado,
era un mundo alucinante y sin dirección, creciendo en la mano de un Dios reconocido
y otros clandestinos, todos pujando por el significado de las cosas”.
Muerte súbita, Álvaro Enrigue 2013, 246.

Con Utopía de Tomás Moro se inaugura la época de las utopías modernas. Es un parteaguas entre la Antigüedad y ese período nebuloso conocido como Edad Media y el Renacimiento con todo lo que trajo consigo: La definición de un nuevo hombre a partir de las raíces grecolatinas, el humanismo y la consiguiente Ilustración que replanteó el sentido de nuestros pasos sobre la tierra. Moro vivió una época en donde ir hacia adelante no necesariamente era el paso subsecuente a dejar el atrás. Las instituciones no cambian intempestivamente y cuando lo hacen así tienen consecuencias fatídicas. Moro lo sabía bien porque fue consejero de Enrique VIII. Lejos de las imágenes de esposas decapitadas asociadas al autor de la frase “El Estado soy yo”, el prominente Tudor cambió el sentido de la historia cuando se convirtió en el jefe de la iglesia que dejó de ser católica para ser anglicana. Ese es un ejemplo del tiempo de Moro en el que no debió resultar nada fácil compartirle su parecer al monarca sobre cualquier cantidad de temas. La muerte instantánea era lo menos, el martirio que la precedía lo más. En ambos casos, hacer enojar al príncipe significaba comprobar la máxima de Maquiavelo acerca de que le valía más ser temido que amado.  

Utopía es una isla. Se entiende que sea un trozo de tierra en medio del mar, convenientemente no podía existir en medio de la tierra puesto que una utopía justamente describe un lugar que no es porque no existe realmente, está en las letras, en la mente. Aunque también se relaciona con un lugar bueno que sí puede ser real, o que al menos los utópicos quisiéramos que existiera. Utopía fue al mismo tiempo que ficción una crítica de la sociedad y las relaciones de poder de su tiempo. La distancia entre pobres y ricos guiada por la perversión de estos no es tema olvidado en el siglo XXI cuando en cualquier foro económico doméstico e internacional tiene sentido hablar de desigualdad en la distribución de la riqueza. Moro soñó con una utopía donde hubiera libertades que no corrieran el riesgo de desaparecer ante el advenimiento de un tirano, asimismo tendría que haber tiempo de ocio derivado de una jornada laboral mucho más corta que la real. En este punto, Hannah Arendt escribió una vez que un déspota ilustrado en la polis griega no necesariamente acababa con el ocio sino que lo alentaba. Es un aspecto que escapa a una utopía porque difícilmente podríamos aceptar que un tirano gobierne con bondad en la realidad; cuanto menos entonces en el ideal de una sociedad. 

En el siglo XIX Federico Engels, el gran amigo de Marx, acuñó el término “socialismo utópico” para referirse a los promotores de un socialismo no científico cuyas propuestas a su parecer eran irrealizables. Robert Owen, inglés; Henri, conde de Saint-Simon, francés, y Bakunin, ruso, fueron algunos de los pensadores catalogados como utópicos. Owen creía en la posibilidad de organizar la economía con base en la cooperativa. Poseedor de algunas fábricas, hizo de su creencia una política para mejorar las condiciones de vida de sus trabajadores. Saint-Simon apostaba a la capacidad de la industria para concluir el proceso iniciado con la Revolución francesa, en esto importaba la capacidad técnica que debía sacar de su letargo a quienes no aportaban nada a la producción como el clero y la nobleza. Bakunin fue el más radical de los tres puesto que su visión de la libertad del hombre debía romper varias cadenas. Los poderes político, económico y religioso debían dejar de oprimir al hombre. Para el ruso, la revolución no es un proceso exógeno a él sino que empieza por él, no conlleva violencia sino liberación. La anarquía es una ausencia natural y necesaria de cualquier gobierno.

Las ideas de los socialistas utópicos pueden verse en nuestra sociedad contemporánea por encima de la clásica dicotomía entre burguesía y proletariado. El énfasis en la producción y detonarla mediante el cooperativismo y la productividad son parte del discurso de prácticamente todos los jefes de Estado. Nadie pone en duda hoy en día que el ser humano es el centro de las políticas gubernamentales. En esto hay una clara diferencia con nuestros antepasados. Para ellos pensar en utopías, aunque no las denominaran así, implicaba pensar en el sujeto beneficiado y como es notorio en la última alusión, la sociedad era ese sujeto. Lo difícil era concretar cómo beneficiarla en conjunto aun cuando el pensamiento utópico relacionado con el socialismo planteaba que fuera mediante la propiedad de los medios de producción básicamente al igual que el marxismo. Nadie advertía que el nivel de vida de un país depende de su capacidad para producir bienes y servicios ni que las fuerzas de la oferta y la demanda determinan la producción de equilibrio. ¿No será esta una utopía también? Sea como fuere, el asunto era hacer partícipes de las bondades de producir e intercambiar a quienes no lo eran.

Hasta ahora lo utópico está íntimamente relacionado con lo marginal. Las voces que disienten del status quo, las vidas que peligran por la fuerza del Estado, las posibilidades que no permite el poder instituido. En este punto, conviene hacer notar que lo utópico ya no se trata tanto de una conceptualización de lo ideal como estadio superior del ser humano como de la reivindicación de una condición distinta a partir de la modificación de estructuras impuestas verticalmente. La isla ya no está aislada sino que se propone ser todo un continente. En la práctica, las ideas propuestas por las corrientes socialistas fracasaron. La URSS y más recientemente Cuba son casos emblemáticos de lo difícil que es batallar contra el egoísmo humano. Tarde que temprano todos quieren maximizar su función de utilidad. Los modelos cooperativistas funcionan y permiten mejorar el bienestar de quienes están dispuestos a compartir medios de producción y repartir utilidades, pero no son la regla sino la excepción. Como sea, la contribución de los pensadores utópicos es valiosa en tanto que siempre debe haber propuestas que remen a contracorriente de la hegemonía. Algunas de ellas podrán servir para ciertas cosas, otras no, pero nadie debe dudar del valor del disenso para mejorar el desarrollo de cualquier sociedad. Tal vez sea otra función de la utopía ya no solo como género literario sino como postulado social.

Theodor Herzl fue el gran teórico del sionismo. Adivinó, Herzl escribió una utopía. Judío, uno de por lo menos dos millones en terrenos del Imperio Austrohúngaro, trabajó en el “Neue Freie Presse”, el principal periódico liberal de Viena. Como observador de la realidad de fines del siglo XIX en Europa notó que los nacionalismos iban en ascenso y que el sistema político del imperio donde vivía permitía que se asentaran en la formalidad burocrática con las consecuencias que en Alemania, décadas después, serían funestas. En medio de la efervescencia del racismo los judíos eran presa fácil de despojos. El suceso que le preocupó más fue la elección de Karl Lüeger como primer alcalde de Viena votado por mayoría en 1895, quien desarrolló un programa en contra de los inmigrantes checos y los judíos. El odio hacia lo diferente fue convalidado por el emperador y la incipiente democracia austriaca. Las libertades basadas en el principio de tolerancia estaban en riesgo no solo en el país de Herzl sino también en Europa en general.

Herzl escribió su novela utópica Altneuland “Vieja nueva tierra” y la publicó en 1903. En el escrito, el autor imagina como sería en 1923 una comunidad judía autónoma establecida en Palestina. La utopía es liberal en lo político pero no en lo económico. Herzl consideraba que el proyecto nacional que dotara de un Estado a los judíos de Europa no encajaba con el capitalismo de libre empresa. Su visión descansó en el mutualismo como un modelo de economía mixta que retomara la iniciativa del capitalismo en combinación con la justicia social. El cooperativismo se desarrolla sobre todo en el sector primario, la  producción agrícola. Altneuland es una versión adelantada al Estado de bienestar porque asume el cuidado de las personas como responsabilidad de gobierno. En lo político es tan liberal como para considerar la igualdad de los árabes residentes en el territorio que además de sufragar pueden ser tomadores de decisiones.

Herzl coló en la opinión pública, apoyado en su papel de periodista, la posibilidad real de establecer un Estado judío en Palestina. Lo que escribió y hoy puede criticarse de absurdo después de una historia de guerras entre Israel y sus países vecinos no deja de ser el caso exitoso de una utopía llevada a cabo por una organización internacional que, la haya leído o no, siguió, con sus particularidades, una hoja de ruta en ella trazada. No todo fue la novela evidentemente; hubo una iniciativa conducida con efectividad por el propio Herzl para socializar la necesidad de un Estado judío con la esfera de alto nivel europea, incluido el emperador alemán, el rey de Italia y el papa. Las reuniones no dieron resultados, pero Herzl se encargó de difundir los intentos y eso bastó para señalar el camino a una multitud de simpatizantes de la idea en toda Europa. Es el caso de un conocedor del poder de las relaciones públicas preocupado por el futuro de su nacionalidad, previsor del caos que sobrevendría a su muerte.

La pregunta que conviene hacer es si Herzl hubiera tenido éxito en su empresa de obtener una solución a la situación de acoso que enfrentaban tantos judíos de no haber escritoAltneuland. Una pregunta que evidentemente no podemos responder pero que plantea una interrogante válida para quienes escribimos aún hoy utopías: ¿Puede una utopía cambiar el mundo? Moro no vivió para ver realizado su proyecto, pero en México, cuando no se llamaba así, quedó la huella de sus enseñanzas llevadas a la práctica por un peculiar devoto: Vasco de Quiroga. 

En una novela reciente, Muerte súbita, Álvaro Enrigue 2013, Tata Vasco aparece como un fervoroso lector de la Utopía de Moro. Lo que en realidad fue un ensayo político para ridiculizar la Inglaterra de Enrique VIII, según Enrigue, para Vasco fue la posibilidad de realizar el No-Hay-Tal-Lugar, traducción atribuida a Francisco de Quevedo, uno de los protagonistas de esta novela. Cito “El pueblo-hospital de Santa Fe era una villa constituida en torno a un asilo de viejos y enfermos donde la autoridad máxima, que era Vasco de Quiroga, dispuso que no circulara dinero. La villa seguía, tan al pie de la letra como lo permitía la realidad, las no instrucciones dictadas jocosamente por el humanista londinense para el funcionamiento de Utopía: estaba dividida por dos ejes que se cruzaban en el hospital y el templo y en cada cuadrángulo había casas multifamiliares pertenecientes a cuatro clanes distintos”. El pueblo estaba conformado por artesanos. Había sido fundado en 1535 por el emisario de la iglesia. El libro de Moro, según el relato, se lo regaló Fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México, y según la verdad histórica también. El tomo puede consultarse en la Biblioteca de la Universidad de Texas en Austin con anotaciones de los dos clérigos.

Hace unos meses recorría el Estado de México con un amigo y dos desconocidos. Había terminado la celebración del cumpleaños de un amigo en común, artista plástico, en Chalma, donde la gente va a bailar cuando otros se enojan. En un escarabajo potente nos llevaron a tomar el camión que va al DF desde Toluca pero en el trayecto a la parada tardamos mucho más de lo que pensé, cerca de tres horas. Había un motivo oculto. El conductor, profesor de educación preescolar de esos a los que les encanta hablar siempre como quien adiestra a un chamaco que nunca presta atención, quería mostrarme su pueblo aunque no se viera nada, oscuro como estaba a las nueve de la noche. Supongo que no calculó el tiempo. Era San Pedro Tultepec donde todo tiene nombre de Vasco de Quiroga así como en mi natal Oaxaca todo lleva nombre de Benito Juárez. Han pasado casi cinco siglos y la gente ahí sigue dedicándose a lo mismo: Son artesanos. Siguen honrando al viejo Vasco con las creaciones de sus manos. Con la diferencia de que ahora hay dinero en vez de un amable intercambio de bienes. Muchas familias siguen hablando el náhuatl con lo difícil que debe ser hacerse oír en la lengua materna cuando uno viaja al anti-utópico DF, como nosotros esa noche perdida.

Tal vez las utopías no tengan nada de original, como la de Moro que fue producto de la crítica siempre necesaria pero disimulada del tiempo que le tocó vivir. Sin embargo, a veces se tornan en realidades que van más allá de la literatura y los sueños acerca de lo que no pudo ser o de lo que difícilmente será. En todo caso nos queda la esperanza del fracaso, como le sucedió a Herzl. Apostar todo en dar a conocer lo utópico con el desdén de sus contemporáneos y esperar, felizmente muertos, a que la lectura de millones y en raros casos de solo uno, como Tata Vasco, eche a andar la máquina que transforma pocas veces, pero lo hace, el mundo tal y como lo conocemos. Entonces, la utopía habrá triunfado y dejará de ser. Como la vida humana su misión se limita a trascender, y creo que esta contradicción es tan valiosa como los libros de utopías.