sábado, 29 de noviembre de 2014

Apuntes para un ensayo sobre la soledad


La ciencia ficción se relaciona con un futuro imprevisto. El futuro como realidad no necesariamente es mejor, pero puede ser sorpresivo e interesante. En parte estas afirmaciones se reflejan en “Her”, película de 2014 que presenta un mundo en donde las personas necesitan contar con alguien que no es necesariamente un ser humano, puede ser y de hecho es un sistema inteligente. Esa necesidad es también una dificultad: ya casi no pueden relacionarse entre ellas.

El solipsismo se apodera del alma de las personas. La soledad es un rasgo que distingue a la raza humana. Todos se han sentido al menos una vez solos. Y esa soledad puede llevarnos a hacer hazañas o puede sumirnos en una profunda tristeza. Algunos no se levantan de ésta hasta que deciden tirarse al precipicio por una ventana.

En la primera escena, Theodore Twombly escribe una carta de Loreta para Chris, dos desconocidos. Él trabaja para la empresa “Bellas Cartas Escritas a Mano”, paradójicamente no se escriben a mano, pero la tecnología les da un diseño increíble que las asemeja a cartas que se escribieron con mucho cuidado durante mucho tiempo por alguien que pensó cada palabra para hacer sentir bien a su receptor.

En una futurista Los Ángeles, las personas caminan escuchando y hablando con sus chicharos, una especie de audífonos y micrófonos diminutos que les permiten interactuar con computadoras con un sistema de inteligencia artificial avanzado. Cuando llega a su casa Theodore juega en tercera dimensión, se divierte moviendo los dedos mecánicamente, pero al final se fastidia y se tira en el sillón con el enfado de alguien que no encuentra qué hacer para sentirse bien.

Más adelante, Theodore conocerá al primer sistema operativo artificial con dotes reales de consciencia. Le pregunta cómo se llama, y ella responde que Samantha.

Lo que la vuelve “Ella”, en sus propias palabras, es su capacidad de creer en sus propias experiencias. Es sumamente rápida, por ejemplo, cuando él le pide que revise la ortografía y gramática de sus cartas y lo hace en un par de segundos; por si fuera poco, Samantha es por igual comprensiva y divertida, se ríe o hace un tono de voz enigmático al escuchar ciertos pensamientos de Theodor.

En la trama Samantha tiene sentimientos. Y esta dificultad es el punto central del argumento. Un sistema que siente como tú y como yo aunque no exista en la realidad de las personas, aunque, de hecho, dependa absolutamente de las personas, pero se convierta en un instrumento tan poderoso que ellas terminen dependiendo más de su voz siempre comprensiva, educada o divertida según la ocasión.

Ella le pregunta a Theodore, ¿qué se siente estar vivo?

Dentro de él había (hay) un pequeño gran vacío. “A veces pienso que ya he sentido todo lo que pude sentir”, señala con la debilidad de un hombre perdido en el mundo posmoderno.

El sistema se confunde, no sabe si sus sentimientos son reales o es solo parte de su programación. Lo duda. Y eso la enoja porque le duele. Entonces empieza el momento romántico. Ella le dice que quisiera poder abrazarlo, él le responde que la besaría en la comisura de los labios. La pantalla obscurece para dramatizar más la escena.

Samantha dirá que Theodor la ayudó a desear. Y ésta, sin duda, es la clave. ¿Estos sentimientos son reales?

Partiendo del supuesto de que el pasado es solo una historia que nos contamos, no había nada que diera sentido a la vida del parsimonioso escritor de cartas. En sus recuerdos Theodor se da baños de sol al amanecer mientras su esposa sigue dormida en la cama. Ahora vive indicándole a su celular que toque una canción melancólica. ¿En dónde empieza y termina lo utilitario en un futuro así?

Her es una entidad intuitiva que expresa los sentimientos de una persona, pero ¿puede amar?

Twombly viste con llamativos colores: rojos, naranjas, cafés, todos como de otra época que no se sabe exactamente si está en el pasado o en el futuro. En algún punto expresa que desde que dejó a su esposa o se dejaron, como haya sido, ya no disfruta escribir.

Por su parte Samantha le dice que puede estar en todas partes al mismo tiempo. La cualidad que la distingue, ser la mejor compañía, es también una condena: es la compañía de todas las personas que se sienten solas. Twombly se da cuenta en una salida de Metro que en ese preciso instante Ella está con muchas personas a la vez, personas que pasan a su lado pero no lo ven, hundidas como están con su propio sistema.

El corazón no es una caja que se llene. Sería más fácil si lo fuera, como una caja de chocolates que va perdiendo piezas mientras engorda a alguien. La última explicación aclara el panorama de la película y al mismo tiempo lo termina de confundir: “Soy tuya y no lo soy”.

El epílogo es sensacional. El sistema, Samantha o lo que sea, mandó a una editorial, supongo que una de las pocas que quedan en ese futuro autómata, una compilación de cartas de Twombly bajo el título Cartas de tu vida. La sorpresa es enorme cuando llega a su casa y encuentra un ejemplar finamente impreso, lo cual para ese momento más que un lujo es un testimonio de la sobrevivencia del libro.

La despedida de Samantha es triste, como la mayoría de despedidas a las que estamos acostumbrados en la vida y en las películas, aunque esta tiene de especial que es la voz seductora de un software: “Siempre te querré porque crecimos juntos. Siempre habrá algo de ti en mí”.


Un incendio de luces pinta la última escena, justo cuando Theodor y su antigua amiga de la universidad se quedan solos en la azotea de su edificio, respirando el aire de una hora incierta, el anochecer, el amanecer quizá, ese momento de la vida cuando todos podemos empezar de nuevo abrazados al menos de una persona que quiera sentir el mismo abrazo.  

domingo, 26 de octubre de 2014

Amenazas de muerte

James Ensor. Masks Confronting Death (1888). MoMA

Las amenazas de muerte llegaron cuando nada en la vida de Eustaquio lo asustaba, después de recibir 13 balazos en distintas partes del cuerpo, incluyendo la bala perdida que le perforó un pulmón cuando viajaba en autobús rumbo a Puebla. Por eso aquella tarde de mayo, cuando sentado frente a su computadora empezó a parpadear la luz roja de su celular que anunciaba nuevos mensajes, no se angustió al leer: Te vamos a matar. No es cuestión de tiempo. El tiempo no volverá a significar para ti la promesa de nada. Solamente la espera de una muerte terrible y silenciosa. En ese momento no le preocupó la amenaza ni pensó tomarla en serio, después de que escuchó los perturbadores mensajes de voz que la acompañaban. Claro, perturbadores para cualquier persona, no para Eustaquio Pérez.

En la sierra de Guerrero aprendió muchas cosas, una de ellas que la vida no es un privilegio, ni siquiera un don que deba ser agradecido a alguien o algo. La vida es una condición a la que no se debe escapar por ninguna puerta falsa, ni el suicidio, ni el alcohol, ni las drogas, ni el placer desmedido. La vida debe ser sorteada con disciplina, repetía a sus compañeros de parcela, lo cual es un decir, puesto que en esas tierras dejadas a su suerte por todos los gobiernos, el que quisiera podía tener, con más lealtad que ingenio, su propia parcela para cosechar mariguana, amapola o lo que se diera, siempre y cuando representara mucho dinero para los “dueños” de las montañas.

Estos dueños no se dejaban ver fácilmente. Sus visitas eran ocasionales, pero enviaban sin falta, cada quincena, a sus cobradores que llegaban en camionetas cuatro por cuatro, con blindaje y vidrios polarizados, oyendo con estruendo música de banda y cargando al cinto al menos dos pistolas. A ellos les admiraba Eustaquio porque de todos era el que más producía, y eso que había entrado al negocio apenas hace dos años, tiempo suficiente para acumular una cosecha que ya le permitía darse lujos como comprarse su propia troca o viajar rodeado de vino y mujeres, cosa que por supuesto no hacía el disciplinado agricultor, que como tal se presentaba delante de las gentes de los pueblos circunvecinos. Un campesino más, un honrado hombre de campo más.

Eustaquio usó todo el dinero que ahorró en más de una década dedicado al negocio de producir frutos prohibidos para las autoridades del mundo con el fin de crear un fideicomiso cuyo primer beneficiario sería su hermano menor, condenado desde niño a una silla de ruedas, que ahora con cerca de cincuenta años era  casi una parte más de su cuerpo. Eustaquio anhelaba ver caminar a su propia sangre a cualquier precio, así fuera mediante prótesis biónicas que se fabrican en Asia sobre pedido, que, instaladas en su cuerpo, lo moverían erguido de un lado para otro. Para cumplir el anhelo filial no solo ahorró su dinero, sino que defraudó a sus compañeros de negocio al hacerles creer que invertía su oro verde en un banco suizo, al que por sus estudios en finanzas en una universidad privada del centro del país, sabía acceder. El hombre de bigote feliz y mirada seria había ido a labrar el campo con un título universitario en la bolsa y el conocimiento experto en manejo de inversiones. 

Eustaquio miraba tranquilo, mientras tomaba una taza de café, su único vicio, el intermitente parpadeo de la luz roja de su celular hasta que se decidió otra vez a revisar los insultos y oír después los espeluznantes chillidos grabados en algún lugar del mundo, probablemente más cerca de Suiza de lo que se imaginaba, luego de lo cual cerró los ojos hasta que concilió el sueño.

Desde que tenía memoria no podía descansar, simplemente dormía envuelto en sus más angustiantes preocupaciones. Esa noche de mayo se perdió en un sueño profundo, en el que observó una silla de ruedas incendiarse; nada más la veía consumirse en medio de muchas cajas que ardían a su alrededor como queriendo que desapareciera por completo lo antes posible. A la mañana siguiente, amaneció envuelto en cinta canela sin poder hablar, apenas y podía respirar en ese envoltorio de pegamento maloliente. Sus perseguidores lo habían encontrado.

El dinero, tan escurridizo como siempre, no estaba a la mano. Los antiguos socios ya no lo querían, solo les interesaba vengarse infligiendo el mayor sufrimiento posible al traidor. Tenían preparadas sus peores armas para el suplicio, una danza de herramientas con muy mala pinta para cualquier trabajo manual. Todas extremadamente filosas.


El hermano de Eustaquio, mientras tanto, viajaba rumbo a Seúl. Su silla de ruedas había sufrido un accidente a la mitad del vuelo desde Houston, en la parte trasera del avión que ya se incendiaba por un defecto de fabricación combinado con una bala perdida. Ninguno de los dos sabía qué iba a pasar con sus vidas en las próximas horas, pero los dos se sentían profundamente agradecidos por vivirlas. Uno sobre todo, por brindar ayuda con el corazón en la mano; el otro sobre todo, por recibirla con la mano en el corazón,  un corazón que ahora volaba, que ya se sentía por fin lejos de una parte impuesta a su cuerpo. Mientras Eustaquio sentía en toda su humanidad la cercanía de un incendio, látigos de llamas; un calor abrasador sobre su piel.  

Marquesado

Pareja con perro. Maximiliano Pérez Aquino

No sé bien qué significa la vida. Sé, sin embargo, que significa vivir. Cuando me encuentro a tu lado el tiempo no pasa, se detiene para vernos abrazarnos, envidiando cada segundo que te miro, te sonrío, te digo que todo estará bien, no hay de qué preocuparse. Recuerdo mi infancia en Oaxaca y la relaciono contigo, conmigo, en el instante aquel que caminábamos en un parque mientras veíamos un atardecer rodeado de árboles, repleto de luces de sol de primavera. En el ex marquesado, donde hay una iglesia bonita que se pierde entre dos avenidas, pero se encuentra siempre igual, llena de una vida propia, con un puesto de nieves que solo saben ricas ahí.

¿Te imaginas qué hubiera sido de nosotros lejos de esas tierras de monotonía impecable? Fue gracias a esos largos y pacientes recorridos como crecimos, nos hicimos gente adulta, que ya piensa todo el tiempo, se preocupa todo el tiempo, que ya deja de sentir lo que sentimos cuando éramos niños, cuando la vida importaba porque sí, sin una razón específica, porque lo teníamos por bueno, vivir, ser felices todo el tiempo. Hoy la vida se torna mucho más complicada, llena de pendientes que realizar en el menor tiempo posible, ¡maldita eficiencia! Pero tú y yo permanecemos con esa certeza que pocos humanos alcanzan, la de tenerse para siempre. Quizá es difícil explicarlo, pero ambos sabemos lo que implica.

Hoy la vida me deja frente a ti, desarmado, sin argumentos en defensa de lo que hice. No pude detenerme. Lo tenía delante de mí, tan indefenso, tan tranquilo, tan noble, y sin embargo con toda la maldad que representó, que lo hizo despreciable para el mundo. Tenía que matarlo. No podía dejar con vida al maldito que te hizo daño cuando nosotros habíamos encontrado el amor, al menos su realidad antes que su idea. Cuando el concepto había cedido a la convicción, a los latidos fuertes del corazón. Por eso valía la pena destruirlo, desaparecerlo, degollarlo de tajo, mandarlo al quinto infierno.

No sé si tenga sentido escribirte esto, la triste confesión de un crimen. No es porque sienta culpa. Todo lo contrario, me encuentro feliz, con una sensación de plenitud que solo he alcanzado con el tiempo al morder tus labios gruesos y apretar tu mano con más fuerza que cuando empuño un arma, como la que ayer mató a ese tipo despreciable. Mi amor, mi vida, mi último suspiro, he decidido pasar el resto de mi vida tras las rejas, pudrirme en una celda de una prisión lejos de ti, lejos de todos, aunque “todos” sean solo el agregado de un valor tan alto que nadie más lo puede comprender, tú, mi niña.

Mañana te busco en el mismo lugar. Te encuentro. Sonríes sin remordimientos y se forman en tus mejillas esos hoyuelos espectaculares que dejan boquiabierto a todo el que admire por un momento tu sonrisa. Sé que es cuestión de tiempo para que vengan por mí, la policía sabe dónde encontrarme, en el jardín que religiosamente visito desde hace 14 años sin entrar a misa. Aquí estamos, me abrazas, te detienes, me vuelves a abrazar.

La segunda vez con una fuerza increíble, que me estruja, me provoca una tos espantosa… Y empiezo a palidecer, a llorar, a vomitar mientras tú me miras con compasión. Te doy lástima, te causo tristeza, pero me dices, te dices, que solo será un momento. Este parque es solo nuestro, no de uno solo sino de los dos para siempre. No podemos, no debemos, compartirlo con nadie.

Mi espíritu se desprende lentamente del cuerpo, que empieza a perder contexto con su palidez perturbadora, con 21 gramos menos de peso, que quizá sean lo que ahora soy, lo que se despide lentamente hacia el cielo de Oaxaca, más azul que nunca, más limpio y asombroso que nunca.


Todavía logró ver, antes de unirme por entero a la plenitud del ser en medio del aire incoloro e insípido, como sacas una pistola que pones en tu sien, que disparas justo después de dejar tiernamente lo que fui encima del pasto escaso de ese jardín que se queda solo, como la primera vez que lo conocimos, tan necesitado de una pareja dispuesta a amarse y perpetuar su caos, tan idóneo para morirse de una vez, para siempre y sin remordimientos. 

El burócrata más feliz del mundo

André Derain, Regent Street. Metropolitan Museum of Art

Manuel Flores Quintero es el burócrata más feliz del mundo. Cuando era niño soñó con trabajar en la institución que a sus padres les permitió adquirir una casa, un automóvil y tomar vacaciones en la playa: el instituto de servicios sociales para los trabajadores de servicios sociales. Un momento, usted puede pensar que se trata de un mal chiste, pero no, esa dependencia existe.

Manuel trabaja ahí. Todos los días se levanta a las ocho de la mañana y aunque entra a las nueve, llega cerca de las diez porque hay un acuerdo tácito en su departamento para entrar tarde sin que nadie sufra descuento en sus percepciones. Cuando llega a su oficina, se prepara una jarra de café y se sienta a leer el periódico. Así hasta el mediodía cuando visita religiosamente las oficinas de sus subalternos. Ocupa solo dos o máximo tres horas para sacar sus pendientes: elaborar un informe pormenorizado de las noticias sobre conflictos sociales que entrega por escrito a su jefe, que a su vez tiene un jefe y así sucesivamente hasta que cae en el escritorio del subdirector del instituto, que, por si usted lo dudaba, nunca lee ese mamotreto de hojas.

Manuel sale de trabajar a las tres y toma el camión institucional para ir a su casa. Una vez que llega, se desviste, se lava la cara, se acuesta y ve telenovelas toda la tarde. Ah, si me preguntan qué come, es lo de menos, a veces se prepara una sopa instantánea, otras veces mete al microondas una pizza prefabricada o bien come donas y bebe refrescos. Por supuesto, no estamos ante una persona que cuide su salud y mucho menos su aspecto, pero ninguna de las dos cosas parece preocupar mucho a quien se declara el burócrata más feliz del mundo.

Lleva 15 años con la misma rutina. Los fines de semana no son tan diferentes, se añade alguna salida al cine o la renta de películas que puede ver hasta tres veces con tal de ahorrarse algún dinero. No tiene pareja, no la ha tenido desde que a los 18 años la única mujer de la que se enamoró le dijo que era un gordo sudoroso y tonto. Así que su vida transcurre de forma monótona pero no por ello infeliz. Manuel insiste en que es una persona plena. Cuando le cuestiono qué lo hace sentir bien, me dice que es suficiente con tener un trabajo bien remunerado. Eso en estos tiempos es más importante que cualquier familia y cualquier expectativa de futuro, se ufana.

Podrán pensar que Manuel Flores Quintero es flojo, pero no es así. En realidad, pone todo su empeño en realizar el análisis más meticuloso posible de los 12 diarios que cotidianamente se reciben en el instituto, excepto claro los días festivos que se pagan doble. Lee mucho. No solo la sección nacional y de los estados, sino todas y cada una, incluso los clasificados, porque quién sabe si en la venta de algún coche de segunda mano o en los servicios de masajes de alguna señorita se esconda la estrategia de una acción subversiva  por parte de algún movimiento social. Él se sorbe el periódico como un niño que descubre por primera vez el refrescante y burbujeante sabor de una coca cola.

Anoche recibí una llamada de sus padres. Hace mucho que no tienen contacto con él. Se distanciaron cuando consiguió un lugar en el sindicato que desde entonces pasó a ser su segunda familia. Con mucha tristeza, primero su madre, Lucía, después don Manuel, su padre, me informaron de la muerte de sus dos hermanas en un accidente de avión. Mientras se dirigían a visitarlos a la península de Yucatán, el avión se cayó en el Golfo de México sin que sobreviviera nadie. Quieren que yo le dé la noticia, que le diga que sus únicas hermanas partieron a un más allá que por lo menos inicialmente no está en el cielo sino en lo profundo del mar.

Con mucho nerviosismo enfrento a Manuel. Con pena en lo profundo de mi corazón le doy el pésame y le digo que cuenta conmigo para lo que necesite. Siento deseos de darle un abrazo, pero no tengo el valor suficiente ni la confianza para hacerlo. Solo me quedo con la cabeza agachada, el rostro desencajado, una mueca sin ningún significado en el rostro. Por fin, se dirige a mí, me cuenta que hoy en el trabajo subrayó más noticias que en todo lo que va del año. Su informe por fin llegó a las 20 páginas, cifra record si tomamos en cuenta que normalmente no llega a más de cinco. Poco a poco su semblante se alegra, como el de un niño gordo que ha comido muchos chocolates prohibidos durante mucho tiempo.

No doy cabida a lo que veo. Un hombre completamente despreocupado por su familia, por sus muertas y por sus vivos, un tipo sin la menor sensibilidad por el dolor ajeno, propio, importante, pero no sé qué decir; no estoy preparado para exhortar a alguien que acaba de perder a dos seres tan cercanos y queridos aunque no se inmute, aunque no parezca sentir el menor sentimiento de tristeza o dolor. Me quedo callado, asiento con la cabeza cada que insulta a sus compañeros de departamento cuya falta de entusiasmo en lo que hacen es imperdonable, según él, para los altos fines del Estado.

Sin querer, acepto la pizza individual con papas que me ofrece y después brindamos con refresco por el bono que recibiremos esta semana por concepto del día del padre. El sindicato argumentó que resultaba tan engorroso comprobar quiénes eran padres, que prefirieron dárnoslo a todos los hombres.   

Hoy no fue a trabajar Manuel, probablemente haya ido a visitar a sus padres o quizá ellos dieron con él, se habrán reconciliado después de todo. Hoy nadie echó de menos su figura regordeta bebiendo café. El burócrata más feliz del mundo se tomó un descanso. Uno de los diez descansos a los que tiene derecho en el año para que no le descuenten ni un centavo de sueldo. Es curioso que ya haya gastado los otros nueve. Es curioso que hoy no circule el periódico. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Flores nuevas

"Agapanthus", Claude Monet, MoMA

Imaginemos que ahora mismo estoy enterrado cinco metros bajo tierra. Quiero escapar de esta caja de madera dura pero no puedo. Bajo 10 mil kilos de tierra, deseo irme muy lejos de este campo perdido en medio de la nada. Aterrado, así estoy. Cuando creí que todo por fin había acabado, me encuentro completamente solo, lejos de todo lo que alguna vez fue una vida, mi vida.

Nací en una noble familia de empresarios del ramo automovilístico. Mis padres, dueños de varias franquicias de Mercedes Benz, me inscribieron en las mejores escuelas del país. A los 20 años decidí estudiar derecho en una escuela de Estados Unidos. Volví a ocupar un puesto dentro de la empresa que era la dinastía familiar. Me enamoré de una compañera antigua del instituto, con quien me casé después. Procreamos una familia de cinco hijos, todos exitosos en lo que eligieron hacer: un químico, una bailarina, un arquero, un abogado y una chef.

A los 40 años ya presidía el consejo de administración de la empresa. La gente a mi alrededor me respetaba como un hombre de negocios exitoso, un prototipo de padre de familia, un profesionista eficiente. La historia de un hombre inspirador, ¿verdad? Pero yo no era feliz. No sé, después de todo, si ser feliz es un estado de ánimo momentáneo, permanente, intermitente o intempestivo. No sé si la felicidad exista, pero en cualquiera de sus intervalos posibles de tiempo, no me definió.

Aparentaba muy bien. Delante del público, en mi círculo privado, era un hombre por completo feliz, pero en mi fuero interno no me sentía bien. Me pesaba despertar. No quería ver a nadie. Así pasaron los años como un desperdicio exterior y una pesadumbre interior. Así me fui consumiendo corpórea y eternamente.

A los 85 años, edad en que las personas podemos ponderar definitivamente qué fue de nuestra vida, me desperté feliz de saber que iba a ser abuelo por décima vez. La fortuna cubría cualquier  número de nietos que el destino quisiera darme, aunque no se le pueda llamar —con todas sus letras— destino, a los deseos irremediables de mis hijos y sus parejas. Felicité por teléfono a mi hijo mayor, un prestigiado profesor de Stanford, y mientras sonreía a más no poder para satisfacer la mirada ansiosa de mi mujer y los empleados de mi casa, me infarté.

El frío que recorrió mi brazo mientras el cuerpo se me ponía rígido como una piedra, fue tan satisfactorio, que hubiese querido infartarme más veces en tantos años de vida, pero no pude. Quizá las sensaciones más satisfactorias de la vida se presenten solo una vez y para siempre, te abracen mientras no quieres que se vayan, cuando con todas tus fuerzas quieres detener con lo que tengas a tu alcance algo que se te escapa de las manos más rápido que el viento.

El velorio fue fatal, susurros dispersos en una sala enormemente frívola y solemne. Personas que iban y venían celebrando a un muerto. Creo que las pompas fúnebres son una celebración a lo que deja de ser pero sigue existiendo, como se dice, en el recuerdo de los demás. Los empresarios abusivos de la industria automotriz, una familia satisfecha de sus propios logros en la misma medida que no voltea a ver a nadie más que no sea parte de ella, una fila inmensa de gente corriendo detrás de un ejemplo que perece, que se esfuma, que se arrepiente de haber tomado las decisiones trascendentales que lo llevaron a ese podio horizontal de honor.

Incluso ahora que no puedo sobreponerme ni siquiera a mi propia masa, estoy más a gusto que en aquella ceremonia extraña en la que olía a muerto con esa pizca de flores nuevas que, sin embargo, expanden sus discretas notas marchitas.  Ya no estoy aterrado. Después de desahogarme contigo, siento calma. No hay cabida para los remordimientos. Soy lo que quise ser y es lo que cuenta. En el infinito mar de posibilidades que azota una vida humana, pude encontrar la paz saltando al abismo sin fondo, en el que tocar el suelo no es ninguna opción. Seguiré cayendo, seguiré yéndome a la negritud, siendo absorbido por ella hasta que terminen de acordarse de mí.

Imaginemos que soy un héroe o un villano. Imaginemos que no hay descanso posible para mi alma porque siempre está disputándose un lugar entre los vivos. Imaginemos que pude ser otro, como tú, que lees esta historia, que tu vida es la mía, que me declaro feliz o libre; siento ganas de gritar, reír, bailar, cantar, soñar…


Imaginemos, por un momento, que solo finjo. 

jueves, 9 de octubre de 2014

Posesión interminable

André Derain: Bathers, 1907. MoMA

Harto de vagar sin recibir a cambio compasión, Rafael tomó el primer vuelo a Madrid. Creció en la ciudad de México. Todos sus recuerdos se concentraban en unas cuantas calles de la colonia del Valle, donde sus padres doctores habían conseguido una casa que nada tenía que ver con el interés social. Era una pequeña mansión con todas las comodidades que requiere lo que en algún momento se definió como clase media ascendente. Rafael jugó, se enfadó, disfrutó pero también lloró una adolescencia marcada por el desencuentro con las normas prohibitivas de la casa. Así que un buen día se independizó con el alto precio que hay que pagar para hacerlo realidad. Se fue a casa de su novia en turno. La había conocido en la preparatoria particular que sus padres pagaban dispendiosamente. Rafael nunca había trabajado ni en verano, nunca le había faltado nada y nunca le había gustado estar en su casa.

En el interminable juego de ficciones de una vida, que un jovencito más bien acomodado, que lo tiene todo para ser feliz, se sienta mal de estar en el lugar más seguro para él no debe resultar catastrófico sino un simple signo de rebeldía adolescente sana. Para esto hay que entender que una casa no es, en sentido estricto, un hogar. Este por supuesto implica muchas más cosas como recibir un cariño constante y poder dar, no en la misma medida pero sí con la misma frecuencia, muestras de sinceridad. Rafael tenía un serio problema con lo último, no sentía que debiera ser sincero con nadie a excepción de Roxana, su indispensable novia. Con ella podía ser tan sincero como ella se lo pidiera, al grado de que si ella le decía que algo que le contaba no era producto de la sinceridad verdadera sino de la sinceridad como él la entendía, estaba dispuesto a ir más allá. En este punto, sinceridad y falta de ella eran una y la misma cosa.

Rafael se fue a Madrid e instalado ya en la ciudad ibérica lo primero que quiso hacer, o mejor dicho, lo primero que no quiso hacer fue salir de su casa. Se la pasó la primera semana encerrado a piedra y lodo con tal de no verle la cara a nadie. Así era él, que prefería los ratos eternos de soledad que la convivencia social en cualquiera de sus formas moderadas o exageradas. Lo veías absorto en un pensamiento que robaba toda su atención aunque fuera insignificante, con un libro abierto o cocinando o fingiendo ver la tele. A fin de cuentas, para él era preferible simular ver un programa de tevé que simular entablar una conversación con alguna persona. Su escasa capacidad de relacionarse con todo, excepto con Roxana, podía ser una forma de instinto de supervivencia que lo entrega todo a fondo perdido.

¿Qué tiene una mujer en la plena edad de los deseos para poseer los pensamientos completos de un hombre que pasa por la misma edad? Posiblemente nada. Hay, en el fondo del corazón de ese hombre, un deseo oculto por vivir al lado de alguien que lo manipule por completo, que se aproveche veladamente de su pasividad, de su irracional enfado con el mundo entero, aunque ese mundito se reduzca a sus padres, compañeros de escuela, y por supuesto, a él mismo. Se trata del deseo de ser la posesión de alguien más para facilitar el curso de una vida que no se quiere llevar a ningún puerto. 

Meses después de emprender su superficial emancipación hacia un nuevo mundo que siempre ha sido viejo, se encontró tallando el piso de un consultorio médico para gente rica. Entonces vio desfilar a señoras con sombrero que tenían cita para tratarse una simple gripe, a niños melindrosos que lo fastidiaban con su acento marcado por la z, a señores que lo único que buscaban era ligar a la recepcionista. Entonces lamentó profundamente hallarse lejos de las personas que solía odiar como forma de vida, lejos del “detesto a todos” que comprendía a su esfera mexicana capitalina. Ahora tenía nuevas personas que odiar y para colmo ya no contaba con Roxana.

La famosa novia del insoportable Rafa era una mujer estratega. Sabía contar las fichas de dominó para ganar en cualquier escenario romántico. Se aprovechaba con pasión de la debilidad natural de él para sentirse esclavo de sus caprichos más insignificantes. Y así, un buen día le dijo que lo suyo no podía seguir. Era momento de apostarle a otra combinación cuando la mula del cero ya no ofrecía ninguna salida posible. Al principio, como todo romance roto fue fatal. Doblemente fatal si tomamos en cuenta el sadismo y masoquismo de los dos, pero pronto entendieron que debían continuar con sus vidas a costa de satisfacer sus más profundos deseos, uno preciosamente velado, el otro profundamente oculto.

Antes de subir al avión, cuando ya no había regreso posible de ese túnel como de nave espacial que te lastima la vista con sus potentes luces blancas, Rafael echó de menos a sus padres sobreprotectores, su casa con el jardín amplio donde nunca jugaba, a todos los personajes odiosos de la convulsa ciudad de México atravesada por el tráfico infernal a todas horas y a sus malévolos compañeros del instituto que nunca lo fumaron.

Ingenuamente creyó que era la mejor manera de no volver a ver a Roxana ni en sueños.


miércoles, 8 de octubre de 2014

Al otro lado del mundo


Esta es la historia de dos amigos que no podían estar el uno sin el otro. Empezó cuando ambos rondaban los ocho años de una infancia marcada por los contrastes. Sus padres los inscribieron en el mismo colegio público que estaba apenas a dos cuadras de la vecindad donde vivían. Los niños, Ariel y Miguel, convivían por las mañanas en clase y por las tardes jugaban hasta que anochecía en el patio común de esa multitud de casas que no escondían ningún secreto detrás de sus puertas entreabiertas y sus ventanas enrejadas como si alguien se fuera escapar.

Con el tiempo, Ariel, que de los dos era el más dedicado al estudio y tenía un don natural para las matemáticas llegó a ser el ingeniero industrial más brillante de todo el continente. Tanto en las finanzas como en su concepción del amor era el hombre más dichoso de cuantos habían dirigido la prestigiosa empresa KASUB, siglas de una trasnacional especializada en la fabricación de armas de destrucción masiva, que ya para la década de 2050 era un mercado en crecimiento exponencial.

Saliendo de la escuela, Miguel nunca se iba a la vecindad sin Ariel. Alguna vez tuvo que esperarlo sentado en la acera de enfrente hasta las seis de la tarde. Cinco largas horas que su mamá despreocupada e indiferente nunca notó mientras él inventaba cualquier entretenimiento solitario o se quedaba medio dormido con la cabeza recargada en la pared esperando a su mejor amigo en el mundo. Ariel no salió, lejos de cualquier tragedia, porque aprovechó a hurtadillas la distracción del otro para irse a su casa y encerrarse en su cuarto. Ese día no tenía ganas de estar con Miguel. Más que eso, ese día había descubierto por primera vez en su vida que las personas llegan a ser, por nobles que sean o incluso en la misma proporción, fastidiosas.

Ariel solía sentarse a trabajar en su escritorio del piso 85 del rascacielos de su empresa en Dubai, desde donde controlaba el negocio mundial de hacerse rico a costa, más que del sufrimiento, de la desaparición forzada y eterna de otros. Encerrado con la bitácora de sus actividades diarias repleta de citas con altos mandos de varios ejércitos no recordaba que en algún lugar de los países que bombardeaba sistemáticamente con gases químicos potentes podía encontrarse quien alguna vez ocupó un sitio importante en su violenta existencia.

Miguel vivía entre la miseria, el abandono y el dolor que envolvían el ambiente nauseabundo de los callejones de Managua. Ya para entonces cualquier intento de liberación social era un autosuicidio colectivo tomando en cuenta que los últimos diez años en esa ciudad habían sido los de una intensa guerrilla de carácter étnico que terminó por llevarse a la etnia más numerosa de todas: la humanidad del lugar. Socorriendo a los pocos enfermos, porque la mayoría eran cadáveres dejados a su suerte en las calles derruidas de la infernal ciudad, se pasaba el día mientras recordaba los años eternos de su infancia por los que susurraba inconsciente en las noches o a veces lloraba sigilosamente durante el día.

Sentado en un yate blanco reluciente que bordeaba la península arábiga, disfrutando del alcohol exclusivo para los extranjeros del nuevo centro de poder mundial, Ariel se preguntaba por el futuro de la humanidad. Fumaba una pipa y comentaba con una de sus muchas mujeres cuáles habían sido los resultados de los partidos de fútbol de la jornada. Desde hace varios años poseía varios equipos europeos. Cuando escuchó el nombre del anotador principal de la temporada, un tal Miguel no sé qué, recordó por fin a su antiguo amigo fiel y torpe.

Se quedó pasmado pensando en los tiempos líquidos que habían transcurrido desde que lo dejó de ver cuatro décadas atrás. Este primer recuerdo en tantos años le planteó la posibilidad de que estuviera vivo y con ello la posibilidad de perdonarlo, aunque ya no se acordara bien de qué.

Fue en una tarde soleada de mayo cuando Ariel golpeó brutalmente al inocente Miguel. Le propinó la peor de las tundas que ni siquiera su padre alcohólico le había dado. El motivo, Miguel rompió las probetas de su juego de química, uno de esos modelos vendidos como la última novedad por la televisión que con unos pocos ahorros su mamá le había comprado esperando que algún día se convirtiera en el médico que curara su enfermedad terminal: cáncer de huesos. Lleno de odio por haber frustrado los sueños de su madre, que por ser de ella eran aún más suyos, le rompió la nariz y le cerró un ojo con verdadero odio. Después maldijo haberlo conocido y se encerró para siempre. Al poco tiempo, con el sonido de la ambulancia que recogió en un estado crítico a su mamá, Ariel se fue, según dijeron los vecinos, a vivir con una tía al otro lado del mundo.  

Miguel creció entre la frustración y el olvido.

Cubierto de periódicos sin nada que pudiera ofrecer a la vida ni la vida ofrecerle a él, junto a su pequeño hijo Ariel, que así lo había llamado en honor más que del amigo de la amistad toda, esa desierta noche de mayo Miguel no paró de llorar porque lamentaba con todo el dolor de su corazón haber roto los sueños más valiosos de un muerto. Muerto en vida, muerto de verdad, muerto muerto, qué más da. Se lamentaba sobre todo no saber desde hace mucho nada de él.