jueves, 22 de octubre de 2015

2016: el queso antes que la ratonera

En Oaxaca hay muchas cosas que parecen no tener solución, una de ellas es la forma de hacer política cada seis años. Se considera al cambio de sexenio como la única época para debatir los proyectos de desarrollo del estado y aun para sacar a relucir todos los defectos de los adversarios. La situación es reflejo de una gran pobreza intelectual. La política no debería traducirse en la confrontación sin sustancia que pondera lo superficial: quién será candidato, quiénes apoyarán sus ambiciones, tiene o no el talante de líder; hasta caer en el absurdo de si el candidato es guapo o no lo es. Estas cuestiones de formato basadas en el marketing no hacen la diferencia entre un pasado autoritario que preferimos olvidar y un presente en el que creemos vivir la transición democrática. Que las campañas políticas sean el centro de atención pública deja mucho que desear, pues no es a través de ellas cómo se definen los intereses colectivos y se logran equilibrios sociales. En ellas se disputa el poder entre las élites acostumbradas a lo chabacano.

En tiempos electorales hay que esperar lo peor de todos los contendientes. Las fracturas al interior de los grupos son comunes y es normal que la traición se guarde para el arranque del proceso electoral. En Oaxaca los últimos días han dado cuenta de ello. Una nota en un periódico de la prensa nacional atacando al gobernador del estado; una polémica inacabada en torno al centro de convenciones de la capital; pero también un intenso activismo de los funcionarios federales y de los legisladores que quieren convertirse en gobernador; el desafío de la CNTE que no quiere perder sus prebendas. Un escenario convulso por donde se le vea mientras el círculo rojo conjetura los futuribles con intuiciones del tamaño de un garbanzo. En la marcha hacia 2016 no hay una reflexión profunda de para qué se quiere usar el poder sino una guerra contenida en la que pronto habrán de aventarse lodo todos los involucrados. El debate público tristemente se somete a lo circunstancial y no al proyecto de estado que afectará a todos los oaxaqueños.

Esa inmediatez con la que se piensa la cosa pública no es nueva, pero adquiere otro cariz una vez que México como nación y Oaxaca como entidad federativa han vivido procesos de transición democrática por muchos años, por lo que se esperaría que la fuerza de los votos se hubiera traducido ya en una cultura política distinta. Es decir, que lo electoral hubiera cedido paso a la construcción de una ciudadanía verdaderamente activa, que pondera su participación —más que en los procesos electorales— en la definición continua de la agenda pública y en la búsqueda de las soluciones basadas en el conocimiento y respaldadas en el consenso de mayorías cada vez más amplias. Ese panorama, por deseable que sea, está lejos de ser la visión presente para Oaxaca. Sus políticos siguen pensando en horizontes de tiempo realmente cortos; nada más lo necesario para conseguir un cargo público mejor remunerado. En el camino deja de importar si se logran proyectos de trascendencia social, y se vuelve preponderante ganar adeptos a los intereses personales o de grupo con los que unos cuantos aseguran el control de los recursos por más tiempo.

La campaña que ya empezó será la repetición de las viejas formas que modelaron por décadas al sistema político mexicano. Costó mucho trabajo abrir el sistema electoral y de partidos a la pluralidad política, e incluso hoy se siguen recordando las máximas de Reyes Heroles cuando fue el secretario de Gobernación reformador, como aquella que reza: “lo que resiste apoya”. También se recuerda la conformación del Frente Democrático Nacional en 1988 cuando la oposición llegó más fuerte que nunca a una elección presidencial de la que nunca se despejó la sombra del fraude electoral. Seguiremos viendo las imágenes de la celebración de Fox en 2000, con el panismo más guanajuatizado que nunca; gente llorando y gritando mientras el presidente Zedillo confirmaba por televisión que por primera vez un partido distinto al PRI llegaría a Los Pinos. Todos esos símbolos seguirán siendo importantes para quienes se interesan un poco en el pasado reciente de su país, pero, no obstante, nos recordarán que los símbolos no bastan para consolidar el rumbo de un pueblo.


De ahí que la elección de 2016 para Oaxaca represente un gran reto y al mismo tiempo un serio problema político, pues se pondrá a prueba la solidez del proceso democrático después de la alternancia de hace seis años, pero además, se confirmará que por sí solo ese proceso no garantiza el rendimiento institucional de los próximos años. Si de por medio no hay un examen crítico del pasado reciente y una planeación prospectiva que pondere los próximos treinta o cincuenta años, nuestros políticos oaxaqueños pueden seguir disputándose el queso aunque, como reza el clásico, después se arrepientan y solo busquen desesperadamente salir de la ratonera. 

Una oratoria única y exclusiva

La academia de oratoria “Hablando el Corazón” celebró su IV aniversario con un concierto de gala al lado de la Orquesta y Coro Esperanza Azteca en el histórico Palacio de Gobierno de Oaxaca. Su patio central se vistió de gala para un evento sin carácter político; ahí reunida, la sociedad civil revitalizó el inmueble que es cabeza administrativa del gobierno estatal. Durante cuatro años, “Hablando el Corazón” se ha convertido en referente de la práctica de la oratoria a nivel nacional, pero no es una escuela convencional que solo prepare cuadros para participar en los certámenes convocados por escuelas y en eventos cívicos. El mérito tiene que ver con la visión de su fundador, David García Pazos, quien estudió derecho en la Universidad Anáhuac, pero ha dedicado todo su tiempo al sueño que tuvo desde niño: ver en la oratoria un instrumento de transformación social.
Por percepción, muchas personas dirán que la oratoria es un “rollo” que sirve para hablar mucho y no decir nada, pero percepción no es igual a realidad. En los hechos, hablar con elocuencia es solo el principio de un arte aún más complejo: la argumentación. De acuerdo con Hannah Arendt, “el sentido de la libertad en la Grecia antigua estaba unido a la polis —ciudad Estado— que surgió para asegurar la permanencia de la grandeza de los hechos y palabras humanos”. Dentro de ella se podía ser libre y esta libertad estaba basada en hablar en presencia de los otros y con base en un trato entre iguales en la publicidad del ágora.
En julio pasado impartí en “Hablando el Corazón” un curso intensivo de verano que titulé “Construcción de opinión pública”. Fue refrescante compartir el tema con niños y jóvenes con anhelos vastos. Durante mi participación comprobé qué hace diferente al proyecto; por qué de repente muchos niños se interesan en la oratoria como cuando yo era adolescente se interesaban en el fútbol. Y es que han visto en la oratoria la posibilidad de alcanzar un sueño, pero además, en el camino que lleva a él, han aprendido a conducirse con una determinación ética. Como parte del curso hice una dinámica de análisis de textos en la que leímos un par de cuentos de Etgar Keret, el escritor israelí que ha ganado fama mundial por su novedad narrativa.
Uno de esos cuentos se llama “Un pensamiento en forma de cuento”. Es la historia de un joven que vive en la Luna en medio de una sociedad basada en el orden de las cosas ligado al de las palabras. Bajo ese orden las ideas se materializan en forma de diferentes objetos, por ejemplo, el amor paterno en un cenicero. Uno puede saber qué están sintiendo los demás si observa los objetos que hay a su alrededor. Lo que hace al joven especial es que cree que todas las personas tenemos al menos un pensamiento único y exclusivo, y su sueño es ir en pos de ese pensamiento para lo cual construye una nave con objetos que el resto de sus semejantes usan para fines menos atrevidos. Al notar que su empresa es una locura, sus vecinos deciden desmontarle la nave y encerrarlo en un calabozo de un metro por un metro. El cuento termina cuando el joven en absoluta soledad tiene un último pensamiento con la forma de una soga de la que decide colgarse. Al paso del tiempo, a los habitantes de la Luna les entusiasma la idea de tener su propia soga y hacen lo propio. Por eso cuando los primeros astronautas llegaron al satélite solo encontraron hoyos, las tumbas de esa antigua sociedad, pensamientos sobre nada.
Fue sorprendente escuchar las diferentes interpretaciones que las y los alumnos ofrecieron sobre el cuento. Cada interpretación única y exclusiva me hizo pensar que lo que le falta a muchas escuelas del sistema educativo en Oaxaca es justamente lo que le sobra a la escuela que conocí: imaginación. Es difícil saber hasta qué punto la vocación de una persona se encuentra en actividades complementarias a la formación obligatoria, de lo que estoy seguro es que la convivencia sana, el crecimiento en valores y la práctica de un arte son aliados en la definición de la vocación que nos acompañará el resto de nuestra vida. Y en este México nos faltan vocaciones verdaderas.
Arendt señala que “uno de los elementos más notables y estimulantes del pensamiento griego era precisamente que desde Homero no existía una tal escisión fundamental entre hablar y actuar, y que el autor de grandes gestas también debía ser orador de grandes palabras —no solamente porque las grandes palabras fueran las que debían explicar las grandes gestas, que si no caerían mudas en el olvido, sino porque el habla misma se concebía de antemano como una especie de acción”. A la clase política del país le falta oratoria, y también a la sociedad civil que en su despertar está llamada a enfrentar la adversidad con palabras no solo precisas sino también bellas.
Ahí tenemos un buen ejemplo con la academia de David.

La coalición de izquierda que viene

Los vientos sucesorios en Oaxaca están desatados. En 2016 se renovará el Congreso local, las presidencias municipales bajo el sistema de partidos políticos y se elegirá Gobernador del Estado para un periodo de seis años. Aunque se buscó que el próximo sexenio se acortara para empatar elecciones locales y federales, la iniciativa no pasó en la LXII Legislatura, caracterizada por su chabacanería, llevada al límite de aventar gas lacrimógeno en el salón de sesiones para imponer decisiones que no se toman en los órganos deliberativos formales del estado. En Oaxaca la política no se consensa institucionalmente sino subrepticiamente. La negociación cerrada impera por encima de Lo Público. ¿Tenía sentido empatar elecciones en 2018? Creo que sí, es racional ajustar los calendarios y generar economías de tiempo y dinero, con el positivo de que en elecciones presidenciales la participación ciudadana es mayor. Sin embargo, esa lógica no operó en la mayoría de los 42 diputados locales. También está el detalle, no menor, de reducir a un mínimo de tres años el tiempo de residencia efectiva en Oaxaca para quien quiera ser gobernador. Para nadie es un secreto que esta modificación dentro de la reforma político electoral fue dedicada al principal aspirante del PRI a la gubernatura.

Ante las modificaciones a la cancha de juego, las alineaciones en los equipos están cambiando. Tiene que ver con que ya inició funciones la LXIII Legislatura en el Congreso de la Unión. La sucesión en Oaxaca está en correlación con el liderazgo de algunos diputados federales que pueden saltar en pocos meses de la palestra de San Lázaro a los recorridos por las regiones del estado y con ello a la consolidación de una candidatura competitiva. No hay que olvidar que por mayoría relativa entraron cuatro diputados amarillos; dos de ellos potenciales candidatos a la gubernatura. El PRD quiere conformar un frente amplio de partidos y sumar a las organizaciones de la sociedad civil. Por ello Juan Mendoza Reyes, presidente estatal del PAN, se ha sumado ya a la iniciativa de ir en coalición otra vez, consciente de que por sí solo su partido no levanta ni un suspiro en las ocho regiones y tampoco en la capital. Pero no será suficiente para que esta antigua amistad electoral —que clama por consolidar la transición democrática iniciada con Gabino Cué— funcione. Al panorama se suma el factor Morena, con López Obrador recorriendo pueblos en abierta campaña para posicionar a su partido y habiendo dicho ya que el movimiento irá con un “intachable defensor de la soberanía nacional”, que como servidor público más bien brilló por su ausencia, Salomón Jara.

El Sol Azteca tiene en contra haber dejado de ser oposición en Oaxaca; ya no cuenta con la legitimidad fácil que discute el statu quo. Ahora debe justificar por qué continuar el proyecto político llevado los últimos años a la administración pública estatal y eso no es nada fácil. Por ello no sorprende que hace unos días el senador Benjamín Robles haya roto públicamente con la “buena” relación que tuvo durante años con el gobernador. Consciente de que a nivel estatal no cuenta con el respaldo de su propio partido y peleado con López Obrador, pareciera que la gota que derramó el vaso fue la elección de Francisco Martínez Neri como coordinador de la fracción perredista en la Cámara de Diputados. Casi al mismo tiempo, Robles denunció todo lo que para él está mal dentro del gobierno estatal. ¿Envidia? En política todo es personal. Y la desesperación, si no se disimula, es tan perjudicial como el berrinche. El affaire también muestra lo mejor que tiene el PRD en este momento: su coordinador en San Lázaro, y al diputado José Antonio Estefan Garfias.

Si me preguntan, dependerá del acuerdo entre ellos dos el éxito de la coalición de hace seis años. Martínez Neri, además de su nueva posición de poder, tiene a su favor una historia basada en la cultura del esfuerzo. Su paso como académico y rector de la universidad estatal, su experiencia legislativa en Oaxaca y haber sido secretario de un sector siempre noble: la cultura. En tanto, Estefan Garfias es un viejo lobo de mar, político astuto y con gran carisma, pero sobre todo conocedor de la administración pública, que es, finalmente, el objetivo de la campaña que se avecina. Lo escuché hace unos meses en Santa María Xadani, en uno de sus últimos mítines en busca de ganar el Distrito V de Tehuantepec, donde los cacicazgos tradicionales le jugaron en contra. Ante la gente reunida en la plaza del pueblo, bajo un sol de 40 grados, Estefan habló como si fuera candidato a gobernador, con la frescura de quien ya no sufre la derrota. Lo hizo con buena oratoria y al final atendió el trabajo más difícil e importante de quien se asume político: escuchar a la gente.

La coalición de izquierda que viene comparte oficinas en el Edificio “B” de San Lázaro.


bruneitorres@hotmail.com               @bruneitorres

Pérdidas e inversiones de la tragedia

Una mujer sube al camión. Está angustiada, la voz se le quiebra. Señala por la ventana su casa y comenta que el sábado pasado le robaron a su hija en la puerta. No ofrece detalles, muestra una imagen del reporte que levantó ante las autoridades, ahí está la foto de la niña de doce años. Mientras la sostiene en sus manos, pide que quienes puedan le regalen una moneda pues su esposo entró en shock por la noticia y ahora se encuentra grave en un hospital. Necesitan un tanque de oxígeno que no puede costear, el que trabaja es él. La mujer recorre los asientos con el rostro desencajado y ese sentimiento contenido en la garganta que no permite el llanto ante situaciones apremiantes. El duelo dura poco cuando El Motivo de una vida se ha esfumado.  

Horas antes, el chofer de un taxi me recoge en la estación Barranca del Muerto. Estaba jugando con la señora que asigna a los pasajeros, acariciándole los brazos mientras ella concedía y se reía, hasta que me subí y puso a andar la cuota del viaje. ¿Ya a descansar? Soltó sin más, como si a las cuatro de la tarde en esta ciudad se pudiera descansar de algo. No, don, tengo clase en la tarde. ¿Qué estudia usted, mi joven? Letras hispánicas, exclamé con el orgullo de quien no conoce bien los alcances de su profesión pero encuentra en esa línea el eco de una conquista traducida, justo ahora, en un par de clases que debo del primer semestre. El taxista ignora mi respuesta o probablemente la considera a través de un gesto de lástima con la mirada extraviada y la boca entreabierta dentro de una robusta cara de por medio, que observo en el espejo retrovisor. Pues siga sus sueños, me lanza despertándome de inmediato una sensación de intriga. ¿Lo dirá en serio? ¿O será una provocación para que le recuerde quién va al volante y quién es el cliente? Antes de que me ría de nervios o me enoje inútilmente, el taxista me cuenta la historia de su hijo.

A grandes rasgos el muchacho salió listo para la escuela. Cabe señalar que siempre lo llama wey, tal vez sea su forma de expresarle cariño. Así, el wey estudió comercio internacional e hizo una maestría, todo en el Politécnico, pero estuvo desempleado siete meses después de su última graduación. En ningún lugar lo querían, por lo que el papá lo invitó a cargar tubos a su lado en una empresa en la que se entra a trabajar a las tres de la mañana. No entiendo si ahí trabajó o sigue trabajando, pero en todo caso tiene su mérito el segundo supuesto, bajo el cual la volanteada sería un riesgo adicional al trabajo rudo de estibador. El papá estaba orgulloso de que su hijo fuera a ser su chalán cuando le avisó que siempre sí lo habían llamado del aeropuerto internacional de la ciudad de México donde, por la razonable cantidad de seiscientos mil pesos, podría ser agente aduanal de esos que te abren y revisan tu maleta cuando te persigue el infortunio después de un viaje al extranjero. En primer lugar me sorprendió, pero enseguida recordé que había vuelto a México hace ya una semana, por lo que debería parecerme trivial la historia en la que el taxista remata los pocos bienes de su familia. Al final, el del volante me contó que su vástago le pagó en la primera oportunidad la cantidad que sirvió de soborno a “alguien” de los que abundan en este país, había vendido su casa para comprar el ingreso a un puesto que se considera, solo en principio, honorable. Ahora el wey tiene dos plazas, puntualizó con orgullo ranchero el don.

Cuando me dejó afuera de mi domicilio me insistió con un aire de simpatía que siguiera mis sueños acompañado de un vacuo pero amable: Usted no se me desanime, mi joven. Entro a mi casa, escucho a los perros ladrar en el vecindario, me quedo sentado en medio del silencio. En breve escucharé a la señora que vive a la vuelta de mi casa. Conoceré la terrible noticia del fin de semana, una de tantas notas que no salen en la televisión. Miraré a una mujer perturbada pero entera, con ganas de que esto se termine; llena de rabia pero más de tristeza, conteniendo el llanto y pidiendo dinero a desconocidos, como cientos de personas lo hacen en la calle. Como el vagabundo afuera del banco al que acudí en la mañana, cuando la señora a mis espaldas sacó un billete de veinte pesos de su bolso y se lo fue a entregar en la mano a pesar del hedor que podía alejar a cualquiera, también le dijo: Tenga, señor, para que se compre algo. Por un momento destellante le devolvió su dignidad a un ser humano convertido en el objeto de todos los males en el pasillo de un centro comercial. El hombre miró el billete como si se tratara de un juguete, lo guardó entre sus harapos, después volteó a verla mientras se alejaba. Sonrío bañado por la mugre. La imagen, más que dura, era macabra. Detrás de mí escuché a la mujer entrada en sus cincuentas decir: Es lo que como sociedad le estamos haciendo a estas personas. Cada vez somos más indiferentes.

No sé a cuántos les importe mi vida. No debería ocuparme el asunto. No significo nada para nadie en esta ciudad, tal vez. Sin embargo, pienso que hay personas vapuleadas por la vida y que se mantienen de pie. Algunas llevan una pena que no se quitará nunca, otras se quitan la pena de tener que vivir conscientemente. Hay otra persona conduciendo por la ciudad, atravesando destinos inciertos. Dudo que a cualquiera le cuente, por la misma cantidad que marca el taxímetro, la historia de éxito familiar basada en recuperar una inversión fuerte revisando maletas de otros, o tal vez sí, tampoco es que importe mucho. De algo estoy seguro, si hace una semana me hubieran preguntado a qué venía, me hubiera vuelto mudo antes de bajar del avión.

viernes, 28 de agosto de 2015

Tres años de "Mover a México"

Con la nueva legislatura federal que toma posesión el próximo primero de septiembre se renovará la política mexicana. A casi la mitad del sexenio de Enrique Peña Nieto, el saldo deja mucho que desear: crecimiento económico mediocre, la histórica depreciación del peso frente al dólar, crisis de seguridad incluida la fuga del Chapo Guzmán, alta percepción de corrupción gubernamental que alcanza al presidente y a su secretario de Hacienda, pero sobre todo hay un desencanto generalizado por lo que se anunció como la solución de fondo para el país y hoy parece diluirse en la retórica de los eventos oficiales: las reformas estructurales.

De por medio está la justificación de que estas reformas, siempre nombradas de “gran calado”, no mostrarían resultados inmediatos sino que su éxito sería evidente con el paso del tiempo. Es difícil que el público entienda los plazos que establece el gobierno tomando en cuenta la lentitud para su implementación en la esfera burocrática. Sin embargo, lo que preocupa es la indiferencia del propio gobierno hacia las demandas sociales, so pretexto de que cualquier crítica corresponde a quienes han visto afectados sus intereses y no a las mayorías que serán beneficiadas por ellas. El ejemplo más claro es la CNTE respecto a la reforma educativa, su oposición está motivada por la pérdida de privilegios y no porque esta reforma pudiera haberse hecho consultando a sectores más amplios. Por supuesto que la Coordinadora es el actor más afectado con los procesos de evaluación y promoción docente basados en el mérito y no en las relaciones clientelares, y era deseable que fuera así con base en el Bien Común. El asunto es que no hay una CNTE para cada reforma: la energética, la de telecomunicaciones, la fiscal, la financiera. Quizá por ello los portavoces peñanietistas han insistido tanto en que la más importante reforma fue la educativa pues es difícil que alguien se oponga al derecho de los niños y jóvenes a contar con una educación de calidad.

El informe presidencial insistirá que la aprobación de las reformas fue un paso histórico entre el México del letargo político y el de la construcción de consensos, con la particularidad de que ésta pasó por la conformación de un instrumento carente de representación popular: el Pacto por México. Bajo la lógica del gobierno que llega a la mitad del camino, lo urgente era “mover a México” mediante un gran rediseño institucional que permitiera abrir ventanas de oportunidad pospuestas durante largo tiempo. Salinas de Gortari se ganó el título de reformador por su política económica interesada en privatizar aquello que públicamente ya no era eficiente e integrar al país en la región de América del Norte, pero aquel gran impulso terminó con una devaluación terrible en 94, acompañada de una crisis política desatada por el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Salinas prometió llevar a sus “compatriotas” al México de la modernidad y hoy, dos décadas después, la promesa, con diferente eslogan, permanece en el mundo de las ideas.

Detrás del evento presidencial al que acuden solo invitados especiales a escuchar una lista de logros y aplaudir cada estrofa del discurso, persiste un México de desigualdades cada vez más acentuadas, en el que la pobreza, según el Coneval, es la misma de 1992, cuando Salinas era presidente y había anunciado el gran programa social evidentemente populista de su administración: “Solidaridad”. A este programa le sucedieron “Progresa” con Ernesto Zedillo y “Oportunidades” con Vicente Fox y Felipe Calderón. Cada uno ha sido el marco para la administración de las acciones públicas que combaten la pobreza extrema y subrepticiamente un arma electoral de cada gobierno en turno, que valiéndose de la ignorancia de amplios sectores beneficiarios de algún apoyo condicionan su entrega a cambio de votos contantes y sonantes. El problema de la pobreza no se ha resuelto porque es imposible de resolverse si antes que entregar despensas y apoyos alimenticios no se generan capital humano y empleos bien remunerados en el marco de un Estado de derecho.

Cuando un país no garantiza el cumplimiento de la ley tampoco consigue ser competitivo. El Estado debe garantizar una cancha pareja para los jugadores y asumir que también el árbitro puede equivocarse y ser sancionado. La “casa blanca” del presidente, el affaire que le restó tanta credibilidad, no fue saldado con el despido de la periodista Carmen Aristegui de MVS. La respuesta oficial se encaminó a mostrar cierta preocupación en la figura de un nuevo secretario de la Función Pública que, como si se tratara de un fiscal especial en democracias avanzadas, investigaría al hombre que le dio el trabajo. No entiendo si alguien dentro del primer círculo del presidente de verdad creyó que la sociedad mexicana iba a creer solo con escucharlo que Peña Nieto no incurrió en un conflicto de interés con su contratista favorito. Pero tal parece que las reformas estructurales lo justifican todo: al presidente, a su equipo, la pobreza, la falta de crecimiento y lo demás. No importa que la gente de a pie no note los cambios, el informe es optimista, falta mucho por hacer, pero es esperanzador. Mueve a México. 

Houstonians

Uno de ellos sostenía la máxima mundana: ojos que no ven corazón que no siente. La repetía al conversar sobre la única relación que para él significaba algo más cercano al afecto que al trabajo. No la veo desde hace meses, su mamá me busca cuando necesita algo, pero no me deja ver a la niña.


Alguna vez cuando era niño quise viajar a los Estados Unidos. Supongo que no pensaba que fuera mejor que otros lugares para conocer, pero sabía que mi familia vivía en Houston. Cuando digo “mi familia” me refiero más bien a la familia de mi mamá, con quien crecí y a quien veía triste de no tener cerca a los suyos. Hasta que fui adolescente conocí un poco más ese lado de mi árbol genealógico. Frecuenté a un tío abogado hermano de mi madre, aficionado al rock y que me invitó algunas veces a comer menudo a una típica fonda mexicana del norte de la ciudad. Mi abuela, que también fue un padre para ellos y un hijo más de profesión contador público, se fue a vivir a Houston cuando no le quedaba otra cosa qué hacer en la ciudad de México. Con mi mamá casada, el hijo mayor que ya había arribado a esa ciudad texana y el abogado en sus asuntos, podía ir a buscar mejores motivos en otro país. Trabajó muchos años cuidando a la hija de un matrimonio de empleados de la NASA. Siempre me fascinó esa historia acerca de que vivía con astronautas como si todos los empleados de la NASA lo fueran. También llegué a ver sus fotos tomadas en la parte trasera de un cohete espacial, las dimensiones del vehículo eran fabulosas. Para mí, un niño crecido en una provincia pobre del sur de México, todo aquello era la comprobación de por qué los mexicanos querían con tanto denuedo una visa para viajar hacia el norte.  

Cuando a mi abuela, por segunda vez en la vida, volvió a quedarle nada en un lugar —sus patrones la corrieron de un día para otro por el hecho natural de que su hija había crecido lo suficiente para cuidarse sola— mi mamá viajó a Houston para devolverla a México. No imagino el sentimiento de una mujer que había pasado más de una década fuera de su tierra, trabajando como lo hacía, encerrada en la casa de unos gringos extraños durante una semana, saliendo a pasear con su hermana los fines de semana como única distracción y extrañando a su hija frente al mar sucio del Golfo de México. Tampoco imagino lo que significó convertir sus ahorros en pesos, el saldo de toda una vida, y administrar el último trecho de su futuro con un fondo para el retiro comprometido e insuficiente de antemano. Cuando volvieron juntas, madre e hija cansadas de un vuelo que en realidad era corto, ahí estaba yo en la terminal internacional de la ciudad de México. No sabía que en el fondo el cansancio no era producto del vuelo sino de una enfermedad acabada de llegar. Durante casi una década viví de cerca el peor lado de esa enfermedad, pero también conocí a una persona cargada de sabiduría popular, que nos sorprendía con sus dichos siempre, como si los pronunciara por primera vez cuando de hecho los repetía a menudo. Era porque sabía el momento preciso para decirlos pues contaba con la prudencia de la gente de antes, que callaba antes de no saber lo que decía. Murió en 2010 cuando para mí no había futuro ni en la escuela ni en ningún trabajo. Su deceso, como todo misterio trágico, fue un parteaguas para la vida de un desorientado. Dos meses después inicié una nueva vida, si puede considerarse así a encontrar un empleo que nadie más quería pero había que cubrir. Me permitiría la estabilidad relativa con la que vive un estudiante de universidad en un país tercermundista.

Cuando era niño también soñaba con hacer amigos. No me refiero a tenerlos sino a “hacerlos”. Crecí con poca familia, rodeado de primos lo suficientemente mayores como para considerarse tíos y sin hermanos durante los primeros años. Por eso pensar en ir a Estados Unidos era más que el trámite de subirse en un avión y trasladarse a otro lugar, significaba la oportunidad inmediata de querer a alguien. Así lo veía yo aunque, por otra parte, ahora suene demasiado melodramático. El plan era abordar con mi mamá ese vuelo que la llevó a Houston cuando yo tenía 11 años. No sucedió. Hasta 2015 conocí a la familia que no visité en la única oportunidad que hubo de hacerlo, antes que el 9/11 modificara la seguridad en la inmigración y la transportación hacia el imperio. Cuando hace unos días visité como turista el memorial ubicado donde antes estuvieron las Torres Gemelas, tomé una  foto a uno de los nombres inscritos en el borde de una de las dos enormes caídas de agua. En Internet conocí la biografía de la sobrecargo de origen asiático que alertó del secuestro de uno de los dos fatídicos aviones. Esto lo cuento al margen justo antes de subirme a otro avión para regresar a mi país. Quince años después del plan original, vine a conocer a mi familia de Houston. Probablemente esto compruebe que planear no cuesta nada y tampoco garantiza nada.

Hace muchos años un primo hermano de mi mamá, cuyo padre nació en la Costa de Oaxaca, probó suerte en estos rumbos, ahí está el origen de la historia. Su tía le ofreció en una corta frase probar el sueño americano: ¿Te quieres ir para Houston? Le dijo en el funeral de su padre, quien más que la figura de autoridad familiar fue un ejemplo de lo que no debía hacerse cuando de por medio hay que sacar adelante a los niños. Hablé con él en esta visita. Al terminar cada intervención de la plática ligera añadió un “man” provisto de una amabilidad difícil de ser discutida. La simpleza también puede ser honesta y afectuosa. Fernando me mostró en un par de horas el espejo en el cual, a cierta edad, las personas se reflejan, creyendo ser ellas mismas aunque haya transcurrido ya tantos años que sea tan difícil y extraño reconocerse. Todo el tiempo afable, me contó la historia de cuando una caravana de tíos y primos visitó Zipolite. Sobrevivieron a manejar desde Texas hasta Oaxaca, sobrellevando la frontera, el centro del país y la costa de Guerrero. Ahí, en una de las pocas playas oficialmente nudistas, encontraron el atardecer más hermoso que hayan visto. La familia había avanzado bajo la lógica de lo espontaneo, que permite toda clase de eventos inesperados y arriesga sin saber que va a ganar. Sillas plegables, hieleras, comida recién hecha con las cocineras de la playa, aquello era el fin de semana soñado por todos. Los hijos adolescentes, las figuras de autoridad maduras, todos habían logrado un objetivo que nadie se fijó: Unidad.

Toda familia tiene sus propios problemas, a veces insolubles. Solventarlos significa sobrellevar lo desagradable y admitir que siempre puede haber momentos que, a fuerza de gastar tiempo en otras cosas, se convierten en extraordinarios. Veamos, el fin de semana viví dos partidos de los juegos más populares en los Estados Unidos, el americano y el béisbol. En cada uno disfruté cada momento porque cada momento, valga la redundancia, era completamente nuevo. Nunca antes en mi vida había estado en un estadio con ese propósito y no deseé estarlo en esta ocasión. Dos de mis tíos decidieron que era buen momento para llevarme a conocer la pasión de las multitudes gringas. De cada juego no conocía muchas reglas que me explicaron mientras miraba en las pantallas gigantes del estadio sonreír a tantos niños y adultos. Familias que se juntan con el mismo propósito, conviven estando en el estadio, pero también afuera de él, antes del juego y después de él. Algo que me sorprendió fue ver a varias familias asando carne en el estacionamiento del estadio con un calor asfixiante y un viento que al soplar parecía el motor de un sauna. Sufrir a veces es disfrutar, disfrutar a veces es vivir, vivir a veces es soñar, soñar a veces es jugar.

Había escuchado ya los pormenores de algunos desencuentros familiares, cosa que por otra parte no fui a buscar, cuando llegó el último día de mi visita. Quienes estuvimos compartiendo el grill la pasamos bien, incluso, contra las expectativas de mi condición física me arriesgué a jugar basquetbol con Pablo y Junior, tío y primo, el primero casi de mi edad, el segundo adolescente. A medida que pasan los años ofrecemos menos de lo que tenemos, así pasa también en el deporte. Ante mi sorpresa de ver cómo aguantaban el insoportable calor de la tarde riéndose de mí nadando en mi ropa, fue ilustrativo que mi tío afirmara que eso había sido su infancia y juventud: estar en el parque jugando con los amigos… la otra familia. Las familias, en mi opinión, no son solo las relaciones de sangre entre diferentes personas, son mucho más que eso. Pienso que familia es sinónimo de unidad. Y de este modo, toda unión entre dos o más personas puede ser una familia. Quizá mi familia de Estados Unidos no sea la más unida, pero es, en definitiva, lo que ahora tengo.

Jugar a veces es vivir, y yo viví mucho estos días en Houston. 

sábado, 15 de agosto de 2015

Arquetipos del exilio universal

En el corazón de New Haven, que alberga la prestigiosa Universidad de Yale, hay un restaurante llamado “Oaxaca Kitchen”. La simpleza también importa a la hora de nombrar los negocios que habrán de darnos de comer, lo digo por el dueño, un indio que vacacionó una vez en Oaxaca y se enamoró de su cocina, en principio, para después ceder en todo lo demás. Aunque probablemente sea más un restaurante de cocina mexicana por el menú de la carta, los competitivos estudiantes del college también pueden darse el lujo de comer mole negro. En la cocina hay manos expertas, un oaxaqueño trabaja aquí.

Connecticut tiene oaxaqueños viviendo en New Haven, pero también en Stamford, Bridgeport y Naugatuck. Galdino Velasco sembró, con su llegada en los cincuenta, una semilla que ha germinado con el paso del tiempo. Nuestro paisano con su nombre inscrito en una calle del centro de Stamford es el estandarte de una generación de oaxaqueños que vino a probar suerte en los alrededores de la ciudad destruida más de cien veces por la ciencia ficción tan gringa que parece deporte nacional. En Nueva York hay de todo, recorrer sus calles es como inyectarse en el cuerpo de un gigante convulsionado. Justamente por eso, ahora que volví, decidí caminar hacia el sur en busca de lugares más apacibles como si eso fuera posible aquí. Tomé Broadway hacia China Town y en el camino me crucé con una hermosa librería: “Strand”, donde me puse a hurgar en las baratas. Encontré un libro —o mejor dicho me encontró a mí— sobre los mixtecos de Juxtlahuaca.

Al día siguiente tuve una cita con Álvaro Enrigue, escritor de mi predilección a quien solo había visto una vez en mi vida cuando presentó Muerte súbita, su más reciente novela, en la ciudad de México. Lo esperé en la Hungarian Pastry Shop, cafetería cercana a la Universidad de Columbia, donde es profesor. Como llegué temprano pedí un pay de limón, el mejor que he probado en mi vida, y releí unos capítulos de Hipotermia, el experimento literario que me desafió cuando escribí mi primer trabajo final en la carrera de Letras Hispánicas. Álvaro es una de esas personas que no necesitas haber conocido de toda la vida para sentirlo como un primo en quien puedes confiar tus penas mientras se burla de ti amablemente y te sientes mejor. Conversador inteligentísimo. Hablamos de la situación de México vista desde el autoexilio, de las restricciones que implica vivir en Manhattan, pero también sobre la delicia de saborear librerías y bibliotecas, conocer balcones para mirar el caos con resignación pero apaciblemente, y superar las crisis de la edad que nos vuelven infelizmente maduros. No había un motivo para reunirnos salvo, tal vez, regalarle el libro sobre mis paisanos mixtecos. —¿De veras encontraste esto en Strand? —Ahí estaba entre tanto libro. Sonrió antes de guardarlo en su bandolera de escritor como quien cierra la bolsa del súper.

Miguel Ángel Mendoza es un resucitado. Nació en Zaachila pero su alma viajera conoce de todo. El sábado pasado lo acompañé en una reunión sui generis celebrada en New Rochelle. Por un lado el ballet mexicano de Nueva York y el de Poughkeepsie ofrecieron por segundo año consecutivo su Guelaguetza; por otro, los paisanos realizaron una protesta por los estudiantes de Ayotzinapa, a casi un año del crimen que sacudió sin quebrar al sistema político mexicano. Ahí estaba Miguel, cargando sus retratos de los 43, que pronto serán exhibidos en una galería de Soho, exclusivo barrio con vocación artística de Manhattan. El artista plástico como articulador de una manifestación pacífica. El arte como catalizador de las emociones que se contienen cuando no se olvidan, cuando algunos mexicanos preservan restos de la memoria histórica de nuestras tragedias. Miguel ha sobrevivido a trabajar 16 horas al día para levantar del lodo casas que no disfrutaba, ahora tiene más tiempo para su vocación, pero mantiene el trabajo utilitario para la subsistencia material. Sus hijos pequeños, Cosijopí y Cozobi, no dejan de jugar, como si una de sus coloridas pinturas hubiera cobrado vida.


Hace dos años conocí a Galdino Velasco a través de una entrevista que le realicé por email para la revista “Oaxaca en México”. Supe que era una de esas historias que debían ser contadas por la bizarría que transmiten. El año pasado conocí los Estados Unidos visitando a Velasco en su segunda casa, platicando con él, escuchándolo, reconociendo en su mirada el resumen de las dificultades que enfrentamos —solo por el hecho de vivir— los mexicanos. Ahora pienso que hay personas que se vuelven necesarias para enfrentar el futuro, mentes que llevamos a cuestas; cada palabra pronunciada un recordatorio de que no estás solo y además puedes ser feliz. Es el diálogo inconcluso que me provocan estos mexicanos en el exterior, sus vidas revolucionando vidas. La suma de recuerdos frescos que antecede al tren de la medianoche en la Grand Central Terminal, cuando fuera de aquí todo parece prohibitivo.