domingo, 21 de abril de 2013

Orión en Iztapalapa

La pesadez del impuesto del trabajo recayó, como de costumbre, en fin de semana. Hace tiempo que el día sábado pasó a formar parte de la rutina semanal. En esta ocasión, se trataba de una misión difícil y es que en el trabajo es así. Sería fácil si rehusases el deber, pero lamentablemente eso provoca en tu entorno un ambiente tenso, y tú lo último que quieres es que la tensión se incremente. Ya es suficiente con que apenas y puedas doblar el cuello por los nervios endurecidos que reciben las situaciones álgidas.


De modo que pensé en involucrar a otros. Si apenas me doy abasto con las rutas ordinarias, imagínense ir desde el poniente hasta el oriente, sin tomar en cuenta el norte y el sur, pero sí sorteándolos. El domicilio es cómplice de la difícil tarea, suena a muy muy lejano: "Nebulosa de Orión". He leído, después de este viaje interestelar, que las nebulosas son lugares donde nacen las estrellas, aunque anteriormente designaban a cualquier galaxia. Orión es, por otra parte, el Cazador, un personaje de la mitología griega que se convirtió en héroe. Y la constelación, que no nebulosa, de Orión es una de las más importantes del universo. Pero la colonia donde se encuentra esta calle, no hace referencia a un lugar donde encontrar estrellas.


Convencí a tres amigos de embarcarse conmigo en el viaje. Uno de ellos nació, creció y vive en Iztapalapa, por lo que le pedí que fuera nuestro guía en un territorio ignoto para el resto. De Iztapalapa se dicen muchas cosas. En los hechos, es la delegación más poblada de la ciudad de México. Alguna vez fui a un concierto en su explanada delegacional, pero de eso a ir a la colonia Lomas de la Estancia, hay una gran distancia. Tan es así, que Fer, mi amigo iztapalapense, pensó más de dos veces en acompañarnos al lugar. Con todo y que él ya está curado de espanto. Pasamos por él a las nueve en punto de la noche cerca de Tezonco, una estación de la nueva línea del Metro. De ahí, abordamos un taxi confortable (yo creí que sería un misterioso bocho, y uno de nosotros viajaría en el espacio sin asiento). El taxista dejaba ver que también lo estaba pensando dos veces.



Un montón de calles después. Luego de haber subido, o mejor dicho, casi no subido, empinadas que hacían pensar que ese taxi iba a romper la ley de la gravedad, llegamos, o mejor dicho, no llegamos, al destino final. La calle estaba cerrada por una fiesta, y oportunamente el señor del taxi nos dijo que "ahí era". Ya en la cumbre, caminar juntos fue la primer reacción natural. Ante gente que te ve extrañada y casas con dobles protecciones, no tienes alternativa. Así, sucedió lo peor: llegamos a un callejón sin salida creyendo que "por ahí era". En lo más rudo de Iztapalapa no vale el GPS ni una impresión de GoogleMaps, eres tú, éramos nosotros, contra el mundo. Y seguimos una especie de instinto de sobrevivencia que nos guió, como Hamelín, a la nebulosa. Era música de banda, no de flauta, pero las dos provienen de alientos, que atraían a la gente a otro callejón sin salida.



San Mateo Yucutindoo es un municipio de la sierra sur de Oaxaca, que pertenece al distrito de Sola de Vega, famoso por su buen mezcal y música de chilenas. En esta cumbre, que asemeja a las de aquella sierra, aunque asfaltada casi por completo, se celebraba la reunión anual de los yucutindenses. Son muchos y se posesionaron de estas tierras agrestes desde hace por lo menos cincuenta años. Aquí viven paisanos de todas partes de Oaxaca, lo que se refleja en que el menú de cena no sólo son tamales de mole, como los que venden en el mercado de Etla, en los Valles Centrales, sino también pozole mixteco, el platillo que comieron mis ancestros en Nochixtlán y Yodocono. Aquí hay de todo y la banda es apenas el principio.


Conscientes de que teníamos que correr para alcanzar el Metro (sin éste somos nada), apuramos el paso. Bailamos con nuestra anfitriona, sí, los cuatro. Comimos, brindamos y pedimos ayuda para bajar a la Avenida Ermita. Pero antes, cada minuto fue épico, ver convivir a los paisanos me hizo trasladarme a un rincón oaxaqueño; bloqueando el exterior, el patio de esa casa en obra negra, ambientado por un grupo de cumbia, era una Guelaguetza. Un señor muy alto con traje blanco, botas vaqueras, marcando el paso a una señora teñida de rubia, que se dejaba llevar como si estuviera en un concurso de baile. El grupo de adolescentes bebiendo cerveza, comiendo el maíz con mole... ¡Gritando cuando suena Pinotepa!, y la gente zapatea, se alborota, se siente de un mismo pueblo, aunque haya decenas de orígenes estatales reunidos allí.


De regreso, un michoacano nos llevó en un mini-compacto que apenas y podía subir una de las empinadas; dos tuvimos que bajarnos para que casi nos atropellara y subiera la calle. Por entre las encerradas nos despedimos de ese México bronco, el que es una imagen viva entre quienes creen que el DF es un lugar inseguro y violento. Pero esta noche no. La luz de las estrellas, las que nacen en la Nebulosa de Orión, guiaba nuestro camino de regreso al Metro. Pasamos a dejar a Fer a su casa y quedando 15 minutos para las 12, corrimos a la estación más cercana, ya no Tezonco sino Periférico Oriente. Casi no nos dejan pasar cuando llegamos después de la medianoche; casi no nos dejan subir cuando abordamos el último tren; casi no iba gente en el vagón; y casi no regresamos a casa.



En el ir y venir de la vida, lo cotidiano a veces pierde el carácter de forzado, y remitiéndome a la novela que ahora leo: su peso. Cuando tienes amigos verdaderos, el impuesto más forzoso es, en realidad, la puerta a una aventura inolvidable. No sé qué hubiera pasado si ellos no me acompañasen. Pero estoy seguro que eso no sucedió. Lo que vale es haberlo vivido juntos. Porque a veces lo más difícil es en verdad lo más gratificante, incluso en otra galaxia.

domingo, 24 de marzo de 2013

Transiciones

El amigo se fue. Los amigos no se iban. Típico de un viernes por la madrugada cuando todo el mundo quiere desahogarse y se siente incomprendido porque todos quieren hacer lo mismo. Los caminos que tomaron los encontraron más de una vez en el ciclo de una sola vida. Pero las diferencias, marcadas en lo reciente, hicieron que Pepe, como lo llamaban sin razón aparente, se llamaba Alfredo, se parara de la mesa y aventara el vaso de refresco que Gustavo le había servido.

Alfredo no bebía. Nunca había tomado más de media cerveza obligatoria en ciertos eventos de carácter familiar. Y ahí lo tienen, no queriendo tomar refresco, porque por primera vez en su vida quería beber un whisky y ya no había. Claro, no por ello tenía que arrojarlo al piso, pero por alguna extraña razón lo hizo.

El enojo era algo que a Gustavo se le daba. Digamos que practicaba el enojarse. Tenía varios tipos de enojo, en algunos simplemente se hacía la víctima por detalles nimios; en otros, elaboraba una larga lista de pendientes ofensivos de mucha gente, dirigidos hacia un solo individuo, que por lo general era Pepe. Pocas veces había durado enojado más de un día. A menudo, al final terminaba llorando y pidiendo perdón por el chantaje emocional con el que forzaba las confundidas disculpas de su interlocutor.

Aquella madrugada simplemente no funcionó. Ni para uno ni para el otro. El conocido enojo elaborado de Gustavo topó con la pared de paciencia de Alfredo. Habían pasado cinco años desde que se conocieron, en una época en la que nadie creía seriamente en una amistad mutua. Y ahora, que se habían dicho de todo y sobrevivido al ejercicio de sinceridad, las cosas se tornaban álgidas. La prudencia no cupo en nadie. El uno arrojó el vaso, el otro no lloró, y siguió en su soliloquio de estúpidas razones para sentirse ofendido por no recibir su atención a la hora de leer un cuento del escritor afgano que tanto le gustaba.

Es cierto que mañana las cosas tomarán un rumbo diferente. Probablemente, el ofendido llorará en soledad por los agravios acumulados, y aprovechará para desahogar un poco la vergüenza de demostrar delante de los demás una maricona falta de autoestima. Quizá el paciente se irá para siempre de aquí, con la esperanza de volver a topar con alguien que le enseñe que amar no es difícil, sabiendo a quién amar, por supuesto. Porque la prueba de fuego es querer a quien no nos quiere. Y a veces enojarse todo el tiempo es demostrar una falta de cariño que de fondo existe. Es como poner en duda algo que está dado. No creer que se supone y no debe demostrarse. Es la amistad más grande del mundo, que continúa marcando el destino de la gente que se reconoce en los defectos ajenos y aprende de los errores propios.

El vaso se rompió, pero Pepe y Gustavo siguieron sobrellevando la ambigüedad de sus temperamentos.

miércoles, 9 de enero de 2013

Volver a Él

Después de un pasado de derrotas, me desahogué cuanto pude esa noche. La verdad es que no había triunfado sobre las tentaciones que cada día sucumbían sobre mí. Y es que eso de luchar contra el mal es muy difícil, por más que me lo propuse, una y otra vez volví a fallar. Mejor dicho, a fallarle. Porque la cosa no es que uno haga lo que quiera sin que pase nada. Siempre, nuestras decisiones tienen consecuencias. A fuerza de repetirse hay quien ve en esta frase una amenaza improbable. Algo que se dice para que eventualmente pienses dos veces las cosas, pero da igual. En la realidad, sucede que cuando nos equivocamos las consecuencias siempre son desagradables.

Así que, con el pecho a punto de estallar, decidí orar. Lo hice porque me queda claro que no existe algo así como una realidad alterna. Es decir, que no hay dos mundos, el real y el que queremos ver. Es un solo mundo y en él permanece una voluntad superior. Por ello, sí debemos pensar dos veces antes de hacer cosas que nuestra consciencia nos reprocha. Hay quien la decide evadir, pero los costos de no hacerle caso son altísimos. Lo digo por experiencia propia. Y recordando, en parte, esa experiencia, pero también oprimido por la culpa, esa noche me hinqué.

A Dios pedí perdón. Lo hice porque ya le debía muchas, aunque lo debería haber hecho así, sin más. No quería seguir acumulando ofensas contra él, luego de todas las bendiciones que me ha dado. Lo increíble fue que cuando estaba indeciso, minutos antes de hacerlo, la respuesta cayó del cielo. Vi en twitter que el pastor Fermín publicó un enlace a la transmisión en vivo del mensaje de la mitad de semana. Y es increíble que haya hablado de mi situación. Todo tenía que ver conmigo, con cómo me sentía por fallarle tan repetidamente a Dios; llenarme de tanta maldad con el paso del tiempo y aun así poder recibir gracia y misericordia de su parte.

Sigo sin entender, creo que nunca lo haré, la lógica de Dios. En el mundo, cuando haces algo malo debe pasarte algo malo, digo "debe" porque en ocasiones no ocurre nada. Pero en Dios, no importa tanto cuántas veces te portes mal, si tomas a tiempo la decisión de arrepentirte de lo malo que hiciste. 

El perdón es el mejor regalo que recibimos de parte de Dios. Saber que lo pasado se queda en el pasado y puedes comenzar otra vez. Esa noche, lleno de vaciedad, de una falta de propósito y sentido, con miedo y sin esperanza, pude descansar al hablar con Dios. Él sabía de antemano que lo haría, que lo buscaría porque lo necesito. Pero lo magnífico es que también quería que lo hiciera. Y ahí estoy yo pidiéndole perdón; y ahí está él diciéndome que la cuenta está saldada. Jesús la dejó pagada. Y a mí que me disgusta pagar la cuenta. 

Me invitó a comer a su mesa.

sábado, 5 de enero de 2013

Deshilvanado

Un nuevo año empezó para Mateo. Tan aletargado en el tiempo, se encontraba ahora tratando de disfrutar cada instante. Tarea nada fácil para quien generalmente se la pasaba como mirando hacia el infinito. Ahora lo recorría de cuerpo entero una especie de repudio por el tiempo. Deseaba que dejara de correr, se instalara frente a él, y de una vez por todas saldaran las cuentas pendientes. Porque después de 23 años y tantos agravios, no podían seguir viviendo en la indiferencia.

La reconoció sin verla. Apenas cuando entró en aquella casona abandonada a su suerte, en medio de un bosque venido a menos a causa de la tala clandestina. Pero ahí estaba ella como siempre, apacible, amable hasta en el más mínimo detalle. Y entonces platicó con ella. Lo hizo de todos los pendientes que el maldito tiempo se había llevado consigo corriendo. Descubrió el mismo temperamento que antes, pero con ese asterisco que indica: las personas no cambian, se ablandan. Así que escuchó detenidamente todas las actividades del aquí y ahora que llenaban la vida de una mujer que no perdía atractivo con el paso de los años. En cambio, cada vez mostraba más esa faceta tan linda y madura que lo entretenía tanto.

En la otra cara de la moneda, la de volver a la fatal rutina que esclaviza y en contra de la que había escrito ya más de un tratado, su situación parecía ir de igual a igual. Y eso es lo triste y decadente del asunto, que no pudiera ir, como los optimistas sueñan, de peor a mejor, o siquiera de mejor a peor, para tener una razón que echase todo por la borda, pero no, la cosa es que los días involucionaban con una especie de calma chicha personal, que lo mismo se perdía en callejones lúgubres que en medio de centros comerciales que lo absorbían por completo aun en la compañía más total; síntoma de un redescubrimiento pasajero, pero de un vuelo que no iba a ningún lado.

Volviendo a la realidad concreta, la de buscar otro lugar donde vivir, uno mejorado en algún aspecto, la tarde se desvaneció. Perdido en alguna calle de una colonia del todo perdida en la gran ciudad, se resfrió nuevamente. Era terrible pensar en recaer. La última vez lo llevó a un lento y prolongado sufrimiento de varios días. Bueno, quizá exagero. Pero él se quejaba mucho de esa situación, lo que empeoraba las cosas. Y es que quejarse siempre lo empeora todo. Aun cuando las quejas sean legítimas. El problema no está en esto, sino en que desgastan en extremo. Llevado por esa lógica, no se quejó de la calle algo insegura donde se ubicaba el nuevo hogar.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Al margen, el desapego


Había sido un día de locos. Amaneció temprano para él, como turista en su propia ciudad. Contaba con el asilo de personas valiosas. El tipo de personas que te brinda su ayuda desinteresadamente. En realidad, el mundo no estaba lleno de ese tipo de personas. Por ello, había resultado gratificante encontrarlas incluso más allá de esa ciudad tan suya a la distancia. Y es que había ido a una comunidad enclavada en la sierra sur del estado; un pueblo en la ladera de una montaña por la que pasaba la carretera que serpenteaba desde la capital del estado hasta el pueblo donde adoran una imagen —a decir de los creyentes, muy milagrosa— que sin embargo causaba la muerte de muchos de ellos al intentar llegar multitudinariamente a ese santuario.

Precisamente unos días antes de cuando se encontraba con las buenas personas, estuvo sentado a la orilla del río del pueblo donde pasó la mayor parte de estas vacaciones tan especiales. Estaba acompañado por un tipo único de personas que llenan la vida de todo cuanto mortal existe en el mundo. Y con ellos disfrutaba de esos momentos también tan únicos que de tan lento que transcurren se olvidan tan rápido al volver a la rutina feroz. Ahí vio a decenas de peregrinos que caminaban a la orilla del río, dirigiéndose con seguridad al santuario aquel, porque de otro modo no hubieran llevado a cuestas las imágenes del objeto de veneración.

Jamás había sufrido la nostalgia que sintió apenas unas horas después de haber dejado Sola. La verdad es que la expectativa enorme de encontrar un lugar desolado, se tornó sorpresa inaudita, gozo prolongado y tristeza pasajera. De por sí era un ser nostálgico, es algo que todo el mundo sabía, porque además se había empeñado en mostrarlo a los demás, como quien promociona un producto poco exitoso, sin comparar demasiado por supuesto. Así que aquella tarde, mientras volvía a la ciudad de sus ayeres, se encontró perpetuamente solo. Sin más que hacer que buscar ayuda del tipo de gente que te la brinda —lejos de entrar al dilema de si desinteresadamente o no—. Porque llega el momento en que la ayuda, más que llegar, se busca incesantemente, como por sistema. No es que sea deseable, que por la vida se deba andar produciendo lástima entre los demás; simplemente ocurre.

El día de mañana habrá olvidado muchas de las vivencias lamentadas. Como por ejemplo, que alguien bastante pobre le haya regalado cien pesos sin merecerlos ni necesitarlos. Como que alguien más le haya dado medicinas necesitándolas pero sin merecerlas, o como que alguien le haya hecho la vida feliz mucho tiempo, pese a que él siempre lo tachaba de ser muchas cosas que francamente no era, pero aparentaba muy bien, debido a su propensión, muy humana, de ser sincero en sus defectos. En todo esto, en el camino desgastado de encontrar defectos en el resto de las personas y no indagar lo suficiente, o mejor dicho, no observar lo suficiente en su interior, permanecía una chispa de nobleza. Porque en realidad quería ser una buena persona, pero sabía que eso no bastaba. La verdad era que de buenos deseos estaban llenos los panteones, como reza el refrán, pero también que incluso algunos ni siquiera llegaban a eso.

Últimamente sentía la necesidad de olvidarse de todo aquello. Dejar de clasificar entre buenos y malos; dejar la obsesión de distinguir entre la gente. Francamente no había llegado a nada bueno con tanta dependencia; elaborando tantas veces el buzón de quejas que, pese a ser oídas, no dejaban de ser quejas muy egoístas. Así que esa noche, aún en la casa de las buenas personas, recordó la frase sabia de quien había dado paso a sus días: “hay que fomentar el desapego”. Y no encontraba nada más sensato para proseguir con su vida, monótona o como fuera, pero su vida al fin de cuentas. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Soliloquio de camión

Viajando hacia Oaxaca ando. Vengo como quien viene  de ningún lugar, porque mi lugar en el mundo está encadenado a dos obligaciones que se han vuelto monótonas en mayor medida, y un lugar que de algún modo esclaviza, no es un lugar digno de recordarse. Por ello, en un ejercicio de libertad, salir de esa ciudad es volver a donde uno se encuentra consigo mismo, y eso ya es mucho decir.

No vengo caminando, tampoco volando. Vengo en una conjunción de ambas, trepado en un camión que deja mucho que desear por lo incómodo y por lo inodoro. Contemplo el verde cafesino paisaje de los alrededores que anuncia que me encuentro en una región que siempre me ha acompañado: la mixteca. Muchos de sus habitantes, posiblemente por su mayor proximidad con la ciudad de México, se han ido para allá. Dos de ellos fueron mis abuelos, uno fallecido en 2010, la otra con más de 90 años de vida a la fecha. Por eso yo soy oaxaqueño, porque mis raíces no están echadas ayer. La familia de mi padre, sabrá Dios cuánto tiempo ha vivido en estas tierras que, sin embargo, parecen muy lejanas para mí.

Yo crecí en la ciudad de Oaxaca y hacia allá me dirijo. Por decisión estratégica o porque no les quedaba de otra, mis papás llegaron a vivir a Oaxaca. Lo hicieron cuando yo tenía tres años y apenas conocía el mundo. De mi niñez más lejana no recuerdo mucho y me siento afortunado de no hacerlo. Pero lo importante es que ahí me quedé mucho tiempo, otra vez, por decisión de mis padres o porque no me quedaba de otra. Estudié desde preescolar hasta preparatoria en escuelas de la ciudad. Pero sabía que tarde o temprano tendría que volver a donde nací: la ciudad de México.

Hoy regreso como viajero infrecuente, tiene cinco meses que no estoy en Oaxaca. Lo hago gustoso pero además lo hago sin nada que perder.  Antes me dirigía pensando en agravios, en nostalgias, en pasados, y hoy lo hago como quien invierte en un proyecto totalmente nuevo. Algo, por así decirlo, como una apuesta. Ciertamente, no he dejado de lado mi interés en  mi estado.  Si no, no habría trabajado hasta ahora dos años y medio en su gobierno desde la capital. Ahí también he aprendido muchas cosas. He madurado aspectos de mi carácter que pensé, o no pensé, que cederían algún día. Por eso vuelvo con convicciones, las que tanta falta me hicieron en lo que yo defino como una adolescencia prolongada.

Regreso a Oaxaca como estudiante y como trabajador. Vuelvo convencido de que las adversidades se han apoderado de la mentalidad de la mayoría de la gente, no sólo aquí, sino en el mundo entero. Y por ello, vuelvo para mostrar un rostro diferente. Aquí, me detengo para señalar que no estoy dispuesto a cambiar el mío a cambio de nada. Lo auténtico llegó para quedarse. La falsedad está en el entorno, pero éste ya no afecta como lo hacía. Al contrario, me da ánimos, cobro bríos, para encarar sin titubeos cualquier dificultad. Por eso vine a Oaxaca, porque estoy seguro de que no soy el mismo. Ahora asumo todos mis errores y no le temo al triunfo. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pericia para subsistir

El ambiente que lo envolvía era el de una neblina no tan densa como para no ver, pero no tan ligera como para no tener que usar los faros. Y es que la navidad siempre venía acompañada de ese clima tan frío y llano. No estaba seguro de que fuera la navidad solamente, sino todo lo que de ella se decía antes y después de las fechas importantes. Porque todo giraba en torno a esas fechas, sin ellas no tendría sentido tomar vacaciones, comprar regalos y comer muchas cosas que no se comen en todo el año. Así que antes de navidad su panorama era algo gris. Lo que lo llevó a pensar que no sólo era por la navidad, en realidad era gris desde hacía ya bastante tiempo.

Rondaba por la avenida Álvaro Obregón, entre coches que rozaban sus piernas y sobre un asfalto remendado. Después de dos años era más pericioso, pero ello no significaba que tuviera más de una vida, toda vez que ésta casi se le va del cuerpo en su último viaje fuera de su 'hogar'. Reflexionaba entonces sobre sus posibilidades a futuro, al tiempo que hacía su balance final de año. 2012 había sido muchas cosas menos lo que se dice: un año axial, puesto que ése ya había sido 2011. Ahora reconocía los miles de momentos del presente como algo necesario pero ya. Nada nuevo en el curso de los hechos de los últimos meses. Ah... excepción era la amistad. Luego de años de reflexionar en torno a ella, discutir con mucha gente y huir de los momentos decepcionantes, se curó de espanto.

Entregaba revistas a domicilio como parte de sus obligaciones laborales. Pensaba, llegado a este punto, que de todos los oficios el de cartero le sentaba bien. Y es que pese al maltrato que recibía de no pocos, lo cierto es que le gustaba mucho eso de conocer calles en la ciudad de México. Era como si cada colonia tuviera sus escondrijos, lugares nunca antes vistos con todo y que pasaba por ellos desde hace tiempo. Además de que le gustaban los baños de sol, desde que su mamá en algún momento de su difícil adolescencia, le contó que de niño se los daba, porque pensaba que de ese modo crecería sano y fuerte. Claro que creció, pero aunque su condición no decía otra cosa, su mente siempre lo hacía sentir medio enfermo y débil.

Recibió tarde la invitación. Quizá después de todos los convidados al festejo. Era de esperarse luego de lo que se llama 'distanciamiento' con el amigo que conoció al entrar a la universidad. La verdad es que hace tiempo que las cosas no iban bien entre ellos. Después de decir varias o muchas veces que se querían y eran como hermanos, terminaron por tratarse con reserva. No mucha, pero en esto no es necesario el grado, el asunto es que se presente y... ¡bah! Ya sabemos que pasa cuando las personas empiezan a desconfiar. Nunca termina en algo bueno. Así que en ese paseo por la Roma y la Condesa, analizaba sus demás relaciones personales, para pensar si sucedía con alguien más lo de la reticencia. Encontró que no, pero con los demás la reticencia era algo ya supuesto. Es decir, no  pensaba en la posibilidad porque desde el principio la había asumido.

Apenas había pasado un día de que pasó la mañana en la universidad con lo que denominaba excelente compañía. Su padre había venido a la capital de visita y aprovechó para invitarlo a conocer su alma máter. Hizo extensiva la invitación a Edwards, su amigo de toda la vida. Ahora, conviene precisar a qué se refería con lo de "toda la vida". En efecto, no habían pasado más de seis años que se conocieron, pero el sentimiento que los unía era el de toda una vida. Antes había pensado en los factores que dieron pie a su amistad, pero seguía sin concluir cuáles fueron. De lo que estaba seguro es que difícilmente encontraría a otro amigo así. La sociedad de su tiempo no era la de antes, si es que la de antes es como algunos la describen. Se refería a que la gente actual era frívola, por decir lo menos. Muy indiferente por decirlo serio. Y no seguimos con decirlo de otra manera.

Antes de lamentarse otra vez en alguna circunstancia de la vida. Antes de pensar fatalmente en el porvenir, como si la neblina de ese camino que recorría justo ahora lo cubriera hasta no ver nada más, como aquella vez perdido en el bosque tragado por la ciudad, sin dinero y lleno de miedo, estaba la noción de que la amistad verdadera sí existe. Y no es tan perfecta como algunos idealistas piensan. Al contrario, suele ser complicada, con sus altibajos, como todo en esta existencia. Pero vale la pena tener un amigo así, alguien 'no como de' sino de-la-familia. Por ello, esa noche, luego de recibir la cancelación más reciente a un compromiso del tipo 'amistad', se acordó que no era la primera vez y por lo menos la navidad se veía muy cerca... de su hogar.