De repente las notas de piano a lo lejos. El ambiente medio frío alimentado por el viento que sopla por la ventana. En medio del cuarto, yo. Sin mayores preocupaciones que las de antes. Más acostumbrado al ecosistema que me atrapó cuando recién salí de la prepa, para no dejarme ir más que en una ocasión. Planeando viajes me encuentro, pensando en la prospectiva que lleva meses en crisis. He dejado de confrontar un tanto el pasado, porque dejó de ser útil para el estado de cosas.
Hoy me levanto y no hay qué comer en el refrigerador. El café no es lo mismo si se toma solo. Así que decido dar un viaje por la colonia. Encontrarme con el bullicio del pequeño mercado que macabramente siempre tiene un montón de flores en exhibición enfrente de la calle principal por la que siempre hay tráfico. Avanzo al empedrado bonito. El único del barrio, dirá mi mejor amigo. Me tranquiliza recorrerlo, quizá porque me devuelve la prospectiva. Creo que sería bonito vivir aquí, cerca de una alberca donde nadar todas las mañanas.
Sin rumbo fijo, sin nada qué hacer, me doy una vuelta por el centro comercial del sur. Ese donde ha pasado de todo. Desde robo a mano armada hasta el asesinato del contador de un narcotraficante célebre. Me acerco a los aparadores a comprobar el consumo en masa. No puedo sustraerme del que exhibe unos trajes estilo italiano; combinaciones otoñales se acercan, de manera que no resulta raro ver la publicidad de una marca inaccesible para el 99.9% de mexicanos en la parada de autobús más cercana a mi casa. Aquí me encuentro de vez en cuando, pensando en nada fijo. Atrapado por el periférico.
Fui a desayunar con mi familia de esta ciudad ayer. Tuve que recorrer de ida y vuelta cuatro horas, como siempre. También como siempre, vale la pena abrazar a mi abuela, una mujer de 91 años, pura cepa mixteca; platicar de cualquier cosa con mis tíos. Convivir pues. El mundo ha olvidado el significado profundo del término; prefiere vivir y ya; o sobrevivir y ni modo. Pero yo sigo necio en eso, lo de convivir. Me he acostumbrado a estar más tiempo solo, más que antes. He podido apropiarme un tanto lo que dice mi amigo el del estado vecino, "yo disfruto mi soledad". Aunque definitivamente hay ocasiones que no lo valen.
Vuelvo al cuarto regado de libros, revistas, periódicos, ropa sin planchar... descanso. Allá afuera todo es un caos. Aquí por lo menos tengo un poco de privacidad. Me reencuentro. Analizo lo de siempre, la otra realidad; la de mi computadora. Me encuentro de frente con ella. La misma sonrisa de antes. Los mismos ojos que coquetean todo el tiempo pero advierten que no cederán jamás. Me concentro en otra cosa. Escribir un poco. Disipar las dudas mediante la música de fondo. Desear que sea diferente, que por fin sea diferente. Porque inevitablemente siempre amanece, pero no quiero repetir amaneceres.
Quién sabe cuánto tiempo me quede. En realidad, ¿quién lo sabe? Yo simplemente quiero convivir. Ojalá y no sea un grito sordo. Tal vez haga eco en alguna persona especial, como la de los ojos, pero dispuesta a mirarme sinceramente.
"...no olvides en qué terrible escuela estoy haciendo los deberes. Y aun siendo como soy, incompleto e imperfecto, aun así quizá tengas todavía mucho que ganar de mí. Viniste a mí para aprender el Placer de la Vida y el Placer del Arte. Acaso se me haya escogido para enseñarte algo que es mucho más maravilloso, el significado del dolor y su belleza". Oscar Wilde, De profundis.
domingo, 23 de septiembre de 2012
martes, 4 de septiembre de 2012
Atardecer
Anhelaba dedicarse a lo que apasionaba sus mañanas y decaía en sus noches. Sin embargo, no estaba tan claro qué era. De niño dijo alguna vez que quería ser piloto aviador del ejército, pero movido por el buen nivel de vida de una tía que lo consentía, comenzó a anunciar que dedicaría la vida a la medicina, con alguna especialidad en cirugía plástica. Ahora, en medio de la remodelación de la oficina burocrática donde se le iban ocho horas de vida de lunes a viernes, empezó a decir que quería ser marinero.
No se refería a los marineros que sobre todo en los últimos años se enfrentan a una amenaza para el país, como no ha dejado de decir el presidente que sale en la televisión. Más bien, hablaba de marinero como quien habla de alguien que vive cerca del mar y trabaja haciéndose a la mar. Alguien que debe de nadar muy bien para salir adelante en su lugar de residencia, que come con frecuencia pescado mientras observa atardeceres en HD. Pues bien, ese ideal de vida se veía lejos, pero no imposible para Pedro José.
Su juventud se le había ido en la turbulenta ciudad capital, lugar de todos sus encuentros. Ahí había conocido a Sebastián, compañero de la universidad, quien pronto se ganó su afecto a base de nada. Y es que en realidad su amistad había surgido del puro gusto de convivir. Si se mira bien, ellos no tenían mucho en común, provenían de latitudes lejanas y crecieron rodeados de ambientes diferentes, pero ahí estaba, un lazo que se había creado y fortalecido en apenas tres meses. Hoy, ese lazo era lo que llaman "historia antigua".
Mientras Pedro José se encargaba de la rutina diaria y poco hacía fuera de pensar mucho, el buen Sebastián se ocupaba de sus propios problemas pero con mayores horizontes de solución, con mayor nivel de goce, con más libertad. Sus diferencias no tuvieron un origen como tal, pero parece que la vida orilló a ambos a una especie de alienación, en la que cada uno buscó una manera lejos del otro para superarla. Se volvieron prescindibles, cuando ya no se entendían si no se llamaban hermanos. Es triste decirlo, pero así era.
Hoy tenían una cita con el destino. Quedaron de verse a eso de las seis. No es claro que sucedía en esa estación de tren. Era como si la chispa de siempre en los ojos de Sebastián pudiese romper de tajo cualquier pasado digno de no recordarse. Al fin, siempre fue el gesto sincero, la mirada limpia, la sonrisa amable, lo que llenó de espontaneidad su amistad. Y es que, hay que admitirlo, Pedro José quiso navegar por primera vez el día que conoció al capitán. Así le decían a Sebastián.
No se refería a los marineros que sobre todo en los últimos años se enfrentan a una amenaza para el país, como no ha dejado de decir el presidente que sale en la televisión. Más bien, hablaba de marinero como quien habla de alguien que vive cerca del mar y trabaja haciéndose a la mar. Alguien que debe de nadar muy bien para salir adelante en su lugar de residencia, que come con frecuencia pescado mientras observa atardeceres en HD. Pues bien, ese ideal de vida se veía lejos, pero no imposible para Pedro José.
Su juventud se le había ido en la turbulenta ciudad capital, lugar de todos sus encuentros. Ahí había conocido a Sebastián, compañero de la universidad, quien pronto se ganó su afecto a base de nada. Y es que en realidad su amistad había surgido del puro gusto de convivir. Si se mira bien, ellos no tenían mucho en común, provenían de latitudes lejanas y crecieron rodeados de ambientes diferentes, pero ahí estaba, un lazo que se había creado y fortalecido en apenas tres meses. Hoy, ese lazo era lo que llaman "historia antigua".
Mientras Pedro José se encargaba de la rutina diaria y poco hacía fuera de pensar mucho, el buen Sebastián se ocupaba de sus propios problemas pero con mayores horizontes de solución, con mayor nivel de goce, con más libertad. Sus diferencias no tuvieron un origen como tal, pero parece que la vida orilló a ambos a una especie de alienación, en la que cada uno buscó una manera lejos del otro para superarla. Se volvieron prescindibles, cuando ya no se entendían si no se llamaban hermanos. Es triste decirlo, pero así era.
Hoy tenían una cita con el destino. Quedaron de verse a eso de las seis. No es claro que sucedía en esa estación de tren. Era como si la chispa de siempre en los ojos de Sebastián pudiese romper de tajo cualquier pasado digno de no recordarse. Al fin, siempre fue el gesto sincero, la mirada limpia, la sonrisa amable, lo que llenó de espontaneidad su amistad. Y es que, hay que admitirlo, Pedro José quiso navegar por primera vez el día que conoció al capitán. Así le decían a Sebastián.
miércoles, 8 de agosto de 2012
A la mitad del camino
Mi vida no es un desperdicio. Al menos yo no la quiero ver así. Quizá esto sea suficiente para salir avante de momentos como éste, cuando parece que desvanezco en medio del vicio de ser individualista del mundo entero. Así también yo, adiestrado a sentirme mal por muchas cosas, difícilmente controlable por los instantes de felicidad que suceden cada vez dos semanas. Hoy escucho una canción nostálgica mientras recuerdo la tarde aquella, de pie enfrentados, con la llovizna ligera que dio paso al aguacero. Al lado de unos lavaderos deshechos por el uso; sin mucho qué decir de mi parte, sino más bien un cúmulo de tormentos absurdos dichos a manera de soliloquio.
El absurdo pasado no rige mi vida. Definitivamente ya no desde que el presente alargó su tiempo. Ahora se trata de cómo atrapar los instantes felices para hacerle frente a los momentos dolorosos. Entonces me doy cuenta que la respuesta la tuve apenas hace unos días, cuando en una reunión del más alto nivel para nuestro país, un hombre expresó esto: "el dolor es humano, pero muy humano; no obstante, el sufrimiento y la amargura, son opciones". Genial forma de definir la realidad de un montón de gente que avanza por el camino de la existencia y no se esfuerza por dejar una huella perdurable y eterna que la haga eludir a la muerte...
Se disipaba mi mente. La consciencia retornaba a su estado consciente. Sin ganas de besarla. Ya no sé dónde me sitúo. A la mitad del camino es muy optimista. Quizá esté avanzando más rápido. Estoy atrapado en el vaivén de situaciones que van calando una madurez cada vez más inmediata y no por ello completa. No sé qué pasará cuando me encuentre solo en este departamento. La necesidad de vivir acompañado se hizo necesaria, indispensable. Espero haber dado el salto. Aunque no sé si haya retorno. No sé si la realidad a la que esté a punto de ingresar sea 2013, 2014, 2015... Simplemente sé que se aproxima y no hay vuelta de hoja.
Ya en el futuro cruento, atrapado en este presente turbio o arrojado a los caprichos de un pasado imborrable, mi vida es ésta y ahí está... desenvolviéndose sin tapujos al escribir esto....
El absurdo pasado no rige mi vida. Definitivamente ya no desde que el presente alargó su tiempo. Ahora se trata de cómo atrapar los instantes felices para hacerle frente a los momentos dolorosos. Entonces me doy cuenta que la respuesta la tuve apenas hace unos días, cuando en una reunión del más alto nivel para nuestro país, un hombre expresó esto: "el dolor es humano, pero muy humano; no obstante, el sufrimiento y la amargura, son opciones". Genial forma de definir la realidad de un montón de gente que avanza por el camino de la existencia y no se esfuerza por dejar una huella perdurable y eterna que la haga eludir a la muerte...
Se disipaba mi mente. La consciencia retornaba a su estado consciente. Sin ganas de besarla. Ya no sé dónde me sitúo. A la mitad del camino es muy optimista. Quizá esté avanzando más rápido. Estoy atrapado en el vaivén de situaciones que van calando una madurez cada vez más inmediata y no por ello completa. No sé qué pasará cuando me encuentre solo en este departamento. La necesidad de vivir acompañado se hizo necesaria, indispensable. Espero haber dado el salto. Aunque no sé si haya retorno. No sé si la realidad a la que esté a punto de ingresar sea 2013, 2014, 2015... Simplemente sé que se aproxima y no hay vuelta de hoja.
Ya en el futuro cruento, atrapado en este presente turbio o arrojado a los caprichos de un pasado imborrable, mi vida es ésta y ahí está... desenvolviéndose sin tapujos al escribir esto....
viernes, 20 de julio de 2012
Desde Oaxaca
Es raro escribirlo así: "desde". Hasta hace unos años era mi "aquí y ahora"; ahora es mi destino turístico, algo por la familiaridad, otro poco por las posibilidades económicas. Vine a Oaxaca porque me dijeron que aquí vivían mis ancestros: hombres y mujeres esforzados que dejaron lo poco que tenían en busca de encontrarse a sí mismos. De aquí son mis abuelos paternos: Manuel y Carmen. Cuando eran jóvenes emigraron a la ciudad de México. Él a invitación de General Lázaro Cárdenas; ella a instancia de sus hermanas mayores. Yo no crecí donde ellos vivieron: la mixteca, los pueblos de Asunción Nochixtlán y Magdalena Yodocono Villa de Porfirio Díaz. Honestamente me hubiese gustado estar ahí, crecer en medio de los campos de trigo, esperando las fiestas del pueblo. Rodeado del ambiente sano de la provincia más provincia.
Hoy desperté en Oaxaca, apenas eran las seis de la mañana. Esas mañanas que en Oaxaca huelen a aire limpio. Dicho así nomás. Desayuné en casa, cobijado por mi madre. Mujer a quien el destino la trajo aquí. Sus raíces conocidas están en la ciudad de México. Descubrí los olores del campo, de esa región transparentísima que se llama Etla. Su queso fresco es su mejor sabor. Después del desayuno, el traslado de nuevo a la ciudad. La "verde antequera" luce menos verde pero de pie. Los conflictos sociales ceden pero nunca terminan. "Así es esto" dirá un taxista que ya no se lamenta por las constantes manifestaciones en forma de tomas de carreteras o marchas. Al menos ahora el Zócalo está despejado. Luce bien de cara a las fiestas grandes de este mes de julio. La Guelaguetza se aproxima.
Tengo que trabajar estos días. El trabajo es una gran bendición y un gran castigo. Como sea lo disfruto rodeado de personas en la misma condición. Descubro que cada quien asume sus responsabilidades de distinta manera. Hay quien se preocupa mucho, hay quien simplemente mira el tiempo pasar, como la puerta de Alcalá. Y no sólo el monumento que está en España, sino también el acceso al gran teatro de la ciudad de Oaxaca. Recinto de estilo francés, que se construyó durante el gobierno de don Porfirio Díaz (y aun así dicen que no hizo cosas buenas). Hablando de Europa, mi amigo Héctor regresó de por allá. Estuvo un año en Madrid y otras ciudades, descubriendo el primer mundo. Digo, por aquello de que es la vieja Europa, no precisamente por el nivel de vida. Siempre he pensado que eso de medirlo está muy difícil. Porque los servicios públicos no son el único indicador. Hay una parte espiritual que Oaxaca en bastante sacia.
Ayer ya no es hoy, tampoco mañana. Ayer me junté con él y Matus en un bar del centro histórico. Escuchamos la trova de un amigo en común. ¡Con qué sentimiento cantaba! Y nosotros ahí. Compartiendo en el tiempo y espacio los anhelos y frustraciones de una época que parece en fuga. De ahí fuimos a otro lugar a que ellos "palomearan"; apenas alcanzó para que Chepe entonara "Mañana de carnaval" en portugués, sonará hermosísimo un violín y se terminaran tres cervezas. Había que llegar a casa. La noche aquí empieza antes pero termina también antes. Ese correr de días que amanecen desde muy temprano es la más clara muestra de que vivir en Oaxaca no tiene desperdicio. Siempre he dicho (y si no ahora aprovecho) que lo mejor del día es despertar. Despabilarse y darse cuenta que se sigue con los pies en la tierra.
Observando la composición social de mi tierra, me doy cuenta que eso de las clases sociales que tanta lata dio a don Marx sigue vigente; muy vigente. La gente, partícipe o no de un grupo, se ha acostumbrado a vivir así; como si no hubiera mañana, como si se viviera sólo hoy, como si bastara con vivir bien por ahora, sin mirar alrededor a nadie. Algunos nos hemos rebelado frente a esa tiranía. No queremos que nos gobierne la mediocridad ni el egoísmo. Vivimos, de algún modo, entendiendo bien nuestro sitio en el mundo. A propósito, el otro día un señor se me acercó en el Zócalo y me predicó la palabra de Dios, como si yo fuera un extraño, como si necesitara escucharlo, como si no tuviera que esperar mi respuesta...
sábado, 7 de julio de 2012
Misterioso Serrat
"Yo no sé qué, qué las mató, el tiempo, la ausencia...
Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta...
Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas...
En un rincón, en un papel o en un cajón...
Como un ladrón te acechan detrás de la puerta...
Te tienen tan a su merced como hojas muertas...
Que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y...
Nos hacen que lloremos cuando, cuando nadie nos ve..."
Coartada la libertad, volver a aquellas épocas que vivimos felices debe
de ser más fácil. Aunque libres, muchas veces no volvemos a ese pasado por
temor de no avanzar en la idea del "progreso mejor". En cualquier
caso, un tiempo de rosas es el que podemos vivir cada mañana si nos lo
proponemos.
Si estamos dispuestos a coger el tren antes de que marche de la
estación.
sábado, 16 de junio de 2012
Cambio de época
Y amaneció como si hubiera pasado toda una época. No parecía verano ni tampoco invierno, pero era un hecho que ya no era primavera. El nublado cielo hacía ver una enorme carpa, sin fin, blanca. Debajo de ella nos encontrábamos nosotros, dispersos, lejanos, hasta indiferentes. Sé que no era por falta de voluntad, como por una inercia lamentable. La cual dejaba a su paso relaciones rotas y cercanías más falsas que una moneda de siete pesos. Aquí y ahora no cuestionaba los motivos particulares, como la fuerza ignota que orillaba a las personas a comportase de manera tal que se aproximaban más ser androides que humanos.
Los últimos días fueron de un sabor insípido, lejos de ser amargos. La concatenación de hechos pasados dejaron de ocupar su mente como antes. No absorbían ya todo el tiempo de su día a día, sino que aparecían repentinamente en ratos que sólo Dios sabe por qué existen, que si no existieran, posiblemente la vida sería más llevadera. Así, en prospectiva, vivir sería sinónimo de relajar. Relajar el cuerpo, la mente, el alma; y contagiar ese 'relajar' a los otros. Echar relajo sanamente, entiendo. No como cuando uno aprovecha cualquier oportunidad para reírse de los demás, sobre todo si éstos no están presentes, e incluso de uno mismo, claro, cuando se está de buen talante.
Conoció a una visitante formidable. Ocurrió en su escuela, que lo mismo era casa de estudios que centro de trabajo. Hasta ahí llegó procedente de una región sureña, que tenía en su nombre algo de jocoso y picante. Una mujer aguerrida, fuerte de convicciones, luchadora en sus propuestas, y sobre todo ¡Bella! Qué ojos, qué rictus tan delineado al estilo de una amazona medieval. Con ese porte encima, ¡cómo no va a dirigir un movimiento social! Tal vez el discurso feminista descalificaría mi opinión, pienso, en la medida que me siento atraído hacia ella físicamente y saco conclusiones sobre su carácter ponderando lo primero. No lo sé, pero algún viejo me dijo que "en política, lo que parece es". Y nadie que conozca a Camila puede negar sus dotes de política.
La conferencia, el mundillo al inicio y término de ella, la pregunta sesgada, la respuesta insabora, etc. Todo digno de un viernes social, de esos que se desean desde el lunes a las siete de la mañana cuando suena la alarma de mi celular. Y entonces, el sábado por la mañana parece otra época, y "si parece es" porque quien la vive es un político nato, aunque en formación académica. La introspectiva comienza, pues, da pie a escribir con prontitud. La queja interior vuelve por los desaciertos cometidos en mi etapa de enamoradizo chamaco. La fantasía de que pude (pudo) ser mejor. La insaciable idea de haber tomado otro camino. Los desagravios ofrecidos en tiempo y forma a la protagonista de mi historia de amor ficticio. Y como telón de fondo: una juventud incierta, reparada muchas veces por el amor incondicional de lo alto, pero latente en sus carencias afectivas de lo bajo (bueno, suena mejor: de este mundo que hoy amaneció lluvioso).
Nota al pie: Me faltó completar con que "lo social" del viernes termina cuando te mandan a repartir revistas por las ajetreadas calles de Polanco. Te das cuenta, entonces, que lo social está detrás de las vitrinas. El viernes, en cambio, está en dos hombres tirados sobre Homero (la calle desde luego), una ambulancia corriendo con su sirena a todo volumen, los curiosos rodeando a los heridos más por morbo que en auxilio, entre otras anécdotas que terminan cuando quien escribe esto se encontró a una ardilla afecta a la cámara, que posó sin reparo para la mía en un árbol cercano al Museo de Antropología.
domingo, 3 de junio de 2012
Cuando la primavera renace en mayo
A
Humberto Sanders, incondicionalmente
No fue un joven inmolándose como Mohamed Bouazizi –en
diciembre de 2010– en Sidi Bouzid, Túnez, lo que desencadenó el movimiento
juvenil que se fortalece en México previo a la elección presidencial. Fue la
visita de Enrique Peña Nieto a la Universidad Iberoamericana lo que prendió la
mecha y ahora ha sumado voluntades de protesta en varias ciudades del país. El
movimiento “Yo soy 132” une a estudiantes de universidades públicas y privadas con
intereses políticos, pero se asume apartidista desde el momento que fija su
lucha por la democratización del país y el empoderamiento ciudadano a partir de
la apertura y objetividad de los medios de comunicación con base en el derecho
de la sociedad a la información y a la libertad de
expresión.
La causa inicial fue lo que representa Peña: el PRI
de siempre; el que –como botón de muestra– dirige un señor que llamó porros a
estudiantes matriculados; el mismo que, como gobierno, ordenó usar la fuerza
pública en Atenco, actuación terrible por parte de la policía, de documentada
violencia física, psicológica y sexual. La protesta de la Ibero puso de relieve
la percepción que buen número de jóvenes tiene acerca de esa marca que han
intentado vendernos como en oferta: “el nuevo PRI”. Lo que parecía ser la ventaja
de la candidatura de Peña: su juventud, ha resultado contraproducente.
Tristemente célebres: el episodio de olvidar los tres libros que marcaron su
vida, trastabillando y evadiendo la pregunta en medio de intelectuales en la
Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no saber el precio de la canasta
básica justificándose en su sexo: “yo no soy la señora de la casa” o no saber a cuánto asciende el salario mínimo.
El enojo hacia él es también el enojo hacia los
poderes fácticos. Por ello la manifestación en contra de Peña convocada
para el 23 de mayo –por supuesto a través de las redes sociales– terminó
enfrente de Televisa Chapultepec. Entonces quedó claro que los reclamos se
desprendían del manejo tendencioso de la información por parte de los medios de
comunicación, que favorece el regreso del PRI a Los Pinos. Yo estuve ahí. Fui
porque me llenó de emoción ver a miles de mis coetáneos marchando por Reforma.
Caminé solo por la principal avenida de México, pero me sentía muy acompañado. Observé
la composición de esa manifestación y encontré una mezcla muy heterogénea, que
no obstante gritó al unísono en el momento culmine: ¡si hay imposición, habrá
revolución!
Es cierto que los poderes formales y fácticos se
aferran a sus privilegios. Recordemos que la enorme corrupción de una élite
gobernante autoritaria fue el germen de las revueltas sucedidas en Oriente
Medio. En México, los lujos que da el poder ofenden por igual; por ejemplo, los
paseos por el mundo de la hija del líder del sindicato de PEMEX acompañada de
sus perros, o las constantes apariciones públicas de Elba Esther Gordillo con
atuendos que superan los cien mil pesos. Tenemos otros motivos contundentes de
indignación. No sólo son la violencia y el desempleo como urgencias nacionales,
sino sus caras más cínicas: funcionarios que definen a decenas de miles de
muertos como daños colaterales, un presidente insensible que dice que no hay
alternativa a su guerra; gente sin qué comer, mientras un puñado goza la
riqueza de los presupuestos.
Se ha señalado que la juventud no tiene que ver con
una edad determinada, sino con una actitud frente a la vida. La actitud de mis compañeros
tiene que ver con un fin: la democracia, a través de un medio: el conocimiento.
También, la postura invita a sumarnos a todos los oprimidos; liberarnos de la
opresión es mucho más que idealismo, cobra vigor como programa. Punto en favor
del movimiento es que critica el voto nulo y el abstencionismo, ya que han
resultado ineficaces para llevar la agenda ciudadana a la arena política. Creo
que ciudadanizar será posible, pero
considero que se debe cuidar no confundir un propósito tan bello con politizar, refiriéndome con esto al
carácter coyuntural como surgió el “Yo soy 132”. Debemos revisar la
responsabilidad que hemos asumido en nuestra esfera diaria para dignificar
nuestra ciudadanía.
No se mira lejos 1968. En contextos y ante desafíos
distintos, las juventudes coinciden, en tanto que hay jóvenes viejos y viejos
jóvenes, como afirmó sabiamente Salvador Allende. Los últimos despiertan con
nosotros. La diversidad de esa época es, con mayores posibilidades, la de hoy. Nos
incita a hacer lo imposible. Es momento de que la conciencia social que anhelamos
propagar a todo el pueblo de México se asiente en tender puentes educativos
(como en la primer asamblea de “Yo soy 132”, a la que concurrieron alumnos de
54 instituciones), en vincular la ciencia y la tecnología con la gente y
difundir la cultura mexicana como esencia que nos hace parte de una sola
comunidad. Nosotros debemos ser los maestros de las nuevas generaciones, las
que lamentablemente carecen de educación básica de calidad y no leen con gusto
ni siquiera lo que por obligación escolar les toca.
Es tiempo de consolidar el cambio pensando más allá
del primero de julio. “Yo soy 132” plasma la idea de un número, en el que, paradójicamente,
cabemos todos. Reconstruir la nación, por lo visto, empieza por rejuvenecer. Juventud,
hoy más que nunca, no es sinónimo de inexperiencia, sino de impulso vital; de
ganas de transformar la realidad social de la mano del conocimiento universal.
Motivación constructora que anhela el porvenir justo de la patria. De nosotros
depende levantar un edificio de muchos pisos, y siguiendo a Enrique Dussel,
para ello “hay que cavar muy hondo el fundamento”. Creo que en el fondo de lo
que observamos como inédito en la vida nacional, se encuentra la añeja distinción
entre súbdito y ciudadano. Con la diferencia de que ya nadie quiere ser lo
primero.
Por Bruno Torres Carbajal. Estudiante de quinto
trimestre de la Licenciatura en Política y Gestión Social de la UAM Xochimilco.
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