lunes, 31 de diciembre de 2012

Al margen, el desapego


Había sido un día de locos. Amaneció temprano para él, como turista en su propia ciudad. Contaba con el asilo de personas valiosas. El tipo de personas que te brinda su ayuda desinteresadamente. En realidad, el mundo no estaba lleno de ese tipo de personas. Por ello, había resultado gratificante encontrarlas incluso más allá de esa ciudad tan suya a la distancia. Y es que había ido a una comunidad enclavada en la sierra sur del estado; un pueblo en la ladera de una montaña por la que pasaba la carretera que serpenteaba desde la capital del estado hasta el pueblo donde adoran una imagen —a decir de los creyentes, muy milagrosa— que sin embargo causaba la muerte de muchos de ellos al intentar llegar multitudinariamente a ese santuario.

Precisamente unos días antes de cuando se encontraba con las buenas personas, estuvo sentado a la orilla del río del pueblo donde pasó la mayor parte de estas vacaciones tan especiales. Estaba acompañado por un tipo único de personas que llenan la vida de todo cuanto mortal existe en el mundo. Y con ellos disfrutaba de esos momentos también tan únicos que de tan lento que transcurren se olvidan tan rápido al volver a la rutina feroz. Ahí vio a decenas de peregrinos que caminaban a la orilla del río, dirigiéndose con seguridad al santuario aquel, porque de otro modo no hubieran llevado a cuestas las imágenes del objeto de veneración.

Jamás había sufrido la nostalgia que sintió apenas unas horas después de haber dejado Sola. La verdad es que la expectativa enorme de encontrar un lugar desolado, se tornó sorpresa inaudita, gozo prolongado y tristeza pasajera. De por sí era un ser nostálgico, es algo que todo el mundo sabía, porque además se había empeñado en mostrarlo a los demás, como quien promociona un producto poco exitoso, sin comparar demasiado por supuesto. Así que aquella tarde, mientras volvía a la ciudad de sus ayeres, se encontró perpetuamente solo. Sin más que hacer que buscar ayuda del tipo de gente que te la brinda —lejos de entrar al dilema de si desinteresadamente o no—. Porque llega el momento en que la ayuda, más que llegar, se busca incesantemente, como por sistema. No es que sea deseable, que por la vida se deba andar produciendo lástima entre los demás; simplemente ocurre.

El día de mañana habrá olvidado muchas de las vivencias lamentadas. Como por ejemplo, que alguien bastante pobre le haya regalado cien pesos sin merecerlos ni necesitarlos. Como que alguien más le haya dado medicinas necesitándolas pero sin merecerlas, o como que alguien le haya hecho la vida feliz mucho tiempo, pese a que él siempre lo tachaba de ser muchas cosas que francamente no era, pero aparentaba muy bien, debido a su propensión, muy humana, de ser sincero en sus defectos. En todo esto, en el camino desgastado de encontrar defectos en el resto de las personas y no indagar lo suficiente, o mejor dicho, no observar lo suficiente en su interior, permanecía una chispa de nobleza. Porque en realidad quería ser una buena persona, pero sabía que eso no bastaba. La verdad era que de buenos deseos estaban llenos los panteones, como reza el refrán, pero también que incluso algunos ni siquiera llegaban a eso.

Últimamente sentía la necesidad de olvidarse de todo aquello. Dejar de clasificar entre buenos y malos; dejar la obsesión de distinguir entre la gente. Francamente no había llegado a nada bueno con tanta dependencia; elaborando tantas veces el buzón de quejas que, pese a ser oídas, no dejaban de ser quejas muy egoístas. Así que esa noche, aún en la casa de las buenas personas, recordó la frase sabia de quien había dado paso a sus días: “hay que fomentar el desapego”. Y no encontraba nada más sensato para proseguir con su vida, monótona o como fuera, pero su vida al fin de cuentas. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Soliloquio de camión

Viajando hacia Oaxaca ando. Vengo como quien viene  de ningún lugar, porque mi lugar en el mundo está encadenado a dos obligaciones que se han vuelto monótonas en mayor medida, y un lugar que de algún modo esclaviza, no es un lugar digno de recordarse. Por ello, en un ejercicio de libertad, salir de esa ciudad es volver a donde uno se encuentra consigo mismo, y eso ya es mucho decir.

No vengo caminando, tampoco volando. Vengo en una conjunción de ambas, trepado en un camión que deja mucho que desear por lo incómodo y por lo inodoro. Contemplo el verde cafesino paisaje de los alrededores que anuncia que me encuentro en una región que siempre me ha acompañado: la mixteca. Muchos de sus habitantes, posiblemente por su mayor proximidad con la ciudad de México, se han ido para allá. Dos de ellos fueron mis abuelos, uno fallecido en 2010, la otra con más de 90 años de vida a la fecha. Por eso yo soy oaxaqueño, porque mis raíces no están echadas ayer. La familia de mi padre, sabrá Dios cuánto tiempo ha vivido en estas tierras que, sin embargo, parecen muy lejanas para mí.

Yo crecí en la ciudad de Oaxaca y hacia allá me dirijo. Por decisión estratégica o porque no les quedaba de otra, mis papás llegaron a vivir a Oaxaca. Lo hicieron cuando yo tenía tres años y apenas conocía el mundo. De mi niñez más lejana no recuerdo mucho y me siento afortunado de no hacerlo. Pero lo importante es que ahí me quedé mucho tiempo, otra vez, por decisión de mis padres o porque no me quedaba de otra. Estudié desde preescolar hasta preparatoria en escuelas de la ciudad. Pero sabía que tarde o temprano tendría que volver a donde nací: la ciudad de México.

Hoy regreso como viajero infrecuente, tiene cinco meses que no estoy en Oaxaca. Lo hago gustoso pero además lo hago sin nada que perder.  Antes me dirigía pensando en agravios, en nostalgias, en pasados, y hoy lo hago como quien invierte en un proyecto totalmente nuevo. Algo, por así decirlo, como una apuesta. Ciertamente, no he dejado de lado mi interés en  mi estado.  Si no, no habría trabajado hasta ahora dos años y medio en su gobierno desde la capital. Ahí también he aprendido muchas cosas. He madurado aspectos de mi carácter que pensé, o no pensé, que cederían algún día. Por eso vuelvo con convicciones, las que tanta falta me hicieron en lo que yo defino como una adolescencia prolongada.

Regreso a Oaxaca como estudiante y como trabajador. Vuelvo convencido de que las adversidades se han apoderado de la mentalidad de la mayoría de la gente, no sólo aquí, sino en el mundo entero. Y por ello, vuelvo para mostrar un rostro diferente. Aquí, me detengo para señalar que no estoy dispuesto a cambiar el mío a cambio de nada. Lo auténtico llegó para quedarse. La falsedad está en el entorno, pero éste ya no afecta como lo hacía. Al contrario, me da ánimos, cobro bríos, para encarar sin titubeos cualquier dificultad. Por eso vine a Oaxaca, porque estoy seguro de que no soy el mismo. Ahora asumo todos mis errores y no le temo al triunfo. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pericia para subsistir

El ambiente que lo envolvía era el de una neblina no tan densa como para no ver, pero no tan ligera como para no tener que usar los faros. Y es que la navidad siempre venía acompañada de ese clima tan frío y llano. No estaba seguro de que fuera la navidad solamente, sino todo lo que de ella se decía antes y después de las fechas importantes. Porque todo giraba en torno a esas fechas, sin ellas no tendría sentido tomar vacaciones, comprar regalos y comer muchas cosas que no se comen en todo el año. Así que antes de navidad su panorama era algo gris. Lo que lo llevó a pensar que no sólo era por la navidad, en realidad era gris desde hacía ya bastante tiempo.

Rondaba por la avenida Álvaro Obregón, entre coches que rozaban sus piernas y sobre un asfalto remendado. Después de dos años era más pericioso, pero ello no significaba que tuviera más de una vida, toda vez que ésta casi se le va del cuerpo en su último viaje fuera de su 'hogar'. Reflexionaba entonces sobre sus posibilidades a futuro, al tiempo que hacía su balance final de año. 2012 había sido muchas cosas menos lo que se dice: un año axial, puesto que ése ya había sido 2011. Ahora reconocía los miles de momentos del presente como algo necesario pero ya. Nada nuevo en el curso de los hechos de los últimos meses. Ah... excepción era la amistad. Luego de años de reflexionar en torno a ella, discutir con mucha gente y huir de los momentos decepcionantes, se curó de espanto.

Entregaba revistas a domicilio como parte de sus obligaciones laborales. Pensaba, llegado a este punto, que de todos los oficios el de cartero le sentaba bien. Y es que pese al maltrato que recibía de no pocos, lo cierto es que le gustaba mucho eso de conocer calles en la ciudad de México. Era como si cada colonia tuviera sus escondrijos, lugares nunca antes vistos con todo y que pasaba por ellos desde hace tiempo. Además de que le gustaban los baños de sol, desde que su mamá en algún momento de su difícil adolescencia, le contó que de niño se los daba, porque pensaba que de ese modo crecería sano y fuerte. Claro que creció, pero aunque su condición no decía otra cosa, su mente siempre lo hacía sentir medio enfermo y débil.

Recibió tarde la invitación. Quizá después de todos los convidados al festejo. Era de esperarse luego de lo que se llama 'distanciamiento' con el amigo que conoció al entrar a la universidad. La verdad es que hace tiempo que las cosas no iban bien entre ellos. Después de decir varias o muchas veces que se querían y eran como hermanos, terminaron por tratarse con reserva. No mucha, pero en esto no es necesario el grado, el asunto es que se presente y... ¡bah! Ya sabemos que pasa cuando las personas empiezan a desconfiar. Nunca termina en algo bueno. Así que en ese paseo por la Roma y la Condesa, analizaba sus demás relaciones personales, para pensar si sucedía con alguien más lo de la reticencia. Encontró que no, pero con los demás la reticencia era algo ya supuesto. Es decir, no  pensaba en la posibilidad porque desde el principio la había asumido.

Apenas había pasado un día de que pasó la mañana en la universidad con lo que denominaba excelente compañía. Su padre había venido a la capital de visita y aprovechó para invitarlo a conocer su alma máter. Hizo extensiva la invitación a Edwards, su amigo de toda la vida. Ahora, conviene precisar a qué se refería con lo de "toda la vida". En efecto, no habían pasado más de seis años que se conocieron, pero el sentimiento que los unía era el de toda una vida. Antes había pensado en los factores que dieron pie a su amistad, pero seguía sin concluir cuáles fueron. De lo que estaba seguro es que difícilmente encontraría a otro amigo así. La sociedad de su tiempo no era la de antes, si es que la de antes es como algunos la describen. Se refería a que la gente actual era frívola, por decir lo menos. Muy indiferente por decirlo serio. Y no seguimos con decirlo de otra manera.

Antes de lamentarse otra vez en alguna circunstancia de la vida. Antes de pensar fatalmente en el porvenir, como si la neblina de ese camino que recorría justo ahora lo cubriera hasta no ver nada más, como aquella vez perdido en el bosque tragado por la ciudad, sin dinero y lleno de miedo, estaba la noción de que la amistad verdadera sí existe. Y no es tan perfecta como algunos idealistas piensan. Al contrario, suele ser complicada, con sus altibajos, como todo en esta existencia. Pero vale la pena tener un amigo así, alguien 'no como de' sino de-la-familia. Por ello, esa noche, luego de recibir la cancelación más reciente a un compromiso del tipo 'amistad', se acordó que no era la primera vez y por lo menos la navidad se veía muy cerca... de su hogar.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Libros, libros y más sueños

Los rayos de sol iluminaban la ventana amplia del autobús al que se había subido cinco horas antes. Se despabiló pronto para admirar el hermoso amanecer del Bajío, región ignota de paso a la Perla de Occidente. Sus pensamientos revoloteaban y no se encontraba en el comienzo de su trayecto, el primero que voluntariamente realizaba solo. Lo mismo entonces que cuando llegó a Guadalajara a media mañana. Como Dios le dio a entender trepó a un camión que lo llevaría al centro de la ciudad. Y eso de aceptar consejos de cualquier peatón no es precisamente lo más adecuado, aunque cuando se tiene como única referencia la búsqueda en Google maps, es la opción.

Una hora y muchas cuadras después llegó al hotel donde reservó (otra vez guiado por consejos de la red) una habitación económica. Su sorpresa fue encontrar algo que en otro contexto llamaban "cinco letras", y en vez de sucumbir a la clásica escena de darse un manotazo en la frente, decidió aceptar su cruel destino. Afortunadamente, para él desde luego, la terminal de la recepción no servía y puesto que no tenía donde caerse muerto además del mar de crédito, partió sin rumbo fijo pero con un olor que espantaba a tres metros de distancia. Subió a un camión, éste menos cómodo que el anterior, y supo que se encontraba en Guadalajara (qué tal si todo era un mal sueño) cuando un sujeto con aspecto raro, dicho así nomás, se subió a vender el escapulario de san Benito XIV, en súper oferta que regalaba la oración especial, obviamente del tal Benito. Era tan efectiva su oratoria confesional, que no solo vendió varios, sino que lo terminó convenciendo de que México es católico por gusto, no por necesidad.

No surtió efecto la bendición del XIV ése porque apenas dos cuadras más adelante el camión le voló el espejo a un taxi. Parecía escena de gallegos. Nadie se ponía de acuerdo, además de que no se entendía lo  que hablaban, y los pasajeros... peor que espectadores de un  juego de golf. Finalmente tuvo que bajar, como todos los demás, sin goce de reembolso de pasaje, y tomar el primer camión que dijera algo parecido a cerca, en un lugar desconocido. Llegado a este punto sí se dio el manotazo. Cuando por fin se cansó de pensar sin coherencia, notó que a su alrededor había edificios más viejos que por donde estaba el motel. Maleta al hombro y mochila a la espalda, ya no aguantaba nadar en sus propios jugos; así que optó por el despilfarro. No tenía alternativa. Era eso o perderse en algún lugar de mala muerte, que también los hay, ahí. Cuando vio que sobresalía el "Eco" después del nombre de un hotel con facha de caro, se metió sin dudarlo. Ya dentro no lamentó tanto pagar el doble de lo planeado. "Bañarse es un lujo", pensó.

Tenía tanta hambre que se imaginó sus comidas favoritas servidas en la misma mesa después de haber jugado (lo cierto es que hace tiempo ni corría) fútbol una tarde completa. Comió pozole como por deber moral. Aquí conviene enunciar que en cualquier relato la única verdad está dada por la máxima "barriga llena, corazón contento". Si no, todo el relato toma un rumbo distinto, sesgado por la falsedad de que la comida es algo accesorio. Pues hay lo tienen, perdido pero contento porque ya comió. Subiéndose a otro camión, mirando a cuanta tapatía se le cruza por el camino y de repente, ¡ahí está! ¡La FIL ahí está! Fue a la capital de las tortas ahogadas porque quería empaparse de la cultura del libro. Consecuencia, claro, de que se había convencido que los libros hacen mucho más que dejarse leer. Los libros transforman la vida de los seres humanos, la hacen noble, la dotan de significado, la determinan a cumplir sueños.

La escena magnífica, la gran entrada, la muchedumbre pululando. CHILE, se lee en el primer pabellón, el de bienvenida. La paradoja consiste en que el país invitado se convierte en el anfitrión de la máxima fiesta de letras de hispanoamérica. Y más adelante, las avenidas, las calles, los callejones y las plazas, la gran ciudad de los libros hermoseando lo que sin más es un galerón gigantesco. Luego de haber pensado que era mejor volver por el mismo camino por donde llegó (sobre todo en las primeras dos horas de su estadía) se dijo que había valido la pena. Fue a la sala de prensa, tomó del clásico café que de tan malo sabe sabroso. Anunció en su perfil (cómo no hacerlo) su buen estado físico y mejor mental, para luego presenciar algunos eventos. Hasta aquí, el narrador de este relato lo había acompañado con reservas. Es conocido el mal genio que tiene; dicen que a veces ni él se aguanta. Pero parecía muy contento, viendo libros, oliéndolos, tocándolos. En fin, su capacidad de asombro puesta a prueba cuando creyó haberlo visto todo horas antes, en el amanecer aquel que destellaba en sus pupilas cafés por entre sus párpados cansados.

Solo resta añadir que, ese mismo día, el pesimismo lo hubiera derrotado frente a un televisor o monitor, o un televisor que funciona como monitor. El optimismo lo hubiera llevado a imaginarse todo lo que estaba viviendo, pero solo a imaginárselo. Pero la realidad, mucho mejor que cualquier 'ismo', lo tenía ahí, ejercitando los párpados en las páginas de miles de sueños... que si te propones leer se hacen realidad.

martes, 20 de noviembre de 2012

Único

El recorrido en metro no era ninguna novedad. Todos los días lo tomaba de distintos puntos para dirigirse a dondequiera que el destino lo requiriera. Aunque el desdichado, generalmente solo lo llamaba a trabajar después de ir a la universidad, a donde se llegaba en camión.

Las últimas horas fueron de la efervescencia que resulta de verse envuelto en una decepción que pasa rápidamente a un estado de felicidad inaudito. Sobra contar la historia de qué y por qué. Lo importante en todo caso es señalar que se llevó nuevamente una gran lección de quien era su único amigo en el mundo. No porque no tuviera otros amigos, por supuesto que sí, pero su único amigo era su mejor amigo, quien le había demostrado en más de una ocasión que lo importante no es decirlo o, si se quiere, gritarlo a los cuatro vientos, sino realizar actos magnánimos en el trajín de la vida cotidiana. Eso sí que es difícil de lograr y vaya que lo conseguía guiado por quién sabe que fuerza de voluntad solo explicable de la mano divina.

Esa mañana caminó hasta la estética de la colonia para cortarse el pelo. Evidentemente no lo iba a hacer él, sino la mujer de rostro fino que con mucha calma usaba diestramente las tijeras en la maraña de cabellos que hacían ver su cabeza como un nido de pájaros. Pero no estaba. La esperó durante un rato y no apareció. Así que decidió marcharse al trabajo, qué más daba si llegaba temprano.

En el camino, comprobó una vez más que los camiones no son suficientes. Como si se tratara de una lata de sardinas, las personas se agolpan para entrar en los camiones verdes que circulan por el periférico de la ciudad. Ahí, encaramado en el último escalón apenas y se tiene sensación de ser humano. Más bien se piensa como un mueble insignificante siendo transportado hacia el inventario del que no ha de salir. Llegado a la estación es una libertad semejante a la de escapar de un reclusorio. Uno toma el aire de una bocanada y le sabe a agua, aunque evidentemente no lo sea, y quizá tampoco aire.

Ernesto se sumió en sus pensamientos cuando cruzaba por el monumento a los dos siglos de independencia de su país. Lo era porque ahí nació, ahí creció, pero sobre todo porque nunca había salido de ahí. Hasta donde había llegado no le habían requerido el pasaporte y mucho menos una visa. Así que se sabía condenado a pertenecer a esa identidad que no pidió pero que lo llenaba de orgullo, quizá por pura inercia colectiva. Cuando escuchó provenir de la plaza, al pie de lo que parece un multifamiliar de ardillas, el sonido de una cumbia sureña, se detuvo y observó a una especie de grupo alternativo, lo que sea que eso signifique, enfrente de él. Hasta había seguridad y toda la cosa dispuesta para un concierto. Apenas eran las dos de la tarde.

Ya no recordaba que había antes de que llegara la parafernalia de ese monumento sin sentido. Vagamente rondaba su mente la idea de una extensión del sucio paradero colindante, el de metro Chapultepec. Claro que no era nada significativo para haberlo olvidado tan pronto. Ahora se dirigía de regreso a casa en compañía de tres amigos del trabajo. Los tres con historias propias y seres queridos esperándolos en algún lugar del mundo. Las penas con burlas son menos, y ahí se encontraban riéndose de las situaciones baladíes de la vida a las que uno le otorga tanta importancia que llegado el punto de que se dejaron muy atrás, dan pie a que uno se dé de topes por haberse permitido semejantes frustraciones pasajeras.

En fin, algo así era la vida de Ernesto un día de invierno prematuro que nunca vio el otoño más allá de las lunas del mes anterior que le recordaron la verdad de vivir bajo el mismo telón que ella y él y ellos. Todos quienes hacían de su vida una calle de doble sentido, sin la que no tendría propósito vivir. Al menos no, tomando en cuenta que hace tiempo había dejado de creer en el tiempo lineal y se había aferrado a la teoría del tiempo cíclico. ¿En qué punto del círculo se encontraba? No lo sabía, pero al menos sí que la fórmula de seguir viviendo era igual a no dejar de creer en el amor incondicional entre amigos. Aunque a veces el ejemplo provenga de uno solo, el único, alguien que sí sabe aplicar la fórmula.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Otoñal

Al mediodía, pasadas las dos de la tarde, salió a caminar por la colonia. El mercado estaba como siempre, en cualquier temporada tenía vida propia. Pasó al local de mariscos y pidió un caldo, nada mejor para amainar el gélido ambiente que se apoderó de la ciudad hace unos días. Se hundió en sus pensamientos acerca del fin de semana, como intervalo de tiempo que acompañaba melancólicamente su vida desde que era niño. Pensaba si siempre, desde que tuvo uso de razón, había percibido los sábados y domingos como algo ajeno a la vida normal.

Apenas ayer recorrió toda la ciudad de sur a norte para ir con la familia. De buena gana comió con su ancestra, la más longeva persona con la que convive. Un tesoro de sabiduría que afortunadamente tiene el gusto de descubrir cada semana. Cuando viajaba por la ciudad se presentaban dos situaciones: podía leer de lo mejor; o podía dormir de lo mejor. En el primer caso, generalmente ocurría con novelas o cuentos, porque teoría lo que se dice teoría, no podía leer muy bien; en el segundo, se perdía al recargarse en la ventana. Lo arrullaba profundamente el motor de los camiones, a veces incluso la música estridente que, en cualquier género, acompañaba los recorridos diurnos o nocturnos.

Hace un año se encontraba en su tierra natal. Reconociendo los lugares emblemáticos del patrimonio cultural humano que se pierden entre las calles y callejones que convergen en las plazuelas únicas llenas de árboles centenarios. No recordaba si muy solo o no lo suficientemente acompañado, se perdió por esa ciudad tan suya. Hoy, al salir del mercado, extrañaba tanto esa tierra tan suya. También su casa, perdida en medio del campo a las afueras de la ciudad. En ese lugar llamado por alguna razón desconocida La Capellanía. Hace años no soportaba vivir por ahí y ahora lamentaba profundamente no poder respirar su aire, llenarse de su ambiente, caminar por los pastizales sin mucho arreglo, conviviendo con la fauna de cualquier campo-urbano.

La provincia y la capital, tan unidas desde siempre, hoy se encontraban más lejos que nunca. Llenas de vida a su manera, se perdían en el pensamiento turbulento que no lo dejaba comer en paz. Volvió a su solitario cuarto, pero ya no se sentía solo. Había dejado de lamentarse por el curso de los tiempos actuales en los que se ve al mejor amigo cada dos meses. En los que se pierden amigos en cada oportunidad que despreciamos de hacerlos, por estar ocupados en asuntos más importantes. Así las cosas, durmió largo rato, estudió, siguió estudiando y finalmente cenó un sándwich  Cada vez ganaba más práctica en la preparación de emparedados y, por lo que decían los demás, cada vez sabían mejor.

El  otoño cobraba bríos. La ciudad se vaciaba en mayor medida con el paso de los días. Por alguna razón, fuera de consideraciones vacacionales, esta época era de una convivencia desértica o por decirlo de otro modo, de convivencia muy escasa. Por eso soñaba con salir pronto, muy pronto, de los intestinos de esa capital. Quería salir corriendo a una capital muy occidental, lo suficiente, como para enamorarlo con su feria internacional del libro y con todo lo que conllevaría. Seguramente conocería personas nuevas y soñaba, entre ellas, conocer a una linda y especial tapatía. Una intelectual algo solitaria, como él, que acudiera a la fil con el mismo entusiasmo. Entonces, tal vez, en el pabellón dedicado a Chile, discutirían sobre Keret o Calvino, sobre el bochornoso episodio político del año pasado o sobre la música de Sabina y Serrat. Entonces, tal vez, en algún receso, se darían un beso enfrente de la Minerva.  

lunes, 22 de octubre de 2012

Aquello que nos diste

La gente corre, quiere apartar los mejores lugares que ya tiene. En pareja, sola, en grupo, en masa, se dirige a las varias entradas del recinto. Yo voy con la que me enseñó esta música; ni modo que no. Es la primera vez que veré al compositor de tantas fantasías, al poeta que por tantos años me ha inculcado la pasión por amar la música y con ello gran parte de la vida.

Ya en los asientos, la tensión aumenta hasta un punto de catarsis. Previamente, los cantantes que siempre abren un concierto hacen su mejor esfuerzo por dominar un coloso que poco a poco se va llenando. El foro sol, así le dicen, está al oriente de la ciudad de México. Llegar no fue difícil, pero sí costó. Para mí son cosas diferentes. Porque el metro siempre es una gran ventaja, pero correr para ser puntuales, con la escasa condición física de mi presente, fue un gran reto. Sabíamos, sin embargo, que empezaría tarde. La aparición estelar de Alejandro llegaría una hora después de la hora anunciada. El lugar común se cumpliría: La espera valió la pena. Pero siendo honestos, ¿cuál pena?

El efecto de luces inicial fue fantástico. La silueta de él cargando en la mano su guitarra por entre tres velas desapareció al momento que empezó con una canción del nuevo álbum, la que dice en una frase: "Miro mi reloj, el tiempo corre porque es un cobarde". Nada más cierto, pensaba, pienso, pensaré. El gritódromo a mi alrededor apenas me distrajo del escenario que sólo descuidaba para mirar a mi alrededor a las decenas de miles de personas que ahí estaban conmigo. Siempre peca uno de preciso con eso de "decenas de miles", aunque la cifra oficial haya sido 53 mil lo cierto es que en aquel tiempo y espacio uno piensa que el mundo entero lo acompaña.

Siguieron temas intercalados: los nuevos, los de siempre. Ambos magníficos. Y es que se pierde la objetividad al escribir sobre este suceso, porque este autor simplemente me ha enamorado de su música. Así, grité cuando tocó Labana, para dar pie a Quisiera ser; cerré los ojos e imaginé todo con Hay un universo de pequeñas cosas, sentí mi adolescencia con Me iré. Sin duda, no esperaba que un concierto fuera tan rápido y a la vez tan lento. Sumamente parsimonioso y, ¡de pronto!, intempestivo. El interludio, si se le puede llamar así, contó con un dueto, nada malo por cierto, que inicio con Lo ves, un tema que coreo como ferviente novio venido a menos desde que era niño, para dar pasó a Mientes, tema que no es ninguna declaración contra usted, lector, ni contra mí, de parte de mi alter ego escritor.

Los músicos en lo suyo, haciendo llorar a sus instrumentos, hasta el punto que uno no sabía si estaba con Sanz o en un concierto de Metallica. Mezcla insaciable de ritmos que contenía el firmamento de esta capital mientras un impertinente helicóptero que hacía pensar en la posibilidad de que un empresario o político poderoso se hubiera lucido con una dama, nos sobrevolaba sin hacer mucho ruido, o haciéndolo sin que se notara con tan sublimes notas. Entonces vino la introducción mágica: "Esta canción la escribí hace 15 minutos..." ¡Mi soledad y yo! Pero nada de eso en aquel momento, sentado junto a una chica que no dejaba de dar de gritos; canté a voz en cuello. Sabía que era un momento irrepetible. Momento cúmulo de momentos, justo ahora... en octubre, el día de la 'raza', a unos días de ser un año más viejo, nos descubrió que La música no se toca.

Mi marciana fue algo así como el último tema oficial, porque después vendrían los clásicos, a petición del "otra, otra", tan característico de esta región del planeta. Romantiquísimo tema, que me recordó a una marxiana que se está ganando mi corazón. Luego Ella (no la marciana, la canción) precedió el cierre con Amiga mía... Entonces fue cuando 15 años de mi vida pasaron delante de mis ojos. Y recordé a una amiga no tan mía, a la que le quedaba por completo la canción, claro, cantada por mí; porque de otro modo no creo que le quedase. Un concierto que duró dos horas casi exactas, minutos todos estos en los que me emocioné como hace mucho no lo hacía; como nunca, de la mano de un cantante, lo había hecho.

Finalmente, creo que todo lo anterior justifica y al mismo tiempo no justifica el uso de las cámaras de foto y vídeo en un concierto. Es como un intervalo en el que se suma y se resta al parámetro. Suena raro, ya sé, pero no se me ocurre otra cosa para señalar que el justo medio es vivirlo; la resta es no disfrutarlo tanto por estar con la toma; la suma viene dada por la imagen para la posteridad, que la hará forzosamente más inolvidable que el recuerdo llevado en el corazón. ¿Por qué esta conclusión? No sé. A lo mejor porque lo único que iba a concluir era una cita, el titular de la sección de espectáculos al día siguiente en el diario que acostumbro leer: SANZTÁSTICO. Y la verdad, qué gran definición de aquello que nos dio Alejandro Sanz.