domingo, 7 de septiembre de 2014

Surrealismo circular

Las calles de la ciudad de México de noche son surrealistas, oigo decir a mi consciencia. Se coló en esos paseos que suelo tomar en la tarde-noche, ese intervalo de tiempo que todos hacemos nuestro cuando no tenemos otra cosa más importante que hacer y ya hicimos todo lo que obligatoriamente nos tocaba hacer.

San Ángel, el barrio y el mito, los empedrados como laberintos hasta llegar a una plaza que se llama San Jacinto. Helados caros pero sabrosos. Una fuente donde un grupo de hombres se sienta a jugar baraja sin apostarle nada a la vida. En las bancas los enamorados hablan algo mientras besan y en la acción ni dicen nada. Susurros al viento y risas siniestras en la oscuridad.

Más allá de la avenida Revolución hay otros parques. Cerca de la avenida Miguel Ángel de Quevedo, escondido entre casas de escritores, está un pequeño parque con una iglesia de piedra de otra época, una cruz enorme que recuerda las cruzadas hacia Jerusalén en la Edad Media, el número 1-A donde investigan historia de México. La calle: Federico Gamboa. Otra fuente sin agua como la de San Jacinto se presta como banca porque las bancas ya se fueron a dormir. Continúa el paisaje de la noche surrealista. Así es México. Pinos que huelen a pino en donde alguna vez hubo bosque. Una pared de adobe que recuerda la casa de una anciana olvidada en la Mixteca de Oaxaca. Un letrero conmemorativo por los primeros 100 años de Chimalistac hace quién sabe cuánto.

Retorno. Tacos de suadero en el paradero de “Las Palmas”, como si fuera reserva natural protegida. ¿Habrá algo más mexicano para cenar en la ciudad de México? Contaminado esmog (no es redundante), oasis para el hambre que muestra la intensidad de nuestra alimentación. Salsas verde y roja, como para cruda, oigo decir con seguridad. El taquero suda, ¿cuántos más?, grita serenamente. Otro de tripa, al fin, es viernes y puedo sobrepasarme. Alrededor basura, el suelo negro y el acompasado ruido de los camiones que llegan y se van. Gente murmurando en vecindad, sonidos alternados por el caos.

En la esquina con Rey Cuauhtémoc ya recoge su puesto la señora. ¿Mañana hay esquites? Como siempre, joven. Mis favoritos se venden aquí con chile del que pica y del que no pica. Los brazos trabajadores de la señora de cualquier edad, con más fuerza que juventud, parecen aspas rompiendo el río de maíces. Ya vendré después.

Unas calles arriba, de vuelta en Frontera, me sorprende el barullo de unos jóvenes dentro de una casa. Adentro parece un circo: malabaristas, gimnastas, payasos. Volteo hacia el techo, no lo hay, en su lugar una carpa. El México surrealista siempre tiene sorpresas, como una compañía de circo clandestina que ofrece funciones los viernes en una casa que ni sabía que existía. Enfrente del domicilio, una barda como museo, los cuadros más preciados del impresionismo mundial. "La noche estrellada" de Van Gogh en brocha gorda, del MoMA a la Tizapán. El constante run run de los camiones aventando humo al arte.

¿Qué más se puede esperar? Caracoles en la orilla del mundo, en el borde peligroso de una pared que desaparece en las antenas del cuerpo minúsculo y blando que parece salido de otra dimensión. Pompas fúnebres frente a un gimnasio de 24 horas. Una silla color naranja, típica de secundaria pública, enfrente de... una secundaria pública en penumbras, que alumbra afuera la silla, como si alguien invisible estuviera sentado en ella tomando apuntes con vista al ajetreo incesante de la calle. Un edificio de película de terror con ventanas pintadas de color negro. Toda la ciudad hundida en un sueño profundo y demencial cuando apenas son las 11 de la noche.

Por segunda vez en una semana el paseo nocturno de viernes comprueba por qué Bretón definió a México como el país surrealista por excelencia. En el sur del Distrito Federal, en el barrio de San Ángel y sus alrededores, pueden desaparecer microbuses a la vuelta de la esquina, aparecer hombres lobo salidos de una alcantarilla e incluso caerse los letreros de las calles súbitamente, aunque todo esto aún no me toca verlo.

Hoy solo salí por un helado.


Extrañeza de memoria



Sentimiento que haces daño al corazón engreído
profundidad de la tarde en la que cobra sentido
el milagro de vivir como una negación a la existencia
placentera.

Salí de casa a contemplar el horizonte gris y turbio,
gozoso en la medida que imperfecto,
como abrir una ventana.

Le dije a las nubes en torno
después de los primeros rayos del alba:
la libertad no sucede a la par de sus caprichosas formas
siempre es necesario esforzarse un poco más para imaginar elefantes.

La danza de imágenes: lejanías de tropiezos
fulgor en la mirada,
recuerdos que parecen azoteas vacías sobre las que
llueve.

Una vez quise trascender el mundo mediante tus ojos
mirar más allá de la vanidad de una vida de aparador
que tristemente te petrifica como maniquí.

Cuando por fin me decidí a ser auténtico
sacudí el polvo
de los espacios vacíos como bodegas dispuestas
a guardar muebles.

Carne sin huesos
devenir sin salidas al parque a jugar bajo el sol,
encuentro entre mi diminuto arcoíris y la sensación de mirarte
de nuevo,
sin cristales que separen nuestros cuerpos.

Sueño que no estoy soñando

Primer momento

El joven come en un puesto de memelas de la ciudad de Oaxaca, de fondo se escucha una cumbia. Más tarde, en la ajetreada calle de 20 de noviembre entra al “20”, cuánta literalidad, lugar donde confluyen el mezcal, la risa y los artistas. La rokola del lugar posee un amplio repertorio que se inicia cuando un joven, contra todo prejuicio, pone “Nothing Else Matters” de Metallica. Las cantinas oaxaqueñas dejaron, si lo fueron alguna vez, de ser propiedad de Los Tigres del Norte y Los Temerarios. Después, otro joven, con el mismo entusiasmo, inserta muchas monedas, la máquina fosforescente devuelve solo una canción: 

“Mezcalito”.
“Brinda con el pensamiento
gotita lluvia de calor,
mi culpado vijí
es por mi culpa Señor.
Bebí de tu memoria
aroma tierra agave y sol
yo soy la que le gusta este castigo mejor…

Gota gota gota gotita de mezcal
gota gota gota gotita de mezcal”.

Lila Downs la dedica a Sola de Vega, lugar de visita frecuente para el escucha. Los caminos que lo llevan están marcados por el peligro de la sierra pero también por la alegría sincera de sus habitantes.

Segundo momento

Los dos caminaban hacia sus propias citas, uno se graduaba de ingeniero ese día. Un taxi, el castigo eterno de la ciudad de México cuando hay tráfico, o sea siempre. Equivocó el rumbo el ingeniero y pidió regresar. El otro no hizo más que bajarse y caminar a la estación de Metro, de ahí a la Condesa, conversación a las 10 de la mañana con quien quiere ser, desde ahora, senador. Plática provechosa sobre la vida, la trascendencia, la forma es fondo, las relaciones entre vascos y andaluces. De vuelta el estudiante se detuvo a comprar un libro en el Bella Época, cómo no iba  hacerlo si sus lecturas le dan cariño.

Tercer momento

Caos eterno. Momentos de reflexión. Cascada de imágenes y lección: “Guten tag Ramón”. La película trata sobre un joven que intenta cruzar cinco veces a los Estados Unidos sin éxito, (reminiscencias de “La maravillosa vida breve de Marcos Abraham”, revisar en Letras Libres). Después de su última experiencia de supervivencia se va a Alemania. Ahí no encuentra a su contacto, la tía de un amigo que le ayudaría a conseguir trabajo. Se pierde en calles con nombres extraños y escucha el alemán, ese idioma como ruido, dirá en algún momento. Una retirada lo ayuda. Lo lleva a vivir a su edificio y Ramón por fin halla estabilidad. En el camino hay merengue, tambora, chiles, tacos, tequila y amor. El mexicano y una mujer alta como una elfa. Ramón se enamora de sus ojos azules, le sonríe con la tranquilidad de una puesta de sol.

Soledad y solidaridad, las dos con inmaculada s. Personajes que a su alrededor miran desiertos: de arena y de nieve. El conflicto del retirado con alta calidad de vida que no tiene a nadie y el joven desempleado y sin educación que tiene futuro. La solidaridad de ambos. El recordatorio de que las personas somos más que personas. Podemos entregarnos, darlo todo, vivir y amar, pensionarnos y morir, sin esperar recibir nada a cambio.

Cuarto momento

Puck llevó el rubí de los humanos a los subterráneos. Los gnomos se burlaron de él, los irritó tanta superficialidad. El viejo sabio les contó la historia del verdadero rubí, el que se hizo luego de que la enamorada tiñó con su sangre hirviente de amor los diamantes. Se trata del sentimiento más profundo, que permite juntar los labios de quienes se aman aun cuando sus cuerpos estén encarcelados: en el fondo de la tierra, en la soledad de un jardín de flores.

Nuestra última Cervantes, Elena Poniatowska, en su discurso de aceptación frente a lo que queda de nobleza de la monarquía española, ataviada del traje de tehuana que tejen las mujeres del Istmo de Oaxaca, recordó la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, la monja jerónima que entendió que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento.

“Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores”, señaló con índice de fuego.

Quinto momento


Quiero tomarte de la mano, que amemos la ciencia juntos y así escapar de las órdenes de este mundo. Tomar mezcal mientras escuchamos música, comprar libros, disfrutar el cine, perder el tiempo debajo de los sauces, incluso ir adonde se fabrican esos diamantes de sangre. Volar como Pock, con esa sonrisa pícara sobre el cielo de París, para alcanzar nuestros sueños más allá de nuestros impuestos fuegos fatuos.   


Amor al arte

Más allá de las montañas de Cuajimalpa, en el misterioso camino hacia la Marquesa, está su casa. Espacio donde cabe todo y todos son bienvenidos, la casa del artista es hogar en dos sentidos: familiar y taller. La familia que amamos y la república que nos ama, que cada día nos recibe con un abrazo a pesar de nuestro estado de ánimo.

El maestro saluda con la sabiduría de los que han vivido mucho y todavía se acuerdan. Sus anécdotas son aleccionadoras igual que sus consejos implícitos en cada una de sus posturas respecto a la vida que para él es feliz cuando se decide ser en vez de poseer. Si tú decides ser eres libre, pero si decides tener te atas a la terrible necesidad de querer siempre más. Filosofía para ti, para mí, para el que lea.

Filipo es su compañero fiel que hace las veces de guardián noble del espacio de creación del artista. Un artista, recordará siempre nuestro anfitrión, es quien crea y al crear propone, no espera que a los demás les guste lo que hace ni que lo compren. Se propone existir realizando su obra para él mismo. Y la interpretación cobra sentido cuando miras sus pinturas, grabados y esculturas. Cuando te sumerges en los surcos abstractos cuyo centro caracol te absorbe al punto de no saber si escuchas la calma del mar o los sonidos del bosque.

El maestro conoce el mundo. Contempló la Florencia de los años sesenta, viajó por Europa y encontró el amor en Venezuela. El folclor que inunda sus venas fue valorado por europeas y latinas quizá por ese gesto de paz que sin llegar a ser una sonrisa revela su grandeza de alma nómada y sedentaria en distintas facetas.

Abre un baúl de tesoros, carpetas en desorden que guardan bocetos originales, grabados, pequeñas grandes obras de arte, de todo.  Ahí redescubre autoretratos de antes, obras que no fueron plasmadas en otras dimensiones, que esperaron el momento de cobrar vida de nuevo en su formato original. Historias que se cruzan en la mente, como la de una pareja de novios que quiso regalar a los invitados a su boda obras de arte cuyo concepto rebasaba su intención original.

Dos personas que murieron pero no en santa paz, por tanto, no van directamente a la gloria o al infierno sino que flotan en un espacio intermedio. “En el limbo”, y todo lo demás cobra sentido. Una cortina divide un cielo de nubes pasivas del lugar donde nada está definido. La misma cortina dota de intimidad la escena en la que dos seres alados, probablemente ángeles asexuados, están a punto de darse un beso. Con los cabellos al viento, con una corona de pureza en la sien, con los brazos entrecruzados en un infinito que revela su eternidad. 

La cátedra continúa. El amor tiene varias connotaciones: sensual, fraterno, divino, platónico. El amor, cual Francisco de Quevedo, trasciende la muerte. Pero la novedad en el discurso del maestro es que trasciende para bien y para mal. El odio, mal que pese, es consecuencia del amor. Si lo trabajas vuelve al amor o al odio, a un eterno cambio de cancha sentimental. Sin embargo, también se esfuma y cuando eso ocurre solo queda la indiferencia. Mira alrededor de su estudio —muebles hechos bóvedas de emociones, paredes compañeras de eterno viaje— medita y afirma: Ahí sí duele.

Las lecciones que la vida escupe frontalmente no llegan de la noche a la mañana. Son la constante que se aloja en el pensamiento de a diario y nos empuja a decir o hacer lo que no nos atreveríamos de forma espontánea. Entonces, actuar valientemente parte la vida en dos, le otorga significado a las épocas, cierra ciclos, abre el panorama de los sueños hasta que todo vuelve a ser nuevo.

Pienso en las palabras del artista más allá de la gloria y el infierno, habitante de ese punto medio donde la vida se mira con tanta dulzura de fracaso, con tanto éxito humilde, que todas las aflicciones cobran sentido: Querer en la obscuridad es igual a poseer; amar, solo con la luz encendida para que todo el mundo lo vea. Tiene que ver con disfrutar donde estás y dejar de pensar en el resto.

Hago mi maleta, guardo las obras, extraño la soledad del caracol. Me pierdo en la lluvia, cada gota un recuerdo, la tarde grisácea mi ahora. La puerta se abre y camino.

Volveré, maestro, tenemos harta vida que pintar.


Oaxaca, Nieto y mi entonces

Un elefante huyendo en estampida. Un perico soltando una carcajada. La ballena desahogándose en franco llanto. Un ave con copete sádica cuya risa te devora.

Los ojos del elefante muestran desesperación como si fueran a estallar. El perico se solaza en su pasividad como si fuera la más dichosa de las aves. La ballena suelta lágrimas negras como aceite hecho combustible del alma, parece que por fin ha vencido su depresión. El sádico da miedo, quiere comerte. Mientras tanto, un ave parece estrujada y levanta el vuelo pero no estoy seguro que con éxito pues un puño la detiene y estruja.

En el universo pictórico también hay unos ojos tristes que parecen los de Nieto extraviado en algún lugar de Francia, o probablemente los de su amigo Cortázar. De fondo, escucho una banda de viento enfrente de Catedral, los maestros hechos bola en sus casas de campaña. El tiempo que se detiene, respira azul y se sigue de largo por los callejones de la esperanza que empieza en el Cerro del Fortín y termina en ningún lugar de la Verde Antequera.

El contexto de centro histórico que rehúyen ver los 34 ojos de Morales al acecho, las miradas sinceras de mujeres color de barro que expresan tantas cosas y vuelven caos de flores "Los colores de Oaxaca" en el segundo piso del Museo de los Pintores Oaxaqueños.

No sé qué Oaxaca conoció Rodolfo Nieto para darse tiempo de partir a la ciudad más melancólica de todas. Por la que pasaron muertos de hambre tantos geniales escritores latinoamericanos. El París que narra con tanta extrañeza y lejanía Bolaño refiriéndose a su Arturo Belano. En la que probablemente Nieto vio elefantes huyendo del tormento de los hombres o aves queriéndole devorar los ojos en vano, tristes y muertos desde hace mucho.

Para entonces, mi entonces, la esperanza se torna música, despega alrededor de los laureles de la Alameda y sube a un cielo tan azul que contrasta con el gouache sobre papel de "La zoología mental de Nieto". No sé dónde se instale, solo sé que existe.

Mi destino en tus manos, el encuentro entre grises y el profundo azul que me ilumina siempre cuando vengo y me doy tiempo de respirar tu aire, de sentir tu arte, de apropiarme la melancolía en el sentido de Víctor Hugo, como la felicidad de estar triste. Miro los ojos, veo a Nieto, a Bolaño y a Cortázar, veo a París y pienso que siempre tendremos Oaxaca.


La hermosura del caos

La lluvia en la ciudad de México saca lo peor de nosotros. El tráfico en una esquina del Periférico con cualquier avenida es una muestra de las mejores maniobras para sobrevivir al caos. Por aquí, por allá, por todos lados se venera al desorden. Y en medio de ese capricho de todos por querer llegar a donde se supone que viven, estoy contemplando las gotas caer con estrépito en el suelo.

El camino al trabajo ha sido muy largo durante varios años. Empecé cubriendo una ruta que rodeaba la ciudad desde Televisa San Ángel hasta Canal de Chalco, de regreso con escalas en Pino Suárez y Chapultepec, y de vuelta al Sur. Ahora no me pesa hacer hora y media consciente de que no rodearé nada aunque volveré envuelto por el mismo caos.

Ayer empecé clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El primer día fue fascinante. Alcancé solo dos clases de cuatro porque, sí, adivinaste, tuve que trabajar. Pero con esas me bastó. Literatura española del siglo XX y Lingüística. Amabilidad profesional de las maestras, entusiasmo notorio por parte de mis compañeros, las aulas clásicas de esa facultad donde siempre hace falta lugares me encantaron y por supuesto, me obligaron a tomar apuntes desde el piso.

De regreso a casa tomé un taxi. El del volante me hizo la plática. Ya saliendo de clases, mi joven. Sí, respondí, ya era hora (las nueve de la noche apenas). Ah, y usted qué estudia.  Lengua y literaturas hispánicas, exclamé con orgullo. ¿Apoco sí? Yo también escribo, pero soy ignorante eh, escribo solo mis sentimientos. Muy bien, pues deberías tomar un curso para mejorar. No, yo hace más de 25 años que no estudio nada. Yo soy solo, pero he tenido un chingo de viejas. A ellas les escribo. ¿Algo así como poemas? Ándale, ¿quieres escuchar uno? Antes de que respondiera que sí, ya se había arrancado.

El poema tenía algunas metáforas interesantes aunque repetía palabras y por momentos no tenía musicalidad, pero estos detalles ni yo mismo los entiendo todavía, lo que sí capté fue su pasión por transmitirme algo. Después de la última línea, me dijo: Tengo otro, uno más erótico, ese se lo escribí a la vieja con la que ahora ando, una tapicera. Y es que si la viera, joven, a ella sí que le gusta el membrillo, lo hace como de película (mientras, por el retrovisor, gesticulaba acercándose repetidamente una mano a la boca).

El segundo poema hablaba de unas bolas de fuego, del origen de la vida en unos labios que le gustaba morder, de un volcán haciendo erupción e iluminando de rojo el porvenir. En fin. Cuando llegamos a mi domicilio le pedí que fuera la próxima semana a la Facultad, así tal vez le mostraría los salones y podría tomar unas clases. Me dijo que por quién preguntaba, le respondí que por Bruno Torres aunque dudo que alguien me conozca ahí. Con una sonrisa debilitada por el cansancio del volante, supongo, me prometió pasar la próxima semana. No se me va a olvidar tu apellido, aseguró, así se apellida la pinche tapicera.

Entro al Metro, compro un bísquet integral del lugar que perfuma la estación “Barranca del Muerto”, como le digo a la que atiende. Me lo confirma con sonrisa en el rostro. Después abro un libro, es de José Emilio Pacheco, lo saqué ayer, en mi primer día de clases, de la Biblioteca Central. El primer texto es un elogio del jabón. Mi regreso a México se dilucida en sus líneas:

“Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias químicas ni los perfumes añadidos: la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo más horrible. Así es y será siempre por desgracia”. La edad de las tinieblas, p. 8.

domingo, 20 de julio de 2014

Guelaguetza y Teoría del Duende


A Juan José Díaz Infante, fotografía viva.

Guelaguetza sabemos que es una palabra de origen zapoteco, cuyo significado refiere a compartir u ofrendar. En Oaxaca, Guelaguetza define un acto generoso entre personas que quizá sin tener lazos familiares se apoyan en situaciones especiales, como la boda o el funeral, en las que se comprueba la emotividad pero también la actitud generosa que distingue al oaxaqueño como ser humano solidario y recíproco.

No muchas culturas ponderan tanto como la nuestra el valor de entregar lo propio a los demás. Es un acto generoso y por increíble que parezca cotidiano en la tierra de Juárez, con el cual se genera un sentido de pertenencia a la comunidad, que se fortalece con los elementos característicos de una gran fiesta. En la Guelaguetza se transmiten las emociones definitorias del oaxaqueño, a quien lo distingue su admiración por la belleza de la vida, razón por la que aprecia el arte en todas sus expresiones. Por eso en la fiesta de todos los oaxaqueños está presente ese don espontáneo que García Lorca llamó “duende”. La chispa creadora que por encima de la perfección técnica desencadena la pasión por danzar, por crear con los movimientos del cuerpo algo por naturaleza elevado.

A decir del propio García Lorca “el duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto”.

El duende de la Guelaguetza la antecede, agita e inquieta el ánimo de la gente que espera impaciente admirar las danzas. Por eso en las Calendas previas a su realización los últimos lunes de cada mes de julio, se respira el gozo por sentirnos parte de un mismo pueblo, de un mismo estilo vivo que se materializa a lo largo de las ocho regiones.

Son las Calendas convivencias que recorren la ciudad y regalan la esencia de quienes con elegancia humilde portan sus trajes regionales, como el hombre de Ejutla que con sus camisas de seda multicolor anuncia que está de fiesta, o la mujer del Istmo que porta con garbo el traje de gala que por su fino diseño la distingue y con ello también distingue a Oaxaca ante México y a México ante el mundo entero.

En ocasión del cuarto centenario de la expedición de la Cédula Real que concedió a Oaxaca —entonces llamada Antequera— el título de Ciudad, en 1932 se llevó a cabo por primera vez el gran homenaje racial al pueblo oaxaqueño. En la “Rotonda de la Azucena”, como desde entonces se conoce a la explanada ubicada en el Cerro del Fortín, que es una gran ventana a la ciudad, se celebró una fiesta que reunió a delegaciones de todas las regiones del estado. Es importante recalcar que sucedió principalmente como una celebración de la hermandad entre oaxaqueños. La Cañada, la Costa, el Istmo, la región Mixteca, el Papaloapan, la Sierra Norte, la Sierra Sur, los Valles Centrales, son un mismo Oaxaca, que atesora la diversidad natural y cultural de cada región, pero se mantiene unido. Que lucha contra su duende y lo hace gozando.

García Lorca señala que “todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto”.

La música y danza oaxaqueñas se valen de la poesía mixe, mixteca, mazateca o zapoteca. Son legado milenario que se preserva con alegría porque define lo que somos. Así también la artesanía de los textiles, bordados a mano en las comunidades de origen de quienes bailan. Ese tesón por tejer un traje durante meses se acrecienta con la expectativa de la representación. Es decir, la sola idea de ir a la capital del estado a mostrar lo mejor de nuestro pueblo, donde nacimos y hemos crecido, es suficiente para preparar lo más digno porque queremos que así nos conozca el mundo. El quiénes somos es elevado a la dimensión estética.

La Guelaguetza recuerda el acto de cooperar recíprocamente. Es una gran mayordomía, porque solo un verdadero mayordomo es capaz de dar incluso lo que no tiene. Y en este sentido, el Pueblo de Oaxaca entrega durante dos fechas simbólicas lo que tiene, pero no de lo que le sobra. De ahí el acto de ofrendar, al final de cada baile, fruta, tortillas, mezcal, artesanías, lo que nutra cuerpo y alma; de ahí el recordatorio constante de que hay un pueblo en el Sureste de México que valora como ninguno el don de convivir en armonía, el don de honrar la memoria antigua como continuo presente.

En la comparación de García Lorca: “El ángel deslumbra, pero vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia y el hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra o su simpatía o su danza (…) la musa dicta y, en algunas ocasiones, sopla. Puede relativamente poco, porque ya está lejana y tan cansada, que tuvieron que ponerle medio corazón de mármol”.

El duende es distinto, quiere decirnos. Explosión de emociones virtuosas, sangre que hierve de orgullo y pasión, que no deja de celebrar la vida. En Oaxaca se regocija, salta y grita sinceramente. Sacude los corazones de los visitantes con su desenfado contagioso, con su pureza ociosa, con su manifestación sublime del espíritu humano.


El duende oaxaqueño —el que hace de la Guelaguetza su casa— hubiera desafiado y fascinado a García Lorca.