"...no olvides en qué terrible escuela estoy haciendo los deberes. Y aun siendo como soy, incompleto e imperfecto, aun así quizá tengas todavía mucho que ganar de mí. Viniste a mí para aprender el Placer de la Vida y el Placer del Arte. Acaso se me haya escogido para enseñarte algo que es mucho más maravilloso, el significado del dolor y su belleza". Oscar Wilde, De profundis.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Humanismo en el campo de batalla
viernes, 24 de febrero de 2012
Hotel boutique
Sobre todo con las mujeres jóvenes que siempre parecían frescas y despreocupadas; más bien entretenidas en pláticas sobre cualquier cosa; ajenas, eso sí, a las crisis existenciales de un sesentero promedio. En fin, ya no podía escapar de la rutina tragicómica de todos los días, sin embargo, podía tomar el lado amable de las cosas. Convivir para aprender, y aprender a convivir. En medio de las cavilaciones de una mente abrumada, que al mismo tiempo se sentía lo bastante vacía para encaminarse a recordar, levantó el teléfono, consciente de las implicaciones económicas, para hablar con alguien que le recordara algo de los momentos gratos que alguna vez había vivido.
Supo que saludaba a alguien que lo conocía bien y al mismo tiempo nunca había congeniado realmente con él. Su carácter era una especie de repelente para alguien con una soberbia muy bien guardada, que luego de algunos años se había tragado a fuerza de golpes. Así desahogó pormenores acerca de la escuela y el trabajo, jamás intimando más allá, puesto que parecía ver reducido al trato superficial ese recuerdo tangible.
Derivado de un asunto de esa índole: superficial, se acordó de que compartieron un momento bonito. Algo digno de recordarse más allá de un año después (a punto de cumplirse). A él lo habían premiado por sobresalir en alguna disciplina onírica, y junto con ella acudió a la cita del festejo. Sucedía en una de las calles más recónditas de su ciudad favorita, la que siempre confundía con la Europa más rancia que solo conocía por imágenes. Era un hotel boutique de nombre burgués. Comían platillos típicos en una atmósfera de soberbia notoria y vergüenzas restringidas. Así volvió a saborear en el paladar el sabor a una copa exquisita de agua de no sé qué. Era caminante designado ese día.
La convivencia se perdió entre su aferrado interés por encontrar algún interés en los interesados ojos de su compañía. ¡Vaya absurdo! Pero es que comenzaba a sentirse solo por esa época. De por sí no tenía un programa de salidas como la mayoría de los de su edad. Su vida le resultaba tan monótona ahora como para no sentirse mal cuando ella se desapareció enfrente de él con quien sí era su compromiso.
Abandonado en el centro de la ciudad, no tuvo más opción que caminar sin rumbo hasta que, por algún destino, llegó a recoger sus cosas al hotel donde se quedó en su propio pueblo. Así de extranjero empezaba a ser y ya era. Desplazado de la que había sido su tierra y sin encontrarse en ninguna parte. Después de todo no lo afectaba la polémica sobre su nacionalidad local como sí lo hacía la impotencia de conocer y estar con alguien que llenará sus anhelos en aquel momento.
El ejemplo de un hombre muy probablemente vacío en cuanto a sentimientos y afectos, que aparentaba muy bien ser el arquetipo de éxito en varios aspectos de la vida en sociedad actualmente. Se divertía con la psicosis colectiva de un concierto donde convergían, con mayor seguridad, toda clase de pensamientos. Como si la gente se olvidara de todos sus problemas, frustraciones, infortunios y un largo etcétera por al menos noventa minutos que valieron lo que cuesta mucho dinero. Hace tiempo que no disfrutaba un concierto con las características que observaba, más bien se había acostumbrado a la solemnidad de la música dedicada a una sola tradición y que cumplía fines de antemano conocidos.
¿Qué seguiría después de esa cita? Quién sabe. En realidad, preveía volver a su cuarto, cada vez más tirado, según comentaristas. Quizá se perdería nuevamente en los trascendidos del internet, que cobraba cada vez mayor importancia para su desolada vida. Lamentable era tener amigos e incluso mejores amigos de fotografía, pose, apariencia y enredo tecnológico.
Fuera de eso, era fácil mantener una relación del tipo: cinco horas a la semana por medio de una pantalla, cinco minutos a la semana en un encuentro personal. Que lo hastiaba la situación, sí. Que no se consideraba capaz de revertir el statu quo, también. Ya no después del fracaso de una noble empresa, que, con sus matices, había representado mucho para él.
Sabía que tendría que amanecer en algún momento. Sus ojos brillarían en el despertar de un nuevo día. Pero no creía que fuese pronto. No ahora que volteaba para donde fuera con tal de encontrar a alguien dispuesto a mirar las cosas más o menos con el mismo matiz, y sólo se daba de topes con cualquier pared. En serio se había tragado por completo la idea de que le hacía falta una novia, o en su defecto una amiga lo bastante cercana para compartir con ella escenas inolvidables.
Desistía de enfrentar la frialdad del mundo pero no tenía a dónde escapar. Quizá le quedaba el hotel caro, ese del que guardaba un buen recuerdo. La cuestión no era qué, dónde, cómo, por qué, para qué, simplemente con quién. Y eso nadie lo sabía.
domingo, 12 de febrero de 2012
Lo que el viento no se llevó
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
miércoles, 1 de febrero de 2012
El caballero desistente
viernes, 27 de enero de 2012
Para la libertad
miércoles, 18 de enero de 2012
Cayó granizo
miércoles, 11 de enero de 2012
Día de campo en la ciudad
El domicilio: en medio de las lomas, lugar impredecible para hacer día de campo entre semana. No importa que el viaje haya sido largo, proporcionalmente a las obras de segundos pisos y puentes subterráneos que le dan sazón a la ciudad. Llegué impuntual, como todo caballero nervioso que se empeña en llegar a tiempo. La compañía era indispensable para sortear el tortuoso juego de las relaciones públicas. Esas para las cuales no se toman clases, ni se aprende por teoría. Las obras viales llegaban hasta el corazón de la zona exclusiva por excelencia. No es que ya hubiéramos llegado al jardín que nos liberó del bochorno que generaban tantas personas hablando al mismo tiempo en la sala y comedor de una diplomática. Apenas nos hallábamos perdidos cerca de donde sabíamos que se presentaban los “hasta luego”. La mejor opción para llegar a ningún lugar o ser sorprendido por un golpe de suerte que acorta tiempos es cualquier taxi.
Parecía que soñaba la dama. No es por exagerar pero de lejos se notaban sus ilusiones. Digo de lejos, porque la vi desde que iba en el camión. Fue la única manera de subir a las lomas. Ningún taxi le hizo la parada a un forastero que se había puesto un traje a la fuerza. No le preocupaba tanto haber ensuciado sus zapatos nunca boleados o haber subido una talla que evidenciaba el ajuste del saco. No, su preocupación era sobrevivir al compromiso. Enfrentar con seriedad aquel contrato social que siempre había despreciado. Donde sucumbía la sinceridad al fingimiento ‘natural’ para cerrar tratos, aunque éstos fueran un simple saludo que llevaba a intercambiar tarjetas para futuras misiones. Estaba contento, por ello, de ir con alguien. Además, alguien que se preparaba para sortear las dificultades de la hipocresía institucionalizada, con una sensibilidad atípica. Se notaba que su carácter era idealista, porque no asimilaba la realidad y ya. Pensaba…
No estoy tan de acuerdo con la afirmación de que “todos pensamos”. Hoy en día parece que muchos escupen las mismas frases de siempre. No cuestionan más de lo que reciben, precisamente porque les cuesta trabajo dar. Tampoco se trata de caminar con el alma filantrópica por dondequiera que vamos (qué bueno fuera). Pero algunos exigimos un poco más de reflexión a los dilemas que nos impone la vida y sólo contadas ocasiones podemos llevar del monólogo diario al diálogo semanal, mensual, anual, o ya de plano lústrico. Volviendo a la fiesta (si es que en algún idioma las despedidas son fiestas), fue difícil soportar el protocolo de varios minutos sin poder hablar libremente o tomar de la tentadora copa en mi mano. Sin embargo, aún no soy tan rebelde como para ir en contra de convencionalismos sociales nuevos. He roto con los que me encasillaron mucho tiempo porque se habían convertido en hábito, pero eso de ir a aprender a comportarse en público con gentes de varios países no es nada fácil. Es cuando uno valora aquella frase: “adonde fueres has lo que vieres”.
Las ventanas que se podían ver desde el jardín hacían pensar en los amaneceres que podían tener lugar frente a esa hermosa barranca. Enseguida uno piensa en los costos de vivir ahí, desafortunadamente. Pero nadie puede matar la ilusión, porque en sí misma es momentánea, y lo mejor de la vida es disfrutar al máximo los momentos. No quiere decir que no sea importante planear, pero el diálogo que apenas iniciaba había partido de una premisa básica: “la espontaneidad es buena”. El argumento de autoridad que lo sostenía no se limitaba a la opinión de una prestigiada autora de ciencia política, se evidenciaba en la experiencia de los protagonistas de esta historia que estoy contando. Incluso lo llevaron a una práctica de campo en ese mismo momento. Iniciaron una plática con el embajador de un país controvertido. Bueno, se trata de una generalización, pero digamos que su líder se caracterizaba por una peculiar simpatía social. Así que aprovecharon para cuestionar, sin atender a las reglas formales de la diplomacia. Cómo sea, eran los más jóvenes en un evento que congregó a decenas de viejos, qué más daba. Dicen que se aprende más en la vida que en la escuela. Y empezaban a creérsela. Ahí, donde el tiempo se había detenido y el espacio, paradójicamente, se había ampliado. Será que el jardín se despejó…
De regreso al tránsito, discutieron sobre tantas cosas. Ameritaba continuar el coctel, pero el bullicio se había ido. Y cuando uno oye tantas voces parlotear presunciones, se anima a buscar la autenticidad. Pero el contexto ya era otro. Ahora seguía profundizar las opiniones. No imaginé que esa mujer fuera una experta en plantear situaciones límite: en las que uno se halla entre la espada y la pared y forzosamente tiene que decidir. Esto es lo peor, no estar enfrente del dilema como tener que escoger. Ahí era donde me detenía ahora, en la compleja situación de resolver los problemas. Luego de tanta plática, obviamente me interesaba conocer su visión de las cosas. La que difícilmente se podía rebatir, sencillamente porque buscaba “el punto medio”. A todo esto, un cielo rosado y un vino blanco contribuían a las conclusiones de su día. Estaba de por medio el futuro de un proyecto, pero sólo deseaba que el tiempo se prolongara. Nadie amaneció pensando que vivirían lo que ya se había convertido en una anécdota. Y es que uno tenía fama de anecdotario y ella escondía, detrás de esa sonrisa inconfundible, un interés inédito en comprender el porqué de las relaciones humanas. Ah, y el porqué se perdieron sus llaves…