Un elefante huyendo en estampida.
Un perico soltando una carcajada. La ballena desahogándose en franco llanto. Un
ave con copete sádica cuya risa te devora.
Los ojos del elefante muestran
desesperación como si fueran a estallar. El perico se solaza en su pasividad
como si fuera la más dichosa de las aves. La ballena suelta lágrimas negras
como aceite hecho combustible del alma, parece que por fin ha vencido su
depresión. El sádico da miedo, quiere comerte. Mientras tanto, un ave parece
estrujada y levanta el vuelo pero no estoy seguro que con éxito pues un puño la
detiene y estruja.
En el universo pictórico también
hay unos ojos tristes que parecen los de Nieto extraviado en algún lugar de
Francia, o probablemente los de su amigo Cortázar. De fondo, escucho una banda
de viento enfrente de Catedral, los maestros hechos bola en sus casas de
campaña. El tiempo que se detiene, respira azul y se sigue de largo por los
callejones de la esperanza que empieza en el Cerro del Fortín y termina en
ningún lugar de la Verde Antequera.
El contexto de centro histórico
que rehúyen ver los 34 ojos de Morales al acecho, las miradas sinceras de
mujeres color de barro que expresan tantas cosas y vuelven caos de flores "Los
colores de Oaxaca" en el segundo piso del Museo de los Pintores Oaxaqueños.
No sé qué Oaxaca conoció Rodolfo
Nieto para darse tiempo de partir a la ciudad más melancólica de todas. Por la
que pasaron muertos de hambre tantos geniales escritores latinoamericanos. El
París que narra con tanta extrañeza y lejanía Bolaño refiriéndose a su Arturo
Belano. En la que probablemente Nieto vio elefantes huyendo del tormento de los
hombres o aves queriéndole devorar los ojos en vano, tristes y muertos desde
hace mucho.
Para entonces, mi entonces, la
esperanza se torna música, despega alrededor de los laureles de la Alameda y
sube a un cielo tan azul que contrasta con el gouache sobre papel de "La
zoología mental de Nieto". No sé dónde se instale, solo sé que existe.




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