domingo, 7 de septiembre de 2014

Amor al arte

Más allá de las montañas de Cuajimalpa, en el misterioso camino hacia la Marquesa, está su casa. Espacio donde cabe todo y todos son bienvenidos, la casa del artista es hogar en dos sentidos: familiar y taller. La familia que amamos y la república que nos ama, que cada día nos recibe con un abrazo a pesar de nuestro estado de ánimo.

El maestro saluda con la sabiduría de los que han vivido mucho y todavía se acuerdan. Sus anécdotas son aleccionadoras igual que sus consejos implícitos en cada una de sus posturas respecto a la vida que para él es feliz cuando se decide ser en vez de poseer. Si tú decides ser eres libre, pero si decides tener te atas a la terrible necesidad de querer siempre más. Filosofía para ti, para mí, para el que lea.

Filipo es su compañero fiel que hace las veces de guardián noble del espacio de creación del artista. Un artista, recordará siempre nuestro anfitrión, es quien crea y al crear propone, no espera que a los demás les guste lo que hace ni que lo compren. Se propone existir realizando su obra para él mismo. Y la interpretación cobra sentido cuando miras sus pinturas, grabados y esculturas. Cuando te sumerges en los surcos abstractos cuyo centro caracol te absorbe al punto de no saber si escuchas la calma del mar o los sonidos del bosque.

El maestro conoce el mundo. Contempló la Florencia de los años sesenta, viajó por Europa y encontró el amor en Venezuela. El folclor que inunda sus venas fue valorado por europeas y latinas quizá por ese gesto de paz que sin llegar a ser una sonrisa revela su grandeza de alma nómada y sedentaria en distintas facetas.

Abre un baúl de tesoros, carpetas en desorden que guardan bocetos originales, grabados, pequeñas grandes obras de arte, de todo.  Ahí redescubre autoretratos de antes, obras que no fueron plasmadas en otras dimensiones, que esperaron el momento de cobrar vida de nuevo en su formato original. Historias que se cruzan en la mente, como la de una pareja de novios que quiso regalar a los invitados a su boda obras de arte cuyo concepto rebasaba su intención original.

Dos personas que murieron pero no en santa paz, por tanto, no van directamente a la gloria o al infierno sino que flotan en un espacio intermedio. “En el limbo”, y todo lo demás cobra sentido. Una cortina divide un cielo de nubes pasivas del lugar donde nada está definido. La misma cortina dota de intimidad la escena en la que dos seres alados, probablemente ángeles asexuados, están a punto de darse un beso. Con los cabellos al viento, con una corona de pureza en la sien, con los brazos entrecruzados en un infinito que revela su eternidad. 

La cátedra continúa. El amor tiene varias connotaciones: sensual, fraterno, divino, platónico. El amor, cual Francisco de Quevedo, trasciende la muerte. Pero la novedad en el discurso del maestro es que trasciende para bien y para mal. El odio, mal que pese, es consecuencia del amor. Si lo trabajas vuelve al amor o al odio, a un eterno cambio de cancha sentimental. Sin embargo, también se esfuma y cuando eso ocurre solo queda la indiferencia. Mira alrededor de su estudio —muebles hechos bóvedas de emociones, paredes compañeras de eterno viaje— medita y afirma: Ahí sí duele.

Las lecciones que la vida escupe frontalmente no llegan de la noche a la mañana. Son la constante que se aloja en el pensamiento de a diario y nos empuja a decir o hacer lo que no nos atreveríamos de forma espontánea. Entonces, actuar valientemente parte la vida en dos, le otorga significado a las épocas, cierra ciclos, abre el panorama de los sueños hasta que todo vuelve a ser nuevo.

Pienso en las palabras del artista más allá de la gloria y el infierno, habitante de ese punto medio donde la vida se mira con tanta dulzura de fracaso, con tanto éxito humilde, que todas las aflicciones cobran sentido: Querer en la obscuridad es igual a poseer; amar, solo con la luz encendida para que todo el mundo lo vea. Tiene que ver con disfrutar donde estás y dejar de pensar en el resto.

Hago mi maleta, guardo las obras, extraño la soledad del caracol. Me pierdo en la lluvia, cada gota un recuerdo, la tarde grisácea mi ahora. La puerta se abre y camino.

Volveré, maestro, tenemos harta vida que pintar.


Oaxaca, Nieto y mi entonces

Un elefante huyendo en estampida. Un perico soltando una carcajada. La ballena desahogándose en franco llanto. Un ave con copete sádica cuya risa te devora.

Los ojos del elefante muestran desesperación como si fueran a estallar. El perico se solaza en su pasividad como si fuera la más dichosa de las aves. La ballena suelta lágrimas negras como aceite hecho combustible del alma, parece que por fin ha vencido su depresión. El sádico da miedo, quiere comerte. Mientras tanto, un ave parece estrujada y levanta el vuelo pero no estoy seguro que con éxito pues un puño la detiene y estruja.

En el universo pictórico también hay unos ojos tristes que parecen los de Nieto extraviado en algún lugar de Francia, o probablemente los de su amigo Cortázar. De fondo, escucho una banda de viento enfrente de Catedral, los maestros hechos bola en sus casas de campaña. El tiempo que se detiene, respira azul y se sigue de largo por los callejones de la esperanza que empieza en el Cerro del Fortín y termina en ningún lugar de la Verde Antequera.

El contexto de centro histórico que rehúyen ver los 34 ojos de Morales al acecho, las miradas sinceras de mujeres color de barro que expresan tantas cosas y vuelven caos de flores "Los colores de Oaxaca" en el segundo piso del Museo de los Pintores Oaxaqueños.

No sé qué Oaxaca conoció Rodolfo Nieto para darse tiempo de partir a la ciudad más melancólica de todas. Por la que pasaron muertos de hambre tantos geniales escritores latinoamericanos. El París que narra con tanta extrañeza y lejanía Bolaño refiriéndose a su Arturo Belano. En la que probablemente Nieto vio elefantes huyendo del tormento de los hombres o aves queriéndole devorar los ojos en vano, tristes y muertos desde hace mucho.

Para entonces, mi entonces, la esperanza se torna música, despega alrededor de los laureles de la Alameda y sube a un cielo tan azul que contrasta con el gouache sobre papel de "La zoología mental de Nieto". No sé dónde se instale, solo sé que existe.

Mi destino en tus manos, el encuentro entre grises y el profundo azul que me ilumina siempre cuando vengo y me doy tiempo de respirar tu aire, de sentir tu arte, de apropiarme la melancolía en el sentido de Víctor Hugo, como la felicidad de estar triste. Miro los ojos, veo a Nieto, a Bolaño y a Cortázar, veo a París y pienso que siempre tendremos Oaxaca.


La hermosura del caos

La lluvia en la ciudad de México saca lo peor de nosotros. El tráfico en una esquina del Periférico con cualquier avenida es una muestra de las mejores maniobras para sobrevivir al caos. Por aquí, por allá, por todos lados se venera al desorden. Y en medio de ese capricho de todos por querer llegar a donde se supone que viven, estoy contemplando las gotas caer con estrépito en el suelo.

El camino al trabajo ha sido muy largo durante varios años. Empecé cubriendo una ruta que rodeaba la ciudad desde Televisa San Ángel hasta Canal de Chalco, de regreso con escalas en Pino Suárez y Chapultepec, y de vuelta al Sur. Ahora no me pesa hacer hora y media consciente de que no rodearé nada aunque volveré envuelto por el mismo caos.

Ayer empecé clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El primer día fue fascinante. Alcancé solo dos clases de cuatro porque, sí, adivinaste, tuve que trabajar. Pero con esas me bastó. Literatura española del siglo XX y Lingüística. Amabilidad profesional de las maestras, entusiasmo notorio por parte de mis compañeros, las aulas clásicas de esa facultad donde siempre hace falta lugares me encantaron y por supuesto, me obligaron a tomar apuntes desde el piso.

De regreso a casa tomé un taxi. El del volante me hizo la plática. Ya saliendo de clases, mi joven. Sí, respondí, ya era hora (las nueve de la noche apenas). Ah, y usted qué estudia.  Lengua y literaturas hispánicas, exclamé con orgullo. ¿Apoco sí? Yo también escribo, pero soy ignorante eh, escribo solo mis sentimientos. Muy bien, pues deberías tomar un curso para mejorar. No, yo hace más de 25 años que no estudio nada. Yo soy solo, pero he tenido un chingo de viejas. A ellas les escribo. ¿Algo así como poemas? Ándale, ¿quieres escuchar uno? Antes de que respondiera que sí, ya se había arrancado.

El poema tenía algunas metáforas interesantes aunque repetía palabras y por momentos no tenía musicalidad, pero estos detalles ni yo mismo los entiendo todavía, lo que sí capté fue su pasión por transmitirme algo. Después de la última línea, me dijo: Tengo otro, uno más erótico, ese se lo escribí a la vieja con la que ahora ando, una tapicera. Y es que si la viera, joven, a ella sí que le gusta el membrillo, lo hace como de película (mientras, por el retrovisor, gesticulaba acercándose repetidamente una mano a la boca).

El segundo poema hablaba de unas bolas de fuego, del origen de la vida en unos labios que le gustaba morder, de un volcán haciendo erupción e iluminando de rojo el porvenir. En fin. Cuando llegamos a mi domicilio le pedí que fuera la próxima semana a la Facultad, así tal vez le mostraría los salones y podría tomar unas clases. Me dijo que por quién preguntaba, le respondí que por Bruno Torres aunque dudo que alguien me conozca ahí. Con una sonrisa debilitada por el cansancio del volante, supongo, me prometió pasar la próxima semana. No se me va a olvidar tu apellido, aseguró, así se apellida la pinche tapicera.

Entro al Metro, compro un bísquet integral del lugar que perfuma la estación “Barranca del Muerto”, como le digo a la que atiende. Me lo confirma con sonrisa en el rostro. Después abro un libro, es de José Emilio Pacheco, lo saqué ayer, en mi primer día de clases, de la Biblioteca Central. El primer texto es un elogio del jabón. Mi regreso a México se dilucida en sus líneas:

“Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias químicas ni los perfumes añadidos: la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo más horrible. Así es y será siempre por desgracia”. La edad de las tinieblas, p. 8.

domingo, 20 de julio de 2014

Guelaguetza y Teoría del Duende


A Juan José Díaz Infante, fotografía viva.

Guelaguetza sabemos que es una palabra de origen zapoteco, cuyo significado refiere a compartir u ofrendar. En Oaxaca, Guelaguetza define un acto generoso entre personas que quizá sin tener lazos familiares se apoyan en situaciones especiales, como la boda o el funeral, en las que se comprueba la emotividad pero también la actitud generosa que distingue al oaxaqueño como ser humano solidario y recíproco.

No muchas culturas ponderan tanto como la nuestra el valor de entregar lo propio a los demás. Es un acto generoso y por increíble que parezca cotidiano en la tierra de Juárez, con el cual se genera un sentido de pertenencia a la comunidad, que se fortalece con los elementos característicos de una gran fiesta. En la Guelaguetza se transmiten las emociones definitorias del oaxaqueño, a quien lo distingue su admiración por la belleza de la vida, razón por la que aprecia el arte en todas sus expresiones. Por eso en la fiesta de todos los oaxaqueños está presente ese don espontáneo que García Lorca llamó “duende”. La chispa creadora que por encima de la perfección técnica desencadena la pasión por danzar, por crear con los movimientos del cuerpo algo por naturaleza elevado.

A decir del propio García Lorca “el duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto”.

El duende de la Guelaguetza la antecede, agita e inquieta el ánimo de la gente que espera impaciente admirar las danzas. Por eso en las Calendas previas a su realización los últimos lunes de cada mes de julio, se respira el gozo por sentirnos parte de un mismo pueblo, de un mismo estilo vivo que se materializa a lo largo de las ocho regiones.

Son las Calendas convivencias que recorren la ciudad y regalan la esencia de quienes con elegancia humilde portan sus trajes regionales, como el hombre de Ejutla que con sus camisas de seda multicolor anuncia que está de fiesta, o la mujer del Istmo que porta con garbo el traje de gala que por su fino diseño la distingue y con ello también distingue a Oaxaca ante México y a México ante el mundo entero.

En ocasión del cuarto centenario de la expedición de la Cédula Real que concedió a Oaxaca —entonces llamada Antequera— el título de Ciudad, en 1932 se llevó a cabo por primera vez el gran homenaje racial al pueblo oaxaqueño. En la “Rotonda de la Azucena”, como desde entonces se conoce a la explanada ubicada en el Cerro del Fortín, que es una gran ventana a la ciudad, se celebró una fiesta que reunió a delegaciones de todas las regiones del estado. Es importante recalcar que sucedió principalmente como una celebración de la hermandad entre oaxaqueños. La Cañada, la Costa, el Istmo, la región Mixteca, el Papaloapan, la Sierra Norte, la Sierra Sur, los Valles Centrales, son un mismo Oaxaca, que atesora la diversidad natural y cultural de cada región, pero se mantiene unido. Que lucha contra su duende y lo hace gozando.

García Lorca señala que “todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto”.

La música y danza oaxaqueñas se valen de la poesía mixe, mixteca, mazateca o zapoteca. Son legado milenario que se preserva con alegría porque define lo que somos. Así también la artesanía de los textiles, bordados a mano en las comunidades de origen de quienes bailan. Ese tesón por tejer un traje durante meses se acrecienta con la expectativa de la representación. Es decir, la sola idea de ir a la capital del estado a mostrar lo mejor de nuestro pueblo, donde nacimos y hemos crecido, es suficiente para preparar lo más digno porque queremos que así nos conozca el mundo. El quiénes somos es elevado a la dimensión estética.

La Guelaguetza recuerda el acto de cooperar recíprocamente. Es una gran mayordomía, porque solo un verdadero mayordomo es capaz de dar incluso lo que no tiene. Y en este sentido, el Pueblo de Oaxaca entrega durante dos fechas simbólicas lo que tiene, pero no de lo que le sobra. De ahí el acto de ofrendar, al final de cada baile, fruta, tortillas, mezcal, artesanías, lo que nutra cuerpo y alma; de ahí el recordatorio constante de que hay un pueblo en el Sureste de México que valora como ninguno el don de convivir en armonía, el don de honrar la memoria antigua como continuo presente.

En la comparación de García Lorca: “El ángel deslumbra, pero vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia y el hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra o su simpatía o su danza (…) la musa dicta y, en algunas ocasiones, sopla. Puede relativamente poco, porque ya está lejana y tan cansada, que tuvieron que ponerle medio corazón de mármol”.

El duende es distinto, quiere decirnos. Explosión de emociones virtuosas, sangre que hierve de orgullo y pasión, que no deja de celebrar la vida. En Oaxaca se regocija, salta y grita sinceramente. Sacude los corazones de los visitantes con su desenfado contagioso, con su pureza ociosa, con su manifestación sublime del espíritu humano.


El duende oaxaqueño —el que hace de la Guelaguetza su casa— hubiera desafiado y fascinado a García Lorca.


miércoles, 26 de marzo de 2014

Sonrisa

Pareja de recién casados orientales en Central Park. Foto: BT

Lo que me motiva a salir muy temprano de mi casa para ir al trabajo es hacer bien las cosas. Desde niño quise ser bueno en algo. Hace tiempo, cuando viajé a Francia, descubrí que era bueno cuidando niños. Aunque siempre pensé que los mocosos eran más fastidiosos que tiernos, estar lejos de mi casa y mi familia me hizo valorar la compañía de los seres más nobles de cuantos hay en la Tierra.

En la universidad, amé mi carrera y disfruté hasta los exámenes de muerte. Mi motivación: hacer las cosas bien. Nunca le di crédito a la suerte, a las posibilidades de que algo suceda sin planearlo antes. Nunca... hasta que apenas hace unos días descubrí el potencial de creer sin saber, de concederle a la suerte un poco de autoridad y a los planes, ninguna.

Soy fiestero, borracho, jugador, reventado y a veces cursi, no lo niego y tampoco creo que sea un orgullo. Es mejor ser sincero que aparentar una personalidad que termina por defraudar a los demás. Por eso siempre me presento como soy, sin máscaras. Con la sonrisa fácil por divertida, que no quiere conseguir nada, que se propone ser simplemente auténtico.

En la primaria conocí a una niña que se parecía a mí. Nunca decía mentiras, con lo tentador que era hacerlo, con tal de hacer lo correcto. Prefería hacer las cosas según su propia regla que dejarse llevar por la tentación de engañar a alguien; decirle, por ejemplo, que tenía una casa enorme, donde jugaba con un perro de raza mastín tibetano o echaba a correr al lado de un río artificial. Por eso me caía bien, porque no presumía nada en una época en la que todos quieren presumir algo.


Esta es la historia de un hombrecito que un día salió de su casa sin ninguna expectativa, tan solo con la idea de cumplir con su trabajo hasta muy tarde. Tomó el segundo piso del Periférico, llegó a su edificio muy temprano y se puso a trabajar sin parar enfrente de la computadora repleta de números. Pero la suerte hizo de las suyas.

Primero, le recordó que necesitaba un nuevo teléfono celular y lo dispuso a ir por él cuanto antes. El tipo, más bien torpe e inseguro, nunca imaginó que ese día conocería a la persona que le haría cambiar de opinión respecto a los límites y alcances entre lo correcto y lo interesante.

No solo fue una impresión ligera basada en la idea recurrente de que una mujer es hermosa y por tanto hay que hacerse el interesante para ligar algo. Más bien fue esa chispa que ilumina, de repente, la intención de todos los días. Saber que  hay una persona por ahí, en algún lugar de esta ciudad, bajo el mismo cielo grisáceo, que probablemente camine por las calles repletas de jacarandas de flores lilas con el cabello agitado por el suave viento, que quieres volver a ver sin ningún motivo en especial pero con desesperación. Que quieres admirar porque sí.

Nunca había considerado mi vida monótona hasta que me enteré que a este tipo una niña sonorense le hizo sentir que debía volver a verla bajo cualquier motivo. Supe entonces que enamorarse es que no te importe hacer lo correcto, dejar a la suerte lo que siempre has querido que sea predecible y controlable. Quisiera ser igual de inoportuno que él, cuando le preguntó su teléfono, cuando la invitó a cenar, cuando recordó su sonrisa eterna en una noche de primavera y empezó a acordarse de esto sin parar.

También quisiera que ella, algún día mientras dure el encanto, acepte su invitación.

sábado, 22 de marzo de 2014

Benito Juárez, genio y estatua

Don Benito Juárez García es el héroe más reconocido de nuestra historia patria, ni duda cabe. Con ello por supuesto no establezco que sea el mejor, ¿acaso podemos determinar eso? El tema que ahora nos atañe es el de si la figura del indio oaxaqueño está sobrevalorada. Mi respuesta va acompañada de una acotación, ¿sobrevalorada en qué sentido? Si atendemos a la cantidad de estatuas a lo largo del territorio nacional, sí, pero qué si tomamos en cuenta el genio, la visión de conjunto del presidente que enfrentó dos de los momentos más difíciles y definitorios de nuestra historia. Creo que incluso en estos tiempos no se ha valorado la aportación de Juárez al pensamiento jurídico y el rediseño de las instituciones del Estado.

Es cierto que Juárez fue un hombre de su tiempo. Me refiero a que abrevó en el pensamiento liberal del siglo de las luces. Perteneció a una generación formada en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, que fue el semillero del pensamiento de avanzada, contrario al dogmatismo religioso de ese México independiente y sin embargo cuasi confesional. Este panorama, entre lo religioso y lo político, nos permite entender las principales preocupaciones de un hombre que vivió en carne propia los contrastes de ser indígena y valer menos para la sociedad; de ser letrado y seguir valiendo menos; de ser presidente y… seguir valiendo menos.

Más allá de la historia romántica que lo sitúa desprotegido y violentado en la montaña zapoteca, que lo presenta como pastor de ovejas que emprendió un camino desconocido para dar con su hermana en alguna casona de ricos en la ciudad oaxaqueña, lo cierto es que Juárez pudo recorrer, con suerte o sin ella, los caminos del México del siglo XIX. La realidad de su tiempo marcada por la predestinación no fue una camisa de fuerza para él, que incluso asumió inicialmente el primer camino al ingresar al seminario católico, sino el desafío de vencer su circunstancia. Así, el joven oaxaqueño conoció las ideas ilustradas de Voltaire, Diderot, Rousseau, entre otros. ¿Cuál era el valor de esas ideas? Que independientemente de que se promovieran en Francia o Estados Unidos su aplicación era de carácter universal.

De modo que cuando nos preguntamos por el genio de don Benito Juárez debemos pensar en el contexto histórico que, más allá de los contrastes que lo caracterizan como el indio humilde que consiguió sus sueños, lo aprueba como un político y gobernante de trascendencia internacional. La influencia de Juárez se empezó a notar luego de la Revolución de Ayutla, en la que apoyó al general Juan Álvarez, de quien incluso fue su secretario particular. Dicha revolución, como todos sabemos, sucedió en contra del gobierno del Antonio López de Santa Anna, pero con alcances de mayor impacto para México.

En realidad, cuando revisamos la figura de don Benito, lo que nos atañe es la lucha intestina del siglo XIX entre los dos proyectos de nación que se plantearon luego de la Independencia de México, el conservador y el liberal. El primero, aun con las virtudes que plantearon hombres inteligentes como Lucas Alamán, no se podía entender sin la participación de un actor clave para sus partidarios: la Iglesia. Solo con ella era posible pensar en un proyecto de nación. La herencia de tres siglos de dominio peninsular estaba tan enraizada a la idea de un México libre, que para los conservadores solo era posible de la mano con la institución más dogmática de todas.

En este sentido, la aportación de Juárez con la desamortización de los bienes eclesiásticos fue un avance imprescindible para el desarrollo del país, entendiendo que en el nuestro de aquella época debía fortalecerse el gobierno republicano y no el gobierno central. Posteriormente, la idea de república y de su defensa ante la intervención imperial marcó un parteaguas en el proyecto de gobierno de un México libre. Por encima de la trashumancia del presidente que recorría el país en la carroza negra, algo hay de cierto con que Juárez conoció profundamente México, de oriente a occidente y de sur a norte. Ningún otro mandatario había conocido hasta entonces las diferentes realidades de un México irremediablemente nuevo.

Ante las críticas que lo condenan como un pequeño dictador por reelegirse en el poder cuando su mandato de hecho se dio por la renuncia del presidente que lo antecedió y no por una elección pública, cabe pensar en el mismo razonamiento que hiciera años después su paisano Porfirio Díaz, ¿México estaba preparado para las elecciones? No lo creo. De hecho, más que el deseo personal  por permanecer en el cargo, Juárez se vio obligado por las circunstancias a no dejar una silla presidencial que ya con él alcanza estabilidad. He aquí el motivo de estas líneas. La estabilidad en la presidencia de la república, entendida como la posibilidad de acceder a un puesto con mayores atribuciones, bajo el imperio de la ley, formó el principio y cauce de un verdadero Estado de Derecho.


Creo que en la mayoría de las escuelas no se revisan las aportaciones de Juárez sino la romántica historia que lo llevó de ser un simple pastor de campo a ocupar el cargo político más importante del país. Bien haríamos en promover el análisis histórico de su genio, por encima de seguir rindiendo cada 21 de marzo honores hechizos a las estatuas desperdigadas en cualquier lugar y en muchos casos demasiado estilizadas para la real figura de don Benito. Ya que su mayor contribución estuvo en las leyes y por tanto en las letras, deberíamos leerlo más. 

jueves, 13 de febrero de 2014

México, presidencialismo y crisis de representatividad


La pregunta de si la democracia es la mejor forma de gobierno para México no se puede entender sin tomar en cuenta la crisis de representatividad que —probablemente por la facilidad de comunicarnos actualmente— es tan evidente. Los partidos políticos (p.p.) mexicanos interactúan en una esfera que se aparta mucho de la sociedad como conjunto, basta ver el espectáculo que ha sido el Pacto por México. En principio, surgió como un acuerdo para echar a andar las reformas estructurales postergadas, tomando en cuenta la opinión de los tres principales p.p. nacionales. La explicación para descartar a las fuerzas minoritarias es obvia: no son necesarias en un país cuyo parlamentarismo es incipiente. En realidad, el Pacto por México vino a revivir el presidencialismo omnímodo y con ello a convertir las sesiones legislativas en un “levantadero” de manos o una oficialía de partes.

Un ejemplo: la escena de Porfirio Muñoz Ledo interpelando a voz en cuello al presidente Miguel de la Madrid en 1988 es apenas muy reciente. Ahora, el primero de septiembre no solo dejó de ser el día del presidente en tanto que ya no se le rinde el “besamanos”, sino que tampoco está obligado a entregar personalmente su informe en el Congreso de la Unión. El hecho de que el jefe del poder ejecutivo ni siquiera acuda a rendir, como antaño, un mensaje que comunique los avances y proyectos de su gestión es un mal síntoma de nuestro sistema político. No es que los tiempos pasados hayan sido siempre mejores, sobre todo si se recuerdan momentos como aquel en que una mayoría “aplastante” vitoreó como prócer de la patria al presidente Díaz Ordaz después de haber dado su versión de los hechos sangrientos del 2 de octubre de 1968. Sin embargo, no considero democrático que la figura más importante de nuestra democracia no dialogue, aunque sea simbólicamente, con quienes por lo menos formalmente son los representantes de la nación.

¿Por qué creo que el presidente de la República es la figura más importante de nuestra democracia? En primer lugar, hay una razón histórica. Desde la Independencia, pasando por la Reforma y la Revolución, la búsqueda del poder ha estado marcada por las posibilidades que otorga sentarse en la silla del águila. Los gobernantes de México se han caracterizado por tomar decisiones verticalmente, sin considerar la opinión de eso que la Constitución denomina “pueblo” y que tiene el inalienable derecho de modificar su forma de gobierno. En segundo lugar, hay una razón práctica, comúnmente el nuevo presidente presenta su visión de las cosas con una ventaja amplia: los legisladores de su partido, generalmente la mayoría legislativa, la convalidan en consideración de que su futuro político depende de que gocen de su buena aprobación. El presidente es de hecho el jefe de su partido. La sociedad, en consecuencia, solo espera; es espectadora de los cambios.

Histórica y prácticamente, el presidencialismo ha impuesto una visión de las cosas que no ha encontrado mayores resistencias en el parlamento. Por supuesto que el sistema político mexicano hasta hace muy poco no garantizaba condiciones de equidad en la competencia política. Mejor dicho, no había tal competencia institucionalizada hasta la creación del Instituto Federal Electoral. Y se debe a esto, en buena parte, que el señor-presidente ocupara un espacio central en nuestra forma de gobierno, que por lo menos durante el siglo XX giró alrededor de su figura. El acuerdo prevaleciente y que dio estabilidad al sistema de partido hegemónico fue la no reelección; quien gobernaba tenía el derecho último de elegir a su sucesor, pero nada más.

La transición democrática, período que se relaciona con la alternancia política en la presidencia ocurrida en 2000, presenta dos saldos claros. Por un lado el notorio debilitamiento de la figura presidencial hasta 2012 y por otro, el papel cada vez más activo de las cámaras de diputados y senadores en la definición de la agenda de gobierno. 

Del primer aspecto, se ha señalado la conveniencia para México de adoptar un sistema semi-presidencial, con lo cual habría dos figuras ejecutivas: el presidente en su calidad de jefe de Estado y el primer ministro como jefe de gobierno. En este sentido, la relación con el Congreso correspondería de forma permanente al segundo. Además de quedar fuera de la reciente reforma político-electoral, lo cierto es que la cultura política mexicana no da señales de que este régimen sea factible. En nuestra tradición de gobierno, no se mira fácil que se reconozca lo suficiente a dos figuras ejecutivas con competencias distintas, tanto en el círculo de poder como en la sociedad en general.

El México autoritario no se ha ido del todo. Si bien hay un discurso que pondera el ejercicio del poder como respetuoso de la legalidad, dentro del marco informal de interacción política las expresiones de disidencia u oposición son marginadas e incluso perseguidas. Lo cual ocurre en tiempos en que solo un sector mínimo de la sociedad parece convencido de su injerencia política al menos por la vía de elegir a sus representantes. Los niveles de abstencionismo en elecciones locales y federales no dejan de alarmar, amén de que el “pueblo” no se interesa en participar dentro de un p.p.  

El pueblo, ese sujeto ambiguo de nuestro léxico político, no deja de ser bandera de quienes buscan el poder a cualquier nivel. Aunque la cotidianidad esté marcada por noticias trágicas de algunos de sus miembros: decapitados en Michoacán, comerciantes informales en la ciudad de México, maestros disidentes en Oaxaca… Quienes viven en condiciones adversas en realidad son los depositarios de la soberanía nacional tanto como los políticos, los grupos empresariales y los intelectuales. Es decir, que en el concepto de pueblo cabemos todos. Y no deja de llamar la atención que se repita hasta el cansancio que el pueblo tiene el gobierno que se merece porque primero habría que precisar: qué pueblo y cuál gobierno. En México, sin duda, un pueblo apático y un gobierno indiferente.


Creo que la democracia es la mejor forma de gobierno, sí, pero también creo que en México la democracia no pasa de ser una ficción cubierta por un presidencialismo trasnochado; un concepto que no describe la realidad; una promesa de discurso y un momento de efervescencia pasajera en nuestra historia. Superar la crisis de representatividad es una tarea que concierne a cada ciudadano, en la medida que se considere a sí mismo depositario del poder público. Aquí caben todos, es cierto, pero las mayorías ciudadanas tienen la responsabilidad de hacer efectiva la democracia y sus medios; sobre todo estos. Es decir, que los p.p. dejen de servir intereses particulares y vuelvan a su naturaleza como entidades de interés público. La representatividad de los poderes ejecutivo y legislativo se logrará pues con una sociedad que asuma la ciudadanía como un valor de su existencia y no como un requisito del poder.