domingo, 7 de septiembre de 2014

Oaxaca, Nieto y mi entonces

Un elefante huyendo en estampida. Un perico soltando una carcajada. La ballena desahogándose en franco llanto. Un ave con copete sádica cuya risa te devora.

Los ojos del elefante muestran desesperación como si fueran a estallar. El perico se solaza en su pasividad como si fuera la más dichosa de las aves. La ballena suelta lágrimas negras como aceite hecho combustible del alma, parece que por fin ha vencido su depresión. El sádico da miedo, quiere comerte. Mientras tanto, un ave parece estrujada y levanta el vuelo pero no estoy seguro que con éxito pues un puño la detiene y estruja.

En el universo pictórico también hay unos ojos tristes que parecen los de Nieto extraviado en algún lugar de Francia, o probablemente los de su amigo Cortázar. De fondo, escucho una banda de viento enfrente de Catedral, los maestros hechos bola en sus casas de campaña. El tiempo que se detiene, respira azul y se sigue de largo por los callejones de la esperanza que empieza en el Cerro del Fortín y termina en ningún lugar de la Verde Antequera.

El contexto de centro histórico que rehúyen ver los 34 ojos de Morales al acecho, las miradas sinceras de mujeres color de barro que expresan tantas cosas y vuelven caos de flores "Los colores de Oaxaca" en el segundo piso del Museo de los Pintores Oaxaqueños.

No sé qué Oaxaca conoció Rodolfo Nieto para darse tiempo de partir a la ciudad más melancólica de todas. Por la que pasaron muertos de hambre tantos geniales escritores latinoamericanos. El París que narra con tanta extrañeza y lejanía Bolaño refiriéndose a su Arturo Belano. En la que probablemente Nieto vio elefantes huyendo del tormento de los hombres o aves queriéndole devorar los ojos en vano, tristes y muertos desde hace mucho.

Para entonces, mi entonces, la esperanza se torna música, despega alrededor de los laureles de la Alameda y sube a un cielo tan azul que contrasta con el gouache sobre papel de "La zoología mental de Nieto". No sé dónde se instale, solo sé que existe.

Mi destino en tus manos, el encuentro entre grises y el profundo azul que me ilumina siempre cuando vengo y me doy tiempo de respirar tu aire, de sentir tu arte, de apropiarme la melancolía en el sentido de Víctor Hugo, como la felicidad de estar triste. Miro los ojos, veo a Nieto, a Bolaño y a Cortázar, veo a París y pienso que siempre tendremos Oaxaca.


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