miércoles, 27 de julio de 2011

Competentes para ser felices

Un francés bajo el cielo de Oaxaca conversa conmigo en una cantina con decoración fantasiosa, donde se pierden hadas y duendes. Tomamos unas cervezas y platicamos acerca de la escuela y la vida; bueno, la escuela es una parte de la vida y, a su vez, la escuela te forma para la vida (o eso se dice). Hace dos años que él se fue a vivir a Rouen en Francia, más o menos cuando yo me debatía y abatía en el centro de investigación donde estudiaba Derecho. Entonces nos despedimos en mi parque favorito, conocido como “El Llano”, acaso porque todo en Oaxaca lleva el nombre de Benito Juárez. Fue un encuentro espontaneo, un día que yo meditaba profundamente sobre el sentido de la vida y él simplemente había ido a tramitar su pasaporte.

Adolfo es un buen tipo que aparentaba ser más joven en la preparatoria y ahora carga con una melena que, si no lo hace ver más viejo, lo aparenta más maduro. Forjado en algún tipo de combate. Así luce este personaje que sí pasaría por europeo antes que por mexicano, a menos que se le vea comiendo chapulines. Nos encontramos enfrente de la principal iglesia de la ciudad y notamos el cambio de aspecto pero la continuidad de las formas de ser, del carácter honesto de nuestro saludo que cedió a lo impredecible de una plática no planeada. Los dos tenemos muy presente que las oportunidades se aprovechan.

El diálogo es abierto, sin reservas. Intercambiamos puntos de vista sobre la exigencia académica en Europa. Yo no sabía que se calificaba en la escala de veinte y un alumno promedio obtiene doce. Que no hay vida social, bueno, la universidad incluso reduce la vida personal. Horarios que abarcan todo el día y por las tardes dedicarse al estudio y aplicación de los conocimientos adquiridos. Una rutina que para quien ha vivido desde pequeño así, no debe de resultar fastidiosa. Sin embargo, la vida académica en México es mucho más relajada. En mi experiencia, los jueves, viernes y sábados se ocupan, en buena parte, para salir a distintos lugares; es decir, sólo se dedican exclusivamente al estudio los primeros tres días de la semana.

Al hablar de la vida personal encontramos puntos de coincidencia. Los dos hemos sentido la cercanía de la soledad por lapsos. Rondando la vida de un mexicano radicado en el extranjero, hallo el profundo sentido de comunidad de nuestra tierra. Adolfo prefiere el cielo de Oaxaca al de París ¿quién no?, y reconoce una necesidad de esta tierra que no tiene lugar cuando recuerda la Torre Eiffel o la avenida de los Campos Elíseos. Comparto con él la necesidad del valle que nos vio crecer en distintas etapas. Siempre he tenido en mente los cerros majestuosos rodeando la ciudad casi sin edificios altos, más bien con un número incontable de pequeñas casas que conforman un paisaje multicolor.

Desembocamos en mi tema predilecto: la amistad. No fue posible partir de premisas compartidas para definir el concepto, pues siempre ha sido ambiguo. No obstante, me pareció atinada una aproximación de mi colega ingeniero (sí, porque la Política es algún tipo de ingeniería), la amistad como alianza. Una alianza que sortea dificultades, que satisface necesidades, que complementa deficiencias. Aunque el francés venido a estas tierras que siempre han sido suyas, no entra en detalles ni es partidario del vértigo emocional que me genera la conversación, esboza ideas al respecto guardando la objetividad que le ha formado su educación extrema racional.

A razonar no se aprende, por lo que los dos aducimos nuestras razones con profesionalismo. La maestría la dejamos para después, lo de aquí y ahora era desprendernos de prejuicios y analizar la amistad. Propongo lo circunstancial como determinante y mi circunstancial amigo ejemplifica con una vivencia. No había mencionado que vivió en Canadá un tiempo y se ha formado en amistades gélidas, al contrario de mí que he vivido siempre en esta tierra cálida, de festividades y manifestaciones fraternales. Tanto él como yo nos reconocemos en ellas, son parte de nuestra identidad que, por cierto, él ha celebrado allende nuestras fronteras preparando mole y guacamole franceses. Como sea, aun compartiendo rasgos culturales, cada uno define su amistad y lo que espera de ese concepto en la práctica, sobre todo en lo que respecta a la amistad de una mujer. Siempre he sostenido que el noviazgo y matrimonio son algún tipo de amistad y cuando no se asumen así, fracasan.

En la recta final de nuestro encuentro, ya habíamos dejado el primer lugar y ahora nos encontrábamos en la calle de Allende, un rincón único en Oaxaca, donde convergen cocinas de distintos países y personas de varias nacionalidades. Ahora mismo observaba a una pareja de japoneses bebiendo café al calor de las tres de la tarde. Y nosotros con unos tarros de cerveza de barril bien fríos brindábamos por la oportunidad de encontrarnos así, de dilucidar ideas abstractas y concretas en la búsqueda de un sentido a vivir, a permanecer sobre esta tierra dando la batalla incluso ante las circunstancias más adversas. Es la pregunta que todo joven se hace ¿vale la pena…, y Adolfo especificaba, tanto esfuerzo? en un medio tan agresivo además, un sistema académico de producción en serie de autómatas racionales, ¡vaya paradoja!

De pronto, la felicidad no importa. Más aún, la felicidad personal parece no estar en función de la felicidad de nuestros semejantes. El libre mercado y la empresa privada han sustituido el desarrollo humano e importa ser competitivo, no fallar en los procesos de la cadena productiva. Hacer (lo que esto sea): programar, construir, diseñar, redactar, conducir, resolver… si sólo se hace esperando recibir un bien para uno mismo; el egoísmo ciega la capacidad de amar y compartir. El dinero nunca fue necesario pero hoy es indispensable, como en esta plática al comprar las cervezas. La felicidad, en cambio, siempre será necesaria, vivir depende de eso; encontrarla es el reto, pero seguramente es posible en compañía de un amigo que se alía para entender su circunstancia y recordarle a Bruno su origen y prospectiva. En opinión del coautor de estas líneas, son cosas interesantes al fin...

lunes, 18 de julio de 2011

Con derecho de paseo

Había comido solo un taco de carnitas. La vista nublada, el caminar tembloroso, la expresión facial desconcertada. Todo luego de viajar más de medio días con escala técnica de unas horas por el lugar de su última residencia. El fin de semana que se dispuso tener se esfumó en cuanto una llamada de un personaje oscuro sonó en su celular. Lo requerían para aclarar cuentas de su primer empleo, más de un año después. Los imprevistos, sobre todo cuando se trata de trasladarse de una ciudad a otra, no le agradaban. Sin embargo, así amaneció en la provincia lluviosa donde nada se miraba claro, empezando por el cielo.

Al menos disfruto su desayuno en el marco idóneo para cualquier visitante a la capital de legado colonial, el del parque más grande, por donde muchos corrían y unos cuantos comían. Como él, en medio de la llovizna de aquellos momentos que lo sumieron en reflexiones sobre su regreso a la capital. Tenía apenas unas horas para resolver el problema, si es que lo era y regresar de prisa a desahogar los pendientes que le había dejado el medio año, sí, por entonces era el verano impredecible que traía malos recuerdos pero no dejaba de ser la oportunidad para realizar anhelos y olvidar agravios.

Ninguna persona parecía lo suficientemente importante en este momento como para robarle el pensamiento al caminar por los callejones y empedrados donde se perdían cien historias de relaciones personales. Ahora era él y su circunstancia, la de abordar un camión antes de las cuatro de la tarde y poder llegar antes de la media noche a su casa. Se dio tiempo para platicar francamente con algunos seres queridos e incluso gestionó en la medida de sus posibilidades. Igual lo persiguió el sentimiento de soledad de este tiempo. No cedió ni al terreno natal la maldita. Aunque a medida que se hacía costumbre, no le caía tan mal, de pronto se encontraba en la frontera entre la tristeza y el enojo que más bien producían seriedad. Y algunos ratos de reír como estúpido por cualquier cosa.

No había ilusiones inmediatas en la esfera personal ni desilusiones prontas en la esfera pública. Simplemente era la coyuntura, la de observar los rostros de cansancio y los cuerpos encorvados de fatiga, mientras el desánimo nacional y la apatía generalizada acendraban el carácter del hombre. Apenas era un jovencito con cuerpo de adulto y creía que podía caminar seguro por cualquier avenida, sin derecho de picaporte en los grandes edificios pero con derecho de paseo en los predios vacíos de su colonia.

domingo, 10 de julio de 2011

Ante la lluvia sobre su cabeza

Lo que él quería era que su amigo mostrara interés por protegerlo. El sentimiento que le producía Jesús era tan poderoso que las acciones de éste repercutían en su estado de ánimo, sobre todo si se trataba de asuntos de su amistad. Marcos, entusiasta joven que, sin embargo, exageraba de pretencioso, veía en aquél más que una amistad común. Se podría decir que era el hermano contemporáneo que no tuvo, el que se encontró en la preparatoria por circunstancias que sólo Dios sabe. Precisamente en esta etapa descubrió la valía de Jesús, su buena fe para ser amigo; lejano a apariencias que diluyen la sinceridad; solidario para escuchar y diligente. En realidad, no fue difícil quererlo y admitir la necesidad de contar con su persona para la vida entera.

Debido al carácter temperamental (aunque suene a pleonasmo) de Marcos, la relación no siempre fue tersa. Si algo lo cuestionaba acerca de la amistad como concepto y su eficacia práctica era la relación, más o menos contradictoria, entre reciprocidad e incondicionalidad. En sus diálogos que se tornaban monólogos ante la demasiada prudencia de Jesús, el más sensible de los dos divagaba entre lugares comunes para disimular las cosas que le entristecían o enojaban de su amigo. Así habían transcurrido cinco años desde que se conocieron. Durante los cuales habían compartido experiencias únicas. Las que sí sobrevivirían a cualquier diferencia que pudiera deshacer el lazo poderoso que en aquellos días parecía debilitado.

Los malentendidos son malos consejeros cuando se está melancólico. Aun así, las experiencias de los últimos días lo llenaban de impotencia, de unas ganas de llorar que se contenían en el pecho sin forma de desahogo. Marcos notaba que su amigo de siempre y, en prospectiva, de nunca, disfrutaba de la amistad de todos con notable interés. Pero de la suya más bien quedaba una rutina consistente en conversar en una faceta que sólo ellos conocían de sí mismos. La que no daba lugar a la simpleza convencional de los buenos ratos en que no hace falta profundizar en argumentos para reír y sentirse apreciado. Parecía ser que el tiempo desgastaba el lazo, o al menos eso pensaba uno de los dos. Del otro sólo he oído descripciones, pero a Marcos lo conozco bien. Sé que le acongoja y vaya que quiere a su amigo.

Llovía en la ciudad y aun cuando la gente festejaba en las calles, estar mojado sin poder llegar a su casa lo ponía más triste. Se sentía solo a pesar de estar acompañado, la paradoja de sus últimos meses. Se había molestado con Jesús por que éste no demostraba el ánimo que entregaba a sus otros amigos, más bien parecía ignorarlo en las cosas que lo apasionaban. En la calle, aun cuando tomó su mano y se la puso en sus cabellos empapados para hacerle ver su estado en busca de ese apoyo que no percibía, Jesús se limitó a decir una frase corta (de las que componían la mayoría de sus pláticas) y a secarse en el hombro de Marcos empapado por la lluvia. Ese fue el detonante de sus tristes líneas. Esa fue la razón para caer en cuestionamientos absurdos sobre la "amistad verdadera" porque seguramente no pasarían unos días para que volviese a insistir en su ayuda.

Tal era su necesidad de él, que no podía prolongar su enojo pero sí accedía, sin embargo, a sentirse bastante mal. A conmoverse al máximo por las actitudes de quien consideraba su hermano, no obstante, que en una de esas imágenes que llegaron del pasado olvidado, aparecían ambos en compañía de un amigo-maestro. Marcos había reclamado a Jesús el no haberle hecho caso cuando le indicó algo, comparando el caso con una orden que éste recibió de su hermano y, en cambio, sí cumplió de inmediato. Ante la atención del amigo experimentado, Jesús le respondió entre risas: "pues tú no eres mi hermano, Marcos".

Los sentimientos encontrados lo enfrentaban con su soledad. El gran cariño que sentía hacia su amigo no era correspondido, según el estado de ánimo de sus días. Las lágrimas por sus mejillas no eran suficientes para el desahogo, quedaban los remordimientos por saber si estaba en lo cierto, si las desatenciones y seriedades en verdad correspondían a un carácter inmutable (es decir, no te agobies porque soy así, así nací y así me moriré) o su tesis del desgaste de la amistad era más probable. Sobrevivir a esta clase de incertidumbre era un reto formidable, sólo deseaba no pensar, equilibrar sus sentimientos, valorar lo posible, olvidar lo imposible.

Transcurrir como una canción de piano que cuenta una historia de claroscuros en la que se entrecruzan felicidad y tristeza en una creación digna: lo que el llamaba "amistad familiar" porque no había descubierto una mejor forma de nombrar su relación con Jesús. El incondicional que ejercía esa influencia sobre él. Influencia a secas, sin ahondar en su naturaleza, tal como Jesús le planteó un día de su remota adolescencia.

lunes, 27 de junio de 2011

Ceremonial y sermonal

Recorriendo las calles del centro de la ciudad, encontró renovada la fachada de algunas casas que antes se veían demasiado viejas, si es que la vejez llega al punto de la demasía. A su paso por la catedral observó a los ancianos pidiendo limosna que se ubican en el atrio. Meditó un momento sobre el ocaso de la vida. Tenía una cita importante en la noche, una invitación a dirigir una ceremonia. Se había ganado fama como ceremonista y el título no le desagradaba, si bien consideraba los formalismos un desagradable ejercicio de empatía.

Desde la última vez, viajaba con la mentalidad de no hacerse expectativas de lo que se encontraría. Su nueva filosofía consistía en valorar, en todo caso, el factor sorpresa. De hecho, la espontaneidad había dado frutos recientemente en forma de recompensas inesperadas que sirvieron para hacer un poco más placentera la vida durante un breve tiempo. Aunque, a decir verdad, el dinero no robaba su vida, lo consideraba un mal necesario que, la mayoría de veces, sacaba lo peor de las personas. Precisamente, había acudido a ver a un rico para pedirle su ayuda en una causa justa, a sabiendas que la justicia es sinónimo de relatividad; máxime en personajes que se consideran justos a sí mismos.

Los protocolos ya no lo aburrían pero sí lo hacían reír inevitablemente. Razón para disimular en el saludo y la conversación; mostrando su propia, que no verdadera personalidad, de vez en vez. Así, la cena en honor de un grupo de artistas lo distrajo de la rutina diaria y aun lo motivó a dedicar un tiempo a cultivar alguna disciplina artística, consciente de sus limitaciones naturales que eran un aliciente más que un impedimento. Tuvo tiempo para reír, posar y bailar en medio del pequeño caos que genera la efervescencia por terminar un ciclo de vida.

Cierto es que el corazón no soporta, o al menos no mantiene cordura, cuando se desatan muchas emociones a la vez. Acostumbrado a la diplomacia provinciana, esperó alguna muestra de interés por parte de alguien pero las mujeres parecían más ocupadas en sus atuendos que en conocerlo. De antemano, desestimó cualquier posibilidad de regresar al mismo cuento de varios de sus años de adolescencia. Aquella era sólo la anécdota de una etapa inmadura que habría de servirle para advertir a otros incautos que, como él, habían dado demasiada importancia a una situación típica de la inexperiencia entre faldas y diademas. Con todo y eso, brindó y brindó su mejor actitud hacia la dama.

De más está mencionar que le hizo una invitación que ella no sólo rechazó, también ignoró y, si cabe la analogía, sepultó con la misma consideración de siempre; la plagada de buenas maneras y atenciones a su amistad, detalles superfluos de una desgastada historia de empecinamiento. A estas alturas de su vida no podía adjudicar culpas, más por congruencia que por voluntad. Le aburría analizar el desamor y su porqué. No era como un nihilista romántico pero sí como un idealista melancólico. La realidad absurda encontraba cauces razonables en su paraíso terrenal, prospectiva a la mano con tan sólo caminar por el zócalo o perderse en su pequeño pueblo.

La soledad ya le era común, sobraba leer tratados sobre tan elevado concepto, el más contradictorio de todos por acompañarnos siempre. Pensó en su otro yo, el que viviría en China o Madagascar. El que estaría, como él, filosofando acerca de los problemas atroces de su circunstancia y esperanzándose en la predestinación individual. Las ilusiones acerca de un futuro al lado de la niña que conoció cuando terminaba la secundaria se esfumaron hace tiempo, sólo quedaba la necedad. La misma de la que se despidió en el crepúsculo de viernes, cuando le señaló el retorno hacia el éxtasis de un grupo de graduados que bebían y bailaban fuera de sí.

A Jibrán le quedaba un largo camino por recorrer hacia su casa, lo único seguro que tenía en Beirut. Lo más preciado y, sin embargo, abandonado de su vida. Con ésta apenas se reencontraba, la volvía a apreciar luego de ser necio. Estaba dispuesto a honrarla todos los días hasta el fin del mundo... y eso es menos de dos años si nos asumimos profetas.



lunes, 30 de mayo de 2011

¡2° Aniversario!

Fenece mayo y con él los calores que fastidian. Se acerca el verano siempre refrescante y este espacio cumple dos años de ser vigía de la juvenil percepción acerca de distintos temas, más bien personales aunque siempre resultado de la interacción que su autor promueve como responsable. Recientemente, se han incluido a la plataforma inicial de su proyecto de largo aliento, las opiniones de jóvenes atenístas convencidos de que el cambio es posible si se construye desde la educación y la cultura. Este binomio virtuoso es el eje de acción de la Asociación Civil que constituirán en breve un grupo de amigos cuyos talentos son tan diversos como valiosos.

Cuando estudiaba la secundaria, en tercer grado, participé para formar parte de la sociedad de alumnos. En una reunión improvisada en la sala de juntas del plantel, cuyo prestigio venía dado por el nombre de un educador entusiasta: Moisés Sáenz, aprendí que formar equipo se logra con un llamado propositivo. Así que, enmedio de la confusión de mis compañeros, anuncié: "yo quiero proponer una planilla", y se me unieron nueve. Brevemente, sugerimos la denominación de nuestro equipo para representar a la comunidad estudiantil, se me hizo fácil decir: "Planilla Idealista Progresista". Poco después, una aguda compañera de lo que me gustaba llamar partido, me comentó que no convenía nombrarlo idealista porque los ideales suponen ideas irrealizables, así que propuso sustituir el adjetivo por ideológico, ya que me explicó que la ideología representa el rumbo de una nave, las coordenadas del lugar que se quiere descubrir.

El día de las elecciones, personal del Instituto Estatal Electoral de Oaxaca realizaron un ejercicio escolar de participación ciudadana, al efectuarlas con formalidad. Proporconaron las urnas y las boletas en las que estaban impresos los logotipos de las planillas. Además fungieron como funcionarios de casilla algunos compañeros. Ese día ganamos con una diferencia de más de trescientos votos de un total de setescientos veinte. Las responsabilidades que asumimos fueron un reto formidable para un grupo de adolescentes con competencias e intereses distintos a los que no precisamente les interesaba el servicio público como proyecto de vida. Durante casi un año, supe lo difícil que es acordar con las personas pero, sobretodo, la ardua labor que representa incitarlas a hacer algo en favor de sus semejantes, dejar su estado de conformismo y trabajar con ánimo por causas que valgan la pena.

Me siento afortunado de haber estudiado en escuelas públicas toda mi vida, aun actualmente curso la licenciatura en Política y Gestión Social en la Universidad Autónoma Metropolitana. Considero que me he formado en la trinchera más cercana a los problemas del país, he sido un observador de las relaciones sociales desde la escuela a todos sus niveles. Solía decepcionarme del estilo de enseñar de muchos maestros; por ejemplo, critiqué ferreamente la ineptitud de un "maestro" del mismo año que tuvimos nuestra primera experiencia cercana a la autoridad, el cual se limitaba a dictar cuestionarios que debíamos resolver con base en el libro de texto... Una monotonía catastrófica. Por ello, ahora disfruto problematizar con mis colegas en la Universidad bajo un modelo innovador que tiene su base en la visión constructivista de la educación. Simplemente hoy, acudí con mi equipo a la biblioteca del Colegio de México a investigar a Álvaro Obregón porque pretendemos analizar el proceso que lo llevó a la Presidencia de la República y la opinión que lo ubica como el último de los caudillos.

Conmemoro, después de un recuento que parecerá innecesario pero es imprescindible, un año más de este espacio, que de ahora en adelante abordará temas de interés público. No quiero expresar con ello que las entradas de Bruno no lo sean, sólo opino que interioriza mucho cuestiones de su vocación. Las que debe tratar a profundidad, arrojando aproximaciones para entender los fenómenos que, devocionalmente, observa. Sé de sus ganas de transformar una idea que se ha anquilosado en los discursos acerca de la modernidad y, sin embargo, sigue siendo pasión inherente a su persona: México; deseo que lo logre sin que los tiempos pinten sus cabellos de gris o de plano quede calvo, consciente de que hay cargos que cobran en términos capilares.

El otro día lo vi durmiendo en un jardín con una revista de análisis político que le cubría el rostro del sol. No quise despertarlo porque sé que el sueño es un privilegio del hombre de Estado y, para que no se preste a malinterpretaciones respeté la mayúscula. También sé que atender noticias de última hora y preocuparse por llegar a tiempo es vocación de servicio, que escuchar es el sentido más valioso y hablar prudentemente conlleva ganarse la confianza de la gente. Lo que no sé es si le interesa (pero me sorprendió la forma en que la miraba) aquella silla del primer piso del ala sur, cuando visitó los huesos de los héroes en un edificio bastante grande del centro de la ciudad. Sólo espero que no se olvide de la humildad como principio rector de la vida toda. Por y para ello, atesora seres a su alrededor que lo aconsejan sabiamente, además de hacerlo feliz con sólo sonreír...

lunes, 9 de mayo de 2011

Sin marcha atrás

Miles de personas se manifiestan en las principales avenidas de la gran ciudad hasta llegar a la Plaza de la Constitución, donde el estruendo de los cañones se transforma en un grito que acaba con la impotencia de todos los días. Yo me encuentro entre la multitud con mis tenis sucios y un periódico con el que intento cubrirme el rostro del sol inclemente, como inclemente es el gobierno que no quiere escuchar la voz de los jóvenes, pues por la muerte de varios de éstos es que da inicio la movilización. Así, cubierto de gente desconocida, en un mismo espíritu, y junto a escasos amigos que comparten conmigo banderas particulares de lucha, me acerco a la fecha que conmemora mi presencia en la capital del país. Ahora soy más maduro que ayer pero mucho menos que mañana.

Iniciaron las clases en la universidad y me motivó despertar antes de que se notara el alba, en esa semioscuridad que presagia un amanecer distinto. Es un día de esos que se respiran cuando uno todavía se talla los ojos para ver mejor. He caminado por distintas sendas para encontrarme en esta encrucijada. Cada que me subo a un autobús trato de dormir despierto para estar atento a cualquier imprevisto; cada que manejo una bicicleta observo detenidamente el movimiento a mi alrededor. Aun cuando camino de la forma más tranquila, aprovecho para relajar y, al mismo tiempo, agudizar mis sentidos. Disfruto estar en contacto con todo aquello que me brinda bienestar pero necesito convivir más con los problemas, sin inmiscuirme de lleno en ellos, para comprender mejor; por tratar de ver la vida como los que sufren verdaderamente, y no a quienes lastiman nimiedades.

Cuando hace un año busqué mi norte nunca imaginé que a pocas horas encontraría tanto tiempo para aprender de experiencias únicas, las que moldean el carácter de un hombre. Antes escuché varias veces y con base en las lecciones de escuela, que los gobernantes antiguos se educaron de acuerdo con su posición, recibieron las mejores lecciones para "gobernar". Nadie les preguntó qué querían ser, cuál era su propia vocación. Les fue impuesto un modo de vivir para honrar la tradición. En esto, estoy en busca de algún rebelde además del barón rampante. Yo vivía según estereotipos sociales típicos de nuestro tiempo. Me tragué la ficción de las imágenes y el movimiento excesivo alrededor de valores pasajeros como el dinero o la fama. Nunca más fui el mismo después de aquel día que cogí una mochila vieja y medio rota, empaqué lo indispensable y emprendí un recorrido aparentemente corto. El futuro ya llegó y como dice el ingenio popular (¿o familiar?) "hay que creérsela".

Conmovido luego de conocer la historia del líder social y a punto de expresarle una frase propia, el joven estudiante contuvo las ganas de llorar y sonrío confortado por la oportunidad de estar ahí. Apenas era el comienzo de la historia... su historia.

martes, 3 de mayo de 2011

Después de dormir y antes de despertar

Volteó a ver alrededor de él y no encontró un alma en la avenida ni en el parque adyacente. Apenas se había despedido de su amigo enfrente de la parada de autobús, cerca de dos librerías populares en el sur de la ciudad. Los últimos días el cielo estaba nublado pero dejaba pasar rayos de sol intensos que daban la impresión de estar en un lugar distinto a la urbe mugrosa de siempre, aunque el clima no sea razón suficiente para trasladarse a otro lugar imaginariamente. Así se sentía Esteban aquella mañana de mayo cuando acudió al tecnológico a escuchar al candidato de las izquierdas a la Presidencia de la República. La primera vez que lo vio fue en la inauguración de un museo donde se honra la bebida nacional; esa vez incluso brindó con él y los demás invitados. Ahora se sentía atraído no solamente a su figura, sino a la de los políticos que si no lograban, al menos intentaban ir más allá de la retórica convenenciera de siempre. Si algo lo entusiasmaba era conocer proyectos con base en la Ciencia y la Cultura, que fijaran las metas en el bienestar de todos y no en el de los simpatizantes o "achichincles" o "paleros"; por eso era idealista.

Esteban vivía nostálgico. Extrañaba todo, incluso lo que irremediablemente no podía volver a vivir o tener. A veces soñaba con que se encontraba en su secundaria, escapando de las maldades de sus compañeros, a punto de besar a la chica de la tez pálida y los ojos resplandecientes que alguna vez le dio un abrazo sincero como de conmiseración, cuando él se le declaró en una carta con ocasión de los buzones navideños. Despertaba confundido, como si el sueño hubiera acortado la distancia de aquellas vivencias, y éstas fueran recientes. Como cuando se mira hacia el pasado y se piensa que el tiempo ha transcurrido muy rápido. Ahora meditaba en ello, frente al pequeño espejo donde libraba a su cuello de navajazos con la rasuradora. La incipiente barba era cosa del pasado, ahora le crecía uniformemente, por lo que ya pensaba dejarse el bigote para impresionar a sus compañeras de universidad en el nuevo curso. Después de las vacaciones, le gustaba reaparecer diferente.

Se propuso llegar muy lejos pero apenas se hallaba bastante cerca. Le conflictuaba no dominar el idioma de uso común, por no decir corriente, a nivel global. Era amante de la cultura nacional y siempre que alguien hablaba mal de su país, se lanzaba a criticarlo con argumentos en contra de lo que llamaba "traición". Comprendía el descontento de la gente por la situación actual, o tal vez convivía con aquéllos que la habían pasado mal. Se preguntaba si los hijos de la clase rica compartían su visión de la realidad. Era difícil creer que desde un palacio se mirara igual que desde una choza. Entonces recordó que, cuando era niño, su padre le contó, en resumen, la historia de Buda. De cómo siendo noble desconocía la situación de sus semejantes, o acaso que las demás personas afuera de su palacio fueran eso: semejantes. Su empresa por vivir en la miseria con los pobres, los hambrientos, los necesitados. Un gobernante lejos de su pueblo no podía hacer nada, más allá de sus deseos personales. Por ello, a Esteban le gustaba platicar con la gente de cualquier estrato social, si es que los estratos imponían limitaciones. Le gustaba mostrar un lado amable que, a veces, no demostraba con sus seres queridos, quizá por la confianza que cedía ante los malos ratos en que estallaba por las injusticias que observaba impotente.

Había leído una novela que relata un Estado totalitario, donde lo peor de la trama no era la crueldad o inseguridad que padecían la gran mayoría, que no es redundante, de personas. No era la falta de recursos, la escasez de todo lo necesario para vivir cómodamente, tampoco la invasión de la intimidad que tenía a todos como esclavos de conciencia, sin capacidad de decidir; un mundo de autómatas pues. No, lo peor de esa circunstancia era la completa vaciedad, la falta de contenido de la vida diaria, la pérdida de sentido de la realidad cotidiana. En esas andaba cuando, por fin, se detuvo un taxi que lo llevaría al pequeño cuarto que rentaba entre las congestionadas vías terrestres de la ciudad. Abrió la puerta y encontró los objetos desordenados dándole la bienvenida; se sentó en su silla y dio una vuelta de trescientos sesenta grados para ver si despertaba de una buena vez. Estar dormido mientras se está despierto es una paradoja sólo posible en coyunturas como la suya. Se encontraba a doce meses de haberse dado de topes contra la pared, enmedio del tedio de su desocupación. Ahora, doblemente ocupado, sobrevivía a las decepciones y encaraba al fracaso con la fuerza que le daba transformar las vidas.

En ese proceso, no era suficiente soñar, por ello vencía a sus pesadillas despierto. Esteban tomaba pastillas que, si bien no aliviaban sus dolores, al menos controlaban su cansancio...