jueves, 23 de julio de 2015

Díaz, donde los contrarios se confunden

Se cumplió un siglo del deceso de Porfirio Díaz Mori, el personaje más discutido de nuestra historia nacional. Don Porfirio representa la ambivalencia de un hombre de su tiempo que no va con la historia de bronce en la que los héroes aparecen casi perfectos, con un halo de bondad que los sacraliza e impide que se les halle defectos. Desde niño me enseñaron que se había convertido en un cruel dictador después de haber defendido valientemente a la patria de la intervención francesa. Nadie le discute su genio militar, sino la incongruencia de haberse opuesto a la reelección del presidente Juárez con el Plan de la Noria, primero, y después a la de Sebastián Lerdo de Tejada con el Plan de Tuxtepec, para luego perpetuarse en el poder.

El pasado jueves me invitaron a participar en un evento para honrar su memoria en el University Club ubicado sobre Paseo de la Reforma y del que fue miembro el general. Me pidieron compartir una ponencia sobre un aspecto de su vida y a sabiendas de que me encontraría rodeado de gente adicta a la historia, preferí un enfoque distinto para el análisis. Así, hablé de Díaz, el estadista, con todo lo que implica que a un dictador se le considere de ese modo y en medio de la polémica de los últimos días acerca de que se le está eximiendo de lo malo en razón del centenario de su muerte.

Lo que no puede negarse es que fue hasta la época de don Porfirio cuando en México se conformó un verdadero Estado-nación. Consolidarlo requirió centralizar el mando para acabar con cacicazgos regionales que imponían sus propios arreglos. El costo ya lo sabemos: una dictadura de tres décadas en la que cundieron abusos contra obreros y campesinos, además de restricciones a libertades civiles como la de prensa. En otras palabras, vivir en el Porfiriato era estar consciente de que no se podía actuar en contra de lo establecido porque mantener la paz pública era más importante. El orden conllevaría progreso y para alcanzarlo había que sacrificarse, aunque esto representara retratos tan crueles como los que narra John Kenneth Turner cuando se refiere a las condiciones de esclavitud en Valle Nacional.

No creo que fuera el país que deseara Díaz, pero tampoco lo justifico. Lo que me interesa de él es su capacidad para gobernar con visión de Estado, lo que implicó identificar prioridades y planear estrategias para llevar a cabo objetivos en el largo plazo, los ferrocarriles son un claro ejemplo. Difícilmente hoy los gobernantes aspiran a ser hombres y mujeres de Estado. La mayoría actúa en función del horizonte de tiempo por el que han sido electos. Pocos piensan en proyectos que trasciendan su mandato y sienten las bases del desarrollo del país más allá del cálculo político de ganar las próximas elecciones. El valor de la democracia no era un punto que interesara al general, pero probablemente tenía razón en su cautela. Tenía la experiencia de la confrontación social que dejaba a su paso la transición de régimen. Díaz aprendió de la política en clave de prudencia desde joven, cuando fue jefe de Tehuantepec.

Leyendo parte del archivo epistolar de su primer periodo al frente del país, me encontré con la respuesta que le envió a Núñez Ortega, quien le había comunicado que había sido invitado a comer con los reyes de Bélgica en Bruselas. Fechada el 20 de marzo de 1880, Díaz reconoce los servicios de su representante en Europa y señala que “las frecuentes relaciones sociales con los ministros diplomáticos, son también en un concepto, un medio de aplazar y evitar dificultades, porque ellas muchas veces suavizan y modifican favorablemente sus pretensiones”. Más adelante le reconoce: “Ha hecho usted muy bien en presentarse en las recepciones que ha habido, con su carácter de representante de México, siendo, como es, una necesidad, que nuestro país no se olvide ni se rebaje a la línea de las demás repúblicas hispanoamericanas”. Después se complace de que el Príncipe de Rumania quiera establecer relaciones con México, así como de la próxima llegada de los representantes de Holanda y Suecia al país. Díaz ponderaba la diplomacia por ser un arte que permite ganar sin gastar balas. Y él sabía lo duro que es usar las armas.  


Hace unos años escuché a Vargas Llosa, después de ganar el Nobel de Literatura, hablar de la historia de su vida llena de contradicciones como la de tantos intelectuales. Una frase me interesó: “El hombre es ahí donde los contrarios se confunden”. Es decir, no hay ángeles ni demonios en los personajes históricos, sino personas de carne y hueso con virtudes y defectos, que tienen aciertos y errores. No nos toca estudiar cómo se confundieron las fuerzas contrarias en la voluntad del “Soldado de la Patria”. Nos toca en todo caso reconocer su esfuerzo de concretar un Estado donde no lo había. No celebramos el costo social que eso implicó, pero tampoco podemos atribuírselo solo a Díaz. Al contrario, deberíamos pensar cuánto peor hubiera sido no tenerlo ahí, modernizando a México.  

domingo, 5 de julio de 2015

La sucesión adelantada

Para nadie es un secreto que la sucesión de los gobiernos federal y estatales en México no inicia con los tiempos marcados por la ley electoral. La sucesión empieza un día después de la elección anterior. Por ello no debería llamar a asombro los destapes a nivel nacional y en Oaxaca, donde después de la elección intermedia del siete de junio la correlación de fuerzas cambió. El PRI ganó en siete de los 11 distritos federales en disputa. Con todo y las protestas que devinieron delitos del magisterio alineado en la CNTE, las elecciones en Oaxaca se llevaron a cabo. La nota es elocuente tomando en cuenta el entorno de crispación social previo al primer domingo de este mes. La presión ejercida por la coordinadora recordó a muchos los tiempos aciagos de 2006 cuando se tambaleó la autoridad constitucional de Ulises Ruiz.

La nueva composición del Congreso pone de relieve dos cosas: por un lado, que el partido en el gobierno de la república junto al mercadotécnico Partido Verde y Nueva Alianza, lograron una mayoría simple que les permitirá un buen margen de maniobra a la hora de obedecer los dictados de Los Pinos; por otro lado, la fragmentación de la oposición, dividida y derrotada, con una falta de rumbo que contrasta con la decepción generalizada de la ciudadanía hacia la clase política. El abstencionismo en Oaxaca prueba esta hipótesis, mientras que a nivel nacional fue de 53%, en el estado alcanzó más del 58%; de un total de 2 millones 30 274 votantes solo votaron 849 046.

El PRI perdió la capital del estado, la joya de la corona de estas elecciones, por un estrecho margen. Francisco Martínez Neri, quien fue un buen rector de la UABJO se impuso a Beatriz Rodríguez, secretaria de Turismo en el sexenio de Ulises Ruiz. Es la segunda vez que pierde una elección, después de haber buscado la presidencia municipal sin éxito en 2010. La efervescencia por este distrito es un botón de muestra de la elección en Oaxaca: un alud de acusaciones por compra de votos; violencia infundada de una minoría radical que amedrentó a la ciudadanía; pero sobre todo un vacío en el debate de las ideas sobre el papel que debe cumplir el representante popular oaxaqueño en la nueva legislatura. Son pocos los candidatos que aspiran al cargo por la trascendencia de legislar antes que por el reconocimiento público de ir a San Lázaro de paseo.

A nivel nacional, las elecciones dieron pie a dos destapes que incomodaron la gira que el presidente realizó por Italia en días pasados. Margarita Zavala cambió su aspiración de dirigir al PAN por la de ser candidata presidencial en 2018 con todo el apoyo de su esposo, el ex presidente Calderón, extraviado en sus ambiciones de retornar al protagonismo político como si nadie recordara el estrabismo de su gobierno respecto al problema del incremento de la violencia relacionada con el crimen organizado y el narcotráfico. Por otra parte, Miguel Ángel Mancera declaró que si la gente se lo pide, una salida cómoda, aceptará ir por la grande y mantuvo firme su posición de competir como un ciudadano más, aunque en la Ciudad de México esté más ocupado en la grilla que en la buena administración. Estos destapes ponen de manifiesto el cambio de la cultura política mexicana que precisamente ya no estima “tapar” al bueno como augurio de éxito, sino que demanda publicitar muy anticipadamente aspiraciones débiles como apuesta de sobrevivencia política.

En Oaxaca la sucesión también arrancó. En el PRI la elegibilidad de un candidato pasa necesariamente por la disputa del control interno que desde hace tiempo mantienen los últimos ex gobernadores. La conciliación parece difícil pero los resultados electorales siempre han sido un fiel de la balanza aceptado. Las lealtades en la nueva bancada priista oaxaqueña pesarán mucho en la definición de un candidato, pero no tanto como la simpatía del primer círculo del presidente de la república, quien tiene a dos “tapados” dentro de su gabinete ampliado, quienes dejan verse complacidos cada fin de semana en la entidad.


Lo que se mira muy difícil en los demás partidos es la capacidad para articular una coalición efectiva que compita nuevamente con miras en un proyecto superior a las ideologías fragmentadas. En la era de la posmodernidad las ideologías son bonitos símbolos para colgarse en la solapa. Los oaxaqueños esperan de los partidos políticos soluciones a sus problemas antes que elucubraciones sobre el sentido de organizarse y defender posiciones a ultranza. Después de esta elección el PRD disminuyó su atracción de votantes mientras que MORENA creció de forma importante. El PAN prácticamente desapareció del estado. La pregunta es, ¿cómo movilizar a la sociedad en una alianza disímbola sin el gran liderazgo carismático de Gabino Cué en 2010? No hay en este momento un candidato viable para tal alianza, pero eso no impide que varios alcen la mano. A fin de cuentas, el juego del destapado ya comenzó.

Antidemocracia magisterial

Si nada cambia dentro de las próximas horas, el domingo siete de junio no habrá elecciones en el estado de Oaxaca. La sección 22 de la CNTE tomó las 11 juntas distritales del Instituto Nacional Electoral, que desalojaron elementos del Ejército mexicano resguardando la papelería electoral. Además, cerró el Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” y continuó el bloqueo a la planta de Pemex en El Tule, agotando el combustible de las estaciones de servicio de los Valles Centrales. Ya ni hablar del paro que deja sin clases a más de un millón 300 mil estudiantes, niños y jóvenes condenados a la educación pública de menor calidad del país.

La sección 22 no actúa como organización sindical sino como grupo de presión, y en democracia aun este tipo de grupos debe sujetarse a los arreglos institucionales para negociar. Ahí se encuentra el límite. Sin embargo, los maestros de Oaxaca ya lo rebasaron. Sus principales demandas están fuera del marco de la ley, pero también de lo aceptable para la sociedad civil. Cancelar la reforma educativa se mantiene como la principal demanda, de la que deriva la segunda: impedir la privatización de la educación pública, que paradójicamente solo ellos han logrado privatizar. Y por supuesto, impedir las elecciones porque todos los partidos políticos representan lo mismo.

De las demandas hay una que llama la atención por su fatal incongruencia. Exigen la liberación de cuatro secuestradores miembros de su gremial: Mario Olivera Osorio, Lauro Atilano Grijalva, Damián Gallardo Martínez y Sara Altamirano Ramos. Junto con otras ocho personas, estos pseudo-profesores plagiaron el 14 de enero de 2013 a dos menores de edad sobrinos del presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Gerardo Gutiérrez Candiani, en el Ejido Guadalupe Victoria, al norte de la ciudad de Oaxaca. Los niños estuvieron secuestrados 140 días en una cisterna de una casa ubicada en el municipio de Cuilapam de Guerrero.

Es evidente que la sección 22 de la CNTE fija sus objetivos transgrediendo el Estado de Derecho. La máxima de las sociedades democráticas que se sujetan a él es que nadie puede estar por encima del imperio de la ley aun cuando ejerza puestos de autoridad. Las exigencias de los maestros de Oaxaca no solo están fuera del marco normativo sino que lo desafían y con ello confrontan, ya no al gobierno federal o al estatal, sino a la sociedad oaxaqueña. Asumirse como los portadores de un nuevo orden e iniciar una revolución chabacana al pretender impedir las elecciones del próximo domingo es el más grave error de cálculo en el que pudo incurrir la dirigencia que encabeza Rubén Núñez, un señor que basta escuchar un par de minutos para entender que si pasó por alguna escuela no fue para abrir un libro.

Es preciso señalar que no estamos frente a una organización monolítica. La sección 22 es un hervidero de grupos en busca de poder interno para repartir beneficios. No obstante, aun cuando haya pluralidad de opiniones y un buen número de maestros no esté de acuerdo con los métodos de lucha magisterial, finalmente se impone la voluntad de una minoría que, establecida en el control de todos los afiliados, los obliga a participar activamente para conseguir cualquier tipo de ascenso. La minuta del 92 en la que el entonces gobernador Heladio Ramírez le cedió amplias facultades del Estado sobre la educación, solo fue la formalización de una cultura del chantaje que puede valerse de cualquier bandera para exigir más prebendas.

Hay una contradicción de fondo en el movimiento magisterial que se declara democrático. Se ha vuelto la organización más antidemocrática que exista en el México de hoy. En sus asambleas generales hay una sombra de abstencionismo que evidencia su falta de legitimidad y el voto por parar clases e iniciar plantones está suficientemente dividido como para pensar que es un símil empobrecido de nuestras elecciones. Y sin embargo, aseguran que las cancelarán porque son una farsa. ¿Una farsa equivalente a la de que su movimiento es democrático? ¿Tan farsa como que son buenos maestros interesados en el bien común?


Un amigo que trabaja en el IEEPCO-OPLE me relató cómo fue el desalojo que sufrieron el pasado lunes primero de junio, cuando un grupo de encapuchados vinculado a la veintidós saqueó las instalaciones llevándose computadoras, impresoras, módems, y prendiéndole fuego a las instalaciones. “Llegaron los encapuchados muy agresivos. Destruyeron todo. Cabe mencionar que no tenemos nada que ver con el proceso federal pero literalmente nos dejaron en la calle”. Esa es la racionalidad de la protesta social que alaban y que nada tiene que ver con un fin democrático incluso si pasáramos por alto los medios. El cambio institucional, arreglos distintos entre actores políticos, es un continuo incremental en sociedades con alto valor social. Esto se logra principalmente con buena educación, pero en Oaxaca a la sección 22 le ocupa más el incendio de las instituciones. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

Un corazón

Un corazón
en lo profundo del pecho,
órgano resonante
que quietud no impide, el incesante golpeteo
de sus estampidas de sangre enfurecida.


En su ociosidad espera
que la gente reconozca su valor olvidado,
entre bichos invadiendo la casa y
golpes, en el aparador de lo cotidiano
se pudre cual naranja extraviada.

En lo profundo de una alacena
de la casa que se ha quedado vacía,
donde solo moran quienes antes
al amar sentían que un corazón
latía.

Y ahora se arrojan
sin arrepentimientos
a la noche donde duermen,
el sueño de cuantos con dolor
esperan, que las venas chorreen
la esperanza,
de latir en silencio.

domingo, 24 de mayo de 2015

En contrasentido, crónica de un viaje a Iztapalapa

El tipo es regordete, tanto que su asiento de conductor no deja lugar para las piernas de alguien que se siente detrás de él. Probablemente es un arma defensiva, justamente para que nadie lo haga. Antes tuve que mentirle al conductor del camión de la ruta establecida. Una ruta sustituta para un metro que no funciona. Le dije que era su responsabilidad si me desmayaba por no dejarme bajar. Mentí. El tráfico lo valía.

Una vez en la avenida tomé el primer taxi que pasó. Me dirijo a la Batalla de Celaya, una calle extraviada en la perdida ciudad de Iztapalapa. Ah, ya sé dónde es, dice el gordo, está por la clínica, luego repone, no, está por el bachilleres, después me pide que le investigue dónde es exactamente. Ahorita llegamos rápido por el eje seis porque Ermita está cerrado quién sabe por qué, me promete. Pero antes tenemos que pasar a la gasolinera, ya ando corto. Cuando la dejamos fue como dejar los pits en una competencia de fórmula uno. El chofer avanza rápido, empiezo a sentir empatía con él, se está interesando por mi prisa, pienso para mis adentros.

Maniobra como ambulancia, va de izquierda a derecha, se mete en diagonal, al paso le menta la madre a todos,toma atajos, en uno encontramos de frente un choque entre otro taxi y una camioneta bonita. Damos vuelta obligada, ahí se queda callado, como si ante la desgracia de un colega se autoimpusiera el silencio.

Le digo que el domicilio está donde antes, mucho antes, hubo un cine. Insiste que necesita la dirección exacta, después hace memoria y acepta que cuando era muy chamaco fue, pero ya no se acordaba. El hombre robusto parece de Iztapalapa, tiene ese acento característico,agreste, que dispara en cada oración pero no mata, que suena a amenaza atenuada. Así llegamos al metro Escuadrón 201, me comenta amablemente que ahí hace base, cuando se le ofrezca joven, aquí estamos desde que amanece hasta las dos de la mañana, siempre seguro. Voltea a ver a alguien que asigna los coches,le hace una seña con la mano, el dedo de en medio levantado sobre los otros. Se ríe sardónicamente.

Las maniobras se agotan cuando estamos cerca de Rojo Gómez, intuye cosas, una manifestación, nunca está tan hasta la madre, explica, explora rutas mentales, ve pocas posibilidades. Apaga el auto, nos quedamos sin movernos como diez minutos, a cada rato menta madres, atrevidamente le digo: lo que más me molesta de las marchas es que no toman en cuenta a quienes tenemos que trabajar y nos friegan el día, antes de la semana santa, en viernes a las diez de la mañana. Parece que no les importa, le digo indignadamente. No les importa nada, joven, me responde tajantemente.

Salimos del atorón, el taxímetro avanza rápidamente, ya van ochenta pesos. Toma rumbo hacia el norte, se mete por callejones, el coche tiembla de lado a lado, es un Tsuru como millones que circulan como taxis en el DF. No tiene estéreo, parece que se lo arrancaron a la mala, está sucio, le faltan partes. El llavero del taxista tiene la forma dela cabeza de un toro, concuerda con el carácter de su dueño.

Ha pasado media hora desde que lo abordé. Ya me llamaron, me esperan aunque mi presencia, según yo, es intrascendente. Por fin salimos al Periférico, es como haber encontrado el camino a Jerusalén en tiempos de las cruzadas. Pasamos el cuartel general de la policía federal, el paisaje es más triste que de costumbre, en el pensamiento llevo tanto que olvidar, tanto de que acordarme, tanto que acabar, y necesariamente empezar de nuevo. Para eso sirve el camino, arroja viento sobre mi cara, el gordo sigue vociferando. Toma un retorno, me dice que es del otro lado de la avenida, estamos por llegar.

Sigue una fila de coches que cruza un terreno baldío con rastros de basura, el horizonte, además de gris,está decorado con varias torres de alta tensión, la tecnología sobre un páramo sucio. Se mete en contrasentido, todo el rato ha sido así, en su oficio el volante es un póker, él lo juega con cartas bajo la manga. Toma el último atajo, llegamos al bachilleres, tenemos que preguntar por mi destino. Antes me dijo que debe regresar por una persona a las diez y media, si no se va a ir, dentro de mí pienso que es lo natural, no sé por qué lo dice como consecuencia insólita. Ahora entiendo mejor su diligencia.

Le pregunta a un viene viene, un franelero, una de las personas que “cuidan” los coches, este le pide que se orille, le pregunta desesperado por mi domicilio, ya güey, que me urge, no ves que llevo prisa, hijo. Y el viene viene, a pues yo también tengo prisa, camina hacia delante y lo deja hablando solo. Hijo de tu puta madre, ¡payaso! Suelta mi taxista.

Metros más adelante está el domicilio, lo que fue el cine Guerrero adonde fue cuando era chamaco, antes de que engordara y se sentara para siempre en su auto de fórmula uno, antes de que mandara a la chingada a más gente de la que puedo recordar. Es cosa de agarrar pista y ya, había dicho cuando lo tomé. Ahora tiene cara de arrepentimiento, me queda a deber quince pesos. Al experto le falló algo básico: no trae cambio. Aunque tal vez no le falló; sus habilidades valen más que el banderazo, que la tarifa y sus efectos por minuto y metros, tiempo y distancia, y lo sabe. Me recogió cuando fingía agonizar en una avenida desconocida, ahora me devuelve a la calle como se devuelven los aparatos defectuosos que compraste de oferta en un bazar. ¿Sufrí un asalto? No supe su nombre, tampoco vi su rostro. Era un taxista dedicado, nada más.

En las noticias se dirá que manifestantes anónimos bloquearon las principales arterias para salir de Iztapalapa. Causaron un desmadre. El típico viernes en la ciudad de México,donde todo lo demás se vuelve irrelevante. Despejo mi mente un poco, llegué puntual, ahora entiendo a esos taxistas sinceros que dicen: para allá no voy, y te dejan hablando solo. 

Sobrevivir a la deriva

El drama migratorio tiene rostros más crudos que otros. En el sudeste asiático se vive una situación alarmante: miles de personas que huyen de condiciones de miseria y discriminación navegan a la deriva mientras los Estados de Tailandia, Indonesia y Malasia les niegan el acceso a su territorio. La mayoría son migrantes originarios de Bangladés que pertenecen a la etnia rohingya de religión musulmana y huyen de Myanmar, país asolado por la violencia política, donde no son sujeto de derechos y, en cambio, son perseguidos cruelmente. Para estar dispuesto a cruzar el mar de Andamán en condiciones de hacinamiento el motivo debe ser mucho mayor al suplicio. Mientras los gobiernos de esos países acuerdan cómo resolver la crisis humanitaria sin ningún compromiso de por medio, los rohingya mueren de hambre y sed en alta mar. La situación es ilustrativa de la desesperación de los pueblos por sobrevivir.

Fue Felipe Calderón el primer presidente mexicano en reconocer que tenía parientes migrantes en los Estados Unidos. Su declaración causó cierto revuelo político por tratarse, en ese momento, de un jefe de Estado que reconocía la problemática como propia, pero no bastó para concretar un logro real respecto a la migración de los mexicanos hacia el norte. Ningún presidente mexicano, en el horizonte de sus seis años de mandato, ha conseguido presionar lo suficiente al gobierno norteamericano para regular la situación de los mexicanos que, como dijo Vicente Fox con su desfachatez ranchera, hacen trabajos que ni los negros quieren hacer, lo que le valió la censura de la esfera diplomática que nunca comprendió sus limitaciones intelectuales.

No hay que ser erudito para advertir que el fenómeno migratorio tiene su origen en las condiciones socioeconómicas prevalecientes en el país de salida y no en el de llegada. En México la gente no se va porque quiera irse, se va porque no le queda de otra. En la medida que no se generen empleos bien remunerados los mexicanos seguirán emprendiendo su propio viacrucis hacia la frontera norte. Dichos empleos dependen, en buena medida, de la inversión privada que supuestamente con las reformas emprendidas por la administración peñanietista debería estar aumentando aceleradamente aunque por ahora parezca estar cayendo a cuentagotas. Es evidente que para que haya inversión deben existir garantías institucionales, en otras palabras, debe brindarse seguridad al capital, y eso solo se logra con gobernabilidad democrática.

Joan Prats la define como “la capacidad de un sistema social democrático para autogobernarse enfrentando positivamente los retos y oportunidades que tenga planteados”. Se trata de una estrategia de construcción de capacidades. En su opinión, esto depende de la interrelación entre el sistema institucional vigente (governance), las capacidades de los actores políticos, económicos y sociales, y la cantidad y calidad de liderazgo transformacional, que impulse el cambio institucional. Si se quiere que los países antes llamados del Tercer Mundo y ahora adornados con el eufemismo “en vías de desarrollo” avancen a un mayor crecimiento económico que signifique bienestar para su población, primero deben existir condiciones de gobernabilidad democrática.

Una cuestión que surge inmediatamente es si ese tipo de gobernabilidad puede coexistir con la corrupción tolerada en todos los niveles y una clase política que trata de encubrirla. No lo creo. México es un caso inaudito de corrupción, donde bien podría construirse un museo dedicado al tema, como propuso recientemente Héctor Zagal. Cada semana tenemos un escándalo nuevo, del “error” de ocho minutos en helicóptero del defenestrado Korenfeld al viaje todo pagado que la constructora OHL regaló al secretario de comunicaciones del Estado de México; de la narcopolítica en Michoacán al papá incómodo del gobernador de Nuevo León, ordeñando el presupuesto para comprar ranchos en Texas. Lo cierto es que los mexicanos convivimos con la corrupción todos los días, y tolerarla es un desacierto no solo del gobierno sino de toda la sociedad en la búsqueda de ser un país de oportunidades.

La falta de oportunidades principalmente laborales, pero también educativas y de desarrollo tecnológico mantiene constante la migración hacia el exterior. El grueso de los migrantes se va porque aquí el campo no produce y el sector manufacturero paga muy poco para el costo de vida siempre en aumento. Pero hay una causa más cruda, también los mexicanos emigran cada vez más por razones cercanas al drama de los rohingya. La ciudadanía deja de valer en territorios dominados por grupos delictivos que imponen su propia ley y someten a su voluntad la vida social; una dictadura del terror. En tal escenario emigrar no es una opción sino la única salida. No hay que cruzar un mar para encontrar asilo pero se corre el mismo riesgo: morir en el intento. Lo crudo de la situación es que no irse también implica quedar a la deriva. 

Fraternidad electoral

Hace unos días el mural “Fraternidad” que pintó en 1968 el oaxaqueño Rufino Tamayo regresó a su lugar de honor en el vestíbulo principal del edificio de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. Fue un regalo del artista y del gobierno de México a la ONU en ese cambio de época que significó la década de los setenta. Durante el evento la jefa de gabinete del secretario general Ban Ki-moon, Susana Malcorra, señaló que las llamas de la hoguera del mural representan la idea que del amor, la verdad y la justicia tenía el propio Tamayo. En este contexto, las figuras tomadas de la mano a su alrededor, todas pintadas de negro, simbolizan una sola raza: la humana. Así, las diferencias no serían un obstáculo para buscar los ideales de una vida en sociedad. La hoguera seguiría ardiendo mientras exista la fraternidad que los admira.

No todo es arte en la vida. Las campañas políticas dividen nuestra fraternidad política en dos motivos: convicción vs beneficio. Mientras observo a grupos de simpatizantes que invitan a votar a los vecinos de mi colonia compruebo que nada hay de deliberativo en el brigadeo más que sonrisas falsas, información escueta y pancartas de candidatos maquillados aprovechando el tráfico de mediodía en los cruceros de mayor afluencia de la ciudad.

La exigencia de que los candidatos debatan es reciente. Tan reciente como que el primer debate presidencial por televisión en México fue en 1994 cuando Diego Fernández de Cevallos lo ganó contundentemente para después desinflarse en la recta final de su campaña como si lo hubiera acordado con el PRI y su candidato Ernesto Zedillo. Esa versión sembró una duda que nunca se despejó del todo. En elecciones intermedias como la que se avecina para elegir diputados federales no hay una tradición de debate entre los candidatos. La política mexicana no funciona con base en el contraste de ideas razonables, su signo es la promesa fácil y lo que algunos llaman “arraigo” de base social. De modo que si uno revisa su plataforma de campaña encontrará que la mayoría de los candidatos usa conceptos que probablemente ni siquiera entienda. Una repetición común es la de políticas públicas.

Luis Aguilar, uno de los mayores estudiosos del enfoque de políticas públicas, las define como “decisiones de gobierno que incorporan la opinión, la participación, la corresponsabilidad y el dinero de los privados,en su calidad de ciudadanos electores y contribuyentes”. Esta definición es coherente con la de un Estado abierto a la participación ciudadana plural, capaz de remontar la estructura corporativista del gobierno interesado en formar clientelas pasivas; mayorías del voto duro. Contra la argumentación y desarrollo de conceptos como “políticas públicas”, que se vuelve lugar común en el discurso político, se impone la dictadura del mitin: encender el megáfono de las propuestas huecas, ideas ambiguas y vagas generalmente, mientras suena una pegajosa canción de fondo y se reparten refrigerios para el público acarreado.

Es notorio que muchos de los brigadistas de cualquier candidato a diputado participan en la campaña a cambio de un beneficio. A veces es inmediato: doscientos pesos por cuatro horas bajo el sol; otras veces es la expectativa de la recompensa después de la elección: estar dentro del presupuesto o recibir apoyos de programas sociales en tiempo récord. Detrás del beneficio la convicción mengua como una cualidad decorativa de la acción electoral. No importa ser priista, panista, perredista, o de Morena, por lo que ideológicamente representan los partidos políticos. Que todos son iguales y no hay político bueno es un estado de consciencia que subraya la importancia de lo que se puede obtener a cambio del voto y su promoción en favor de un candidato por encima del voto como un instrumento democrático. En los hechos no es más que una boleta en el conteo para acceder al poder.

Lo triste de nuestra política es que a pesar de los esfuerzos por democratizar la vida pública las campañas siguen centrándose en los votos como fin, no en las personas. De por medio, la compleja estructura social que bajo el principio de igualdad debe ser representada por los futuros diputados pasa a segundo término. No hay una vocación de diálogo por parte de nuestros políticos. No están dispuestos a rendir cuentas bajo la lupa de una opinión pública vigilante del mínimo error. Tamayo, como artista universal, creía en el valor de los ideales, pero también comprendía que nuestra naturaleza de ser diferentes es insalvable. Así, otra interpretación a partir de “Fraternidad” es la de una reunión de voluntades que resiste el fuego de una hoguera que arde más en tiempos de campañas, cuando todo ideal es digno de decorar un discurso, aunque quienes lo pronuncian no sepan el significado del amor, la verdad y la justicia.