La violencia que azota a México parece no tener fin. Hablar o escribir del asunto es común en nuestros días, nos estamos acostumbrando a la situación de alarma permanente. La mayoría nos informamos a través de los medios masivos de comunicación: televisión, radio, periódicos; sin embargo, quienes viven en las ciudades más violentas observan el estado "anormal" de cosas. Así, miran a los convoys de militares apuntando sus armas de grueso calibre a la población civil y escuchan sobre las formas de los criminales que torturan a sus víctimas. Los sentidos alterados de las personas atienden lo cotidiano con impotencia y el "círculo rojo" potencia la violencia en sus primeras planas en defensa de la libertad de expresión. El presidente definió como "apología del delito" la lista de Forbes en la que un narcotraficante era incluido, me pregunto si piensa lo mismo de los titulares de todos los días.
Las instituciones nacionales enfrentan un momento difícil que replantea el papel del ciudadano como actor decisivo en el sistema político. La falta de credibilidad en sus representantes promueve el oportunismo de empresarios e intelectuales que hoy se asumen como los portavoces del sentir del pueblo. Así, contemplamos las iniciativas y pactos en favor de sus necesidades y demandas interpretadas, claro, por individuos que gozan de una posición cómoda en la sociedad. Acaso le preguntaron a la anciana que encuentro a diario afuera del Metro vendiendo sus canastitas de mimbre, ¿cómo mejorar al país? Seguramente no. En tanto, la desigualdad se pierde en las avenidas y colonias en las que cada quien lucha por vivir mejor; paradoja de un slogan. La culpa no es del presidente o del gobierno federal, tampoco de los gobernadores, legisladores o policías; la culpa señoras y señores es: de nadie.
Ni siquiera de las bandas de delincuentes todos, narcotraficantes, secuestradores, ladrones. Más bien, el sistema es ineficaz para nuestro tiempo. Supongo que ha sido ineficaz desde que nacimos como nación libre y soberana. Aunque los problemas siempre van a existir porque los seres humanos somos imperfectos, lo cierto es que en México los hemos complicado. Hemos realizado el cuento de la tina de cangrejos que nos identifica como envidiosos y poco solidarios, tal que cuando un cangrejo intenta salir del recipiente, en vez de empujarlo hacia afuera, lo jalamos por las patas. La falta de acuerdos entre todos, no sólo los políticos, mantiene hoy un país sumido en la discordia. Hace tiempo proponía como la cura de todos los males "el cambio generacional", retomando uno de los ideales de Vasconcelos en el tiempo de la Revolución Mexicana. Actualmente comprendo la realidad desde otra óptica, me doy cuenta que no es tan fácil cambiar las cosas. No obstante, me alienta saber que yo elijo qué hacer y cómo hacerlo, me anima poder decidir sobre mí y mis acciones, me impulsa ser joven y fuerte pero sobre todo, me insta el vacío en el estómago al mirar a los ojos a aquella anciana.
1 comentario:
Y las soluciones fáciles penosamente no existen. Ni los chivos expiatorios. Yo creo que si bien no es culpa de nadie, si es responsabilidad de todos actuar
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