lunes, 27 de junio de 2011

Ceremonial y sermonal

Recorriendo las calles del centro de la ciudad, encontró renovada la fachada de algunas casas que antes se veían demasiado viejas, si es que la vejez llega al punto de la demasía. A su paso por la catedral observó a los ancianos pidiendo limosna que se ubican en el atrio. Meditó un momento sobre el ocaso de la vida. Tenía una cita importante en la noche, una invitación a dirigir una ceremonia. Se había ganado fama como ceremonista y el título no le desagradaba, si bien consideraba los formalismos un desagradable ejercicio de empatía.

Desde la última vez, viajaba con la mentalidad de no hacerse expectativas de lo que se encontraría. Su nueva filosofía consistía en valorar, en todo caso, el factor sorpresa. De hecho, la espontaneidad había dado frutos recientemente en forma de recompensas inesperadas que sirvieron para hacer un poco más placentera la vida durante un breve tiempo. Aunque, a decir verdad, el dinero no robaba su vida, lo consideraba un mal necesario que, la mayoría de veces, sacaba lo peor de las personas. Precisamente, había acudido a ver a un rico para pedirle su ayuda en una causa justa, a sabiendas que la justicia es sinónimo de relatividad; máxime en personajes que se consideran justos a sí mismos.

Los protocolos ya no lo aburrían pero sí lo hacían reír inevitablemente. Razón para disimular en el saludo y la conversación; mostrando su propia, que no verdadera personalidad, de vez en vez. Así, la cena en honor de un grupo de artistas lo distrajo de la rutina diaria y aun lo motivó a dedicar un tiempo a cultivar alguna disciplina artística, consciente de sus limitaciones naturales que eran un aliciente más que un impedimento. Tuvo tiempo para reír, posar y bailar en medio del pequeño caos que genera la efervescencia por terminar un ciclo de vida.

Cierto es que el corazón no soporta, o al menos no mantiene cordura, cuando se desatan muchas emociones a la vez. Acostumbrado a la diplomacia provinciana, esperó alguna muestra de interés por parte de alguien pero las mujeres parecían más ocupadas en sus atuendos que en conocerlo. De antemano, desestimó cualquier posibilidad de regresar al mismo cuento de varios de sus años de adolescencia. Aquella era sólo la anécdota de una etapa inmadura que habría de servirle para advertir a otros incautos que, como él, habían dado demasiada importancia a una situación típica de la inexperiencia entre faldas y diademas. Con todo y eso, brindó y brindó su mejor actitud hacia la dama.

De más está mencionar que le hizo una invitación que ella no sólo rechazó, también ignoró y, si cabe la analogía, sepultó con la misma consideración de siempre; la plagada de buenas maneras y atenciones a su amistad, detalles superfluos de una desgastada historia de empecinamiento. A estas alturas de su vida no podía adjudicar culpas, más por congruencia que por voluntad. Le aburría analizar el desamor y su porqué. No era como un nihilista romántico pero sí como un idealista melancólico. La realidad absurda encontraba cauces razonables en su paraíso terrenal, prospectiva a la mano con tan sólo caminar por el zócalo o perderse en su pequeño pueblo.

La soledad ya le era común, sobraba leer tratados sobre tan elevado concepto, el más contradictorio de todos por acompañarnos siempre. Pensó en su otro yo, el que viviría en China o Madagascar. El que estaría, como él, filosofando acerca de los problemas atroces de su circunstancia y esperanzándose en la predestinación individual. Las ilusiones acerca de un futuro al lado de la niña que conoció cuando terminaba la secundaria se esfumaron hace tiempo, sólo quedaba la necedad. La misma de la que se despidió en el crepúsculo de viernes, cuando le señaló el retorno hacia el éxtasis de un grupo de graduados que bebían y bailaban fuera de sí.

A Jibrán le quedaba un largo camino por recorrer hacia su casa, lo único seguro que tenía en Beirut. Lo más preciado y, sin embargo, abandonado de su vida. Con ésta apenas se reencontraba, la volvía a apreciar luego de ser necio. Estaba dispuesto a honrarla todos los días hasta el fin del mundo... y eso es menos de dos años si nos asumimos profetas.



lunes, 30 de mayo de 2011

¡2° Aniversario!

Fenece mayo y con él los calores que fastidian. Se acerca el verano siempre refrescante y este espacio cumple dos años de ser vigía de la juvenil percepción acerca de distintos temas, más bien personales aunque siempre resultado de la interacción que su autor promueve como responsable. Recientemente, se han incluido a la plataforma inicial de su proyecto de largo aliento, las opiniones de jóvenes atenístas convencidos de que el cambio es posible si se construye desde la educación y la cultura. Este binomio virtuoso es el eje de acción de la Asociación Civil que constituirán en breve un grupo de amigos cuyos talentos son tan diversos como valiosos.

Cuando estudiaba la secundaria, en tercer grado, participé para formar parte de la sociedad de alumnos. En una reunión improvisada en la sala de juntas del plantel, cuyo prestigio venía dado por el nombre de un educador entusiasta: Moisés Sáenz, aprendí que formar equipo se logra con un llamado propositivo. Así que, enmedio de la confusión de mis compañeros, anuncié: "yo quiero proponer una planilla", y se me unieron nueve. Brevemente, sugerimos la denominación de nuestro equipo para representar a la comunidad estudiantil, se me hizo fácil decir: "Planilla Idealista Progresista". Poco después, una aguda compañera de lo que me gustaba llamar partido, me comentó que no convenía nombrarlo idealista porque los ideales suponen ideas irrealizables, así que propuso sustituir el adjetivo por ideológico, ya que me explicó que la ideología representa el rumbo de una nave, las coordenadas del lugar que se quiere descubrir.

El día de las elecciones, personal del Instituto Estatal Electoral de Oaxaca realizaron un ejercicio escolar de participación ciudadana, al efectuarlas con formalidad. Proporconaron las urnas y las boletas en las que estaban impresos los logotipos de las planillas. Además fungieron como funcionarios de casilla algunos compañeros. Ese día ganamos con una diferencia de más de trescientos votos de un total de setescientos veinte. Las responsabilidades que asumimos fueron un reto formidable para un grupo de adolescentes con competencias e intereses distintos a los que no precisamente les interesaba el servicio público como proyecto de vida. Durante casi un año, supe lo difícil que es acordar con las personas pero, sobretodo, la ardua labor que representa incitarlas a hacer algo en favor de sus semejantes, dejar su estado de conformismo y trabajar con ánimo por causas que valgan la pena.

Me siento afortunado de haber estudiado en escuelas públicas toda mi vida, aun actualmente curso la licenciatura en Política y Gestión Social en la Universidad Autónoma Metropolitana. Considero que me he formado en la trinchera más cercana a los problemas del país, he sido un observador de las relaciones sociales desde la escuela a todos sus niveles. Solía decepcionarme del estilo de enseñar de muchos maestros; por ejemplo, critiqué ferreamente la ineptitud de un "maestro" del mismo año que tuvimos nuestra primera experiencia cercana a la autoridad, el cual se limitaba a dictar cuestionarios que debíamos resolver con base en el libro de texto... Una monotonía catastrófica. Por ello, ahora disfruto problematizar con mis colegas en la Universidad bajo un modelo innovador que tiene su base en la visión constructivista de la educación. Simplemente hoy, acudí con mi equipo a la biblioteca del Colegio de México a investigar a Álvaro Obregón porque pretendemos analizar el proceso que lo llevó a la Presidencia de la República y la opinión que lo ubica como el último de los caudillos.

Conmemoro, después de un recuento que parecerá innecesario pero es imprescindible, un año más de este espacio, que de ahora en adelante abordará temas de interés público. No quiero expresar con ello que las entradas de Bruno no lo sean, sólo opino que interioriza mucho cuestiones de su vocación. Las que debe tratar a profundidad, arrojando aproximaciones para entender los fenómenos que, devocionalmente, observa. Sé de sus ganas de transformar una idea que se ha anquilosado en los discursos acerca de la modernidad y, sin embargo, sigue siendo pasión inherente a su persona: México; deseo que lo logre sin que los tiempos pinten sus cabellos de gris o de plano quede calvo, consciente de que hay cargos que cobran en términos capilares.

El otro día lo vi durmiendo en un jardín con una revista de análisis político que le cubría el rostro del sol. No quise despertarlo porque sé que el sueño es un privilegio del hombre de Estado y, para que no se preste a malinterpretaciones respeté la mayúscula. También sé que atender noticias de última hora y preocuparse por llegar a tiempo es vocación de servicio, que escuchar es el sentido más valioso y hablar prudentemente conlleva ganarse la confianza de la gente. Lo que no sé es si le interesa (pero me sorprendió la forma en que la miraba) aquella silla del primer piso del ala sur, cuando visitó los huesos de los héroes en un edificio bastante grande del centro de la ciudad. Sólo espero que no se olvide de la humildad como principio rector de la vida toda. Por y para ello, atesora seres a su alrededor que lo aconsejan sabiamente, además de hacerlo feliz con sólo sonreír...

lunes, 9 de mayo de 2011

Sin marcha atrás

Miles de personas se manifiestan en las principales avenidas de la gran ciudad hasta llegar a la Plaza de la Constitución, donde el estruendo de los cañones se transforma en un grito que acaba con la impotencia de todos los días. Yo me encuentro entre la multitud con mis tenis sucios y un periódico con el que intento cubrirme el rostro del sol inclemente, como inclemente es el gobierno que no quiere escuchar la voz de los jóvenes, pues por la muerte de varios de éstos es que da inicio la movilización. Así, cubierto de gente desconocida, en un mismo espíritu, y junto a escasos amigos que comparten conmigo banderas particulares de lucha, me acerco a la fecha que conmemora mi presencia en la capital del país. Ahora soy más maduro que ayer pero mucho menos que mañana.

Iniciaron las clases en la universidad y me motivó despertar antes de que se notara el alba, en esa semioscuridad que presagia un amanecer distinto. Es un día de esos que se respiran cuando uno todavía se talla los ojos para ver mejor. He caminado por distintas sendas para encontrarme en esta encrucijada. Cada que me subo a un autobús trato de dormir despierto para estar atento a cualquier imprevisto; cada que manejo una bicicleta observo detenidamente el movimiento a mi alrededor. Aun cuando camino de la forma más tranquila, aprovecho para relajar y, al mismo tiempo, agudizar mis sentidos. Disfruto estar en contacto con todo aquello que me brinda bienestar pero necesito convivir más con los problemas, sin inmiscuirme de lleno en ellos, para comprender mejor; por tratar de ver la vida como los que sufren verdaderamente, y no a quienes lastiman nimiedades.

Cuando hace un año busqué mi norte nunca imaginé que a pocas horas encontraría tanto tiempo para aprender de experiencias únicas, las que moldean el carácter de un hombre. Antes escuché varias veces y con base en las lecciones de escuela, que los gobernantes antiguos se educaron de acuerdo con su posición, recibieron las mejores lecciones para "gobernar". Nadie les preguntó qué querían ser, cuál era su propia vocación. Les fue impuesto un modo de vivir para honrar la tradición. En esto, estoy en busca de algún rebelde además del barón rampante. Yo vivía según estereotipos sociales típicos de nuestro tiempo. Me tragué la ficción de las imágenes y el movimiento excesivo alrededor de valores pasajeros como el dinero o la fama. Nunca más fui el mismo después de aquel día que cogí una mochila vieja y medio rota, empaqué lo indispensable y emprendí un recorrido aparentemente corto. El futuro ya llegó y como dice el ingenio popular (¿o familiar?) "hay que creérsela".

Conmovido luego de conocer la historia del líder social y a punto de expresarle una frase propia, el joven estudiante contuvo las ganas de llorar y sonrío confortado por la oportunidad de estar ahí. Apenas era el comienzo de la historia... su historia.

martes, 3 de mayo de 2011

Después de dormir y antes de despertar

Volteó a ver alrededor de él y no encontró un alma en la avenida ni en el parque adyacente. Apenas se había despedido de su amigo enfrente de la parada de autobús, cerca de dos librerías populares en el sur de la ciudad. Los últimos días el cielo estaba nublado pero dejaba pasar rayos de sol intensos que daban la impresión de estar en un lugar distinto a la urbe mugrosa de siempre, aunque el clima no sea razón suficiente para trasladarse a otro lugar imaginariamente. Así se sentía Esteban aquella mañana de mayo cuando acudió al tecnológico a escuchar al candidato de las izquierdas a la Presidencia de la República. La primera vez que lo vio fue en la inauguración de un museo donde se honra la bebida nacional; esa vez incluso brindó con él y los demás invitados. Ahora se sentía atraído no solamente a su figura, sino a la de los políticos que si no lograban, al menos intentaban ir más allá de la retórica convenenciera de siempre. Si algo lo entusiasmaba era conocer proyectos con base en la Ciencia y la Cultura, que fijaran las metas en el bienestar de todos y no en el de los simpatizantes o "achichincles" o "paleros"; por eso era idealista.

Esteban vivía nostálgico. Extrañaba todo, incluso lo que irremediablemente no podía volver a vivir o tener. A veces soñaba con que se encontraba en su secundaria, escapando de las maldades de sus compañeros, a punto de besar a la chica de la tez pálida y los ojos resplandecientes que alguna vez le dio un abrazo sincero como de conmiseración, cuando él se le declaró en una carta con ocasión de los buzones navideños. Despertaba confundido, como si el sueño hubiera acortado la distancia de aquellas vivencias, y éstas fueran recientes. Como cuando se mira hacia el pasado y se piensa que el tiempo ha transcurrido muy rápido. Ahora meditaba en ello, frente al pequeño espejo donde libraba a su cuello de navajazos con la rasuradora. La incipiente barba era cosa del pasado, ahora le crecía uniformemente, por lo que ya pensaba dejarse el bigote para impresionar a sus compañeras de universidad en el nuevo curso. Después de las vacaciones, le gustaba reaparecer diferente.

Se propuso llegar muy lejos pero apenas se hallaba bastante cerca. Le conflictuaba no dominar el idioma de uso común, por no decir corriente, a nivel global. Era amante de la cultura nacional y siempre que alguien hablaba mal de su país, se lanzaba a criticarlo con argumentos en contra de lo que llamaba "traición". Comprendía el descontento de la gente por la situación actual, o tal vez convivía con aquéllos que la habían pasado mal. Se preguntaba si los hijos de la clase rica compartían su visión de la realidad. Era difícil creer que desde un palacio se mirara igual que desde una choza. Entonces recordó que, cuando era niño, su padre le contó, en resumen, la historia de Buda. De cómo siendo noble desconocía la situación de sus semejantes, o acaso que las demás personas afuera de su palacio fueran eso: semejantes. Su empresa por vivir en la miseria con los pobres, los hambrientos, los necesitados. Un gobernante lejos de su pueblo no podía hacer nada, más allá de sus deseos personales. Por ello, a Esteban le gustaba platicar con la gente de cualquier estrato social, si es que los estratos imponían limitaciones. Le gustaba mostrar un lado amable que, a veces, no demostraba con sus seres queridos, quizá por la confianza que cedía ante los malos ratos en que estallaba por las injusticias que observaba impotente.

Había leído una novela que relata un Estado totalitario, donde lo peor de la trama no era la crueldad o inseguridad que padecían la gran mayoría, que no es redundante, de personas. No era la falta de recursos, la escasez de todo lo necesario para vivir cómodamente, tampoco la invasión de la intimidad que tenía a todos como esclavos de conciencia, sin capacidad de decidir; un mundo de autómatas pues. No, lo peor de esa circunstancia era la completa vaciedad, la falta de contenido de la vida diaria, la pérdida de sentido de la realidad cotidiana. En esas andaba cuando, por fin, se detuvo un taxi que lo llevaría al pequeño cuarto que rentaba entre las congestionadas vías terrestres de la ciudad. Abrió la puerta y encontró los objetos desordenados dándole la bienvenida; se sentó en su silla y dio una vuelta de trescientos sesenta grados para ver si despertaba de una buena vez. Estar dormido mientras se está despierto es una paradoja sólo posible en coyunturas como la suya. Se encontraba a doce meses de haberse dado de topes contra la pared, enmedio del tedio de su desocupación. Ahora, doblemente ocupado, sobrevivía a las decepciones y encaraba al fracaso con la fuerza que le daba transformar las vidas.

En ese proceso, no era suficiente soñar, por ello vencía a sus pesadillas despierto. Esteban tomaba pastillas que, si bien no aliviaban sus dolores, al menos controlaban su cansancio...

domingo, 24 de abril de 2011

En un abrir y cerrar de ojos

Y amaneció después de una noche llena de pesadillas en las que se aparecían personajes de antaño más bien sombríos, que no representaban la circunstancia actual, pero sí lo llevaron a ella. El joven Ricardo cumpliría un año de haber llegado a la capital de la República. Sus esfuerzos por estudiar en una universidad digna y trabajar donde fuera lo llevaron a rentar un cuarto pequeño en una zona mediana, donde se encontraban las clases medias que tenían la posición para ir al cine y cenar en un restaurante a cambio de trabajar todos los días y honrar a sus superiores. En el remoto rincón de su provincia dejó sentimientos guardados en un ropero sin puerta, ni él mismo sabía por qué carecía de ella, pero era el único mueble, además de la cama, que contaba su humilde cuarto.

Todas las tardes pensaba en ella mientras miraba el horizonte por la pequeña ventana que liberaba de aromas su habitación y permitía que el viento refrescara los insoportables medio días de las primaveras que eran veranos, porque en éstos comenzaba el otoño. Transcurrían lentamente mientras sus pensamientos viajaban siempre al futuro, a un lugar inexistente donde se veía feliz rodeado de una gran familia cuyos pilares serían él y Sara. Soñaba con compartir su vida con la mujer que le robó los primeros suspiros luego de que maduró a los romances de secundaria, en los que los motivos de contentamiento venían por añadidura al descubrimiento de cuerpos transformados que habían dejado la inocente infancia.

En sus vacaciones más recientes, el aprendiz de administrador que soñaba con gobernar una gran nación se dio cuenta que ya era un señor. Los días de juventud habían quedado atrás y su marcha se enfilaba a la madurez plena, en la que irremediablemente debía tomar decisiones para siempre, como la de con quién compartir el resto de sus días, y de una cosa estaba seguro, quería que fuera Sara. Que quisiera no significaba que pudiera, habían tomado caminos diferentes que los encontraban de vez en cuando en escenarios propicios que siempre cedían cualquier posibilidad de profundizar en sus sentimientos al paisaje o las personas que los rodeaban.

Sentado enfrente de un monitor, en el primer día de la semana última de un mes caracterizado por la alegría de los paseos, se determinó a hacer lo que tenía que hacer, sin esperar nada. Aunque era difícil aceptarlo, para Ricardo, las mejores cosas de la vida sucedían de modo espontaneo, sin forzar al destino que siempre se mostraba caprichoso. Anochecía en la gran urbe y los latidos de su corazón se aceleraban mientras recordaba el letargo de la primavera de hace un año y el impulso que, en un abrir y cerrar de ojos, lo llevó a una posición estable. Desde donde controlaba sus ansías de tenerla, con sueños reales que libraban pesadillas ficticias.


martes, 5 de abril de 2011

Memoria y trascendencia: de la sabiduría a la felicidad

El viejo sabio decide regalarse una noche pasional con una doncella para festejar su cumpleaños noventa. La noche transcurre lenta y da pie a una introspección meticulosa que provoca su abstinencia; quizás por ser la prostituta una niña. Delgadina es mucho más de lo que parece, para el periodista solitario. Ha entregado su vida a la monotonía, rasgo que comparte con su reciente obsesión, quien trabaja pegando botones, alrededor de doscientos diarios, en una fábrica.

Aunque ha estado con más de quinientas mujeres en sus nueve décadas, el sabio no ha amado con amor de pareja a alguna. Amó a su madre, de quien tiene un recuerdo vivo y a quien recurre en soledad. Delgadina representa la inocencia que remonta al viejo a sus primeros años. Crear una atmósfera en la que puedan disfrutarse, aun cuando es la casa de citas de Rosa Cabarcas, parece el aliento del viejo para revivir sus días. No obstante, la relación no es convencional y el sexo cede su lugar a un hábito contemplativo.

Como columnista cobra notoriedad local cuando reflexiona cómo se ve la vida a un paso de la muerte. La única certeza de los humanos convive a diario con sus pensamientos y actos, aunque la mayor parte del tiempo pase desapercibida. La edad, entonces, a medida que acumula años, concerta una relación amistosa con el suceso inevitable.

El motivo de esperar con reticencia la agonía son los demás. Pero cuando no se los tiene, la agonía se sufre y es más dolorosa en vida. Delgadina ya no es el capricho onomástico del viejo, sino la esperanza de morir habiendo amado. Acostumbrado a las transacciones mercantiles en lugar de los valores absolutos que lo confrontan ahora, al sabio no le basta pagar por Delgadina cada noche y convive con su fantasma en sus letargos. Maniatado por complejos personales, lo que tantas veces fue efímero y circunstancial ahora es un tesoro que vela celosamente.

Cuando ese tesoro parece haber sido vulnerado y la inocencia de "su niña" se convierte en la decoración de una fachada que cedió ante su irremediable destino, el viejo sabio estalla. Colérico se revela contra sus compañeras de siempre y enemigas de ahora: las putas.

Para seguir asándose en la parrilla en lugar de fluir como el río de Heráclito, el protagonista debe decidir. Finalmente, los bienes materiales ya no son importantes aunque otorguen satisfacciones. Ahora sólo importa Delgadina. Pero no es suficiente con los ecos de su conciencia, y un recuerdo tangible lo convence. Una compañera de tiempo atrás le comparte la dicha de la estabilidad que él nunca admitió. Entonces comprende y debe reconciliarse, aunque persiste la incertidumbre acerca de Delgadina, ¿el miedo al sexo se convirtió en amor incondicional?

Sobrevivió a la fatalidad y tiene proyecto de vida. Saludable y motivado ha vencido la inercia del tiempo. Los años que le quedan deben ser para amar y ser amado. Su entrega es correspondida y halla la paz en alguien que también estaba en busca de ella. Al vencer una máxima que se apropió: "Es imposible no terminar siendo como los demás creen que uno es", trasciende en vida y la memoria cumple su función al tiempo que se desvanece.

Tenía una idea tan flexible de la juventud que nunca le pareció demasiado tarde para unir su alma a otro ser. Se puede decir que la vida, más compleja que todos sus cálculos, hacía estallar los esquemas, y el viejo sabio de oficio periodista y de vocación solitario era menos sabio después de los pronósticos fallidos, pero indiscutiblemente más feliz, y eso importaba más en los albores de un nuevo siglo. Los cien años no habrían sido de soledad...

* Ensayo breve sobre la novela Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez, con motivo del examen final de mi curso de Taller de Lectura y Redacción, UAM Xochimilco, 2011.

domingo, 3 de abril de 2011

Necesidad de amar

Los bienes materiales parecen cobrar mayor importancia cuando se nos descompone uno, o pierde, o simplemente se nos antoja algo que está detrás del aparador y tiene una etiqueta con un precio algo "caro". Las personas damos valor a lo que nos produce bienestar, aunque ese bienestar sea por desgracia bastante pasajero. Llegamos a pelear en una negociación acerca de cuánto es lo menos por algo que cuesta lo más; queremos lo que los demás tienen o no tienen, como sea para "sentirnos mejor". En medio de las transacciones que dan placer a nuestra vida, o al menos nos mantienen ocupados, le quitamos valor a bienes superiores, no perecederos. Las relaciones con la gente son lo más valioso que tenemos, el conocer a las personas y sentir con ellas representa lo que ningún objeto satisface.

Además de la vivienda, la alimentación, el vestido y los transportes, las personas gastamos el dinero en otras cosas no indispensables. Soñamos con la casa o el auto de los sueños cuando tenemos un lugar para vivir y los camiones de cuatro cincuenta en la realidad. Nos volvemos demandantes cuando creemos que merecemos lo que queremos en función de lo que hacemos. Envidiamos a quienes tienen más que nosotros porque consideramos que es injusto o simplemente porque sí. Dejamos de lado el corazón, el alma, el espíritu, conceptos abstractos que, sin embargo, tienen que ver con los sentimientos, el estado de ánimo que nos conduce a actuar de cierta manera. En fin, mientras importa que mi ropa sea de marca o mi casa esté en una zona residencial, lo demás es lo de menos, así me halle enfermo y con pocas probabilidades de sobrevivir.

Una escena es más que suficiente para destinar una vida a la amargura y el fracaso. Basta con que la mente se inunde de pensamientos que nos incitan a pensar en lo negativo, en el egoísmo de la gente a nuestro alrededor, en tanto nosotros somos iguales casi todo el tiempo. El maltrato entre los unos y los otros abunda, el individuo cada vez más individualista se encierra en los que considera sus problemas y poco se ocupa de lo que le sucede a sus semejantes. La mayoría de veces importa lo que sucede a nuestros seres queridos, y casi nunca lo que sucede a quienes no nos caen bien o a quienes guardamos resentimientos. Con éstos somos terribles; odiamos, deseamos el mal, sucumbimos a la venganza y, con lo anterior, a la frustración. A la terrible frustración de mirarnos infelices y sobreviviendo, en lugar de vivir.

El contexto nos orilla a las respuestas, a las soluciones, a la lucha que se tiene que librar. Conocemos el perdón al menos en los discursos religiosos, conocemos la entrega de hombres y mujeres que han depuesto ambiciones personales y se arrojan a ayudar enserio a los necesitados y desválidos. Sería muy fácil dejar hacer y dejar pasar sin sentido de causa, sin comprender un fin superior en la vida, sin trascender desde ahora a la inmediatez de lo material y la satisfacción de los deseos sobre esta tierra. Detrás de cada decepción se encuentra la alegría de cambiar, de no ser lo que no nos gusta, de rechazar lo que nos molesta, de tratar a los demás como nosotros queremos ser tratados. ¿Cuánto vale aprender que todo el dinero del mundo se acaba en el mundo?, que nada de lo que tenemos comprará amor sincero y felicidad perenne.

Los desastres naturales ya no lo son tanto, tampoco son castigos de un destino inevitable. Son el precio en todo caso que pagamos cuando nos hemos ensimismado en lo que nos afecta personalmente y hemos dejado de voltear a mirar a nuestro alrededor a la gente que, fuera de apariencias, es igual a nosotros en su necesidad de afecto, en su sentido de compartir. La muerte llegará para todos en distintas circunstancias, pero igual llegará. Puedes morir acompañado pero igual te irás solo, volarás inevitablemente solo. Para muchos a lo incierto, para otros a la fe, pero igual se enfriará lo que tanto envaneciste, lo que protegiste con tu esfuerzo como por obligación de cuidar de ti, y sin embargo se descompondrá. La vida no es la oportunidad de compadecerse de uno mismo, tampoco la de vivir al límite pensando únicamente en lo que nos interesa, en nuestros deseos. La vida es para servir, para trascender al enojo y la tristeza y ser libre amando de forma incondicional... aunque implique no recibir algo a cambio, por eso es incondicional.