viernes, 28 de agosto de 2015

Tres años de "Mover a México"

Con la nueva legislatura federal que toma posesión el próximo primero de septiembre se renovará la política mexicana. A casi la mitad del sexenio de Enrique Peña Nieto, el saldo deja mucho que desear: crecimiento económico mediocre, la histórica depreciación del peso frente al dólar, crisis de seguridad incluida la fuga del Chapo Guzmán, alta percepción de corrupción gubernamental que alcanza al presidente y a su secretario de Hacienda, pero sobre todo hay un desencanto generalizado por lo que se anunció como la solución de fondo para el país y hoy parece diluirse en la retórica de los eventos oficiales: las reformas estructurales.

De por medio está la justificación de que estas reformas, siempre nombradas de “gran calado”, no mostrarían resultados inmediatos sino que su éxito sería evidente con el paso del tiempo. Es difícil que el público entienda los plazos que establece el gobierno tomando en cuenta la lentitud para su implementación en la esfera burocrática. Sin embargo, lo que preocupa es la indiferencia del propio gobierno hacia las demandas sociales, so pretexto de que cualquier crítica corresponde a quienes han visto afectados sus intereses y no a las mayorías que serán beneficiadas por ellas. El ejemplo más claro es la CNTE respecto a la reforma educativa, su oposición está motivada por la pérdida de privilegios y no porque esta reforma pudiera haberse hecho consultando a sectores más amplios. Por supuesto que la Coordinadora es el actor más afectado con los procesos de evaluación y promoción docente basados en el mérito y no en las relaciones clientelares, y era deseable que fuera así con base en el Bien Común. El asunto es que no hay una CNTE para cada reforma: la energética, la de telecomunicaciones, la fiscal, la financiera. Quizá por ello los portavoces peñanietistas han insistido tanto en que la más importante reforma fue la educativa pues es difícil que alguien se oponga al derecho de los niños y jóvenes a contar con una educación de calidad.

El informe presidencial insistirá que la aprobación de las reformas fue un paso histórico entre el México del letargo político y el de la construcción de consensos, con la particularidad de que ésta pasó por la conformación de un instrumento carente de representación popular: el Pacto por México. Bajo la lógica del gobierno que llega a la mitad del camino, lo urgente era “mover a México” mediante un gran rediseño institucional que permitiera abrir ventanas de oportunidad pospuestas durante largo tiempo. Salinas de Gortari se ganó el título de reformador por su política económica interesada en privatizar aquello que públicamente ya no era eficiente e integrar al país en la región de América del Norte, pero aquel gran impulso terminó con una devaluación terrible en 94, acompañada de una crisis política desatada por el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Salinas prometió llevar a sus “compatriotas” al México de la modernidad y hoy, dos décadas después, la promesa, con diferente eslogan, permanece en el mundo de las ideas.

Detrás del evento presidencial al que acuden solo invitados especiales a escuchar una lista de logros y aplaudir cada estrofa del discurso, persiste un México de desigualdades cada vez más acentuadas, en el que la pobreza, según el Coneval, es la misma de 1992, cuando Salinas era presidente y había anunciado el gran programa social evidentemente populista de su administración: “Solidaridad”. A este programa le sucedieron “Progresa” con Ernesto Zedillo y “Oportunidades” con Vicente Fox y Felipe Calderón. Cada uno ha sido el marco para la administración de las acciones públicas que combaten la pobreza extrema y subrepticiamente un arma electoral de cada gobierno en turno, que valiéndose de la ignorancia de amplios sectores beneficiarios de algún apoyo condicionan su entrega a cambio de votos contantes y sonantes. El problema de la pobreza no se ha resuelto porque es imposible de resolverse si antes que entregar despensas y apoyos alimenticios no se generan capital humano y empleos bien remunerados en el marco de un Estado de derecho.

Cuando un país no garantiza el cumplimiento de la ley tampoco consigue ser competitivo. El Estado debe garantizar una cancha pareja para los jugadores y asumir que también el árbitro puede equivocarse y ser sancionado. La “casa blanca” del presidente, el affaire que le restó tanta credibilidad, no fue saldado con el despido de la periodista Carmen Aristegui de MVS. La respuesta oficial se encaminó a mostrar cierta preocupación en la figura de un nuevo secretario de la Función Pública que, como si se tratara de un fiscal especial en democracias avanzadas, investigaría al hombre que le dio el trabajo. No entiendo si alguien dentro del primer círculo del presidente de verdad creyó que la sociedad mexicana iba a creer solo con escucharlo que Peña Nieto no incurrió en un conflicto de interés con su contratista favorito. Pero tal parece que las reformas estructurales lo justifican todo: al presidente, a su equipo, la pobreza, la falta de crecimiento y lo demás. No importa que la gente de a pie no note los cambios, el informe es optimista, falta mucho por hacer, pero es esperanzador. Mueve a México. 

Houstonians

Uno de ellos sostenía la máxima mundana: ojos que no ven corazón que no siente. La repetía al conversar sobre la única relación que para él significaba algo más cercano al afecto que al trabajo. No la veo desde hace meses, su mamá me busca cuando necesita algo, pero no me deja ver a la niña.


Alguna vez cuando era niño quise viajar a los Estados Unidos. Supongo que no pensaba que fuera mejor que otros lugares para conocer, pero sabía que mi familia vivía en Houston. Cuando digo “mi familia” me refiero más bien a la familia de mi mamá, con quien crecí y a quien veía triste de no tener cerca a los suyos. Hasta que fui adolescente conocí un poco más ese lado de mi árbol genealógico. Frecuenté a un tío abogado hermano de mi madre, aficionado al rock y que me invitó algunas veces a comer menudo a una típica fonda mexicana del norte de la ciudad. Mi abuela, que también fue un padre para ellos y un hijo más de profesión contador público, se fue a vivir a Houston cuando no le quedaba otra cosa qué hacer en la ciudad de México. Con mi mamá casada, el hijo mayor que ya había arribado a esa ciudad texana y el abogado en sus asuntos, podía ir a buscar mejores motivos en otro país. Trabajó muchos años cuidando a la hija de un matrimonio de empleados de la NASA. Siempre me fascinó esa historia acerca de que vivía con astronautas como si todos los empleados de la NASA lo fueran. También llegué a ver sus fotos tomadas en la parte trasera de un cohete espacial, las dimensiones del vehículo eran fabulosas. Para mí, un niño crecido en una provincia pobre del sur de México, todo aquello era la comprobación de por qué los mexicanos querían con tanto denuedo una visa para viajar hacia el norte.  

Cuando a mi abuela, por segunda vez en la vida, volvió a quedarle nada en un lugar —sus patrones la corrieron de un día para otro por el hecho natural de que su hija había crecido lo suficiente para cuidarse sola— mi mamá viajó a Houston para devolverla a México. No imagino el sentimiento de una mujer que había pasado más de una década fuera de su tierra, trabajando como lo hacía, encerrada en la casa de unos gringos extraños durante una semana, saliendo a pasear con su hermana los fines de semana como única distracción y extrañando a su hija frente al mar sucio del Golfo de México. Tampoco imagino lo que significó convertir sus ahorros en pesos, el saldo de toda una vida, y administrar el último trecho de su futuro con un fondo para el retiro comprometido e insuficiente de antemano. Cuando volvieron juntas, madre e hija cansadas de un vuelo que en realidad era corto, ahí estaba yo en la terminal internacional de la ciudad de México. No sabía que en el fondo el cansancio no era producto del vuelo sino de una enfermedad acabada de llegar. Durante casi una década viví de cerca el peor lado de esa enfermedad, pero también conocí a una persona cargada de sabiduría popular, que nos sorprendía con sus dichos siempre, como si los pronunciara por primera vez cuando de hecho los repetía a menudo. Era porque sabía el momento preciso para decirlos pues contaba con la prudencia de la gente de antes, que callaba antes de no saber lo que decía. Murió en 2010 cuando para mí no había futuro ni en la escuela ni en ningún trabajo. Su deceso, como todo misterio trágico, fue un parteaguas para la vida de un desorientado. Dos meses después inicié una nueva vida, si puede considerarse así a encontrar un empleo que nadie más quería pero había que cubrir. Me permitiría la estabilidad relativa con la que vive un estudiante de universidad en un país tercermundista.

Cuando era niño también soñaba con hacer amigos. No me refiero a tenerlos sino a “hacerlos”. Crecí con poca familia, rodeado de primos lo suficientemente mayores como para considerarse tíos y sin hermanos durante los primeros años. Por eso pensar en ir a Estados Unidos era más que el trámite de subirse en un avión y trasladarse a otro lugar, significaba la oportunidad inmediata de querer a alguien. Así lo veía yo aunque, por otra parte, ahora suene demasiado melodramático. El plan era abordar con mi mamá ese vuelo que la llevó a Houston cuando yo tenía 11 años. No sucedió. Hasta 2015 conocí a la familia que no visité en la única oportunidad que hubo de hacerlo, antes que el 9/11 modificara la seguridad en la inmigración y la transportación hacia el imperio. Cuando hace unos días visité como turista el memorial ubicado donde antes estuvieron las Torres Gemelas, tomé una  foto a uno de los nombres inscritos en el borde de una de las dos enormes caídas de agua. En Internet conocí la biografía de la sobrecargo de origen asiático que alertó del secuestro de uno de los dos fatídicos aviones. Esto lo cuento al margen justo antes de subirme a otro avión para regresar a mi país. Quince años después del plan original, vine a conocer a mi familia de Houston. Probablemente esto compruebe que planear no cuesta nada y tampoco garantiza nada.

Hace muchos años un primo hermano de mi mamá, cuyo padre nació en la Costa de Oaxaca, probó suerte en estos rumbos, ahí está el origen de la historia. Su tía le ofreció en una corta frase probar el sueño americano: ¿Te quieres ir para Houston? Le dijo en el funeral de su padre, quien más que la figura de autoridad familiar fue un ejemplo de lo que no debía hacerse cuando de por medio hay que sacar adelante a los niños. Hablé con él en esta visita. Al terminar cada intervención de la plática ligera añadió un “man” provisto de una amabilidad difícil de ser discutida. La simpleza también puede ser honesta y afectuosa. Fernando me mostró en un par de horas el espejo en el cual, a cierta edad, las personas se reflejan, creyendo ser ellas mismas aunque haya transcurrido ya tantos años que sea tan difícil y extraño reconocerse. Todo el tiempo afable, me contó la historia de cuando una caravana de tíos y primos visitó Zipolite. Sobrevivieron a manejar desde Texas hasta Oaxaca, sobrellevando la frontera, el centro del país y la costa de Guerrero. Ahí, en una de las pocas playas oficialmente nudistas, encontraron el atardecer más hermoso que hayan visto. La familia había avanzado bajo la lógica de lo espontaneo, que permite toda clase de eventos inesperados y arriesga sin saber que va a ganar. Sillas plegables, hieleras, comida recién hecha con las cocineras de la playa, aquello era el fin de semana soñado por todos. Los hijos adolescentes, las figuras de autoridad maduras, todos habían logrado un objetivo que nadie se fijó: Unidad.

Toda familia tiene sus propios problemas, a veces insolubles. Solventarlos significa sobrellevar lo desagradable y admitir que siempre puede haber momentos que, a fuerza de gastar tiempo en otras cosas, se convierten en extraordinarios. Veamos, el fin de semana viví dos partidos de los juegos más populares en los Estados Unidos, el americano y el béisbol. En cada uno disfruté cada momento porque cada momento, valga la redundancia, era completamente nuevo. Nunca antes en mi vida había estado en un estadio con ese propósito y no deseé estarlo en esta ocasión. Dos de mis tíos decidieron que era buen momento para llevarme a conocer la pasión de las multitudes gringas. De cada juego no conocía muchas reglas que me explicaron mientras miraba en las pantallas gigantes del estadio sonreír a tantos niños y adultos. Familias que se juntan con el mismo propósito, conviven estando en el estadio, pero también afuera de él, antes del juego y después de él. Algo que me sorprendió fue ver a varias familias asando carne en el estacionamiento del estadio con un calor asfixiante y un viento que al soplar parecía el motor de un sauna. Sufrir a veces es disfrutar, disfrutar a veces es vivir, vivir a veces es soñar, soñar a veces es jugar.

Había escuchado ya los pormenores de algunos desencuentros familiares, cosa que por otra parte no fui a buscar, cuando llegó el último día de mi visita. Quienes estuvimos compartiendo el grill la pasamos bien, incluso, contra las expectativas de mi condición física me arriesgué a jugar basquetbol con Pablo y Junior, tío y primo, el primero casi de mi edad, el segundo adolescente. A medida que pasan los años ofrecemos menos de lo que tenemos, así pasa también en el deporte. Ante mi sorpresa de ver cómo aguantaban el insoportable calor de la tarde riéndose de mí nadando en mi ropa, fue ilustrativo que mi tío afirmara que eso había sido su infancia y juventud: estar en el parque jugando con los amigos… la otra familia. Las familias, en mi opinión, no son solo las relaciones de sangre entre diferentes personas, son mucho más que eso. Pienso que familia es sinónimo de unidad. Y de este modo, toda unión entre dos o más personas puede ser una familia. Quizá mi familia de Estados Unidos no sea la más unida, pero es, en definitiva, lo que ahora tengo.

Jugar a veces es vivir, y yo viví mucho estos días en Houston. 

sábado, 15 de agosto de 2015

Arquetipos del exilio universal

En el corazón de New Haven, que alberga la prestigiosa Universidad de Yale, hay un restaurante llamado “Oaxaca Kitchen”. La simpleza también importa a la hora de nombrar los negocios que habrán de darnos de comer, lo digo por el dueño, un indio que vacacionó una vez en Oaxaca y se enamoró de su cocina, en principio, para después ceder en todo lo demás. Aunque probablemente sea más un restaurante de cocina mexicana por el menú de la carta, los competitivos estudiantes del college también pueden darse el lujo de comer mole negro. En la cocina hay manos expertas, un oaxaqueño trabaja aquí.

Connecticut tiene oaxaqueños viviendo en New Haven, pero también en Stamford, Bridgeport y Naugatuck. Galdino Velasco sembró, con su llegada en los cincuenta, una semilla que ha germinado con el paso del tiempo. Nuestro paisano con su nombre inscrito en una calle del centro de Stamford es el estandarte de una generación de oaxaqueños que vino a probar suerte en los alrededores de la ciudad destruida más de cien veces por la ciencia ficción tan gringa que parece deporte nacional. En Nueva York hay de todo, recorrer sus calles es como inyectarse en el cuerpo de un gigante convulsionado. Justamente por eso, ahora que volví, decidí caminar hacia el sur en busca de lugares más apacibles como si eso fuera posible aquí. Tomé Broadway hacia China Town y en el camino me crucé con una hermosa librería: “Strand”, donde me puse a hurgar en las baratas. Encontré un libro —o mejor dicho me encontró a mí— sobre los mixtecos de Juxtlahuaca.

Al día siguiente tuve una cita con Álvaro Enrigue, escritor de mi predilección a quien solo había visto una vez en mi vida cuando presentó Muerte súbita, su más reciente novela, en la ciudad de México. Lo esperé en la Hungarian Pastry Shop, cafetería cercana a la Universidad de Columbia, donde es profesor. Como llegué temprano pedí un pay de limón, el mejor que he probado en mi vida, y releí unos capítulos de Hipotermia, el experimento literario que me desafió cuando escribí mi primer trabajo final en la carrera de Letras Hispánicas. Álvaro es una de esas personas que no necesitas haber conocido de toda la vida para sentirlo como un primo en quien puedes confiar tus penas mientras se burla de ti amablemente y te sientes mejor. Conversador inteligentísimo. Hablamos de la situación de México vista desde el autoexilio, de las restricciones que implica vivir en Manhattan, pero también sobre la delicia de saborear librerías y bibliotecas, conocer balcones para mirar el caos con resignación pero apaciblemente, y superar las crisis de la edad que nos vuelven infelizmente maduros. No había un motivo para reunirnos salvo, tal vez, regalarle el libro sobre mis paisanos mixtecos. —¿De veras encontraste esto en Strand? —Ahí estaba entre tanto libro. Sonrió antes de guardarlo en su bandolera de escritor como quien cierra la bolsa del súper.

Miguel Ángel Mendoza es un resucitado. Nació en Zaachila pero su alma viajera conoce de todo. El sábado pasado lo acompañé en una reunión sui generis celebrada en New Rochelle. Por un lado el ballet mexicano de Nueva York y el de Poughkeepsie ofrecieron por segundo año consecutivo su Guelaguetza; por otro, los paisanos realizaron una protesta por los estudiantes de Ayotzinapa, a casi un año del crimen que sacudió sin quebrar al sistema político mexicano. Ahí estaba Miguel, cargando sus retratos de los 43, que pronto serán exhibidos en una galería de Soho, exclusivo barrio con vocación artística de Manhattan. El artista plástico como articulador de una manifestación pacífica. El arte como catalizador de las emociones que se contienen cuando no se olvidan, cuando algunos mexicanos preservan restos de la memoria histórica de nuestras tragedias. Miguel ha sobrevivido a trabajar 16 horas al día para levantar del lodo casas que no disfrutaba, ahora tiene más tiempo para su vocación, pero mantiene el trabajo utilitario para la subsistencia material. Sus hijos pequeños, Cosijopí y Cozobi, no dejan de jugar, como si una de sus coloridas pinturas hubiera cobrado vida.


Hace dos años conocí a Galdino Velasco a través de una entrevista que le realicé por email para la revista “Oaxaca en México”. Supe que era una de esas historias que debían ser contadas por la bizarría que transmiten. El año pasado conocí los Estados Unidos visitando a Velasco en su segunda casa, platicando con él, escuchándolo, reconociendo en su mirada el resumen de las dificultades que enfrentamos —solo por el hecho de vivir— los mexicanos. Ahora pienso que hay personas que se vuelven necesarias para enfrentar el futuro, mentes que llevamos a cuestas; cada palabra pronunciada un recordatorio de que no estás solo y además puedes ser feliz. Es el diálogo inconcluso que me provocan estos mexicanos en el exterior, sus vidas revolucionando vidas. La suma de recuerdos frescos que antecede al tren de la medianoche en la Grand Central Terminal, cuando fuera de aquí todo parece prohibitivo.

jueves, 23 de julio de 2015

La redención del sexenio

Cualquiera puede hacer un recuento de la nota principal de la agenda mediática respecto a Oaxaca durante los últimos años y confirmará que los maestros son los protagonistas. Después, puede encontrarse con diferentes columnas atacando al gobernador del estado, tildándolo de muchas maneras, pero siempre en la misma línea: incapaz de aplicar el Estado de derecho y cómplice de la CNTE. Esta narrativa dio un giro de 180 grados ayer, cuando en un anuncio inesperado Gabino Cué junto a Emilio Chuayffet, secretario de Educación Pública, y Eduardo Sánchez, vocero de la Presidencia de la República, con la presencia testimonial de Rosario Robles, confirmaron la desaparición del IEEPO, el bastión que desde 1992 controlaba la Sección 22 y desde donde operaba de facto la política educativa en la entidad.

Con este anuncio no solo se reestructurará administrativamente la institución que más recursos del presupuesto absorbe en Oaxaca, sino que cambiará la correlación de fuerzas en el estado. El respaldo del presidente de la república —quien solo lo ha visitado una vez con ese carácter y aun así estuvo encerrado en el astillero de la Marina en Salina Cruz— ahora será más decidido y notorio. Peña Nieto y el Gobierno de la República no solo respaldarán la transformación del sistema educativo oaxaqueño para que la Reforma Educativa se ejecute, sino que el tema que representaba una fricción con el gobierno estatal: su presunto apoyo incondicional a la CNTE, ya no estará sobre la mesa, y con ello mejorarán los canales institucionales de diálogo y establecimiento de prioridades de cara al final del sexenio de Gabino Cué.

En otras palabras, desaparecer el IEEPO es una estrategia en varios frentes porque no solo se atiende la principal problemática de Oaxaca, sino que también se fortalece el Estado de derecho con base en el pacto federal. La gobernabilidad, el principal reto de la administración estatal, enfrentará las resistencias previsibles de movilización del magisterio, pero a medida que pasen los días éstas perderán legitimidad y si de por sí está desgastada la “lucha democrática” de la veintidós, ahora ya no tendrá futuro. Responder con la contundencia de ayer era necesario no solo por el chantaje llevado al extremo de Rubén Núñez y compañía, sino por la arrogancia que le precedía y que lo obnubiló al declarar a la prensa luego de la demanda de Mexicanos Primero, que a él no le pagaban por dar clases sino por hacer política.

Una vez que los maestros dejen los cargos directivos que ostentan, es de esperarse que se cumpla con una de las condiciones de la evaluación educativa: quien falte injustificadamente será despedido. En este sentido, ya no habrá asambleas, marchas o plantones que paren clases continuamente, sino que se controlará la actividad docente. Desde que Bonnin escribió hace dos siglos su clásico libro Principios de administración pública en Francia, el control se concibió como un rasgo y propósito esencial del gobierno; de ahí que viera en la administración pública un contrapeso a la tiranía debido a que solo existe donde cuaja la nación y se decreta la igualdad jurídica de todos los hombres, pues, señalaba, “lo público es propio nada más del universo social cuya naturaleza es la existencia dual del ser humano como individuo y como miembro de la comunidad”. Ante la tiranía ya no del rey, sino de un grupo de interés que impone a toda costa una voluntad caprichosa, el Estado debía actuar con firmeza. Y eso fue lo que vimos ayer.


Hay quien dice que el momento que define a los hombres de Estado es cuando se toman las decisiones impopulares. Cuando la alternativa correcta no es la mejor opción para el público, que tradicionalmente aplaude o abuchea respondiendo al ánimo y no a la razón. Sin embargo, irónicamente, esta vez, la decisión tomada será aceptable para una mayoría mucho mayor que los involucrados, porque la sociedad ya estaba harta de que no se hiciera nada contra los intereses creados de la CNTE. El golpe de timón elevará los bonos del gobierno estatal de cara al cierre del sexenio y pondrá en la balanza, más que nunca, las propuestas de quienes aspiren a la primera magistratura del estado. Por otra parte, redimir es un verbo interesante, sobre todo en la acepción que indica que es volver a comprar una cosa que se había vendido o empeñado. Gabino Cué redimió la educación de las niñas y niños oaxaqueños y con ello se redimió a sí mismo. Hizo lo que tres gobernadores emanados del PRI no quisieron hacer y además lo hizo en el momento indicado. Ahora ya no solo es el primer gobernante de transición de Oaxaca. Históricamente, ya se ganó otro papel: el de reformador. 

Díaz, donde los contrarios se confunden

Se cumplió un siglo del deceso de Porfirio Díaz Mori, el personaje más discutido de nuestra historia nacional. Don Porfirio representa la ambivalencia de un hombre de su tiempo que no va con la historia de bronce en la que los héroes aparecen casi perfectos, con un halo de bondad que los sacraliza e impide que se les halle defectos. Desde niño me enseñaron que se había convertido en un cruel dictador después de haber defendido valientemente a la patria de la intervención francesa. Nadie le discute su genio militar, sino la incongruencia de haberse opuesto a la reelección del presidente Juárez con el Plan de la Noria, primero, y después a la de Sebastián Lerdo de Tejada con el Plan de Tuxtepec, para luego perpetuarse en el poder.

El pasado jueves me invitaron a participar en un evento para honrar su memoria en el University Club ubicado sobre Paseo de la Reforma y del que fue miembro el general. Me pidieron compartir una ponencia sobre un aspecto de su vida y a sabiendas de que me encontraría rodeado de gente adicta a la historia, preferí un enfoque distinto para el análisis. Así, hablé de Díaz, el estadista, con todo lo que implica que a un dictador se le considere de ese modo y en medio de la polémica de los últimos días acerca de que se le está eximiendo de lo malo en razón del centenario de su muerte.

Lo que no puede negarse es que fue hasta la época de don Porfirio cuando en México se conformó un verdadero Estado-nación. Consolidarlo requirió centralizar el mando para acabar con cacicazgos regionales que imponían sus propios arreglos. El costo ya lo sabemos: una dictadura de tres décadas en la que cundieron abusos contra obreros y campesinos, además de restricciones a libertades civiles como la de prensa. En otras palabras, vivir en el Porfiriato era estar consciente de que no se podía actuar en contra de lo establecido porque mantener la paz pública era más importante. El orden conllevaría progreso y para alcanzarlo había que sacrificarse, aunque esto representara retratos tan crueles como los que narra John Kenneth Turner cuando se refiere a las condiciones de esclavitud en Valle Nacional.

No creo que fuera el país que deseara Díaz, pero tampoco lo justifico. Lo que me interesa de él es su capacidad para gobernar con visión de Estado, lo que implicó identificar prioridades y planear estrategias para llevar a cabo objetivos en el largo plazo, los ferrocarriles son un claro ejemplo. Difícilmente hoy los gobernantes aspiran a ser hombres y mujeres de Estado. La mayoría actúa en función del horizonte de tiempo por el que han sido electos. Pocos piensan en proyectos que trasciendan su mandato y sienten las bases del desarrollo del país más allá del cálculo político de ganar las próximas elecciones. El valor de la democracia no era un punto que interesara al general, pero probablemente tenía razón en su cautela. Tenía la experiencia de la confrontación social que dejaba a su paso la transición de régimen. Díaz aprendió de la política en clave de prudencia desde joven, cuando fue jefe de Tehuantepec.

Leyendo parte del archivo epistolar de su primer periodo al frente del país, me encontré con la respuesta que le envió a Núñez Ortega, quien le había comunicado que había sido invitado a comer con los reyes de Bélgica en Bruselas. Fechada el 20 de marzo de 1880, Díaz reconoce los servicios de su representante en Europa y señala que “las frecuentes relaciones sociales con los ministros diplomáticos, son también en un concepto, un medio de aplazar y evitar dificultades, porque ellas muchas veces suavizan y modifican favorablemente sus pretensiones”. Más adelante le reconoce: “Ha hecho usted muy bien en presentarse en las recepciones que ha habido, con su carácter de representante de México, siendo, como es, una necesidad, que nuestro país no se olvide ni se rebaje a la línea de las demás repúblicas hispanoamericanas”. Después se complace de que el Príncipe de Rumania quiera establecer relaciones con México, así como de la próxima llegada de los representantes de Holanda y Suecia al país. Díaz ponderaba la diplomacia por ser un arte que permite ganar sin gastar balas. Y él sabía lo duro que es usar las armas.  


Hace unos años escuché a Vargas Llosa, después de ganar el Nobel de Literatura, hablar de la historia de su vida llena de contradicciones como la de tantos intelectuales. Una frase me interesó: “El hombre es ahí donde los contrarios se confunden”. Es decir, no hay ángeles ni demonios en los personajes históricos, sino personas de carne y hueso con virtudes y defectos, que tienen aciertos y errores. No nos toca estudiar cómo se confundieron las fuerzas contrarias en la voluntad del “Soldado de la Patria”. Nos toca en todo caso reconocer su esfuerzo de concretar un Estado donde no lo había. No celebramos el costo social que eso implicó, pero tampoco podemos atribuírselo solo a Díaz. Al contrario, deberíamos pensar cuánto peor hubiera sido no tenerlo ahí, modernizando a México.  

domingo, 5 de julio de 2015

La sucesión adelantada

Para nadie es un secreto que la sucesión de los gobiernos federal y estatales en México no inicia con los tiempos marcados por la ley electoral. La sucesión empieza un día después de la elección anterior. Por ello no debería llamar a asombro los destapes a nivel nacional y en Oaxaca, donde después de la elección intermedia del siete de junio la correlación de fuerzas cambió. El PRI ganó en siete de los 11 distritos federales en disputa. Con todo y las protestas que devinieron delitos del magisterio alineado en la CNTE, las elecciones en Oaxaca se llevaron a cabo. La nota es elocuente tomando en cuenta el entorno de crispación social previo al primer domingo de este mes. La presión ejercida por la coordinadora recordó a muchos los tiempos aciagos de 2006 cuando se tambaleó la autoridad constitucional de Ulises Ruiz.

La nueva composición del Congreso pone de relieve dos cosas: por un lado, que el partido en el gobierno de la república junto al mercadotécnico Partido Verde y Nueva Alianza, lograron una mayoría simple que les permitirá un buen margen de maniobra a la hora de obedecer los dictados de Los Pinos; por otro lado, la fragmentación de la oposición, dividida y derrotada, con una falta de rumbo que contrasta con la decepción generalizada de la ciudadanía hacia la clase política. El abstencionismo en Oaxaca prueba esta hipótesis, mientras que a nivel nacional fue de 53%, en el estado alcanzó más del 58%; de un total de 2 millones 30 274 votantes solo votaron 849 046.

El PRI perdió la capital del estado, la joya de la corona de estas elecciones, por un estrecho margen. Francisco Martínez Neri, quien fue un buen rector de la UABJO se impuso a Beatriz Rodríguez, secretaria de Turismo en el sexenio de Ulises Ruiz. Es la segunda vez que pierde una elección, después de haber buscado la presidencia municipal sin éxito en 2010. La efervescencia por este distrito es un botón de muestra de la elección en Oaxaca: un alud de acusaciones por compra de votos; violencia infundada de una minoría radical que amedrentó a la ciudadanía; pero sobre todo un vacío en el debate de las ideas sobre el papel que debe cumplir el representante popular oaxaqueño en la nueva legislatura. Son pocos los candidatos que aspiran al cargo por la trascendencia de legislar antes que por el reconocimiento público de ir a San Lázaro de paseo.

A nivel nacional, las elecciones dieron pie a dos destapes que incomodaron la gira que el presidente realizó por Italia en días pasados. Margarita Zavala cambió su aspiración de dirigir al PAN por la de ser candidata presidencial en 2018 con todo el apoyo de su esposo, el ex presidente Calderón, extraviado en sus ambiciones de retornar al protagonismo político como si nadie recordara el estrabismo de su gobierno respecto al problema del incremento de la violencia relacionada con el crimen organizado y el narcotráfico. Por otra parte, Miguel Ángel Mancera declaró que si la gente se lo pide, una salida cómoda, aceptará ir por la grande y mantuvo firme su posición de competir como un ciudadano más, aunque en la Ciudad de México esté más ocupado en la grilla que en la buena administración. Estos destapes ponen de manifiesto el cambio de la cultura política mexicana que precisamente ya no estima “tapar” al bueno como augurio de éxito, sino que demanda publicitar muy anticipadamente aspiraciones débiles como apuesta de sobrevivencia política.

En Oaxaca la sucesión también arrancó. En el PRI la elegibilidad de un candidato pasa necesariamente por la disputa del control interno que desde hace tiempo mantienen los últimos ex gobernadores. La conciliación parece difícil pero los resultados electorales siempre han sido un fiel de la balanza aceptado. Las lealtades en la nueva bancada priista oaxaqueña pesarán mucho en la definición de un candidato, pero no tanto como la simpatía del primer círculo del presidente de la república, quien tiene a dos “tapados” dentro de su gabinete ampliado, quienes dejan verse complacidos cada fin de semana en la entidad.


Lo que se mira muy difícil en los demás partidos es la capacidad para articular una coalición efectiva que compita nuevamente con miras en un proyecto superior a las ideologías fragmentadas. En la era de la posmodernidad las ideologías son bonitos símbolos para colgarse en la solapa. Los oaxaqueños esperan de los partidos políticos soluciones a sus problemas antes que elucubraciones sobre el sentido de organizarse y defender posiciones a ultranza. Después de esta elección el PRD disminuyó su atracción de votantes mientras que MORENA creció de forma importante. El PAN prácticamente desapareció del estado. La pregunta es, ¿cómo movilizar a la sociedad en una alianza disímbola sin el gran liderazgo carismático de Gabino Cué en 2010? No hay en este momento un candidato viable para tal alianza, pero eso no impide que varios alcen la mano. A fin de cuentas, el juego del destapado ya comenzó.

Antidemocracia magisterial

Si nada cambia dentro de las próximas horas, el domingo siete de junio no habrá elecciones en el estado de Oaxaca. La sección 22 de la CNTE tomó las 11 juntas distritales del Instituto Nacional Electoral, que desalojaron elementos del Ejército mexicano resguardando la papelería electoral. Además, cerró el Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” y continuó el bloqueo a la planta de Pemex en El Tule, agotando el combustible de las estaciones de servicio de los Valles Centrales. Ya ni hablar del paro que deja sin clases a más de un millón 300 mil estudiantes, niños y jóvenes condenados a la educación pública de menor calidad del país.

La sección 22 no actúa como organización sindical sino como grupo de presión, y en democracia aun este tipo de grupos debe sujetarse a los arreglos institucionales para negociar. Ahí se encuentra el límite. Sin embargo, los maestros de Oaxaca ya lo rebasaron. Sus principales demandas están fuera del marco de la ley, pero también de lo aceptable para la sociedad civil. Cancelar la reforma educativa se mantiene como la principal demanda, de la que deriva la segunda: impedir la privatización de la educación pública, que paradójicamente solo ellos han logrado privatizar. Y por supuesto, impedir las elecciones porque todos los partidos políticos representan lo mismo.

De las demandas hay una que llama la atención por su fatal incongruencia. Exigen la liberación de cuatro secuestradores miembros de su gremial: Mario Olivera Osorio, Lauro Atilano Grijalva, Damián Gallardo Martínez y Sara Altamirano Ramos. Junto con otras ocho personas, estos pseudo-profesores plagiaron el 14 de enero de 2013 a dos menores de edad sobrinos del presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Gerardo Gutiérrez Candiani, en el Ejido Guadalupe Victoria, al norte de la ciudad de Oaxaca. Los niños estuvieron secuestrados 140 días en una cisterna de una casa ubicada en el municipio de Cuilapam de Guerrero.

Es evidente que la sección 22 de la CNTE fija sus objetivos transgrediendo el Estado de Derecho. La máxima de las sociedades democráticas que se sujetan a él es que nadie puede estar por encima del imperio de la ley aun cuando ejerza puestos de autoridad. Las exigencias de los maestros de Oaxaca no solo están fuera del marco normativo sino que lo desafían y con ello confrontan, ya no al gobierno federal o al estatal, sino a la sociedad oaxaqueña. Asumirse como los portadores de un nuevo orden e iniciar una revolución chabacana al pretender impedir las elecciones del próximo domingo es el más grave error de cálculo en el que pudo incurrir la dirigencia que encabeza Rubén Núñez, un señor que basta escuchar un par de minutos para entender que si pasó por alguna escuela no fue para abrir un libro.

Es preciso señalar que no estamos frente a una organización monolítica. La sección 22 es un hervidero de grupos en busca de poder interno para repartir beneficios. No obstante, aun cuando haya pluralidad de opiniones y un buen número de maestros no esté de acuerdo con los métodos de lucha magisterial, finalmente se impone la voluntad de una minoría que, establecida en el control de todos los afiliados, los obliga a participar activamente para conseguir cualquier tipo de ascenso. La minuta del 92 en la que el entonces gobernador Heladio Ramírez le cedió amplias facultades del Estado sobre la educación, solo fue la formalización de una cultura del chantaje que puede valerse de cualquier bandera para exigir más prebendas.

Hay una contradicción de fondo en el movimiento magisterial que se declara democrático. Se ha vuelto la organización más antidemocrática que exista en el México de hoy. En sus asambleas generales hay una sombra de abstencionismo que evidencia su falta de legitimidad y el voto por parar clases e iniciar plantones está suficientemente dividido como para pensar que es un símil empobrecido de nuestras elecciones. Y sin embargo, aseguran que las cancelarán porque son una farsa. ¿Una farsa equivalente a la de que su movimiento es democrático? ¿Tan farsa como que son buenos maestros interesados en el bien común?


Un amigo que trabaja en el IEEPCO-OPLE me relató cómo fue el desalojo que sufrieron el pasado lunes primero de junio, cuando un grupo de encapuchados vinculado a la veintidós saqueó las instalaciones llevándose computadoras, impresoras, módems, y prendiéndole fuego a las instalaciones. “Llegaron los encapuchados muy agresivos. Destruyeron todo. Cabe mencionar que no tenemos nada que ver con el proceso federal pero literalmente nos dejaron en la calle”. Esa es la racionalidad de la protesta social que alaban y que nada tiene que ver con un fin democrático incluso si pasáramos por alto los medios. El cambio institucional, arreglos distintos entre actores políticos, es un continuo incremental en sociedades con alto valor social. Esto se logra principalmente con buena educación, pero en Oaxaca a la sección 22 le ocupa más el incendio de las instituciones.